lunes, 22 de abril de 2013

De cómo descubrí el poder del semen

¿Qué hubiera sido de mí sin la existencia de los salesianos? Todavía hoy, después de tantos años, me lo sigo preguntando. Casi todo lo que soy y casi todo lo que sé, a ellos se lo debo. De ellos aprendí, por ejemplo, el concepto de clase social y las distintas clases que existían en el mundo, así como la distancia que media entre unas y otras. Aprendí que los pobres deben estar a un lado y los ricos a otro, ambos ganándose el cielo a destajo, los pobres a fuerza de sufrimiento y de resignación y los ricos a fuerza de practicar la caridad con los pobres.
¡Ah, la caridad! ¡Cuánto le gusta la caridad a la Iglesia! Gracias a la teologal virtud, de tarde en tarde, alguno de los de la clase de los pobres consigue escapar de ella y dar el salto a la de los ricos. ¿Saben lo que ocurre entonces? Que el nuevo rico se olvida de su antigua clase y se pasa a defender con uñas y dientes a los que lo encumbraron. Dicen, pero Alá es el más sabio, que algo así le ocurrió y le ocurre al actual alcalde de Córdoba.
En los salesianos los pobres y los ricos estábamos convenientemente separados incluso desde antes de entrar al colegio, pues los ricos hacían su entrada a través de una puerta de gran amplitud que comunicaba con un amplio y luminoso patio, en tanto los pobres lo hacíamos a través de un portillo distante veinte o veinticinco metros del acceso de los ricos y que comunicaba con un humilde campo de fútbol anexo a algunas de las aulas. Una reja metálica separaba interiormente las zonas de unos y de otros. Entre los ricos había además dos clases. Estaban los internos, que eran los más pudientes, y los externos, un grado por debajo de aquellos. A los internos  los pobres los llamábamos bellotos, porque se cubrían con un babi de color pardo semejante al de las bellotas. Los externos, por su parte, llevaban un babi blanco de color azul, motivo por el que les llamábamos taxistas, ya que éstos, por aquel entonces, solían llevar una camisa blanca con el cuello igualmente azul. Los pobres vestíamos de calle y, que yo recuerde, los ricos no nos habían puesto ningún mote.
Por aquel entonces yo andaba ya por los catorce años y era un niño más que nada enclenque, tan encleque que aún no eyaculaba, cuando todos mis amigos, alguno incluso más joven que yo, lo hacían. Verán, aunque es verdad que yo experimentaba un cierto complejo de inferioridad, este hecho no resultaba tan negativo, pues me permitía masturbarme a discreción sin dejar huella de mi pecado. Sabía bastantes cosas del sexo. Todas, menos que la masturbación era dañina además de un pecado horrible, aprendidas en la calle. Con bastante aproximación sabía cómo nacían los niños, pero desconocía que fuera en concreto el semen el que dejaba embarazada a una mujer.
Además de enclenque y de buen automasturbador, yo era también un niño bastante religioso. Hasta llegue a ganar un concurso sobre la Santa Misa. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Aunque a decir verdad no creo que haya mucha diferencia entre el tipo de ayer y el tipo de hoy, pues aunque me esforzaba y procuraba cumplir con el ordenamiento religioso, mi fe de entonces, aunque yo no lo advirtiera, era la misma de hoy: ninguna. En cualquier caso, yo confesaba y comulgaba con bastante frecuencia, como buena parte de los niños de la época.
Cierto domingo, antes de la misa, me acerqué a confesar con uno de los padres del colegio. No voy a decir su nombre, porque ya murió y no entra en mi intención tocar su fama. Era un buen hombre. De cuando en cuando soltaba hostias monumentales, pero sus intenciones eran buenas. Los niños pobres, ya se sabe, aunque confesáramos y comulgáramos regularmente, no dejábamos de ser unos golfos a los que era necesario encauzar como fuera por el buen camino. Los niños ricos estaban hechos de una pasta mucho más delicada, por lo que había que tratarlos con sumo cuidado, sin olvidar nunca que sus padres eran los que, principalmente, mantenían el colegio.
Tras el ave María purísima de rigor, confesé mis pecados, uno sólo: la masturbación. Y ahí me pilló el buen cura. Y cuando haces esa cochinada -me dijo- ¿expulsas ya un liquidito blancuzco y pastoso? No lo dudé un segundo. -repliqué sin vacilar. No iba a ser yo menos que mis amiguetes. ¿Para qué dije tal? Todo el mundo conoce el chiste. En aquel momento, yo lo viví en carne propia. La masturbación dejó de ser una cochinada para convertirse en el más terrible de los pecados, porque de aquel líquido, ¡de aquel! era del que nacían los niños. Cada vez que me masturbaba, pues, mataba a alguien, Dios sabría a quién, pero bien podría ser un ciéntifico, un gran hombre de letras, un gobernante...
Aunque aún no eyaculaba, ¡qué mal cuerpo se me quedó! De momento, no dejé el vicio. Luego, cuando casi enseguida empecé a eyacular, tampoco. Pero confieso que cierta mala conciencia sí que tuve durante un tiempo cada vez que me masturbaba. Mucho después, cuando oí por primera vez el chiste famoso, lamenté, en primer lugar, no haber hecho yo lo mismo que el muchachito aquel y, en segundo lugar, comprendí que el mal rollo que me largó el cura no respondía a una idea suya, sino a la actitud indecente y generalizada de la Iglesia ante este asunto.

8 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Este post me ha traído a la mente mis años de la pubertad y, cómo no, la inevitable compulsión masturbatoria. Yo no estudié en los salesianos sino en un colegio del Opus y no porque mis padres fueran miembros o simpatizantes (más bien al contrario, aunque fieles creyentes sí eran). Dudo que cualquier otra orden de la Iglesia haya hecho más daño a la salud mental de los adolescentes que el Opus Dei. Eran buenos los cabrones aterrorizándote y, desde luego, todo lo relacionado con el sexto era lo que más ofendía a Dios. El sexo era malo "per se", ni siquiera necesitaban argumentar el crimen potencial del semen derramado.

El caso es que me pajeaba mucho, yo diría que desde los trece años. Desde el principio tuve clarísimo que estaba cometiendo un terrible pecado mortal y me angustiaba tremendamente. Para colmo, aunque me confesaba y hacía el pertinente propósito de enmienda, como no era tonto y estaba ya escarmentado, sabía que iba a volver a caer (en pocas horas para más inri) y, por tanto, hasta me cuestionaba que la propia confesión fuera válida. Vamos que lo pasaba fatal convencido de que por mucho que hiciera del infierno no me libraba ni Dios.

En el colegio era obligado confesarse con el "director espiritual" una vez a la semana. Lo malo es que el mío, Don Javier, era terriblemente iracundo y sus sermones todos los temíamos. Así que no me atrevía a contarle el nefando pecado (teniendo además que especificar cuantas veces) que inevitablemente cometía. Como tampoco podía omitir pecados, la única solución viable era confesarme la víspera con el cura viejete y tolerante de la parroquia del barrio y aguantar esa noche sin paja para llegar a la confesión del día siguiente ya limpio de éstas. El sistema me funcionó durante varias semanas hasta que una tarde, arrodillado en el confesionario de la parroquia (recuerda aquellos quioscos con celosías y en semipenumbra que no te permitían distinguir al cura), tras soltarle al que yo creía que era el párroco que me había masturbado un buen número de veces desde la última vez, quien me contesta con su voz inconfundible es mi director espiritual, que estaba echando nuna mano en la parroquia (el colegio estaba en el mismo barrio). Desde luego, supo inmediatamente que era yo; no puedes imaginarte el corte que pasé, uno de esos momentos en que se entiende perfectamente eso de "tierra trágame".

Molón Suave dijo...

Amigo, me identifico plenamente contigo. Mientras leía tu comentario, me estaba viendo a mí mismo por aquellos años: las mismas angustias, los mismos terrores, las mismas "caídas" a las pocas horas de la confesión. Sólo te ha faltado una cosa: la intermitente rebelión: ¡ahora me la casco porque me da la gana! ¡Y se acabó! Para volver inmediatamente a los remordimientos y a las angustias. Para un niño sensible como era yo y, por lo que leo, como debiste ser tú también, aquella educación fue terrorífica. A mí me costó mucho, mucho, pero mucho dejar todo aquello. Yo también, como tú, me iba a confesar lejos del colegio, ni siquiera a mi parroquia, sino a un convento de claretianos algo retirado de mi casa, en donde no me conocía nadie. Justamente aquí hubo un sacerdote que me ayudó mucho a dejarlo todo. Cuando me confesé y dijo que me masturbaba empezó a preguntarme cómo lo hacía y en qué pensaba. Me levanté, le dije un taco y me largué. Hasta hoy. Lo conté en una entrada anterior.

Lisístrata dijo...

Pero como se os ocurría contarle esas cosas a los curas? jajajaja, yo me inventaba los pecados, y eran cuatro pamplinas, siempre las mismas, todas relacionadas cn el mal comportamiento en casa, como buena adolescente que se precie. Mi intimidad en ámbito sexualidad incipiente era para mi demasiado sagrada como para contárla al ensotanao del confesionario. Oye, me quedaba tan tranquila, jejejeje.

En fin, gusto volver de vez en cuando a este blog y leerlo y un placer asistir al diálogo surgido en los 2 comentarios

Molón Suave dijo...

Lisis: La edad cuenta. Quiero decir el momento histórico. Me llevo catorce años con mi mujer y su infancia y adolescencia fueron completamente distintas de las mías. Luego estaban las manos en las que caías. En mi caso, los curas. Y, finalmente, que a los niños, a lo varones nos daban mucha más caña con el sexo que a las niñas.
Siempre recibida con enorme placer en esta casa. Decirte que me gustan tus risas, porque eso significa que no tuviste que sufrir lo que Miroslav y yo, entre otros. Yo no puedo reírme de aquello ni hoy, tanto tiempo después.

Lisístrata dijo...

Llevas razón, Rafael, no había considerado esas circunstancias, disculpad mis risas, y me puedo imaginar que pasasteis malos momentos con ese entorno hostil al desarrollo de vuestra adolescencia. Lo siento.
En mi caso no es q estuviera ajena al adoctrinamiento de esa mala ralea clerical, es que creo q mi mente atolondrada de ir a mi bola me protegió un poco y el vivir lejos de colegios de curas o monjas tb. No es lo mismo el cura del pueblo, q es uno para todos, q estar en un colegio donde las sotanas se multiplicaban y a su vez las remesas de represión.

un abrazo

Molón Suave dijo...

No sólo discupalda, sino que no puedes imaginar lo que me alegro retrospectivamente porque tú tuvieras que sufrir aquella época tan despiadadamente como muchos de nosotros.
Un abrazo

Lansky dijo...

Todo semen que se ‘desperdicia’ es un mogollón de gentes que ya no estorbaran en los transportes públicos, las calles y playas de este ya hacinado planeta. Debería ser recomendado por los poderes públicos, abonado pro la Seguridad social, bien visto en sociedad, pero claro, follar es aún mejor aunque traiga aparejados (nunca mejor dicho) más problemas. Y sí, probablemente mueren desecados y sin óvulo algunos (pocos) de los millones de espermatozoides con la posibilidad de un Mozart o un Darwin, pero también de un Rajoy o de una asesino en serie; de hecho, hay más probabilidad de estos últimos. Me alegro de haber nacido, las más de las veces, pero si no lo hubiera hecho no me molestaría, claro, por definición, y tendría la ventaja de no tener que morirme (hoy estoy juguetón en mis ‘razonamientos’)

Molón Suave dijo...

Muy bueno, Lansky. Eso mismo pienso yo ahora cuando escucho al señor (¿señor?) Fernández decir que los maricones no hacen aumentar la población o al obispo de Alcalá más o menos con lo mismo. Tienes razón, comprobando la historia y viendo las estadísticas, lo más probable es que un nuevo individuo sea un pobre sufridor del montón, como somos la mayoría. Y hay algo más que siempre me pregunto: los elementos que están tan en contra del aborto se han parado a pesar que diría ese nasciturus si le preguntaran si quiere nacer o no. Ya sé que es una gilipollez, pero lo voy a confesar aquí: a mí si me lo hubiera preguntado hubiera respondido: váyanse al carajo y déjenme tranquilo donde quiera que esté. Con esto quiero decir que en lo que no nadie hace hincapiés es la tremenda responsabilidad de traer un hijo al mundo.