lunes, 15 de abril de 2013

Acerca de la pobreza

Dando por buenos, es decir, por auténticos, los evangelios canónicos, que ya es tener buena fe, pues de sobra es conocido que fueron aceptados como tales en el siglo IV, después de un largo proceso de copias, supresiones e interpolaciones, dándolos por buenos digo, nadie pondrá en duda que tales textos consisten en un amplio batiburrillo o cajón de sastre en el que cabe casi cualquier cosa, incluida una amplia variedad de interpretaciones.
Leyendo los evangelios, no es difícil deducir, en primer lugar, que el Cristo que en ellos aparece no era ningún lince en materia de economía. Para comprobarlo basta ver la recomendación que el supuesto Mesías le da al joven rico que le pide consejo para lograr la vida eterna ...vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, (Mat. 19, 16-22) consejo que de ser seguido al pie de la letra empobrecería de inmediato al vendedor, sin aliviar, más que temporalmente, la pobreza de los pobres. O el abandono en la Providencia (Mat. 6, 25-34), prodigio de desinterés económico en el que ni la propia Iglesia ha creído jamás.
En segundo lugar, tampoco cabe poner en duda la inclinación de Cristo hacia los pobres, aunque, al mismo tiempo, no tenía inconveniente en compartir mesa y mantel con un hombre rico ni en mostrar su conformidad con los impuestos del Estado, sin tener en cuenta las características de este Estado (totalitario, invasor, justo, injusto, etc.) Como no le importaba contradecirse, para, tras comer con el rico, condenar la riqueza y anunciar las dificultades de los ricos para alcanzar el reino de los cielos. En cualquier caso, la aportación doctrinal de Cristo en favor de los pobres es la limosna o, lo que es lo mismo, la caridad, que, como bien se sabe, puede suavizar la pobreza en un momento concreto, pero jamás eliminarla. Claro que difícilmente iba a pensar Cristo en eliminar la pobreza, cuando en reiteradas ocasiones no vacila en exaltarla, una exaltación que resulta especialmente patética a la luz de la actitud posterior de la Iglesia para ignorar a su  Maestro.
En efecto, siguiendo, sin duda, los vericuetos mentales de su pretendido Fundador, la Iglesia interpreta estas enseñanzas con una enorme habilidad, distinguiendo entre la institución y las personas que la forman. Al día de hoy, la Iglesia es una institución inmensamente rica. Su riqueza va desde bienes inmuebles (sólo en Roma es dueña del 30% de los edificios públicos y privados de la ciudad), a inversiones de todos los colores, pasando por un inmobilizado inconmensurable formado por edificios de culto y obras de arte, un enorme número de ellas realizadas en metales preciosos. Tales riquezas las ha conseguido la Iglesia a lo largo de los siglos con la coartada del culto a Dios, que requiriría espacios y utensilios de primerísimo nivel, y con la coartada del mantenimiento de la propia institución. Pues bien, a pesar de tan descomunal riqueza, los eclesiásticos, esto es, los miembros de la jerarquía que dirige y controla la Iglesia, así como los clérigos y religiosos y religiosas que pertenecen a sus distintas organizaciones se tienen a sí mismos por realmente pobres, teniendo muchos de ellos incluso voto de pobreza, como los miembros de la mayoría de las órdenes religiosas, no importa que sean extraordinariamente ricas.
Esta contradicción constituye naturalmente una falacia de superior categoría. Veamos: el nuevo papa, Francisco, parece ser, como Cristo y a diferencia de sus antecesores inmediatos, un hombre preocupado por los pobres. Se cuenta, y algunos de sus discursos iniciales así parecen indicarlo, que está dispuesto a renovar la Iglesia para orientarla más hacia los pobres. Dicho así, suena hasta bonito. Ahora bien por más que él mismo se proponga ser pobre, Francisco no puede escapar de la riqueza. Para empezar y desde el punto de vista material, Francisco tiene la vida resuelta desde el mismo momento en que se hizo sacerdote. La propia institución lo ampara, lo protege y le garantiza el sustento diario, un techo bajo el que cobijarse y el lecho en el que descansar, cosa que en modo alguno les ocurre a los cientos de millones de personas que oficialmente pasan hambre en el mundo o a los cientos de miles de desahuciados que se han producido en los últimos años en España, por poner un caso de plena actualidad. A Francisco nadie le quitará  nunca su vivienda ni se verá obligado a dormir en la calle.
Discutía en cierta ocasión este asunto con mi hermana, monja de las Esclavas, una de las congreciones más ricas de España. Yo le hacía ver amigablemente que la riqueza de su orden constituía a mi juicio una traición flagrante a los principios contenidos en el evangelio. Le añadí que profesando en aquella orden se había garantizado dos cosas, la seguridad material y vivir en el lujo, con lo que, con su permiso, me permitía dudar seriamente de que su vocación, como ella la llamaba, no fuera realmente miedo a vivir la vida. Mi hermana no se enfadó, todo lo contrario, con la mayor desfachatez (dicho cariñosamente), me contestó que en absoluto, que los buenos colegios que la congregación tenía estaban para el confort de las alumnas (de pago, por supuesto) y que ellas, las monjas se iban muchas noches a la cama con un platito de lenjetas o con unas sardinas fritas por toda cena.
El cinismo que había desarrollado mi hermana, del que carecía en la adoslecencia, antes de aficionarse a las monjas, constituye al día de hoy el primer patrimonio y el arma principal de la que se valen los católicos para defender a su Iglesia. Porque, además, no se trata de de estar a favor de los pobres, sino de estar en contra de la pobreza. Por citar dos ejemplos recientes: a favor de los pobres estaba la madre Teresa de Calcuta, tan alabada por su amigo Juan Pablo II, cuyo único cometido consistía en dar de comer al hambriento y ayudarlo a bien morir; en contra de la pobreza estaba Vicente Ferrer, quien consiguió, y ahora lo siguen haciendo sus sucesores, llenar de vida una región de la India condenada al hambre y a la desesperación. Claro que para llevar a cabo su obra Vicente Ferrer tuvo que abandonar la orden a la que pertenecía, los jesuitas, y la propia Iglesia. En la exaltación de la pobreza, que no es lo mismo que estar en contra del consumismo o el conformarse con lo que se tiene, es donde desbarra de manera incluso sublime el Cristo que retratan los evangelios.
¿Estará el papa Francisco realmente interesado en luchar contra la pobreza, o se limitará a lavarles los pies el Jueves Santo a una docena de desgraciados? Preso de la doctrina evangélica, ¿vivirá la pobreza en medio del esplendor, el lujo y la máxima riqueza, con el mismo cinismo del que daba muestras mi hermana, o estará dispuesto a participar en los programas que ya existen para poner fin al hambre en el mundo, como primer paso para la erradicación definitiva de la pobreza? Me temo que, una vez más, no estamos más que ante bellas palabras que no llevan a ningún sitio.

2 comentarios:

Lansky dijo...

Qué quieres que te diga, no soy creyente (por cierto, corrige un 'fue' del primer párrafo donde debes queres decir 'fe'), pero me parece un error intepretar cualquier texto sagrado, para conducirnos en la vida, sea este el Corán o los Evangelios, y me lo parece porque es un dictado que se toma por divino y por tanto inapelable, y segundo, porque, en la Biblia es frecuente, puedes encontrar textos que se contradigan a conveniencia.

Salvando lo anterior, parece que, en efecto, el 'poso' del cristianismo es la pobreza como forma de vida y eso contrasta con las riquezas acumuladas por la jerarquía (las que no se ven, también, por herencias de creyentes acojonados en el lecho de muerte). Este papa, con todos mis respetos a los argentinos, que no a los papas, me parece...muy argentino, dizque histriónico y numerero.

Molón Suave dijo...

Corregido. Desde luego utilizar los evangelios o cualquier otro libro "sagrado" como guía para la vida no sirve, precisamente por la razón que aduces. Si lo expongo en la primera parte de la entrada es justamente porque la Iglesia afirma que tiene al evangelio com guía, circunstancia que deviene en una auténtica mentira, viendo las inmensas riquezas que poseen.)