domingo, 10 de marzo de 2013

Para curar la locura

El ejemplo de lo que al día de hoy hace la Iglesia Católica con los pobres y con los enfermos, especialmente los de enfermedades complicadas, se encuentra, respectivamente, en Agnes Gonxha, más conocida por el seudónimo de Teresa de Calcuta, y en el santuario de Lourdes. A los pobres, mantenerlos en la pobreza para poder practicar con ellos la caridad. Para los enfermos procurarles un milagro que, además de curarlos y entre otras cosas, lleve a los altares a su benefactor.
Existe algo hermoso en el sufrimiento y la muerte, en como un pobre acepta su muerte y sufre como la Pasión de Cristo. El mundo gana con su sufrimiento. Cuesta creer que algo tan brutal haya salido de la boca de un ser humano, pero este es uno de los lemas bajo los que la señora Teresa amparaba su dedicación a los pobres, en principio de la India y luego de medio mundo. A los pobres, socorrerlos y punto, esto es lo máximo que, sin llegar a las exageraciones de la señora Teresa, hace la Iglesia Católica.
En otro tiempo, cuando la erradicación de la pobreza podía considerarse una empresa prácticamente imposible, quizás bastara con los remedios paliativos. Al día de hoy, sin embargo, acabar con la pobreza sería tarea bien sencilla si los grandes poderes económicos, entre ellos la Iglesia, se lo propusieran. Aun a pequeña escala, no es lo mismo ayudar al pobre que atacar la pobreza. Qué lejos de la monja de Calcuta queda, por ejemplo, Vicente Ferrer, quien en la misma India sí que ha logrado erradicar la pobreza en el ámbito de su actuación. Pero mientras a la monja la hacían santa, Ferrer tuvo que abandonar la Iglesia para poder llevar a cabo su tarea.
Lo de la enfermedad es más chusco aún. El santuario de Lourdes, en Francia recibe anualmente la visita de miles de peregrinos que acuden en busca de la curación de sus dolencias. Es, probablemente, el santuario católico más famoso. Pero no el único. En Galicia (España) existe uno especializado en la curación de la locura. Se trata del Santuario de Nuestra Señora del Corpiño, en la Parroquia de Santa Eulalia de Losón, municipio de Lalín (Pontevedra).
Situado en el centro geográfico de Galicia, el santuario se levanta en un paraje sombrío y misterioso, tan propio de las tierras gallegas. Su fundación se remonta al siglo XIII, cuando unos pastores que huían de una fenomenal tormenta se refugiaron en unas ruinas en las que encontraron una imagen de la Virgen que, ¡oh, virtud!, resultaría milagrosa.
A partir de entonces, dos veces al año, centenares de afligidos por trastornos síquicos de variada gravedad, bastantes de ellos considerados como poseídos por el maligno, acuden al santuario acompañados por familiares y amigos con el propósito de impetrar de la Virgen su curación.
Esta petición no se hace de cualquier manera, sino que al respecto existe todo un ritual convenientemente organizado por la propia Iglesia que se desarrolla a lo largo de nueve días, es decir, una novena. Para empezar, el primero de los días un sacerdote pone sobre la cabeza de los enfermos sus manos y algunas reliquias, mientras musita determinadas oraciones. A continuación, los desquiciados son llevados a la sacristía y desde allí van pasando uno a uno bajo la imagen de la Virgen, que se encuentra en su camarín, mientras en el templo los acompañantes forman una indescriptible algarabía a base de cantos, gritos, lloros, lamentaciones, risas y rezos. La catarsis llega a tal extremo que la gente brinca, salta, se retuerce, cada vez más exaltada, se tiran de los pelos, se golpean el pecho, patean el suelo, braman. Un espectáculo insólito, que sigue sucediendo actualmente, en el siglo XXI, y que asombra, sobrecoge y abochorna, a partes iguales al espectador neutral. Después de que los pacientes hayan pasado bajo la imagen de la Virgen y en medio del follón del templo, que no consigue calmarse, el sacerdote dice la misa.
Al día siguiente, bien tempranito, los pacientes y sus acompañantes, se lavan la cara tres veces en una fuente próxima. Por la tarde sacan en procesión a la Virgen y los orates y endemoniados vuelven a pasar tres veces bajo las andas. De nuevo se reproduce el espectáculo del templo, sólo que ahora, al aire libre, en un tono decididamente demencial: gritos inenarrables, sacudidas, saltos, carreras, ataques de nervios que llegan al furor y a la ira, maldiciones, rotura de ropas, desmayos colectivos, etc., una auténtica bacanal rabiosa que espanta hasta a los animales que pueblan los montes de los alrededores a bastante kilómetros de distancia.
 La ceremonia se repite del mismo modo y con las misma reacciones durante los nueve días que dura la novena. A su conclusión, los peregrinos retornan a sus lugares de origen, no sin antes haberse aprovisionado de estampas, libros, medallas, reliquias y toda clase de artículos sacros que pueden adquirirse en la magnífica tienda que para la ocasión tiene montada el santuario.
Dicen los que dicen que no son pocos los locos y majarones que recobran la cordura. Y los que no lo hacen no dudan en volver con la siguiente romería convencidos de que en esta ocasión la Virgen tendrá piedad de ellos y los sanará. De modo que si usted, amigo lector, tiene algún demente, lunático o maniático, no digamos ya si se trata de un endemoniado, en su familia o entre el círculo de sus allegados no lo lleve al siquiatra que lo hartará de pastillas y no lo curará. Llévelo a la Virgen del Corpiño que, si no vuelve curado, al menos el majara y usted se habrán divertido de lo lindo.

No hay comentarios: