lunes, 25 de marzo de 2013

En casa del seminarista

Cuando lo supe comprendí al fin el origen de los miedos que arrastraba mi madre. Fue un golpe duro. Y también una lástima, porque de haberlo sabido antes no hubiera tenido muchos de los desencuentros que con ella tuve.
Mi madre nació en Úbeda un día de noviembre del año mil novecientos once. Era hija de un minúsculo agricultor, propietario de cinco o seis fanegas de olivar, un par de ellas de cereales para las bestias, un pequeño huerto para consumo propio y algunos animales domésticos para lo mismo. Con tan  menguada hacienda, el hombre iba sacando adelante a sus seis hijos, cuatro varones y dos hembras, el quinto lugar de los cuales lo ocupaba mi madre. 
Tres malas cosechas consecutivas a consecuencia de la sequía provocaron la ruina del agricultor, que se vio obligado a malvender las tierras nada más que para satisfacer los créditos de los prestamistas. Ante la situación de extrema pobreza a la que el destino condenaba a la familia, el buen hombre no encontró otra salida que enrolarse como minero en las minas de plomo de La Carolina. Mala solución para un hombre a punto de cumplir la cincuentena, cuya vida había discurrido al aire libre desde el mismo instante de su nacimiento. En menos de dos años el antiguo agricultor enfermó de silicosis, una enfermedad que tres años después lo llevó derechito al cementerio.
Sin pensión ni ingreso alguno y con seis hijos a su cargo, la situación de la viuda se tornó desesperada. Algo la paliaron los dos hijos mayores, que empezaron a trabajar como peones de albañil. Pero no era suficiente. Entonces la madre de mi madre recibió una proposición de su hermana: llevarse con ella a su hija pequeña, a fin de aligerarle la carga hasta que los vientos cambiaran. La oferta parecía generosa para la época. Con su hermana, su hija tendría casa, comida y ropa aseguradas y eso era mucho para el momento que vivía la familia. Así es que la viuda accedió. En mala hora.
Ocho años tenía mi madre cuando se la llevó su tía. Esta estaba casada con un tratante de ganado que ejercía su oficio de feria en feria, por lo que paraba poco en la casa. Tenían un solo hijo, seis años mayor que mi madre, que en aquel momento se encontraba en el seminario estudiando para sacerdote. Se ordenaría como tal diez años más tarde. La tía de mi madre vivía en una buena casa de Úbeda, de dos plantas, baja y primera, con patio y corral. Tenían habitaciones de sobra, pero mi madre fue a parar al hueco de la escalera, un cuchitril sin ventilación en el que por todo mobiliario había un camastro de hojas de mazorca y  una percha para colgar la ropa clavada en la pared.
En lugar de enviarla al colegio, su tía empleó a mi madre de criada en su propia casa. Una explotación que olvídese usted de Dickens, ya que, si no recuerdo mal, los niños que el autor inglés retrata en sus novelas son explotados por extraños, no por familiares. Lavar la ropa, a mano por supuesto, demás está decirlo, y plancharla, bien pronto la enseñó su tía a hacerlo. Barrer, fregar el suelo, la mayor parte de ladrillos, de rodillas y a base de jabón y estropajo, como se hacía entonces, fregar los platos, baldear el corral. Todas las tareas de una casa antigua y de considerables dimensiones, que la tía de mi madre pretendía que su sobrina mantuviera como los chorros del oro, mientras ella se dedicaba a vigilarla. Hasta la comida acabó haciendo mi madre en bien poco tiempo. Una comida que, tanto si su tía estaba sola como si estaban también en la casa su marido y su hijo, mi madre tenía que servir en el comedor, mientras a ella le tocaba comer las sobras en la cocina.
Mal alimentada y escasa siempre de ropa, en invierno, con los fríos, a mi madre se le llenaban las manos de sabañones, muchos de ellos agrietados. Hoy, con las comodidades que tenemos, esta dolencia es prácticamente desconocida, pero es bien dolorosa, sobre todo si no te cuidas y tienes que seguir mojándote las manos al realizar la tareas diarias de la casa.
Cuando su primo estaba de vacaciones, su habitación y su ropa era lo primero que mi madre estaba obligada a atender. Me pregunto qué le enseñaban al primo de mi madre en el seminario. Se trata de una pregunta retórica, porque yo lo sé, pasé por uno. Mucho latín, mucho griego, mucho Platón, mucho Padres de la Iglesia, mucha regla de urbanidad y mucho rezo y meditación sobre pasajes del Evangelio, especialmente los de la pasion. Pero de justicia, de compasión, de caridad incluso o de amor al prójimo ni media palabra. El seminarista veía la explotación a la que su madre sometía a su prima. En las vacaciones de Navidad veía sus manos inflamadas y agrietadas por los sabañones. ¿Dijo alguna vez algo? ¿Le reprochó a su madre el trato que le daba a su sobrina? ¿Trató alguna vez de suavizarlo? ¿Trató alguna vez con alguna consideración a su prima? Jamás. Si el futuro sacerdote no se preocupaba del sufrimiento de alguien que tenía en su propia casa, ¿cómo narices iba a precuparse después del de gente ajena y anónima? No lo haría, puedo asegurarlo. Como no lo hacía y no lo hacen más que de palabra la inmensa mayoría de los sacerdotes de la Iglesia católica, con honrosas excepciones que vienen a confirmar la regla. El único que se preocupaba de la niña era el tratante de ganado, hasta el punto de que la explotación se suavizaba bastante cuando él estaba en la casa, cosa que, como he dicho ocurría bastante poco.
¿Y mi madre, por qué no se quejaba? ¿Por qué no se le ocurrió nunca escapar de casa de su tía y correr a la de su madre, que no estaba tan lejos? La razón: porque no existe un maltratador físico que no lo sea también sicológico. Su tía la aterrorizaba con toda clase de argumentos. El principal: su madre no la quería, por eso se había desprendido de ella, y si volvía a su casa su madre la ingresaría en un hospicio donde hombres de la peor catadura se encargaban de torturar a los niños y de hacerlos desaparecer. Tal altura alcanzó la extorsión que en muy poco tiempo mi madre tenía pavor hasta de salir a la calle, de modo que, a la edad en que la mayoría de las niñas iban al colegio, ella soportaba incluso con gusto un régimen de casi esclavitud. Sólo faltó que el futuro sacerdote se enamoriscara de ella y la violara, cosa que no llegó a ocurrir.
Es increíble, pero así fue. Increíble también que la madre no fuera nunca a casa de su hermana a ver que tal le iba a su hija. Pero así fue. Quizás la excusa de la madre estuviera en que, de cuando en cuando, su hermana le llevaba a su hija de visita, y la niña, bien aleccionada y con el único vestidito decente que tenía siempre decía que estaba bien y que su tía la quería mucho.
Nueve años duró el tormento. Cuando cumplió diecisiete años, la niña regresó a su casa porque la familia había decidido trasladarse a Córdoba, donde los hijos mayores habían encontrado trabajo. Ya era tarde. Llegó a la casa como una extraña y como una extraña se mantuvo mientras vivió en ella. El trato con sus hermanos sería ya siempre amable, pero distante y frío. Un trato que luego proyectaría sobre sus propios hijos.

8 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Tremendo, pero no creas que era tan anormal para la época (por cierto, si tu madre nació en el 11 debes ser mayor que yo y, no sé por qué, te hacía de mi quinta). En mis dos familias hay casos, si no idénticos, parecidos. Mi tía paterna, la única hija, pasó a ser la chacha de la casa cuando mi abuelo enviudó y se casó con una severa señora (la que para mí fue siempre la abuelita). Mi abuelo materno también quedó huérfano a los cinco años y su madre se casó con el hermano de su marido (por lo visto era relativamente habitual) y se fueron todos a vivir a Bilbao donde el nuevo pater familias tenía una imprenta en la que puso a trabajar a mi abuelo desde esa edad, sin permitirle que fuera al colegio. La historia de tu madre es calcadita a la de la abuela de un compañero mío de colegio, sólo que en vez de en Úbeda, ésta ocurrió en la provincia de Zamora y como una década antes.

En fin, afortunadamente en algunas cosas los tiempos han cambiado para mejor. Con esas infancias es para perdonar que fueran como fueran.

PS: Así que estuviste en un seminario ...

Lansky dijo...

Sí, es terrible, pero como dice Miroslav no tan infrecuente, o sea, terrible por partida doble ya que no era tan excepcional

Molón Suave dijo...

Miroslav: Mi madre nació en el once, pero no se casó hasta los treinta y tres, más que nada porque le pilló la guerra por medio y a mí me tuvo con treinta y cuatro. (Ya puedes calcular mi edad y saber si soy o no de tu quinta)
Su infancia, en efecto, no era un caso raro, salvo en que pocos de los niños o niñas que sufrieron una infancia semejante fueran a parar a una casa en la que un muchacho estudiaba para sacerdote. Esta circunstancia, a mi juicio, agrava sustancialmente el hecho, ya que como cuento en ningún momento se preocupó de su prima. Mi madre era muy poco amiga de confidencias, cosa normal con lo que había pasado, pero el caso me lo contó ella misma, eso sí cuando yo ya tenía veintitrés o veinticuatro años. Puede que exagerara con respecto a su primo. Pero yo tuve oportunidad de conocer al muchacho cuando ya era sacerdote y puedo dar fe de los humos que se gastaba. En realildad cuento esta historia por él, es decir, por la relación más o menos próxima que tiene con la religión gracias a él, razón única por la que he contado otras historias de mi propia vida.
Y naturalmente que entendí a mi madre. Sólo lamento no haberlo sabido mucho antes para entenderla y aceptarla mucho antes también. Era un mujer arisca, silenciosa y, sobre todo, temerosa. Muchos de sus miedos me los inculcó a mi, y mucho me ha costado despojarme de la mayoría, no de todos. Puedo recordar casi con absoluta precisión las veces que la vi reír. Pero la comprendí en cuanto que me lo contó, un día en que a punto ya de abandonar mi casa le reprochaba el poco afecto que había mostrado siempre hacia mí hermana y hacia mí.
Pues sí, estuve en un seminario. Poco tiempo, sólo dos años, pero fue suficiente. Algún día contaré cómo lo abandoné.
Y, sí, es verdad, los tiempos han cambiado y lo han hecho para mejor. Desde luego, en este aspecto con toda seguridad.

Molón Suave dijo...

Lansky: Como tú dices, más terrible aún porque no era tan excepcional. No es extraño que mucha gente de mi generación hayamos tenido que luchar y no poco contra los traumas que nos transmitieron una generación aún más traumatizada que la nuestra y que, sin embargo, por su baja extracción cultural, ni siquiera eran conscientes de que los tenían.

Conchi Carnago dijo...

Estimado amigo, tremenda la historia de tu madre, y llevas mucha razón que siendo su hijo sacerdote la madre fuera tan cruel con una niña que era de su misma sangre, sin duda debió de ser una mujer perversa pues para mi quien trata mal a los niños son miserables indignos de llamarse personas, cuando pienso lo mal que lo pasaría la criatura, me afianzo mas en mi postura a favor del aborto, precisamente por el bien de niños que solo vienen al mundo a ser explotados y mal tratados.
Y es cierto que en aquella época eran casos muy comunes con extraños y entre familias como en el caso de tu madre.
estoy segura de que recordar esos años de producirá mucho daño e impotencia.

Un abrazo.

Paco Muñoz dijo...

Que lamentable historia pero que real, es la representación del abuso, de la hipocresía y del cinismo, de una clase un escalón superior en posibles, pero una escalera entera en falta de humanidad. En mi familia esos abusos venían del exterior. En la familia de mi padre, alguna de sus hermanas trabajó en un pueblo de la provincia con una familia de las más fascistas del mismo, de comunión diaria, y de abusos sistemáticos con los "criados" y con los campesinos que dependían de ellos. Por la comida, aunque ésta, mi tía, era una viva que les daba sopa con ondas a su "ama". Tiene historias graciosísimas de como ella desde el control de la cocina, les hacia comer la mierda que esta gente se merecían, y se ganaba incluso su reconocimiento. Hasta mis primos estaban de cuerpo de casa con esta gentuza, siendo unos niños. Afortunadamente en mi casa, en la familia de mi madre, no hemos visto estos abusos. Mi madre es del 19, y por el mero hecho de trabajar en la calle -peluquera de señoras-, tenía una cierta libertad que no tenían las demás. Incluso en el vestir destacaba del negro horroroso del resto de las mujeres de su edad, yo veía las madres de mis amigos y eran mayores al lado de mi madre. O si me aprietas en el inconfundible olor a Maderas de Oriente, que era el perfume que usaba. O las cuidadas uñas -esto lo ha tenido siempre y llamaban la atención, a pesar de que en su casa lavaba a mano en lavadero y fregaba rodilla en suelo-, o el toque de colorete y pintura de labios. En fin, activando recuerdos una más y otros menos, pero todos recuerdos. El cielo o el infierno de los cristianos, que el buen o mal recuerdo de determinados individuos de la especie. Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Conchi: Sí, la tía de mi madre era de armas tomar. Pero el primo no le iba a la zaga. Cuento esta historia precisamente por su relación con la religión, por lo que toca al seminarista y su absoluta falta de compasión. y sí, el recuerdo es doloroso, pero contarlo es también un desahogo que produce un indudable consuelo.

Molón Suave dijo...

Paco: Maderas de Oriente, famosa colonia que también usaba mi madre. A los diecisiete años, cuando la familia se vino a Córdoba, mi madre también se puso a trabajar en la calle, concretamente en un taller de modista en el que llegó a oficiala. Luego se independizo y montó su propio taller, que mantuvo con bastante éxito hasta que se casó y el marido le salió rana. Fue mi madre también una mujer bastante avanzada para su tiempo. Como modista, claro, tampoco vestía de negro, sino que tanto ella como nosotros, sus hijos, íbamos siempre que parecíamos señoritos. Pero los miedos los llevaba demasiado dentro y nunca logró despojarse de ellos. Ahora nos quejamos y con razón, pero aquella generación vivió años mucho más duros que los que a nosotros nos ha tocado vivir.
Un abrazo