domingo, 3 de marzo de 2013

El silencio de Dios

El silencio es un síntoma. El que calla cuando es necesario hablar o es un necio insulso que no sabe qué decir, o es un canalla que esta conforme con la situación de que se trate, si es que no la provocó él, o quizás lo que ocurra es que no existe. No podemos esperar, por ejemplo, que hable el caballo volador experto en música y gran compositor de sinfonías porque, sencillamente, nadie ha tenido jamás constancia de su existencia.
Hay silencios y silencios. Repugnante para todo el que tenga un mínimo de sensibilidad es el de la Conferencia Episcopal Española ante la corrupción salvaje que asola al país. Un silencio de esta categoría por parte de quien nadie duda de su existencia convierte al que calla, lo quiera o no, en cómplice directo de dicha corrupción. Alguien al que, si no protagoniza la corrupción, ésta, desde luego, le favorece.
Sin embargo, el más estruendoso de los silencios es el silencio de Dios. ¿Qué ocurre? ¿No hay nada que impela a Dios a hablar al ser humano? ¿Tuvo agallas para crearlo y ahora no es capaz de enfrentarse a su criatura para decirle que Él es el culpable de su triste situación? ¿Tuvo agallas para crear un mundo en el que la supervivencia de unos sólo puede lograrse mediante la muerte de otros, un mundo en el que la norma primera es la del despilfarro, y ahora carece de valor para explicarle por qué lo hizo a la única criatura hecha a su imagen y semejanza y, por tanto, capaz de entenderle?
El señor Ratzinger, papa dimisionario, visitando no recuerdo qué campo de concentración de Alemania (campo que él colobaró en crear, aunque fuera de forma indirecta), se preguntaba dónde había estado Dios en aquellos espantosos años, o lo que viene a ser lo mismo, por qué había callado Dios ante tragedias tan terribles. Ahora, al tiempo de su dimisión, Ratzinger afirma, sin embargo, que el Señor, es decir Dios, le ha dicho que está de acuerdo con su renuncia.
La realidad parace estar más cerca del Ratzinger preguntón que del papa dimisionario, pues si se echa la vista atrás no es difícil comprobar que a lo largo de la historia humana no hay prueba alguna de que Dios le haya hablado jamás a ningún miembro de la humanidad, solo o acompañado. Hay hombres que afirman haber hablado con Dios, pero para creerlos debemos fiarnos de su palabra pues ni contaron con testigos de semejante hazaña ni fueron capaces de mostrar siquiera una prueba de su experiencia.
En la Biblia se cuenta uno de los casos más célebres de la historia, el de Moisés en el monte Sinai con la zarza ardiente. Pero ante este fantástico relato cabe preguntarse cómo conoció este hecho el escribano bíblico. Tal y como está contado sólo cabe una respuesta: el propio Moisés lo informó de lo que acababa de ocurrirle, sin más. Con lo que todo se reduce a un acto de fe, el mismo acto de fe bobalicón que hacíamos cuando de niños creíamos que el lobo podía hablarle a Caperucita, por ejemplo, en uno de los deliciosos cuentos que leíamos o nos leían.
Se mire como se mire, el silencio de Dios es aplastante. Hay teólogos que afirman que Dios se manifiesta silenciosamente en  el corazón del hombre. Otros sostienen que Dios habla a través de sus obras.
Respecto a la primera de las afirmaciones hoy sabemos que cuando los teólogos dicen el corazón se refieren realmente al cerebro, ya que el corazón es un mero músculo que ni oye ni entiende, y todos sabemos también hasta qué punto somos capaces de crear en nuestro cerebro las historias más absurdas y disparatas con la vitola de verdaderas.
¿Y qué decimos de las obras de Dios? Los teológos aseguran que así como un cuadro, una escultura, una sinfonía, forman parte del lenguaje de su autor y por tanto pueden decirmos mucho de su personalidad, también el mundo, como creación divina, constituye el leguaje a través del cual Dios se manifiesta y nos revela su ser. Esta afirmación, sin embargo, no deja de ser un pobre sofisma, pues un cuadro, una escultura, una sinfonía, etc. son obras indudablemente humanas, obras que, aunque no lleven firma, sabemos con total certeza que han sido realizadas por un ser humano, en tanto que nadie puede asegurar que el mundo haya sido efectivamente creado por Dios, algo que será necesario demostrar antes de cualquier especulación y que hasta la fecha nadie ha conseguido hacer.
Dios calla y calla y calla. Esta es la realidad. La tozudez de su silencio resulta exasperante hasta para los místicos más hondos. Algunos de éstos han relatado experiencias a través de las cuales habrían entrado en contacto con la gloria de Dios. Pero ni uno solo ha dicho que haya hablado con Él y mucho menos que Dios le haya dirigido la palabra, circunstancias que, de todos modos, necesitarían para ser creídas el peso de la prueba.
 Ni para bien ni para mal. Ni para consolarnos ni para maldecirnos. Dios no dice nunca nada. Por más que filosofemos, por más que nos esforcemos en elaborar argumentos que nos parezcan realmente brillantes, el silencio es cuanto honradamente podemos predicar de Él. Todo lo demás son fantasías, humo o ilusiones de desesperados.
Los teólogos nos presenta a Dios como un ser esencialmente amoroso. Dios es ante todo amor, repiten incansablemente. Pero, aunque se nieguen a reconocerlo, ellos saben que un silencio tan lato y tan profundo no es propio de un Dios amoroso. Es mucho más propio de un Dios inexistente.

6 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Quienes creen en Dios, en un Dios eterno y personal, te dirán que incluso aceptando su tozudo silencio éste no prueba su inexistencia, sino la vanidad humana de pretender juzgarle con nuestros parámetros. Ahí vendría a cuento lo de que los designios del Señor son inescrutables.

La mayoría de creyentes monoteístas, sin embargo, no están de acuerdo con el presunto silencio de Dios e insisten, como dices en el post, que sí que nos habla, que nos viene hablando desde el episodio de la zarza (y desde antes), pero el hombre se empeña en no escucharle.

Ciertamente, para poder oír la voz de Dios hay que creer en Él o, casi mejor, creer en Él suele ser lo mismo que creer que nos habla. Por eso, el no-silencio de Dios sólo se verifica en las conciencias individuales de cada cual.

La cuestión que me resulta interesante es imaginar cómo podría Dios, de existir y no estar mudo, hablarno de modo que su voz fuera un hecho incuestionable, una experiencia colectiva comunicable entre los seres humanos. Se me ocurren algunos ejemplos, todos demadiado increíbles.

Lansky dijo...

Yo una de las cosas que más le agradezco a ese Dios en el que no sólo no creo, sino que no creo necesario creer en Él, es que no me hable, ya sería el colmo. Un demiurgo creador que luego se desentienda de nostros, hasta ahí concedo, como los buenos padres que dejan volar solos a sus hijos...

Molón Suave dijo...

Miroslav: En efecto, los creyentes vienen a ser como los alcohólicos o los fumadores, siempre tienen una excusa para beber o para fumar. El silencio no prueba la inexistencia de Dios, pero, y esto es una perogrullada, quien afirma es quien está obligado a probar. Pero supongamos que Dios existe. Si es así nuestro ansia de conocimiento es obra suya. Entonces,¿puede considerarse soberbia tratar de conocer sus razones para crearnos y crear este mundo? Porque lo que no le resulta fácil a un creyente es que este mundo es bastante imperfecto, incluso haciendo abstracción del ser humano. Dios podría hablarno, claro. Para empezar,si es que existe y es tan bueno, no le resultaría difícil imbuirnos la certeza indubitable de su existencia. Acabaría así con una buena cantidad de malentendidos. Por otra parte, a mí los creyentes no me preocupan en exceso. Me parecen personas que para vivir necesitan el cobijo de un paraguas, pero nada más. Los que me preocupan son los que enarbolan a Dios para conseguir o continuar disfrutando de unos privilegios conseguidos por el camino del temor. Estos, además, ni siquieran son creyentes.

Molón Suave dijo...

Lansky: Los buenos padres dejan volar solos a sus hijos, pero primero los ha enseñado a hacerlo, por eso son buenos padres. Los niveles de actuación entre los padres humanos y Dios no son equiparables. Los hombres somos finitos y falibles, entre otras cosas, y Dios... bueno, no hay más que escuchar a los teólogos, que, aunque Dios es incognocisble, según ellos mismos, son los que más saben de Él. Cuando hablamos dce Dios siempre nos detenemos en la posible (o imposible de los hombres con Él o viceversa) Pero, no basta con esto, hay que fijarse en el resto del mundo, que es (sería) también obra de Dios. Y mirando no tanto al hombre como al resto del mundo, a la obra en su conjunto, cuando mejor idea puede hacerse uno de su autor. Por mi parte, no sólo no creo necesario creer en Él, sino que creo que es una entidad innecesaria. Por absurdo que nos parezca, yo entiendo mejor el mundo, incluidos los seres humanos, sin Dios que con Dios. Si los creyentes (los verdaderos, no el papa y sus compinches) tuvieran el valor de mirar a su alrededor yo creo que no estarían muy en desacuerdo conmigo. Lo digo porque un día yo fui uno de esos creyentes que se lo tragaban todo. Por último, si existiera ese Ser personal que ha creado esto, a mí sí que me gustaría echármelo a la cara. No creas que le iba a decir muchas cosas bonitas.

Susana Peiro dijo...

Entender el mundo sin Dios, que con Dios, es un buen punto de partida para el espíritu...sencillamente porque no "esperamos". Esperar algo, una palabra, una revelación tal vez, un algo especial y sobrenatural que cambiará el rumbo de las cosas, es agregar desolación.

Tengo siempre presente el deus ex machina, recurso teatral en el que -cuando se agotan los argumentos e ideas- aparece en medio de la escena Dios para solucionar los problemas de los mortales (y del autor de la obra)

El silencio quizás, sea un entreacto.

Saludos cordiales.

Molón Suave dijo...

Susana: En primer lugar, bievenida.
Dios como el gran remedio y también como la gran coartada, así es, a mi entender, para los creyentes. Y tienes razón, la esperanza es propia de seres infelices. Quien nada necesita no tiene nada que esperar. Cifrar la esperanza en un más allá inaccesible y en un Dios todopoderoso significa agrandar aún más nuestra insignificancia y nuestra insatisfacción.