lunes, 30 de diciembre de 2013

Cásate y sé sumisa

                              
Manuela N. (una amiga, permitid que no diga su apellido porque no cuento con su autorización) recordaba muy bien la historia de Santa Rita de Casia (1381-1457) contada por doña Claudia, su profesora en el colegio de primaria. Desde lo alto del encerado, el moño sobre la nuca, un vestido oscuro ajustado al talle y cerrado hasta el cuello, medias gruesas y zapatos negros de charol con un tacón de apenas dos centímetros, doña Claudia abría levemente los brazos y exclamaba:
-Santa Rita fue una mujer excepcional.
Enseguida un suspiro, profundo, para atraer por completo la atención de las alumnas, todas de entre ocho y nueve años, y de nuevo su voz, de una melosidad empalagosa: Rita no se llamaba Rita, sino Margarita, el Rita era un diminutivo que le sonaba horroroso, pero que ella aceptaba con paciencia y humildad. Era una niña extraordinariamente obediente, y en esta palabreja doña Claudia hacía una pausa y miraba a sus alumnas una por una como si pretendiera fulminarlas, tan obediente, alzaba aún más la voz, como para olvidarse de su vocación de ser monja y a los catorce años aceptar casarse con un hombre al que ni siquiera conocía, sólo para cumplir el deseo de sus padres, ojo, el deseo, ni siquiera la orden.
Rita nació en Rocca-Porena, una pedanía de Casia, en la Umbría italiana. El marido era sereno en la aldea. Mucho mayor que ella, le salió bebedor y mujeriego. La maltrataba. Le propinaba enormes palizas que más de una vez pusieron a Rita al borde de la muerte. ¿Y cómo respondía ella a aquel comportamiento? Perdonando a su hombre. Siempre. Paliza tras paliza. Rogando a Dios no que terminara aquel suplicio, sino por la regeneración del marido, para que su marido se arrepintiera de sus maldades y volviera a la senda de los buenos cristianos.
Dos hijos tuvo con aquel malvado, mellizos, y los dos le salieron clavaditos al padre. Ya desde la misma cuna constituyeron una tortura para la madre, tortura que fue aumentando y acentuándose con toda clase de vejaciones orales y físicas a medida que los niños crecían y llegaban a la adolescencia. Y aquí, doña Claudia abría por completo sus brazos, alzaba su cabeza y exclamaba:
-Ved cuán tortuosos, cuán lóbregos pueden llegar a ser los caminos del señor.
¿Y para qué tanta tortuosidad y lobreguez? Con el objeto de ejercitar nuestras almas ante las continuas tentaciones de Satanás. Ante aquellas pruebas, la buena de Rita ni desfallecía ni desesperaba. Ni un reproche siquiera salía de sus labios. Sólo oraciones, de la mañana a la noche. ¿Y qué le pedía al altísimo? El sacrificio mayor que una esposa y madre puede desear: ver a su marido y a los hijos de su sangre muertos en paz con Dios antes de que, por la senda que andaban, acabaran en el infierno. ¡Y lo logró! Marido e hijos, estos poco más que adolescentes, murieron en sus brazos reconciliados con el Creador. ¡Un milagro!
-Porque cuando se las pedimos con verdadera fe, Dios escucha siempre nuestras súplicas -aseveraba doña Claudia, los ojos en blanco y la respiración agitada.
Libre de las cargas familiares, Santa Rita pretendió entrar en el convento de la agustinas de Casia, pero las monjas le vetaron la entrada, con el argumento de que sólo admitían vírgenes. Nuevo milagro: la viuda apareció un día dentro del recinto, a pesar de sus altos muros y de sus formidables puertas firmemente cerradas. El mismo San Agustín la trasladó en sus brazos. La madre superiora no tuvo más remedio que admitirla.
En el convento no cesó Dios Nuestro Señor de obrar prodigios maravillosos a través de ella. En primer lugar, los estigmas, el más doloroso de los cuales una astilla de madera que el propio Cristo en persona le clavó en la frente, en memoria de la corona de espinas que le había desgarrado la cabeza a Él. Florecían además las rosas en pleno invierno sobre un lecho de nieve, plantas que ya murieron reverdecían y volvían a dar flores, pajarillos de variado plumaje entonaban dulcísimos himnos a su paso.
Doña Claudia enlazaba aquí sus manos en el pecho, suspiraba casi en éxtasis y concluía:
-A su muerte su celda exhalaba un perfume dulcísimo -pausa, larga, y vuelta a la normalidad-. Santa Rita murió hace más de quinientos años, pero su cuerpo no conoció la putrefacción, incorrupto se conserva en la basílica de Casia construida exprofeso poco después de su santificación por parte de León XIII.
Sí, mi amiga Manuela N. recordaba muy bien aquella historia y la forma de contarla de doña Claudia. Era el modelo de mujer que la Iglesia había impuesto durante mucho tiempo en los territorios en los que se había instalado: esposa y madre sufrida y fervorosa o monja. En Santa Rita se habían cumplido las dos en una sola persona. Un modelo medieval que, a juicio de Manuela, no había producido más que dolor, montañas y montañas de dolor para el género femenino.
Soltera porque quería, todavía de magnifico ver a sus cincuenta y dos años y con media docena de amantes a sus espaldas, gracias a que en los últimos decenios la mujer había conseguido conquistar no toda, pero sí buena parte de su libertad, Manuela recordó aquella historia porque era el día de su cumpleaños y había recibido un  regalo que, cuando menos, le pareció anómalo. Todos sus amigos le habíamos hecho muchos regalos, pero una compañera del instituto en el que daba clase de Ciencias Sociales, le había regalado Cásate y sé sumisa, de Constanza Miriano, el libro que había publicado en España el arzobispo de Granada y con el que, a juicio de Manuela, la indecente italiana y el no menos indecente arzobispo pretendían volver a la Edad Media.
Manuela pensó que aquel regalo era una broma, a pesar de que quien se lo había hecho era miembro del Opus y la dedicatoria no era nada alentadora. En cualquier caso, tan pronto como se marchó de su casa el último de sus amigos, Manuela tomo el libro y entró con él en el cuarto de baño. Allí, una tras otra, fue arrancando todas sus hojas y, tras trocearlas en pedacitos, las fue echando al inodoro. De cuando en cuando vaciaba la cisterna, convencida de que, si no actuaba con cuidado, podía producirse un atasco de proporciones inimaginables.

P.S.- Nada de esta entrada es imaginario. Todo lo que en ella se cuenta es absolutamente verídico.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Las brujas de Saboya

Nadie puede conocer los designios de Dios, sostienen los hombres de la Iglesia. A la vista del recorrido histórico de la institución bien puede afirmarse que ese Dios al que sus fieles invocan es un tipo como mínimo tan retorcido como impenetrable.
El condado de Saboya ocupó en su día parte de los Alpes nororientales de Italia y parte del sur de Francia. En 1391, siendo un niño todavía, accedió a la jefatura condal Amadeo VIII (1383-1451), gobernando con la ayuda de su abuela Borna de Borbón hasta su mayoría de edad. El nuevo conde se reveló como un buen gobernante. Engrandeció su Estado, adquiriendo, por conquista o por compra, diversos territorios, entre ellos el condado de Ginebra. En 1401 contrajo matrimonio con María de Borgoña, con la que tuvo nueve hijos. Gracias a sus habilidades diplomáticas, así como a su afinidad con la política del imperio, en 1416, el emperador Segismundo elevó el condado saboyano a la categoría de ducado.
La región de Saboya es un territorio abrupto, con altas montañas y profundos y recoletos valles, lugar lleno de encanto y también de misterio, propicio para la existencia tanto de raros personajes como de inexplicables prodigios.
El concilio de Constanza (1414-1418) había puesto fin al llamado Cisma de Occidente tras conseguir la abdicación o la deposición de los tres papas enfrentados, Gregorio XII, Juan XXIII y Benedicto XIII y eligiendo a Martín V (1417-1431) como único pontífice. La Iglesia, sin embargo no había logrado la paz. El concilio había establecido la necesidad imperiosa de reformar las estructuras eclesiásticas y, para ello, había impuesto al papado la celebración de sucesivos concilios, así como había dejado caer la supremacía de la autoridad conciliar sobre la autoridad papal.
Martín V, poco amigo de concilios, pese a haber sido elegido por uno, se vio forzado a convocar uno nuevo en Pavía, con el objeto principal de proceder a la reforma de la Iglesia. Diferentes vicisitudes obligaron al papa a disolver este concilio nada más iniciarse y a convocar otro en Basilea. Martín V murió en 1431, cuando el concilio aún no había acabado de ponerse en marcha. El colegio cardenalicio eligió como sucesor a Eugenio IV (1431-1447). La elección bien puede considerarse espuria, pues antes de ella los cardenales firmaron un documento por el que obligaba al futuro elegido, uno de entre ellos, a respetar tanto sus cargos como sus numerosas prebendas.
En el año de la elección (1431) de Eugenio IV, Amadeo VIII de Saboya se encontraba en la cima de su poder. Aquel año, unas brujas que vivían en el hondón de un valle perdido acudieron a él para profetizarle que más pronto que tarde llegaría a ser papa
Impresionado por la profecía, mandó construir un castillo en Rapaille, a orillas del lago Lemán, cercando con un elevado muro el bosque que lo circundaba y, en 1434, abdicó en su hijo Luis, fundó la orden de San Mauricio, con media docena de caballeros de su corte, y se retiró al castillo recién terminado.
Mientras tanto, el concilio de Basilea proseguía sus sesiones, en medio de fuertes discusiones acerca de la validez o no de la elección de Eugenio IV, así como de la supremacía o no del concilio sobre el papa. Tal tensión alcanzaron los enfrentamientos que, ante la imposibilidad de un acuerdo, los conciliares que defendían a Eugenio IV abandonaron Basilea y corrieron a postrarse ante el papa. Corría el año 1438. Los conciliaristas no se arredraron, sino que tras pedir reiterada e infructuosamente la renuncia de Eugenio IV procedieron a su destitución.
El concilio se planteó entonces la necesidad de elegir un nuevo pontífice. Todas las miradas de los conciliaristas se volvieron hacia Luigi d'Aleman, cardenal de Arlés. Pero éste se negó a aceptar su posible designación. Debemos elegir -dijo a la asamblea- una persona con autoridad, un poderoso príncipe que ponga al servicio del Concilio, además de su energía y santidad, sus relaciones con otros príncipes, su propio estado y sus riquezas: porque de todo esto carece el Concilio y, precisamente,  todo esto es lo que va a necesitar el nuevo papa para enfrentarse con éxito a los cismáticos de  Roma y al antipapa Eugenio IV.
Después de estas palabras, el concilio ya no tuvo dudas y el 5 de noviembre de 1439 los padres conciliares designaron como pontífice a Amadeo de Saboya, quien aceptó la elección, tomando el nombre de Félix V.
De este modo se cumplió la profecía que le habían hecho las brujas ocho años antes. Lo que no se cumplieron fueron las  expectativas de los conciliares. Amadeo era bajito, más bien escuchimizado y bizco. El único rasgo de nobleza del que podía presumir era su luenga barba, pero una vez que se la raparon, aparte de las manchas que cubrían su cara, con su rostro pequeño y frío -como lo describe Eneas Silvio Piccolomini- la mirada torcida... y las mejillas flacas y caídas, más parecía un mono que un papa.
Pero esto no fue lo malo. La iglesia se encontraba de nuevo con dos pontífices. El recién nombrado, como se ve, ni siquiera era clérigo. Pero, además, no estuvo dispuesto a poner ni un solo florín para la nueva empresa. Más aún, cuando se enteró de que el concilio había suprimido los impuestos más cuantiosos para las arcas eclesiásticas, exclamó: ¿De qué vivirá el papa en el futuro? ¿Acaso creéis que yo voy a consumir mis bienes privando a mis hijos de la herencia? ¡Jamás haría algo así!
Sin embargo, una vez nombrado no era cosa de deponerlo y el papado de Félix V siguió adelante entre Basilea y el territorio de su ducado, del mismo modo que siguió el de Eugenio IV en Roma. El problema se resolvió del mismo modo que se había resuelto el del todavía reciente Cisma de Occidente, no por medios eclesiásticos, sino por el apoyo que los reyes y principales de los distintos territorios europeos prestaron a uno u otro papa, es decir, por medio del más puro juego de intereses terrenales, que era la forma en que Dios procedía por este tiempo a elegir a su principal representante.
De este modo, en 1449, Félix V acabó renunciando al papado ante Nicolás V, nuevo papa elegido por los cardenales de Roma tras la muerte de Eugenio IV. A pesar de su protagonismo en el cisma, el pontífice nombró a Amadeo cardenal de Santa Sabina, así como legado pontificio y vicario vitalicio de Saboya, cargos que ocuparía hasta el día de su muerte.

Fuentes: Así fui papa.- Pío II
             Diccionario de los papas.- Juan Decio
            La situación europea en época del concilio de Basilea.- Álvarez Palenzuela.

PS.- El castillo de Rapaille sigue existiendo. Hoy forma parte de unos pujantes viñedos que producen uno de los mejores vinos de Francia.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Reivindicación de la espiritualidad

Para mi amigo Rafa Jiménez

La religión católica, bajo cuyas directrices he sido educado y cuyos desmanes y pretensiones sigo padeciendo, reclama para sí desde sus orígenes el monopolio de la espiritualidad.
Los santos padres y teólogos de la Iglesia católica afirman llenos de humildad que, del mismo modo que fuera de ella no hay salvación, igualmente fuera de ella tampoco existe la espiritualidad. Para ellos, toda experiencia espiritual consistiría en último término, en la visión o, al menos, el vislumbre de Dios y de su gloria a partir de un soporte de carácter místico.
Tal pretensión, sostenida a lo largo del tiempo, es literalmente una falacia y es también un abuso de dominio que la propia Iglesia y sus teólogos, saben perfectamente que no les corresponde. En realidad, todas las religiones incurren en una falacia semejante y reclaman un monopolio de índole parecida, participando de igual manera en el mismo tipo de abuso.
Ocurre igual que con la bondad. Históricamente, sólo el individuo perteneciente a una creencia religiosa gozaba de la capacidad de ser bueno, en tanto tal capacidad quedaba inexorablemente vedada para los demás. Por primera vez, después de dos mil años de historia, un papa, el actual, ha afirmado que no es necesario ser creyente para ser bueno y que, en consecuencia, un ateo puede serlo también. Tal declaración supone ciertamente una revolución siquiera conceptual, aunque al papa se le ha olvidado una puntualización que no carece de importancia, la de que, en tanto el creyente procura ejercer la bondad con la esperanza de un premio, el ateo no espera nada a cambio de ser bueno, salvo, quizás, la satisfacción íntima de haber obrado bien.
Del mismo modo que un ateo puede ser tan bueno y aun mejor que un creyente, el ser humano en general no necesita en absoluto de Dios para gozar de experiencias espirituales y, correlativamente, la espiritualidad no exige trascendencia alguna ni se constituye en prueba de la existencia de Dios o de otra vida más allá de la última y definitiva línea que señala la muerte.
¿Pero en qué consiste exactamente la espiritualidad? Tal vez debiéramos haber empezado por aquí. No soy filósofo, de modo que, aunque tal fuera mi intención, no podría emplear conceptos complejos o alambicados. Mi lenguaje no es otro que el de la gente corriente con cierto bagaje cultural y mis conclusiones fruto de lecturas variadas a lo largo del tiempo así como de experiencias de distinto orden.
Con estas premisas, podríamos aproximarnos a una definición de la espiritualidad diciendo antes de nada que se trata de una capacidad puramente humana. Inteligencia, memoria, razón, en mayor o menor grado, las compartimos con otros animales. La espiritualidad, sin embargo, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, es la única de nuestras capacidades que nos distingue del resto de los seres que habitamos este planeta.
¿Pero en qué consiste esta capacidad? No es fácil sintetizar una respuesta. No obstante, en el marco de ésta encontraríamos necesariamente la conciencia de sí, la intuición de esencias, el poder de abstracción o de captar conceptos generales, la sensibilidad y la mayor o menor disposición para controlar y dominar los impulsos naturales.
Ahora bien, formando todos estos aspectos parte de ella o, mejor, constituyéndose en su base, la espiritualidad, en el sentido que aquí nos interesa, sólo puede entenderse situándola en el campo de las emociones, que, por otra parte, es el que realmente le corresponde. En última instancia, la espiritualidad consistiría en la capacidad de emocionarnos, en el sentido profundo del término, una capacidad que se pone de manifiesto en las experiencias espirituales, territorio no filosófico que es el que la Iglesia reclama exclusivamente para sí.
Una experiencia espiritual consiste pues en una emoción profunda, un como salir de uno mismo elevándose por encima tanto de la pura consciencia como de la noción del tiempo. Tal emoción puede ser de carácter religioso, como quiere la Iglesia, pero en modo alguno queda restringida a él. La contemplación de un mar en calma o agitado, un amanecer radiante o un atardecer en el que la luz no acaba de ser vencida por las sombras, el hayedo de un día de otoño, el panorama abierto ante nosotros en el silencio de la cumbre de una montaña, una obra de arte, etc. etc., abren una ventana de posibilidades que pueden lograr que nos transfiguremos hasta el punto de pasar más allá de los sentidos y de llegar a captar de un modo inefable, y desde luego gozoso, la inmensidad de la que formamos parte.
Con mayor o menor intensidad, quién no ha vivido alguna vez una experiencia de esta índole. Lo difícil es explicárnosla a nosotros mismos, y no digamos explicársela a los demás, cuando inesperadamente volvemos a nuestro ser. Ello ocurre porque durante este tiempo más o menos largo dejamos literalmente de vivir, para ser arrastrados fuera y a pesar de nosotros mismos.
Pero que tales experiencias sean inexplicables o que puedan suceder al margen de nuestra voluntad no significa que no podamos ejercitarnos para ponernos en situación de disfrutarlas. Sólo se necesita como paso previo educación, cultura, sensibilidad y, sobre todo, desapego de las cosas materiales. Todo ello puede enseñarse y trabajarse, está al alcance de cualquier que se lo proponga y, desde luego, no tiene nada que ver con la religión ni con sus dogmas.
Me ocurrió un día en Toledo, hace ya bastante tiempo. Yo me encontraba en Madrid haciendo un curso que no viene al caso cuando tuve la oportunidad de bajar a la actual capital de Castilla-La Mancha. Toledo era entonces una ciudad tranquila, íntima, evocadora y silenciosa. Nada que ver con las masas de turistas que en el día de hoy abarrotan hasta el último de sus rincones en cualquier época del año. Y nada que ver tampoco con esa caterva de políticos autonómicos que la han convertido en el centro de un saqueo sistemático de las arcas públicas y del estado de bienestar de la región (véase el aeropuerto de Ciudad real, los recortes en la sanidad o las privatizaciones). Deambulé al azar por sus calles entrañables hasta que tropecé con la Iglesia de Santo Tomé y descubrí El entierro del Conde de Orgaz. El famoso cuadro del Greco se guarda hoy en un museo dispuesto en el interior del templo. Entonces se encontraba colgado en el muro del atrio, entrando a la derecha. Yo conocía aquel cuadro de las copias más o menos afortunadas de los libros de estudiante. Pero encontrarlo allí, enorme, ocupando la casi totalidad del muro, con las numerosas figuras que lo pueblan y su brillante colorido me produjo tal deslumbramiento que me quedé anonadado. Recuerdo que había un banco de piedra adosado al muro frontero y que en él me senté para contemplarlo a mis anchas. No puedo contar todo lo que experimenté aquella mañana, porque ni yo mismo lo sé muy bien. Una oleada de emociones me embargó, todas ellas gozosas. Arrobado, perdida por completo la noción del tiempo, tal vez entré en éxtasis, tal vez volé. No lo sé. Sólo sé que sólo volví en mí cuando alguien, un sacristán, me tocó en el hombro porque iban a cerrar la iglesia. Miré el reloj: habían trascurrido más de tres horas, cuando yo pensaba que sólo habían pasado unos minutos.
No me avergüenzo de esta experiencia, que no tiene relación alguna con la religión, por más que el cuadro tenga carácter religioso. Por aquella época, hacía ya mucho que yo había dejado de creer en esos cuentos con los que a ratos tratan de amedrentarnos y a ratos de endulzarnos la existencia. He tenido otras muchas experiencias semejantes, aunque ninguna que ni de lejos se aproxime a la intensidad de esta. Sé que no soy el único que las ha tenido y estoy seguro de que la mayoría de los que esto lean las han tenido y las seguirán teniendo también.
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Jericó

¡Qué bellas eran las historias de la Historia Sagrada y con qué fervor, con qué donosura nos las contaba en el colegio don Antonio, el joven sacerdote salesiano!
Jericó, por ejemplo.
En aquellos días azules de la infancia, con la imaginación acuciada casi siempre por el hambre, las palabras de don Antonio penetraban a través de nuestros oídos como seductores caramelos de miel que nos llenaban de entusiasmo y de fervor.
La de Jericó era una de nuestras favoritas. Elegido por Yahvéh tras la muerte de Moisés, Josué fue el gran héroe destinado a tomar posesión de la tierra prometida. Esta posesión, apropiación realmente y, aun mejor, conquista, no fue pacífica. Aquella no era una tierra baldía, sino que estaba poblada, sin duda, por gentes más civilizadas que los israelitas, pues ya vivían en ciudades, en tanto los hijos del pueblo escogido por Dios no habían dejado de ser medio nómadas, a pesar de su larga estancia en el avanzado Egipto. Ninguna de estas cuestiones le interesaba al sacerdote. A nosotros tampoco. A don Antonio porque, a no dudar, conocía la historia completa y a nosotros porque, por nuestra edad, teníamos vedado aún aquel conocimiento. Al salesiano lo único que le interesaba transmitirnos era la intervención de Dios en apoyo de los judíos. Y a nosotros el maravilloso prodigio que aquella intervención representaba.
Jericó fue la primera ciudad con la que se encontraron los israelitas nada más cruzar el Jordán. Se trataba de una ciudad importante, con formidables murallas ante las que, de atacar, se estrellarían sin remedio las fuerzas israelíes. Mas, allí estaba Yahvéh para allanar el camino a su pueblo. Un heraldo suyo le indicó a Josué la estrategia a seguir. Bastarían siete días para que la ciudad cayera en su poder. Y sin lucha. Y aquí la voz del sacerdote adquiría tonalidades no sólo de miel, sino hasta de ambrosía. Cómo podría hacerse algo así. Sencillísimo. Durante siete días el pueblo debería dar una vuelta completa alrededor de la muralla, con el arca de la alianza al frente y siete sacerdotes tocando sendas trompetas detrás. El séptimo día, al terminar la vuelta, el pueblo entero debería prorrumpir en un potente clamor y la muralla se vendría abajo.  Y, ¡oh maravilla!, tal y como había anunciado el heraldo divino, la muralla cayó y de este modo tan sencillo, los israelitas se hicieron con la ciudad.
Esta historia la cuenta la Biblia en el libro de Josué, capítulos seis y siete. Don Antonio la embellecía, no tanto por su forma de narrarla, sino, mucho más, por silenciar un detalle que la convierte en un acontecimiento bárbaro y aterrador. Dios ordenó a Josué que Jericó fuera consagrada al anatema. Este término ha ido perdiendo fuerza a lo largo del tiempo. En la actualidad, significa reprobación, condenación, en el ámbito de la vida civil; en el ámbito de la religión católica significa excomunión, especialmente la que se promulga con solemnidad e imprecaciones. En la Edad Media, el término tenía un significado exclusivamente religioso y constituía una maldición que arrojaba a quien la recibía fuera de la Iglesia y de la sociedad civil. En la Grecia clásica, el anatema era únicamente una ofrenda hecha a los dioses. Para los judíos de la Biblia, en cambio, era una maldición divina que podía ser dirigida tanto a personas como a cosas y que conllevaba el exterminio o destrucción de unas y de otras.
Tras la caída de las murallas, pues, Jericó debía ser completamente destruida. Y así fue. Consagraron al anatema -dice la Biblia- todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos, a filo de espada. Luego los israelíes, sigue contando la Biblia, prendieron fuego a la ciudad con todo lo que contenía. Sólo la plata, el oro y los objetos de bronce y de hierro los depositaron en el tesoro de la casa de Yahvéh. Únicamente la ramera Rajab, que había protegido a los espías enviados por Josué, y su familia, se libraron de la matanza.
Ahora bien, hubo un judío, Akán, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá, que, obviando el anatema, guardó para sí un hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos de peso. Tal delito, considerado como un sacrilegio, trajo consigo, según cuenta la Biblia, la derrota de los israelíes a manos de los habitantes de la ciudad de Ay. Cuando Josué, que tenía contacto directo con Él, se quejó ante Yahvéh de haber abandonado a su pueblo, incumpliendo su promesa de entregarle la tierra prometida, Yahvéh le informó de la violación del anatema, exigiéndole el descubrimiento del culpable y su destrucción por el fuego, junto con su familia y todas sus pertenencias. Los versículos diez a quince del capítulo siete del libro de Josué, en los que se narra la decisión divina son tan sobrecogedores como repugnantes para cualquier ser medianamente civilizado. Al día siguiente, el culpable fue descubierto y él y toda su familia y sus bienes entregados al fuego, en un lugar al que llamaron Valle de Akor, palabreja que viene a significar traer la desgracia.
Si los católicos leyeran la Biblia, en lugar de conformarse con las historias que les contaban en su infancia, seguramente experimentarían tanto pavor como asco ante este Dios obsceno y terrible al que dicen adorar, que se gloria con el asesinato en masa de unas de sus criaturas a manos de otras creadas igualmente por él. La Iglesia, a la que le gusta muy, pero muy poquito el Viejo Testamento, aunque no reniega de él, hace hincapié en el Evangelio para presentar, a través de Cristo, a un Dios justo, pero bondadoso y lleno de misericordia y de amor. Pero si, como los teólogos afirman, las tres personas de la Trinidad constituyen un solo Dios, es evidente que tanto Yahvéh es Jesús, como Jesús es Yahvéh y, por tanto, el Evangelio no sería más que una operación de marketing para seguir vendiendo la religión a una humanidad evolucionada que ya no podía, ni puede, aceptar las ínfulas asesinas de los viejos dioses.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Sor Magdalena

Cabe la posibilidad de que sea eterna. Quizás por ello nadie conoce con exactitud su lugar de nacimiento. Algunos lo sitúan en el sur y hasta se atreven a señalar una localidad y una fecha. Dadas las características del personaje, no sería de extrañar que esos tales estuvieran en lo cierto; no obstante, teniendo en cuenta la enorme variedad de elucubraciones que al respecto existen, nosotros silenciaremos los nombres y nos limitaremos a dar exclusivamente cuenta de los hechos.
Naciera donde naciera, es cosa cierta que, desde que era un bebé, sus padres le inculcaron con tesón la piedad cristiana. Magdalena, una niña impresionable, acogió aquella educación igual que la mejor tierra la semilla de trigo.
A los cinco años, como muestra precoz de lo que iba a ser su vida en lo sucesivo, tuvo su primera visión: un ángel divino emergiendo de un manto de luz que la tuvo ciega durante varios días. Poco después recibió la visita del mismo Jesucristo. Éste le pidió que se crucificara, como lo habían crucificado a él, y la niña, ni corta ni perezosa, agarró unos clavos y un martillo y se perforó manos y pies dispuesta, no sabemos bien cómo, a clavarse en la pared de su cuarto. El propio Cristo le arrancó los clavos y le curó las heridas, dejándole no obstante una señal en sus manos, consistente en el anquilosamiento de los dedos meñiques, que se le quedaron de por vida ridículamente más pequeños de lo normal. Por aquella época, acostumbraba a retirarse para orar a una oscura cueva distante media legua de su casa. Muchas tardes, ya oscureciendo, acudía a ella y luego, por inexplicable teletransporte, despertaba en la cama de su casa empezando a clarear el día.
Vendría a tener Magdalena unos doce años de edad cuando una noche, dicen que de agosto y extremadamente calurosa, recibió la visita de un apuesto y, al parecer, bellísimo mancebo, quien le aseguró que, si ella no ponía objeción, la acompañaría el resto de su vida, convirtiéndola en santa si hacía todo lo que él le dijera. ¿Quién hubiera tenido fuerzas para negarse a una compañía y a un ofrecimiento semejantes? Seamos sinceros: nadie. Mucho menos Magdalena que, anhelante de santidad, asintió llena de gozo, del mismo modo que hacía tanto tiempo había aceptado una visita semejante la Virgen María. Consta que a partir de aquel momento su fama de santidad traspasó las fronteras de su aldea y se fue extendiendo por el país como un reguero de pólvora.
Allá por los albores del siglo XVI está documentada su profesión en un convento de Córdoba. Oh, y aquí sí que fueron prodigiosos sus prodigios. Lo primero, los estigmas, llagas en las manos, en el costado y en los pies, llagas que no cerraban nunca y que le producían un continuo tormento. Luego, los éxtasis, semanas y semanas sin comer, hasta siete años a sólo un mendrugo de pan y un vaso de agua diarios,  las levitaciones, el halo luminoso que envolvía su rostro y hasta la predicción del futuro. ¡Cómo creció su fama entonces! ¡Y cómo los necesitados de milagros acudían al convento, en una mano su petición y en la otra su óbolo! ¡Hasta Carlos I, el todopoderoso emperador, envío la mantilla del futuro Felipe II para que Magdalena, ya sor Magdalena, la bendijese! ¿Fue gracias a esta bendición que Felipe II sería luego tan aficionado al esoterismo y a las reliquias, a todo lo que desprendía el tufillo de milagroso?
¿Y qué fue, la envidia o el rencor por una petición no satisfecha? No hay certeza. La historia es confusa en este punto. Al parecer, el mancebo que, fiel a su promesa, la acompañaba, siempre de forma invisible, tomaba cuerpo y se materializaba por las noches en la celda de sor Magdalena, cuyas exclamaciones de gozo se escuchaban en todo el convento. Es posible que una monja denunciara estas apariciones. O el capellán. O un arriero que pasaba por allí y que, a pesar de haber dejado una buena limosna al convento, no consiguió que sor Magdalena curara la cojera de una de sus mulas.
Sea como fuere, lo cierto es que intervino la Inquisición y que un oportuno encierro en las mazmorras inquisitoriales junto con un par de interrogatorios fueron suficientes para arrancar a sor Magdalena la confesión de que todo, desde las llagas hasta los ayunos, era una superchería y que el mancebo que la visitaba no era otro que el demonio. La Inquisición fue benigna con ella. No la mandó a la hoguera, como acostumbraba, sino a un convento del norte, de donde no debería salir el resto de su vida.
¿Qué ocurrió? ¿Murió en el convento? No. ¿Escapó de él? Así debió ser, puesto que un siglo más tarde testigos de probada probidad dan cuenta de su aparición en Portugal. Se había cambiado el nombre. Ahora se hacía llamar sor Visitación y estaba algo más vieja, pero era ella, sin duda, sor Magdalena. Parece que el mancebo la había abandonado, pero de nuevo surgieron las llagas y los éxtasis y los ayunos y la iluminación del rostro, todo. De nuevo voló su fama de santa por todo el país. Más, ay, que la pobre monja no iba a tener reposo. Otra vez una denuncia la puso en manos de la Inquisición y ésta, de nuevo benévolamente, la volvió a encerrar en un convento.
Tampoco murió en este nuevo encierro. Debió escapar de él, como escapó del primero, porque dos siglos más tarde, es decir, en el XIX, se presentó nada menos que en Madrid. Otra vez se había cambiado el nombre. En su documentación figuraba como sor Patrocinio, pero era ella, todo el mundo lo sabía, sor Magdalena. En esta ocasión la acompañaba un fraile capuchino, cuentan testigos que algo rijoso, el cual le había hecho entrega de una reliquia por cuyos méritos la buena monja pudo recuperar sus prodigios. Su fama creció tanto que llegó a entrar en la Corte, convirtiéndose en consejera de Isabel II y de su delicado marido. Pero estaba visto que sor Magdalena no había de disfrutar mucho tiempo de sus éxitos. En esta ocasión, no fue la Inquisición -ya no existía-, sino la revolución la que dio al traste con su labor. Gentes mal encaradas fueron una noche a por ella con no muy buenas intenciones y la monja se vio obligada a huir a Francia.
No, tampoco murió en Francia. Nada menos que a finales del siglo XX se encontraba de nuevo en Córdoba en un nuevo convento, del que rápidamente fue nombrada abadesa. Había aprendido mucho en los últimos siglos y ya no quería saber nada de prodigios ni de artimañas ni de nada. Sólo quería vivir en paz y sufrir con paciencia algunos achaques que arrastraba, especialmente una vieja artrosis que le producía constantes dolores. Otra vez había cambiado su nombre. En esta ocasión -los tiempos ya no eran los mismos- disponía de un brillante Documento Nacional de Identidad en el que constaba el nombre de Isabel. Alguien, ¿el antiguo mancebo, el franciscano?, no se sabe, pero alguien le ofreció la semilla de una planta prodigiosa que aliviaría tanto sus sufrimientos físicos como los espirituales. La monja sembró las semillas en el huerto del convento y unas semanas más tarde el huerto se había convertido en un verde y lujuriante paraíso. Ah, qué feliz fue entonces sor Magdalena y con ella toda la comunidad. La hierba era de fumar, pero ellas la tomaban en infusión, tacita va y tacita viene, todo el día dale que dale, con lo que su contento no terminaba nunca.
Jamás vivieron mujeres tan alegres entre los muros de aquel convento. Dícese que sus risas, sus carreras, su alborotos eran la mejor oración que había subido nunca a las alturas, que nunca estuvo la comunidad tan cerca de Dios. Un milagro real, verdadero, sin trucos ni supercherías.
Más, ay aflicción, que a sor Magdalena no la había destinado el Señor para el gozo, sino para el tormento. Toda la vida hubieran podido las monjitas vivir con aquella nueva felicidad, si, con la excusa de su estado semirruinoso,  al obispado cordobés no se le hubiera ocurrido iniciar los trámites para vender el convento a una inmobiliaria, con vistas a construir un hotel. Una inesperada visita de ciertos miembros prominentes del cabildo catedralicio puso al descubierto el pastel que se cocía en el huerto y sor Magdalena fue desterrada de nuevo a algún convento del norte cuyo nombre y localización se ignoran. Algunos creen que allí, por fin, terminará su vida. Pero son legión los que están convencidos de que algún día, cuando menos se espere, reaparecerá otra vez dispuesta a proseguir su camino de gloria y de dolor.

Fuentes: Son tan numerosas y dispares que es mejor no mencionar ninguna para no volver loco al posible lector, aunque a Dios ponemos por testigo de que todos y cada uno de los hechos aquí narrados son absolutamente verdaderos.
 

lunes, 4 de noviembre de 2013

El nombre de los papas

Cuando yo era adolescente y buena parte de mi vida se desarrollaba aún en el seno de la Iglesia, una de las cosas que más despertaba mi curiosidad era el nombre de los papas, cuál era la razón por la que los papas cambiaban de nombre cuando ascendían al trono pontificio. Ninguno de los sacerdotes a los que les hice la pregunta me dio la misma respuesta. Para unos se trataba de humildad, el papa cambiaba de nombre para mostrar a la totalidad del genero humano que su nombramiento no se debía a sus cualidades sino a la libre y directa designación de Dios. Según otros, con aquel cambio se ponía de manifiesto que a partir del momento de ser nombrado el papa dejaba de ser una persona normal para convertirse en Vicario de Cristo. Otros, en fin, aseguraban que de aquel modo la Iglesia ponía de relieve que la autoridad del papa, jefe supremo y omnímodo de los católicos, no sólo no tenía nada que ver con la de los reyes y altos mandatarios de las distintas naciones, sino que era muy superior, por ser de orden espiritual.
Ninguna de estas respuestas respondía a la verdad. Se trataba, cosa rara, de desconocimiento de la historia o, mucho más probablemente, de una más de las mentiras más o menos piadosas con las que pretendían endulzarme la realidad, al tiempo que, en este caso, conferían al papa un carisma mayor aún del que de hecho poseía.
La verdad es mucho más prosaica. También más terrenal, tan terrenal que pertenece al juego de la pura política. Hasta la mitad del siglo X los papas y antipapas que se sucedieron en Roma conservaron su nombre cuando accedieron al papado, desde el mismo San Pedro, dando por buena la relación que contiene el Liber Pontificalis, hasta Agapito II (946-955).
El X es un siglo sobre el que la Iglesia prefiere pasar de puntillas. Nada menos que nueve papas murieron asesinados, de los veintisiete que se sucedieron a lo largo de él. Una familia, los Túsculos, patronímico que tiene su origen en Tusculum, ciudad etrusca del mismo nombre, situada a unos veinticuatro kilómetros de Roma y cuyas ruinas pueden contemplarse en la actualidad, controla en la Ciudad Eterna el poder político y el espiritual. Tres mujeres de esta familia son las verdaderas protagonistas de tal poder, Teodora, esposa de Teofilato, el primero de los Túsculos y senador romano, y sus hijas, Teodora (mismo nombre de su madre) y sobre todo Marozia. Liutprando de Cremona, cronista de la época, trata a estas tres mujeres de prostitutas. Es posible y así lo sostienen algunos eruditos que Liutprando exagerara, pero lo que nadie discute es que estas damas hicieron un uso amplio de su cuerpo para alcanzar el poder o para mantenerlo.
Marozia, por ejemplo, que es la que más nos interesa en esta ocasión, siendo aún una bella y rozagante adolescente, fue amante del papa Sergio III (904-911), con el que llegó a tener un hijo, al que puso por nombre Juan, el cual, andando el tiempo, alcanzaría el solio pontificio como Juan XI (931-935). Tras la muerte de Sergio III, Marozia contrajo matrimonio con Guido de Toscana, con el que tuvo otro hijo, Alberico. Siendo ya papa su hijo Juan, Marozia enviudó. Entonces ofreció su mano (cabe decir mejor su cuerpo) a Hugo de Provenza, rey de este territorio y también de Italia, con la idea de que el papa lo coronara emperador y de este modo ella se convertiría en emperatriz. Contra esta trama se alzó Alberico, el hijo de Marozia y, por tanto, hermanastro de Juan XI, quien, al frente de la nobleza y del pueblo romanos alejó a Hugo y encarceló a su madre y a su hermanastro (932). Marozia y Juan XI no salieron de la prisión. En ella fueron asesinados por orden de Alberico en 935.
Este Alberico, Túsculo de los pies a la cabeza, era un señor de armas tomar. Logró hacerse con todo el poder y entre el 932 y el 946 reinó como príncipe y senador de los romanos, aunque su cargo oficial era el de Prefecto. En su lecho de muerte logró arrancar de los nobles y del clero de Roma la promesa de que tras la desaparición del papa Agapito II, a la sazón reinante, fuese designado papa su hijo Ottaviano, conde de Tusculum.
Así sucedió. En 955, tras la muerte de Agapito II, Ottaviano subió al trono papal. Sólo tenía dieciocho años, pero ya era también, por herencia paterna, Prefecto de Roma, reuniéndose así en su persona el poder temporal y el espiritual. Ottaviano era un buen elemento. Más que el ejercicio de sus cargos, a él lo que le interesaba era la caza, la buena comida y, sobre todo, las mujeres, de las que gozó en abundancia y variedad. Memorable son sus relaciones con el emperador germano Otón I, llenas de zalamerías, súplicas y traiciones por parte del pontífice. Pero lo que en este momento más interesa de esta historia es que para diferenciar un cargo u otro de los dos que ostentaba, cuando firmaba documentos civiles lo hacía como Ottaviano, su nombre, y cuando los documentos eran eclesiásticos lo hacía como Juan. Con este nombre, como Juan XII, pasó a la historia, iniciando así, de un modo en absoluto trascendente o espiritual la costumbre del cambio de nombre por parte del elegido papa.

Fuente:
Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
Diccionario de los papas.- Juan Dacio.
Historia de la Iglesia.- José Orlandis.

 

lunes, 28 de octubre de 2013

Insaciables

A veces, uno tiene la impresión de que la vida, la historia, consisten, más que en una línea recta u ondulada, en una gran rueda que no cesa de girar a mayor o menor velocidad alrededor de su eje. Parece que avanzamos, que cada vez estamos más lejos del punto de partida, cuando en realidad no hacemos más que dar vueltas y vueltas, pasando una y otra vez por los mismos lugares por los que ya hemos pasado.
¿Una prueba? Aquí está otra vez la religión en los colegios. Ciertamente, la religión en España no se fue nunca de las aulas, pero ahora, en un Estado aconfesional, vuelve otra vez como asignatura formal evaluable y con una nota que contará tanto para pasar de curso como para la obtención de becas. Los que sufrimos en nuestras carnes y, lo que es peor, en nuestra mente el azote de una educación controlada en último término por la Iglesia católica no podemos dejar de pensar en esa rueda de la que hablaba más arriba.
En realidad, cuando hablamos de religión, así, en general, como yo acabo de hacerlo no hacemos otra cosa más que mentir. Porque la asignatura que desde el ministerio de educación pretenden imponer a los niños y adolescentes españoles no consiste en el estudio del fenómeno religioso, o en el de la historia de las religiones, sino pura y llanamente en el aprendizaje específico de la doctrina de una sola religión, la católica. El ministro Wert, que como buen católico cuenta incluso con su barragana particular, lo sabe perfectamente.
Considerada como fenómeno o como una parte nada desdeñable de la historia, la religión es una materia muy digna de estudio, quizás hasta necesaria para una formación integral del individuo y desde luego, como tal materia forma parte del aparato cultural, sociológico y aun científico de la humanidad. Por el contrario, el aprendizaje de la doctrina de una religión concreta, en este caso la católica, no pertenece al territorio de la ciencia, sino al de la creencia. El contenido de esta materia no encuentra su justificación en la evidencia, en el razonamiento o en alguno de los componentes del método científico. Por carecer, carece incluso de verdaderos argumentos, pues su fundamento se sitúa exclusivamente en la fe en unos curiosos y antiquísimos escritos, interpretados además por unos señores que, considerándolos honrados, lo que ya es considerar, tienen más de viejos hechiceros tribales que de seres humanos dotados de razón. En una palabra, con esta asignatura no se trata de educar al alumno, sino de procurar convertirlo en miembro, seguidor o fiel de la religión católica.
Bien, a pesar de todo ello, la religión católica vuelve a los colegios y lo hace con todos los honores. Vuelve en detrimento de las demás religiones que hoy se practican en España y vuelve sufragada con el dinero de todos los españoles, sean estos católicos, mahometanos, budistas, evangelistas o, sencillamente, ateos, hasta el punto de que en este país se mantiene una situación que debe ser única en el mundo, la de que los profesores de religión los nombran a su entero capricho los obispos en tanto el costo de los mismos corre enteramente por cuenta del Estado, es decir, de la totalidad de los españoles. Y no es baladí el importe de este costo para las arcas estatales, pues se sitúa nada menos que en el orden de los quinientos (500) millones de euros cada año.
Con la nueva ley del señor Wert y, el día que esté plenamente aprobada, de todo el gobierno, la Iglesia católica recupera una de sus principales banderas, que, en realidad, nunca perdió, pero que en los últimos tiempos iba estando cada vez algo más deslucida. Se trata de una bandera importante, pues del trabajo que los profesores hagan en la mente de los alumnos dependerá en no corta medida que en el futuro deje de disminuir el número de fieles, como viene ocurriendo en la actualidad. Deberían estar contentos los señores obispos. Y, sin embargo, no lo están. Todavía quieren más. Insaciables en su afán de conseguir prosélitos piden ahora que la religión, esto es, la doctrina católica, tenga la consideración y por tanto las mismas horas de clase que una asignatura fundamental, matemáticas, o física, o química, o lengua. Piden que allí donde haya padres que no deseen que sus hijos la cursen, la doctrina católica no tenga otra asignatura como alternativa, sino una hora de estudio, sin duda con la intención de que los chavales, aburridos, se integren en la clase episcopal. Piden ser ellos los que señalen la hora en que debe impartirse su asignatura, de modo que sea aquella en que estimen que los niños y adolescentes se encuentran en mejor disposición de aprender. Dicen que todo esto forma parte del Concordato de 1979, Concordato que, según ellos, el Estado español viene incumpliendo sistemáticamente.
El origen de esta fundamentalismo episcopal se encuentra en el evangelio de Mateo. Id pues, escribe el evangelista, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. De los cuatro, este es el único evangelista que anota una orden tan tajante. Hay, sin embargo, dos importantes acotaciones que hacer. La primera de ellas es que este evangelio, cuyo autor real no es el discípulo del mismo nombre, fue escrito cuando ya se empezaba a dudar de la inmediata vuelta de Cristo, como Éste mismo parecía haber anunciado, y lo que interesaba era extender como fuera la nueva religión. Ni siquiera se conserva el original, sino sólo copias plagadas de interpolaciones, por lo que, teniendo en cuenta el mensaje contenido en los otros tres evangelios, es más que posible que Cristo, dando por buena su existencia, no pronunciara jamás semejantes palabras. Pero aún admitiendo que las pronunciara, y esta es la segunda acotación, es pura maravilla el empeño que ponen los obispos españoles en cumplir este mandato, en tanto se olvidan por completo de aquellos otros que, como el ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, del mismo Mateo, hacen referencia expresa a la pobreza y a la dificultad de que un rico entre en el reino de los cielos. Todo ello sin tener en cuenta que en la orden anteriormente citada no figura por ninguna parte que los hacedores de discípulos y enseñantes de lo mandado deban cobrar por llevar a cabo su misión.
 

lunes, 14 de octubre de 2013

El sitio de Dios


¿Dónde estaba Dios?, se preguntaba el dimisionario Benedicto XVI durante su visita a uno de los campos de concentración, creo recordar que Auschwitz, en el que los nazis asesinaron impunemente a cientos de miles de judíos.
Quizás, desde su dorado exilio, se lo esté preguntando de nuevo con ocasión de las muertes odiosas de casi tres centenares de inmigrantes en aguas de la isla de Lampedusa, con el cinismo de las autoridades, tanto italianas como europeas y la indiferencia absoluta de los ciudadanos.
Esta, obviamente, es una pregunta retórica. Y es también una pregunta estúpida, no por la pregunta en sí, sino por la altura de su vida en que el antiguo papa se la plantea.
Benedicto, Joseph Ratzinger antes de alcanzar el trono papal, es un hombre ilustrado, un poderoso teólogo, distinguido en los debates del concilio Vaticano II, al que acudió como consultor del cardenal Joseph Frings, es decir, sabe perfectamente que la respuesta a su pregunta se encuentra en el evangelio y él debe conocerla, al menos, desde su primera juventud, cuando, tras la derrota del ejército nazi, en cuyas filas sirvió, se inclinó por el sacerdocio. En realidad, todos los cristianos deben conocerla.
Lo cuenta Mateo en el capítulo segundo de su evangelio, versículos dieciséis a dieciocho: Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los magos.
¿Dónde estaba Dios entonces? Cada vez que, de niño, leía este versículo en un viejo librito que rodaba por casa me sentía horrorizado. Qué clase de Dios era aquel que permitía el asesinato a sangre fría de decenas, tal vez cientos de niños inocentes que no arrastraban culpa alguna, pues no habían tenido tiempo de empezar a vivir. Los sacerdotes nos explicaban con toda clase de detalles que la cualidad principal de Dios era su bondad. ¿Pero cómo podía un Dios bondadoso permitir semejante infamia? Para mí existía una flagrante contradicción entre la predicada bondad de Dios y el hecho preciso de estas muertes horrendas que para nada servían en el proyecto redentor del Redentor. Antes de consentir aquella matanza, ¿un Dios bondadoso no pudo haber tocado el corazón de Herodes para aplacar su ira? ¿Haber tocado su memoria para hacerle olvidar la visita de los magos? ¿No pudo inducir a los magos a que, regresando por el mismo camino, mintieran a Herodes diciéndole, por ejemplo, que se habían equivocado y que el tal niño no existía? ¿No valía más la vida de todos aquellos inocentes que el pecado de una leve mentira?
Cierto día, ya adolescente, le hice en privado estas preguntas a don Antonio, un padre salesiano, joven y dicharachero, que me parecía el más cercano del colegio. ¿Su respuesta?: ¿Quién eres tú para conocer los designios de Dios? ¿No pretenderás dirigir su voluntad? Lo que Dios hace o deja de hacer es bueno para nosotros, aunque en muchas ocasiones no sepamos por qué. Esta respuesta, con idénticas preguntas y con la afirmación final la había escuchado ya muchas veces y seguiría escuchándola durante mucho tiempo, no dirigida exclusivamente a mí, sino a los cristianos en general, desde los púlpitos y desde los altares, durante los homilías y fuera de ellas. Los cristianos, incluidos su sesudos teólogos no ofrecen otra respuesta. A ninguno les preocupan aquellas muertes, sencillamente porque se trata de la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es inescrutable.
En la actualidad, cada día mueren en el mundo diecisiete mil (17.000) niños de HAMBRE, niños pequeños, muchos con sólo semanas, con días de edad. Se trata de una muerte lenta que conlleva un sufrimiento extraordinariamente cruel para el que la padece. ¿Se deberán estar muertes también a la voluntad de Dios? Quizás Herodes degollando a aquellos niños fuera menos cruel que estas sociedades cristianas nuestras que defienden con uñas y dientes al naciturus para dejarlo morir después, una vez que ha nacido, una vez que desde un par de células se ha convertido en un verdadero ser humano.
Pero la pregunta sigue en el aire: ¿Dónde estaba Dios en el aciago momento en el que los soldados de Herodes arrancaban a los niños de los brazos de su madre y los degollaban? La respuesta está ahí: en el mismo evangelio de Mateo, en los versículos trece a quince del mismo capítulo segundo. Es imposible que en más de dos mil años de historia no la hayan visto los cristianos, incluidos sus sesudos teólogos y, claro está, el eminente Benedicto Ratzinger. La han visto y la conocen, como la hemos visto todos los que hemos leído el evangelio, pero la respuesta es tan aterradora que no se atreven a aceptarla: Dios estaba en Egipto, había huido cobardemente en brazos de la que ahora era su madre y acompañado por el que pasaba por su padre. Es decir, Dios estaba lejos del lugar del crimen y, por omisión, al lado del asesino. Dios estaba donde seguía estando en tiempos de los nazis y donde está ahora, durante los naufragios de Lampedusa o en la muerte de esos diecisiete mil niños diarios: lejos de los débiles y junto a los poderosos que son a los que les interesa tenerlo a su lado.


 

domingo, 6 de octubre de 2013

El cónclave de las letrinas

El cónclave. La elección del sumo pontífice romano, como se sabe, controlada y dirigida por el Espíritu Santo, fue evolucionando a lo largo del tiempo hasta alcanzar la forma actual. Al principio, dicha elección del entonces todavía nada más que obispo de Roma era realizada por los fieles romanos. Más tarde, los electores fueron sólo los clérigos, aunque en bastantes ocasiones el nombramiento lo hacía directamente el emperador. No sería hasta el año 898 cuando Juan IX estableció que los electores fueran eclusivamente los cardenales, si bien las votaciones se realizaban públicamente, lo que daba lugar a la intromisión del pueblo romano, con continuas algaradas que en muchas ocasiones terminaban en batallas campales con muertos incluidos.
La primera reunión privada de los cardenales tuvo lugar en 1118, con la elección de Gelasio II. Sin embargo, debido tanto a que al elegido le bastaban la mitad más uno de los votos emitidos como al hecho de que las reuniones no eran secretas, las algaradas y motines populares no concluyeron. Para evitar el primero de los problemas, el Concilio de Letrán de 1179 estableció que el nuevo papa debía contar al menos con el apoyo de los dos tercios de los votantes. Con esta norma se eligió a Lucio III en 1181.  El segundo problema tardaría aún casi cien años en resolverse. El Espíritu Santo, como se ve, es lento en sus inspiraciones y además es caprichoso y tiene un raro gusto por el embrollo y la confusión.
El término cónclave viene del latín cum clavis, esto es, bajo llave, debido a la férrea reclusión a la que se someten los cardenales para llevar a cabo la elección. Esta norma, que pretendía acabar con las intromisiones de la nobleza y del pueblo, fue establecida en 1274 por Gregorio X en la bula Ubi Periculum.
Los cónclaves son secretos. Los conclavistas están obligados bajo pena de excomunión a guardar absoluto silencio acerca de las negociaciones, controversias, transacciones y acuerdos que se establecen entre ellos para llegar al nombramiento del nuevo pontífice. No obstante, siempre han existido y existen informaciones acerca de lo ocurrido en numerosas elecciones. Uno de los relatos más precisos es el Diario de Bondone de Branchis, maestro de ceremonias en el cónclave celebrado en 1559, en el que el Espíritu Santo permitió que se produjera un fuerte enfrentamiento entre los partidos español y francés y que culminó con el nombramiento del cardenal Giovani Angelo de Médicis, Pío IV.
Pero el relato más jugoso es, sin duda, el realizado por Eneas Silvio Picolomini, Pío II, en su texto Así fui papa, especie de autobiografía, en cuyo capítulo Cuatro días de agosto narra detalladamente los tejemanejes y entresijos del cónclave que en 1458 lo aupó al trono pontificio. El Espíritu Santo debía estar más que complacido con las peleas, sobornos y amenazas que constituyeron la base de un cónclave que culminó en el complot urdido por Guillermo D'Estouteville, cardenal de Rouen.
¡Tres días sembrando la cizaña de calumnias y simonías!, exclama el narrador, hasta que a la tercera noche, mientras Picolomini dormía, el de Rouen logró reunir a un grupo de cardenales en las letrinas, comprometiéndose por escrito a entregarles magistraturas, altos cargos, prebendas de todo tipo a cambio de sus votos. ¡Hasta las rentas de sus fincas llegó a distribuir!, vuelve a exclamar Eneas. De este modo juraron darle su voto Colonna, Rodrigo de Borja, los cardenales de Pavía, Génova, San Sixto, Aviñón y dos griegos. Indecisos, abandonaron la reunión Felipe de Bolonia, Orsini y el cardenal de Santa Anastasia.
El cardenal de Rouen se vio con la corona papal en la cabeza. El cónclave estaba formado por dieciochos cardenales, ocho italianos, cinco españoles, dos franceses, dos griegos y un portugués, por lo que D'Estouteville necesitab doce votos para ser elegido. Ya tenía ocho seguros. Otros tres más que probables: once. Y a la vista de este número estaba seguro de que entre los ausentes a la reunión alguno lo votaría, convencido de que, como era costumbre, al hacerlo papa obtendría tras la elección el correspondiente pago.
¡Oh! ¿Pero podía el Espíritu Santo permitir semejante tropelía? Desde luego que no. El complot se vino abajo cuando, en plena madrugada, Felipe de Bolonia, angustiado por lo que iba a pasar, despertó a Picolomini y le contó lo ocurrido en las letrinas. Descubierta la trama, al día siguiente, sin nuevos conciliábulos, por lo que el narrador cuenta, Eneas consiguió con facilidad los dos tercios de los votos, dejando al de Rouen con tres palmos de narices y convirtiéndose en Pío II. La reunión cardenalicia pasaría, no obstante, a la historia como El cónclave de las letrinas, nombre más que apropiado, no sólo, obviamente, para este cónclave, sino para la inmensa mayoría de los celebrados hasta la fecha, como uno puede descubrir con facilidad a poco que se atreva a bucear en la historia.

Fuentes:
Pío II.- Así fui papa.
Antonio Castro Zafra.- Los círculos del poder.
Pierre Lanfrey.- Historia política de los papas.

 

viernes, 7 de junio de 2013

Agua amarga


La lectura de la Biblia debería ser de obligado cumplimiento en todos los colegios publicos y privados, así como en los centros de trabajo y, por supuesto, en todas las parroquias y lugares de culto o no católicos. Pero no meramente las historietas de la creación, de Abraham, de Moisés, de David y Goliat y poco más, que a los que ya somos mayorcitos nos endilgaban en el colegio como Historia Sagrada, sino toda, libro a libro y capítulo a capítulo. No existe mejor modo de conocer el origen, la realidad y el trasfondo de la religión católica, motivo por el que la Iglesia mantuvo prohibida dicha lectura hasta la aparición de Lutero y al día de hoy no le agrada lo más mínimo que se haga.
Es propósito de este humilde blog proceder poco a poco a tal lectura, procurando situar el texto en la época que le corresponde con los comentarios que estimemos pertinentes, siempre basados en estudios de carácter científico.
Un buen comienzo puede ser Números, cuarto libro del Pentateuco, y de tal texto los versículos once a treinta y uno del capítulo cinco. Resumiendo en parte con el fin de no alargar demasiado la entrada, en tales versículos se dice lo que sigue: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado: ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida, si el marido es atacado de celos y recela de su mujer que, efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado; ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente... El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahvé... El sacerdote tendrá en sus manos las aguas amargas y funestas... conjurará a la mujer y le dirá: "si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado... se inmune a estas aguas amargas y funestas. Pero... si te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido... que Yahvé te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo... Que entren estas aguas de la amargura en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer... ha engañado a su marido... se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer maldita en medio de su pueblo. Pero si la mujer no se ha manchado... estará exenta de toda culpa y tendrá hijos."
Como se ve, estamos ante una ordalía o juicio de Dios, salvaje ritual que ya aparece por primera vez en el código de Hamurabi, del que, con aportaciones propias, lo copiaron los hebreos a través de los babilonios y los hititas y que, más tarde, reaparecería con fuerza en la Edad Media, con la conformidad explícita de la Iglesia Católica.
El texto bíblico es lo suficientemente duro como para acabar con el mito del Dios bondadoso que, según sostiene la Iglesia, lo inspiró. No obstante y a pesar de su dureza, el texto biblico no detalla la realidad del rito que relata, realidad mucho más dura aún. Para empezar, si la mujer se declaraba culpable se la obligaba a firmar la renuncia a la dote que aportó al matrimonio, materializándose el divorcio. Este hecho obligaba a la mujer al abandono del hogar conyugal y de sus hijos, si los tenía, encontrándose, además, con el rechazo de su familia paternal y de su pueblo, circunstancia que la arrastraba a la más absoluta miseria.
Pero si se declaraba inocente, las consecuencias eran aún peores. En efecto, el sacerdote, ayudado por un par de esbirros, la obligaba a beber las menciondas aguas amargas, un brebaje compuesto por azulete o añil, que le daba color, cal viva, carbonato potásico y anhidrido arsenioso, cuya ingestión significaba indefectiblemente una muerte horrenda, con desgarradura de las mucosas del aparato digestivo, calambres, vómitos y deposiciones que concluían en asfixia. El anhídrido arsenioso podía ser sustituido por el veneno de la víbora Gariba, muy abundante en el desierto del Sinaí. Los efectos de esta segunda composición eran semejantes a los de la primera.
Como se sabe, a la hora de contraer matrimonio, las mujeres judías aportaban una dote que podía ser importante. Igualmente, en el judaísmo tradicional existía el repudio de la mujer por parte del marido, lo que era lo mismo que el divorcio. En la Ketubah o contrato matrimonial quedaba especificado que en caso de repudio el marido se obligaba a devolverle a la mujer la dote más una cantidad que, en ocasiones, podía llegar al cien por cien de dicha dote. Se daba la circunstancia de que muchos judíos buscaban casarse con mujeres importantes, cuya dote era cuantiosa, con el único propósito de quedarse con ésta. Para ello, pasado un tiempo prudencial, acusaban a la esposa de adulterio, con el resultado de bien la muerte de la mujer, si se declaraba inocente, o su ostracismo, que venía a ser una muerte en vida, con lo que el esposo conseguía su objetivo.
Claro es que para que la ordalía mantuviera su prestigio era necesario que, de cuando en cuando, la mujer condenada a las aguas amargas no sufriera daño alguno. Esto se conseguía sustituyendo el anhídrido arsenioso o el veneno de la Gariba por una sustancia inocua. Tal cambio pasaba desapercibido para la multitud que solía asistir a este rito, puesto que el brebaje continuaba manteniendo el color azul que le daba el añil. Los sacerdotes tenían, además, de este modo la oportunidad de practicar chantaje sobre la familia paternal de la mujer, circunstancia que debió producirse más de una vez.
Ni que decir tiene que el derecho del hombre a repudiar a su mujer no lo tenían las mujeres con respecto a sus maridos. Igualmente, los hombres podían ponerle a sus conyuges tantos cuernos como desearan, en la seguridad de que jamás serían sometidos a esta ordalía, que se aplicaba sólo a la mujeres y que, a diferencia de sus pueblos vecinos, los judíos solo aplicaron en el caso del adulterio de la mujer, real o supuesto.
Un ejemplo de crueldad, pero también del machismo descarnado que a cada paso aparece en los distintos libros de la Biblia con absoluta naturalidad.
Números, como los otro cuatro libros del Pentateuco, es un libro canónico, es decir, aceptado en su totalidad por la Iglesia Católica, todavía hoy, en el pontíficado de Francisco I.

Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Caballo de Troya 1.- J.J. Benítez
La Biblia y el legado del antiguo Oriente.- García Cordero
Las negritas son nuestras

domingo, 2 de junio de 2013

El drama del aborto

El caso de la chiquita salvadoreña en grave riesgo de morir si lleva a término un embarazo en el que al feto le falta medio cerebro y a la que las autoridades salvadoreñas prohíben el aborto ha conmocionado a la opinión publica de todo el mundo.
 El arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, presidente también de la Conferencia Episcopal del país, ha mostrado su pleno acuerdo con el fallo del tribunal constituticional con declaraciones más propias de un criminal nazi que de la alta autoridad de una organización que tiene entre sus principales eslóganes el amor al prójimo y el perdón. (Por cierto, en google pueden verse decenas de fotografías del señor arzobispo, un hombre joven, de sólo cincuentas y tres años, en ninguna de las cuales aparece no ya riendo, sino ni siquiera sonriendo.)
A menudo escuchamos a sesudos varones, muchos de ellos psicólogos, y también a alguna que otra señora calificar el aborto de drama para la mujer, asegurando para quien lo practica variadas secuelas psicológicas perdurables de por vida. Me temo que estas son también declaraciones completamente falsas, propias de quien ni siquiera le importa mentir con tal de impedir que la mujer sea enteramente libre para tomar decisiones que sólo a ella le incumben. No hablo por hablar. Mantego relación de amistad con cinco mujeres que, en un momento dado, decidieron abortar, después de un embarazo no deseado. Contaré brevemente la historia de tres de ellas, cambiando sus nombres, pues no es mi intención crearles ningún posible problema después de tanto tiempo.
La primera, de nombre Cristina, tenía veintiséis años y estaba felizmente casada. Corría el año 1972. Cristina tenía una niña de un año y, de momento no deseaba tener más, por lo que, no sin dificultades, consiguió de su ginecólogo que le receptara la píldora anticonceptiva. Una brusca dolencia la obligó a dejar temporalmente esta píldora, momento en que quedó embarazada. Cuando aún no lo sabía, le practicaron una radiografía de vientre como parte del estudio de su dolencia. Las radiografías, como se sabe, pueden producir malformaciones en el feto, sobre todo en las primeras semanas de gestación, por lo que, tan pronto como advirtió que estaba embarazada, Cristina temió las consecuencia de la prueba médica y se decidió por el aborto, decisión que contó con el apoyo del marido. Y aquí empezó el drama. Igenuamente se dirigió, en primer lugar, a su ginecólogo, quien ni siquiera toleró la insinuación del aborto. ¿Qué hacer? En Córdoba no conocían a nadie que pudiera practicar la operación clandestinamente. Tendría que salir al extranjero. ¿Pero adónde? Por fortuna, ella y su marido trabajaban los dos, por lo que no tenían problema económico. Pero carecían de contactos y de información alguna y no sabían cómo conseguirla. Los días pasaban y la angustia de Cristina era cada vez mayor. Después de mucho buscar, guardando enérgicamente el secreto, a través de la amiga de una amiga de una amiga consiguió una dirección: Casablanca (Marruecos) ¿Casablanca? Un hospital marroquí. Después de muchas dudas y vacilaciones, Cristina, que sabía francés, logró hablar con el médico que practicaría la operación así como una cita. Y allá que fueron los dos: dejaron a la niña con la abuela y, sin decir nada a nadie, por supuesto, partieron rumbo a Málaga un viernes, de allí en avión a Casablanca, operación el sábado y regresó a España y a Córdoba el domingo. El marido, Fernando, me contaba que Cristina iba aterrorizada, pero que el que temblaba de verdad era él. ¿Qué haría si ella moría en el quirófano o a consecuencia de la intervención? Aquella era la pregunta que lo torturaba.
A sus veintidos años, Amalia estudiaba una carrera, vivía con sus padres y tenía novio. Año 1981. Era una mujer avanzada, por lo que practicaba el sexo con su novio cada vez que a los dos les apetecía. Todavía resultaba difícil para una soltera conseguir la píldora anticonceptiva. Incluso los preservativos para el hombre no eran fáciles de encontrar. Por tal motivo y, aunque ponían un gran cuidado, terminó quedando embarazada. Amalia no quería tener aquel hijo, que cambiaría por completo el rumbo de su vida, y el novio la apoyó. Y aquí de nuevo el drama. Ningún sitio que supieran en España, los días pasando como golpes de gong y la tortura cada vez mayor. Por fin el novio consiguió contactar con una amiga que residía en Londres y esta lo organizó todo para que a Amalia le practicaran el aborto. Viaje de ella sola (el novio trabajaba y no logró obtener permiso) engañando a todo el mundo, incluida la familia, intervención quirúrgica en una clínica londinense y regreso a Córdoba, todo ello en un fin de semana. En este caso, los protagonistas tampoco tenían problema con la economía.
Diecisiete años tenía Amadora en 1983, cuando, con ninguna experiencia y, por supuesto, con nula educación al respecto, tuvo su primer contacto sexual con un muchacho un año mayor que ella, con la mala suerte de que quedó embarazada. Este sí fue un buen drama. Amadora tenía una hermana mayor, Lucía, estudiante de derecho, a la que la muchachita le contó su percance y a la que le pidió su ayuda para abortar. Ninguna de las dos tenía dinero y el muchacho que embarazó a Amadora tampoco. Lucía se volcó con su hermana. Por sus contantos con una asociación feminista, de las que surgieron en la época, consiguió la dirección de una clínica en Salamanca, en donde, al parecer y clandestinamente, realizaban la operación por la nada despreciable cantidad entonces de 25.000 pesetas. Lograron reunir el dinero gracias a su amistades y un buen día, después de obtener la correspondiente cita y engañando a la familia, partieron en tren hacia Salamanca. ¿Solucionado? ¡Qué disparate! En la clínica vieron que Amadora iba de catorce semanas en lugar de las doce que ellos admitían y se negaron a practicar la operación. ¿Qué hacer? Imaginemos el estado de ánimo de las dos hermanas. Tal vez, ante la tremenda decepción que se pintó en sus rostros, una de las enfermeras que las atendió les dio una dirección de una clínica en Portugal donde le practicarían la operación. Aquella misma tarde cogieron un tren para el país vecino, llegando al lugar a la caída de la noche. Pasaron ésta en la estación, porque no tenían dinero para un alojamiento. Al día siguiente un taxi las llevó a la clínica y aquel mismo día le practicaron el aborto a Amadora. Pero cuando pagaron, vieron que no les quedaba dinero para volver. Tuvieron, sin embargo, suerte. Una chica portuguesa, que había abortado al mismo tiempo que Amadora, enterada del problema, no sólo las alojó en su casa, sino que les dejó el dinero para los billetes de vuelta a Córdoba. Todo ello en tres días que se le hicieron interminables.
Las otras dos mujeres, Isabel y Encarnita, abortaron después del ochenta y cinco, no en Córdoba, pero sí en España, aduciendo motivos de orden psicológico, el agujero que, en efecto, tenía la ley de aquel año, gracias al cual tantas mujeres que lo deseaban pudieron abortar sin más cortapisa que la del secreto.
Con las cinco hablo de cuando en cuando. Ninguna, pero especialmente las tres primeras, quisieran repetir la experiencia, pero no por el aborto en sí, sino por el sufrimiento que padecieron antes de llevarlo a cabo. Ninguna se ha arrepentido hasta hoy y a ninguna le ha quedado secuela psicológica alguna relacionada con este hecho. O, lo que es lo mismo, que el aborto efectivamente es un drama, pero únicamente cuando está prohibido, pues, digan lo que digan las leyes, diga lo que diga la hipócrita moral al uso, la mujer que quiere abortar acaba consiguiéndolo de un modo u otro en la inmensa mayoría de los casos, corriendo los riesgos que sean necesarios, incluido el de la propia muerte.

sábado, 25 de mayo de 2013

Así nació el monacato cristiano


Como tantas cosas del cristianismo, si es que no la misma religión, el monaquismo también nació en Egipto, siglo IV. Primero, muchos hombres y mujeres, convencidos de que, tal y como anunciaba el evangelio, el fin del mundo era inmediato, se retiraron al desierto a expiar sus pecados en completa soledad. La historia de estos eremitas es terrible y da fe de hasta donde puede llegar el ser humano cuando sucumbe al fanatismo religioso.
San Pacomio fue uno de estos eremitas, aunque con más vista, no en vano su nombre deriva del copto Pa-ahom, que significa el del águila. Aunque otros lo hacen derivar del griego y entonces significaría el robusto. Pero habiendo nacido en Esneh, localidad del Alto Egipto en 286, cabe pensar que la derivación del copto parece la más auténtica. En cualquier caso, águila o robusto, o ambas cosas a un tiempo, este buen hombre fue el primero que agrupó a los eremitas en monasterios.
Su trayectoria vital aparece en diferentes Vidas escritas en varios dialectos coptos y todas ellas, que coinciden en lo esencial, narran los numerosos prodigios que la acompañaron. Por ejemplo: hijo de paganos, su infancia discurrió bajo el paganismo, pero Pacomio jamás adoró a los ídolos, como lo prueba el hecho de que cuando bebía el vino de los sacrificios lo vomitaba sin proponérselo. Fue soldado en el ejército romano de Majencio, perderdor, como se sabe, en su pugna con Constantino. Como soldado tuvo noticia de la existencia de los cristianos y quedó prendado de la gallardía con que éstos iban al martirio así como de su caridad. Su impresión fue tal que en cuanto que se licenció del derrotado ejército, se largó al desierto. Allí, deseoso de aprender las técnicas ascéticas, se acercó a la cueva de un tal Palamón, quien, después de mucho hacerse rogar, lo recibió con un discurso que solía acojonar a la mayoría de los que por allí se acercaban. La cosa que tú buscas -le dijo- no es una cosa cualquiera. Muchos hombres han venido ya por esa cosa y no la han encontrado... En verano, yo ayuno todos los días y, en invierno, como cada dos días. Yo no tomo más que agua, pan, sal y duermo raramente.
Pacomio aceptó y pasó siete años ejercitándose en la penitencia, haciendo hincapié en permanecer despierto, pues el sueño, según estos mozos, arrastra al hombre a un mundo de ilusiones, el mundo de Satán. Hasta tal punto llegaba esta norma que no era, precisamente, la más penosa del programa, que los eremitas dormían lo mínimo y nunca tendidos, sino sentados, en cuclillas o incluso de pie, como los caballos, sólo que apoyados en un muro o en una roca. Pacomio trabajó además la obediencia, la humildad y, sobre todo, los ayunos. Practicaba lo que Lacarriere llama estacionarismo, que consistía en pasarse horas y horas rezando con los brazos en cruz.
Transcurridos estos siete años, el muchacho se independizó, yéndose a vivir en soledad a una antigua fosa. Las distintas Vidas cuentan cómo allí le ocurrían cosas como ponerse sobre un ladrillo a rezar y a llorar con los brazos en cruz, hasta que el ladrillo se deshacía a consecuencia de sus lágrimas y su sudor. Que ya tuvo que llorar y que sudar el muchacho, aunque los ladrillos en aquella época fuesen en realidad adobes. Cierto día salió andando por el desierto hasta que llegó a un poblado junto al Nilo, por nombre Tabennesi. Allí se puso a orar como solía hasta que se le apareció un ángel que le dijo: Pacoooomiooo, instálate aquíííí. Una multitud de hombres vendrá a ti y darán provecho a sus almas. Algunas versiones de su vida afirman que el ángel le dio a Pacomio la Regla de sus futuros cenobios.
Gracias al ángel, Pacomio descubrió que la penitencia podía realizarse mucho mejor en comunidades que en soledad y allí, en Tabennesi, fundó su primer monasterio. Luego vinieron ocho más de hombres, como el primero, y dos de monjas, hasta su muerte ocurrida en 348, durante una epidemia de peste. Una muerte bastante tonta, por cierto, si se tienen en cuenta los prodigios que acompañaron al santo en vida.
Un monasterio pacomiano, según su regla, se organizaba a través de cuatro escalones: la célula, formada por tres monjes; la casa, compuesta por treinta y seis; la tribu, con ciento cuarenta; y el monasterio propiamente dicho, que contaba con mil cuatro cientos monjes. A esta clasificación se añadía otra de carácter secreto, misterioso y que, al parecer, consistía en dividir a los monjes de cada monasterio en veinticuatro grupos de acuerdo con las veinticuatro letras del alfabeto griego, que era el que se empleaba en la escritura copta. Un sistema, sin duda relacionado con la gnosis egipcia, que, en aquel momento, ya había sido condenada por la Iglesia.
 Los monjes practicaban duramente la accesis. Por ejemplo, como el propio Pacomio había hecho durante su formación, no dormían tendidos y apenas lo hacían dos o tres horas diarias, ayunaban, oraban y se disciplinaban. Pero también trabajaban, cada uno según sus conocimientos y capacidades, hasta el punto de que bien pronto los monasterios se convirtieron en verdaderos centros fabriles que contaban con sus propios barcos para, a través del Nilo, llevar sus productos a los mercados.
Los monjes eran en su mayoría campesinos egipcios que escapaban así del dominio de los ejércitos romanos y de su condición de semiesclavos, aunque es verdad que para ser aceptado en el monasterio había que demostrar suficiente fortaleza de espíritu, a través de una larga espera a las puertas del mismo, a la intemperie, sin comida ni bebida y sufriendo continúas vejaciones de los profesos. Pero aquellos campesinos, jornaleros les llamaríamos hoy, estaban avezados al sufrimiento y aquellas esperas no constituían una prueba demasido onerosa para ellos.
La Iglesia siempre se ha jactado de la creación del monaquismo y de la vida contemplativa, llegando a llamar a los monjes centinelas de la oración, como hace todavía hoy el inconmensurable Demetrio Fernández, obispo de Córdoba. Esto tampoco es verdad. En Egipto y desde tiempo inmemorial existían numerosos monasterios con sus correspondientes monjes dedicados al dios Serapis. El más importante de ellos se encontraba en Alejandría, ciudad de la que el dios era patrón y protector. Este monasterio, que tenía un templo de excepcional magnificencia, como cuentan las crónicas, fue bárbaramente destruido, con sus monjes dentro, por hordas de cristianos azuzados por el patriarca Teófilo. Pacomio se inspiró en estos monasterios para fundar los suyos, ya con reglas nuevas y propias.
Por otra parte, el desierto tuvo desde lo más remoto un poderoso atractivo para los egipcios. Hombres con la mente siempre puesta en la otra vida, muchos de ellos se retiraban a las abruptas soledades, entregándose a la meditación y a la ascesis mientras aguardaban el momento de su partida. Asombroso parecido, además, con los capataces de la época de las pirámides mantenían los priores o jefes de las casas, quienes, como aquéllos, dirigían con la mano y con el ojo el trabajo de los monjes.
Fuentes:
El monacato cristiano.- David Knwles. Ediciones Guadarrama 1969
Los hombres ebrios de Dios.- John Lacarriere. Edit. Ayma, 1964
Historia de la Iglesia.- José Orlandis. Ediciones Palabra. 1995
 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Y ahora vamos a hablar de sexo

Y vamos a hablar claro.
Treinta pares de orejas enhiestas, como las de las liebres. Universidad Laboral de Córdoba. Último curso. Dieciocho años más o menos y calientes a todas horas, más que la chimenea de un alto horno. Primavera. A través de las ventanas, el cielo azul y la espesa arboleda del parque que se extendía a lo largo de los colegios. Bandadas de escandalosos gorriones se perseguían entre las ramas. El biscuter del profesor de matemáticas aparcado en el borde de la acera. Un espectáculo verlo subir y, mucho mejor, bajar del vehículo, con su esplendorosa humanidad de alrededor de ciento cuarenta kilos de peso, mínimo. Hasta apuestas hacíamos para ver cuándo se quedaba atascado y tenía que entrar a clase con el cochecito de juguete a modo de salvavidas. No recuerdo su nombre. Sólo que era enorme. Se ponía a explicar de cara a la pizarra tapando las formulas con su formidable orondez. Cuando terminaba volvía la cabeza y preguntaba: ¿Os habéis enterado? Y nosotros: Síííííí. Y el muy... borraba lo que había escrito sin darnos tiempo no ya a copiarlo, sino ni siquiera a verlo.
Pero a lo que íbamos.
Pronto saldréis a la vida, empezaréis a trabajar, os echaréis novia, formaréis una familia.
Clase de religión. Profesor, el padre Zabalza, un dominico no muy alto, pero bien conformado, apuesto, guapetón, buen pelotero y con fama de ligón entre la legión de limpiadoras y cocineras que atendían al servicio, gran parte de ellas lindas muchachas en flor. Aunque el verdadero ligón era el hermano... ¡Vaya! ¡También olvidé su nombre! Un tipo berriondo, al que llamábamos El Bombilla, porque la tonsura natural le abarcaba toda la cabeza, a excepción de una tirilla de pelo que le llegaba de oreja a oreja pasando por la nuca, y que iba detrás de las muchachas mayorcitas, veinticinco, treinta años como mucho, como los becerros detrás de la teta de su madre.
¿Pero vamos  o no vamos?
Trabajar ya éramos bastantes los que lo hacíamos, en verano, en las más diversas ocupaciones. Novia no eran pocos los que la tenían. Más de uno y más de dos habían ido de putas, ellos mismos lo contaban. A ver por donde nos salía el buen dominico.
Aquella novia con la que terminaríamos casándonos iba a ser la mujer más importante de nuestra vida. Tan importante como nuestra madre, circunloquiaba el fraile. Por ello teníamos que poner el mayor cuidado en elegirla. La belleza, la simpatía, constituían aspectos positivos, pero ni mucho menos los más relevantes. La importancia de aquella mujer se encontraba en que sería la madre de nuestros hijos, sublime motivo por el que deberíamos valorar ante todo sus cualidades morales. Debería ser noble, recta, con una gran capacidad de sacrificio y de amor. Una mujer, en resumen, como nuestra madre, ya lo había dicho. O, mejor aún, como la Virgen María, capaz de renunciar a los atractivos mundanos y de entregarse por entero para alumbrar al Salvador del mundo.
Vale, bien, muy bien, ¿pero y el sexo?, ? ¿no era de él de lo que íbamos a hablar?
Tranquilos, muchachos, la impaciencia es la madre de la mayoría de los errores humanos.
A través de las ventanas, las hojas de la catalpa, de un verde aterciopelado, las agujas de los abetos, ¿vamos a contarlas una a una?, los ramos preciosos de las adelfas, blancos, amarillos, fucsia. Por el centro de la calzada, meditabundo, el profesor de Formación del Espíritu Nacional, un imbécil, pelo blanco, camisa azul, al que se le saltaban las lágrimas cada vez que nombraba a José Antonio, y lo nombraba algo así como quince o veinte veces por clase de cincuenta minutos.
Nada, que se nos va el santo al cielo y no estamos en lo que estamos. El dominico perorando a sus anchas desde la cumbre de la tarima. Las mujeres son flores delicadas, decía en aquel momento, todos ya cansados de escucharlo y deseando que la clase terminara. A una mujer, continuaba con su sermón el pelotero, no había que preguntarle por el seso, por la inteligencia, sino por su decoro, por su modestia, por su honestidad, por sus dotes para dirigir y administrar una casa. Lo que las mujeres buscaban en los hombres no era tanto amor como seguridad, fortaleza, una sombra bajo la que cobijarse. Esto era lo que, en primer lugar, las diferenciaba de nosotros. Ahora bien, el amor era necesario, constituía la argamasa primera que sellaba la unión de la pareja.
Pero bueno, vamos a ver, ¿hay sexo o no hay sexo?
Ahora va, ahora va.
Los hombres éramos rudos, las mujeres suaves, delicadas. Esto era necesario que lo comprendiéramos para saber cómo teníamos que tratarlas. Nosotros éramos el ímpetu, el dinamismo; ellas, por el contrario, la pasividad, la calma. La tensión se apoderaba de nosotros con harta  frencuencia. Las mujeres, en cambio, eran como el mar, tenían sus mareas al ritmo que les marcaba una naturaleza mucho más tranquila. En una palabra, éramos más ardientes que ellas, motivo por el que corríamos el riesgo de importunarlas con nuestras exigencias, hasta el punto de poner en riesgo no la unión de la pareja, porque el matrimonio era para toda la vida, pero sí la paz y la armonía del hogar. Debéis saber -la voz ahora ligeramente aflautada del fraile- debéis saber y tenerlo muy presente en el futuro que, después de la unión conyugal, una mujer tarda dos meses e incluso más en volver a tener deseo.
¿Qué, cómo, cuándo, dónde? Un coro de voces repentinamente excitadas. ¿Dos meses? ¿Qué decía el padre cura?
Dos meses. He dicho dos meses, sí. O más. Y durante ese tiempo el hombre debe respetarla y mantenerse casto hasta que ella esté de nuevo propicia.
¡Pero bueno! ¿Quién? ¿Por qué? ¿De qué manera? Un revuelo de preguntas, de opiniones, de quejas, alguna maldición por lo bajo y, por encima del alboroto, una voz, la de un asturiano recio, un hombre ya, con cara y voz y modales de hombre: ¿Dos meses acostado junto a una mujer y sin poder tocarla? ¡No es justo! Usted lo tiene más fácil, a fin de cuentas, usted duerme solo.
El sacerdote sonrió, alzó la mano como para pedir silencio y responder al asturiano. Pero en aquel momento sonó el timbre que indicaba el final de la clase y lo que hizo fue despedirse y abandonar el aula hasta el próximo día. Las clases prosiguieron hasta el final del curso, pero aunque se lo insinuamos en más de una ocasión, nunca más se volvió a hablar del tema.

lunes, 29 de abril de 2013

Hipócritas

1.- ¿Qué le ocurre a la Iglesia católica con el sexo? ¿Por qué sus mayores desvelos se encaminan siempre hacia asuntos con él relacionados: el divorcio, el matrimonio homosexual, el aborto, etc.? ¿Es la represión a la que se someten, que obnubila las mentes y ciega los entendimientos? ¿O se trata más bien del puro sadismo de quienes pretenden hurtarle al ser humano uno -quizás el mayor- de los pocos placeres que la vida nos ofrece? San Pablo, que era chiquitillo, feo y dicen que epiléptico y, por tanto, con casi nulos atractivos para las mujeres, situaba la castidad por encima de todas las virtudes, después de la caridad, considerando el matrimonio como un mal menor, para los que no eran capaces de soportar el ardor de la carne. ¿Viene todo de él? Si es así, dos mil años de historia no sólo no han logrado cambiar este pensamiento, sino que lo han agravado con una intransigencia que no tiene parangón en el pensamiento humano.
2.- ¿Me pregunto qué hace el papa, qué hacen los cardenales, qué hace el señor Rouco Varela condenando el aborto? Lo he dicho ya alguna vez y lo repito: los hombres que se atreven a emitir un dictamen (no digamos ya a legislar) acerca del aborto juegan sucio, hacen trampas, son como los tahures que se enfrentan a sus contrincantes en el poker con las cartas marcadas. ¿Motivo? ¿Qué más motivo quieren su santidad y sus eminencias reverendísimas que el hecho archidemostrado de que el hombre jamás se encontrará en el dilema de si abortar o no, puesto que hasta ahora, que sepamos, no tiene la posibilidad de sufrir un embarazo? Hay que ser un fullero de una categoría monumental para condenar aquello que por mucho que quieras nunca tendrás la oportunidad de realizar. Hay que ser un canalla.
3.- Defensa de la vida. Eso llaman a la condena del aborto. Y se quedan tan satisfechos. Hombres cultos, con estudios graves, profundos, ¿y no advierten que esa expresión, defensa de la vida, encierra una idea tan general que, en realidad, no dice nada? ¿O es que nuestros santos padres están dispuestos a sufrir sin oponer resistencia un ataque de pulgas, o de garrapatas, o de bacterias Gram positivas o Gram negativas, por poner sólo algunos ejemplos insignificantes? Todos estos bichitos tienen vida, forman parte de la vida y, sin embargo, no hay padre de la Iglesia que no se revuelva contra ellos. ¿Entonces? Hombres tan doctos y bien alimentados,  ¿no comprenden que al que hay que defender es al individuo, a los seres concretos que pueblan este mundo?
4.- Defensa de la vida mientras los individuos se van muriendo a chorros en brazos de la miseria producida por las desigualdades y los desequilibrios económicos, en realidad por la codicia de unos pocos que se apoderan con toda clase de artimañas de los bienes que deberíamos disfrutar entre todos. Nada menos que diecisiete mil (17.000) niños mueren diariamente en el mundo de inanicción, es decir, de hambre, sin que la Iglesia católica mueva un sólo dedo por ellos. En España, sin ir más lejos, cuánta gente, incluidos niños bien pequeños, están entrando en lo que eufemísticamente se llama exclusión social, que no es otra cosa que la pobreza extrema provocada por una crisis económica que en realidad es una estafa. ¿Alguien oye al señor Rouco Varela o alguno de sus corifeos levantar su mayestática voz en defensa de la vida de estos seres humanos? El obispo de Alcalá habla todos los días de los homosexuales como si hubiera perdido la razón; pero de los que día tras día están perdiendo sus viviendas y quedándose en la calle, esa es una tarea que compete directamente a Dios, al que deben dirigirse los afectados. Y que no me vengan con la historia de Cáritas. Porque Cáritas, que está haciendo una buena labor asistencial, aunque orgánicamente depende de los obispos, no recibe de la Iglesia más que el dos por ciento de su presupuesto. El resto les llega de las subvenciones del gobierno, es decir, del dinero de todos los españoles, y de las aportaciones de particulares, católicos o no. He aquí la primera pata de la hipocresía eclesiástica
5.- La segunda pata de la hipocresía eclesial es mucho más grave aún. ¿Más grave? Veámoslo: sus eminencias condenan el aborto bajo la afirmación rotunda de que se trata de un crimen, de un atentado contra la vida, de un asesinato. Condenan la supresión de un puñado de células, de un proyecto de individuo, si se quiere, y al mismo tiempo no tienen inconveniente en situarse a favor de la pena de muerte, es decir, de la eliminación de un ser humano completo, hecho y derecho, en el pleno disfrute de su ciclo vital. La Iglesia no ejecuta a nadie, pero el Vaticano sigue siendo uno de los pocos Estados del mundo que aún defienden la pena de muerte. El catecismo de la Iglesia católica actualmente en vigor dice textualmente: La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable (estaría bueno que se cargaran al primero que encontraran por la calle), el recurso a la pena de muerte. Y con la tradicional habilidad diplomática de la curia añade: si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.
6.-. ¿Es posible que reconocidos intelectuales como son las mayoría de los dirigentes de la Iglesia no se hayan percatado de esta flagrante contradición? No, yo creo que no es posible. Creo más, creo que en la actualidad el sistemático ataque al aborto se debe a distintas razones que nada tienen que ver con la defensa de la vida. La primera es el tradicional, el visceral desprecio de la Iglesia hacia la mujer, desprecio justificado por, según cuenta la Biblia, haber sido una mujer la culpable de la pérdida del paraíso y del estado de infelicidad del mundo. Ya no discuten en sesudas sesiones teológicas si las mujeres tienen o no alma, pero las siguen considerando sujetos de segunda categoría, incapaces de tomar decisiones por sí mismas, sin la guía y el control de un hombre. Otra razón se centra en el afán de seguir controlando las conciencias como forma de mantener y asegurar el poder, un afán que viene acompañando a la Iglesia desde el origen de los tiempos. Una tercera consiste en la condena sin paliativos del sexo en cualquier variante que no sea la de la reproducción. En España tienen una razón más: mientras se habla del aborto, de los homosexuales, mientras se montan manifestaciones y tertulias televisivas no se habla de lo que verdaderamente interesa, de un Concordato que hace aguas desde el mismo momento de su firma, de las subvenciones públicas que la Iglesia recibe, de la exacción de impuestos, como el IBI o el IVA, de las inmatriculaciones fraudulentas de edificios que fueron y son públicos, de las inmensas riquezas que la Iglesia guarda para sí y explota en su exclusivo beneficio.