lunes, 29 de octubre de 2012

Cuatro meses

Decíamos ayer... ¡Cuatro meses! Me fui de vacaciones y nada más terminarlas me vi metido en un trabajo al que no podía renunciar y que me ha tenido completamente ocupado hasta hace exactamente dos días y medio.
Cuatro meses. Y cuando de nuevo abro la ventana y me asomo a la calle, ¿qué me encuentro? Casi nada ha cambiado y, sin embargo, casi todo es ahora mucho peor que entonces.
Para empezar... ¿qué más da por donde empecemos, si es que ya no hay por donde coger a este país? Pero para empezar por algún sitio, ahí está el gran babieca de Cataluña machacándonos los tímpanos con la independencia, sin mencionar en ni un solo momento la palabreja, únicamente para ocultar el expolio económico al que tiene sometido a su país: recortes brutales en la educación pública (la otra, la concertada, ni tocarla), recortes de auténtico canalla en la sanidad (el euro por receta es sólo un ejemplo), recortes en los sueldos de los funcionarios, impagos a las farmacias, a los centros de atención infantil etc.; para ocultar, sobre todo, los robos (vamos a llamarlos presuntos hasta que un juez condene, cosa que, casi con seguridad, nunca ocurrirá), los robos, digo, en el Palau, por parte de la gente de su partido, el fraude de la ITV, con el ínclito Oriol Pujol al frente (¡ay los Pujol, los Pujol y las Bancas Catalanas), los sobornos del 3% en las obras adjudicadas por la Generalitat, vox populi en Cataluña, pero a los que nadie se atreve a meter mano, al menos de momento.
Para callar todo esto el gran babieca, digo, se mete en un erial que puede acabar en un abismo. Y el gobierno de España, con su presidente a la cabeza, entra al trapo y se lanza a la pelea ni más ni menos porque él está haciendo en el resto del país exactamente lo mismo que el catalán en Cataluña. Y porque también tiene mucho, pero mucho que callar. Lo mismo y por motivos igual de espurios que siguen la ruta los demás partidos y la inmensa mayoría de los medios de comunicación, por no decir la totalidad. Y aquí estamos ya todos locos y nadie que tenga ocasión de subirse a un púlpito habla de otra cosa.
Cuatro meses. Sólo dieciséis semanas. Y el paro se acerca ya a los seis millones de seres sin trabajo, porque la reforma laboral está dando al fin sus mejores frutos, exactamente los mismos que preveía el gobierno. Lo del payaso Wert sería de risa si no fuera porque no cesa de lanzar cañonazos sobre la línea de flotación de la enseñanza pública. Algo más de quinientos desahucios diarios, gracias a una banca insaciable a la que ni los jueces pueden detener, al menos en este repugnante y sobrecogedor asunto, porque está amparada por una ley de ¡1909!, una ley, por la que se rigen los desahucios, que ni al PP ni al P(SO)E, ese partido que se quedó con el país hasta que el país ha decidido quedarse sin él, se les ha ocurrido cambiar en treinta y cuatro años de democracia, habiendo tenido los dos mayorías de sobra para cambiarla sin oposición. Y cuyo cambio tampoco ha pedido ninguno de los demás partidos. ¿Pero cómo van los partidos políticos a intentar siquiera tocar a los bancos si están hasta el gaznate de préstamos bancarios que jamás devolverán? Lo mismo que los dos que pueden hacerlo no tocan tampoco a los grandes oligopolios (electricididad, gasolina, telefonía), porque en ellos tienen reservado un puesto convenientemente remunerado sus miembros más prominentes, cuando cesen en su tarea política. La policía repartiendo palos como en los viejos tiempos del dictador golpista. El gallardo Gallardón preparando una ley del aborto que para sí la hubiera querido la Iglesia en la Edad Media, mientras sigue adelante la reclamación del PP ante el tribunal constitucional por el matrimonio de los homosexuales. La sanidad por los suelos. La dependencia cuarteada. Las pensiones en el filo de la navaja. El robo que crece y crece sin que nadie sea capaz de ponerle freno.
¿Y la Iglesia, la primera y más formidable de mis amantes? ¿La Iglesia? ¡Bien! ¡De puta madre!, que diría el castizo. Ahora no hay nada por lo que manifestarse, de modo que ella a callar, a guardar silencio y a mirar para otro lado. Bueno, los obispos catalanes, benditos pastores, se han unido también al coro del babieca independentista y lo han hecho con tal desparpajo que se diría que ellos también tienen bastante que ocultar. Eso sí, la Conferencia Episcopal les ha llamado al orden inmediatamente: mientras la Iglesia siga sin pagar ni IBI ni IVA, mientras no se les recorte ni un euro de la asignación anual que satisfacemos todos los españoles (al menos todos los que pagamos impuestos), creyentes o no, católicos o no, mientras el gobierno siga apoyando la enseñanza concertada (más del 90% de los colegios concertados son católicos), mientras sigan su curso las inmatriculaciones de bienes que hasta ayer eran públicos, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba, aquí no se habla ni de independencia ni de nada. Como mucho se habla de caridad. Y entonces traen a la palestra a Cáritas, como si Cáritas fuera una institución verdaderamente eclesiástica, siendo así que de la Iglesia no recibe más que el tres por ciento (3%) de su presupuesto, el resto, es decir, prácticamente la totalidad, proviene del Estado y de donaciones particulares.
Hace un par de días, un obispo, Munilla, el de San Sebastián, ha levantado al fin la voz para clamar contra los desahucios. Lo ha hecho desde dos puntos de vista, uno moral, al considerarlos una completa inmoralidad, y el otro económico, al estimar que los bancos realizan un mal negocio quedándose con pisos vacíos que no tienen salida y que, por tanto, no les produce beneficio alguno. Una pregunta esta que somos muchos los que nos la hacemos, al no entender qué ganan exactamente los bancos o qué interés los mueve prefiriendo embargar un piso antes que renegociar el préstamo con el ocupante o yendo a un alquiler asequible para aquél. Pero, en todo caso, la de Munilla ha sido la voz del que clama en el desierto, porque la Iglesia como tal, es decir, la Conferencia Episcopal sigue tozudamente encerrada en un mutismo que resulta desconcertante incluso para sus fieles, muchos de los cuales, sin duda, deben estar sufriendo también la catástrofe de un desahucio