miércoles, 27 de junio de 2012

De aquí y de allá

El tabernero viendo que perdía  él también bebía.  De modo que, tal y como están las cosas y presumiendo la que se nos viene encima, cierro el kiosco y me esfumo, me escapo al mar a beberme sin prisas los pocos euros que me van dejando la panda de banqueros, políticos y demás mangantes que nos rodean y a hacer acopio, no sé, quizás de más mala leche de la que ya tengo, a armarme de todo menos de paciencia, que es, entre otras cosas, de lo que vamos estando más que sobrados en este país. Mientras tanto y como despedida temporal dejó aquí algunas citas que he ido encontrando  en lecturas variadas y que me llamaron especialmente la atención.

1.- No estoy de acuerdo con eso de la que la ciencia y la religión van por caminos distintos, lo considero una pose: la cabeza es una y todo, Dios y la ciencia, pasan por la cabeza.
                                         Eduardo Battaner. Astrofísico. Profesor de la Universidad de Granada

2.- Nuestras antepasados estaban muy ansiosos por compreder el mundo, pero no daban con el método adecuado... Ahora hemos descubierto una manera eficaz de comprender el universo: un método llamado ciencia.
                                                             Carl Sagan

3.- Es mejor un putero que hace buenas leyes que un notable catolicísimo que promulga normas contrarias a la Iglesia
                                                      Vittorio Messary, teólogo afin al Opus Dei, en relación con los escándalos sexuales de Berlusconi.

4.-El promontorio llamado Gólgota por su forma de cráneo o calavera tenía a lo sumo seis o siete metros de altura. Ha sido la piedad histórica la que lo convirtió en una colina o montículo destacándose del paisaje. La misma piedad que ha hecho de Simón el Cireneo un héroe voluntario, cuando está claro que realizó su labor a requerimiento de un centurión.
                                                       Gironera. El Escándalo de Tierra Santa

5.- Debería prohibirse a los notarios que vinieran a Tierra Santa.
                                                        Padre Romualdo, del monasterio de Tantur, citado por Gironella en la obra mencionada.

6.- A pesar de todo, tu Jesús, para verse obligado a andar sobre las aguas, ¡debería tener muy pobres argumentos!
                                                      Marcel Conche a su discípulo, el filósofo André Comte-Sponville

7.- El periodista a Einstein: Profesor, ¿Cree usted en Dios? Respuesta de Einstein: Primero dígame lo que entiende por Dios; a continuación le diré si creo en él.
8.- En qué diferís vosotros los místicos, que sostenéis la absoluta incompresibilidad de la divinidad, de los escéptivos y los ateos, que afirman que la primera causa de todas las cosas es desconocida e ininteligible.
                                             Hume. Diálogos sobre la religión

9.- Cuando uno cree estar en posesión de la verdad tiene que saber que lo cree y no creer que lo sabe.
                                                   Jules Lequier (1814-1862)

10.- Los que pueden hacerte creer absurdidades también pueden hacerte cometer atrocidades.
                                                                  Voltaire

martes, 19 de junio de 2012

La coartada de Dios

Sin Dios, todo está permitido. Los creyentes, los que dicen creer y aun los que fingen creer se escudan en esta frase lapidaria para justificar no sólo la realidad de la existencia de Dios, sino, más aún, su necesidad. Si Dios no existiera -dicen, como si ya hubieran probado su existencia-, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Y se lanzan a pronosticar todo tipo de catástrofes que sucederían sin remedio si, efectivamente, no se tiene en cuenta a Dios y nos atrevemos a poner siquiera en duda su existencia.
Sin Dios, todo está permitido. ¡Cuánto infantilismo esconde tan rotunda expresión! Quien en ella cree de buena fe, sin duda, no ha superado aún la edad de la inocencia. Y quien, aun sin creer en Él, defienden a Dios como pilar y garantía del orden social, piensan que quienes no abandonaron aún aquella edad que dicen dorada son los que no sólo no creen en tal afirmación, sino que la niegan.
Para los unos y para los otros, Dios, en primer lugar, vendría a ocupar la figura del padre protector que con su sola presencia proporciona a sus hijos la seguridad que anhelan: el timonel del navío que los hijos, faltos aún de experiencia y llenos de temor, no están en condiciones de gobernar, el brazo fuerte que ahuyenta la tormenta, el puerto seguro en el que guarecerse. Pero tanto para los unos como para los otros, Dios es también el fiscal que vigila sus actos y el juez que por ellos otorga el premio o el castigo. Sin Dios, todo está permitido, afirman, porque aún no lograron desprenderse de la dependencia paterna y vivir por sí mismos. Y también porque, en una especie de cobardía intelectual, les resulta imposible creer que sea posible vivir y vivir honradamente sin esperar recompensa o recusación alguna al final de la vida.
En tiempos de crisis como los que vivimos el niño indefenso del que tantos aún no se despojaron emerge con fuerza redoblada, usurpando el espacio que debiera corresponderle a la razón. Para recordarnoslo, ahí están los obispos, con el de Roma a la cabeza, proclamando que la mentada crisis no tiene su origen en la quiebra de un banco cuyos dirigentes actuaban movidos pura y simplemente por la codicia, sino en el olvido de Dios por parte de nuestras sociedades, en haber apartado a Dios de nuestra vida.
Sin Dios, todo está permitido. Si esta expresión respondiera a la verdad... Pero la verdad es más bien lo contrario. Con su terquedad, ahí está la historia para demostrarlo. Con la coartada de Dios, a su sombra o bajo su invocación se han cometido y se siguen cometiendo, tanto social como individualmente, las mayores tropelías. Guerras, persecución y muerte de disidentes, esclavitud, justificada y aun bendecida por los que se dicen representantes de Dios, genocidios, robos, violaciones, asesinatos, incluidos los de más de un papa, llevados a cabo por sus propios colegas, es decir, por los que afirman tener a Dios más que nadie como guías de su vida, castración de infantes para que su voz continuara sonando más allá de la pubertad como se imagina que deben sonar la de los serafines y, más modernamente, blanqueo de dinero procedente de los negocios más turbios, y pederastia, con el agravante de su ocultamiento y protección del culpable. Todo un catálogo de infamias que han tenido y siguen teniendo como excusa la nunca probada existencia de Dios. Es decir que no es que sin Dios todo esté permitido, sino que, como los hechos prueban, con Dios cualquier crimen, por horrendo que sea, encuentra la senda para ser perpetrado, más aún, cuaquier crimen se convierte muchas veces en un mandato, en una obligación.
La coartada de Dios se torna particularmente perversa en el catolicismo. En efecto, en ninguna religión Dios impidió jamás al criminal llevar a cabo sus propósitos. Pero en el catolicismo no sólo Dios no se lo impide, sino que basta su confesión ante un sacerdote para que el crimen resulte perdonado y el criminal pueda continuar impunemente su vida. Esta forma de proceder, extraordinariamente obscena y antisocial, incita en el fondo a la perversión; la conciencia se encallece, puesto que nuestra responsabilidad ante nosotros mismos y ante los demás se subsume y se diluye en la autoridad de Dios, que nos perdona siempre. La sociedad puede decir lo que quiera que el delincuente -el pecador para los católicos- sólo tiene que rendir cuentas ante Dios. ¿Cuántas veces hemos de perdonar?, se cuenta en el evangelio que le preguntaron a Cristo sus discípulos. Setenta veces siete, se cuenta que respondió Éste. Es decir, siempre. Delinque pues cuanto quieras, hijo mío,  -peca, vendrían a decir los católicos- que aquí está el sacerdote para perdonarte una y otra vez. El ser humano es débil, afirman, por eso necesita la magnanimidad y la misericordia de Dios. Y al sostener esta barbaridad lo que en realidad hacen es alentar el delito.
A lo largo del tiempo, Dios ha sido una de las primeras coartadas de las que se ha valido y se vale el poder para perpetuar su dominio, para llevar a cabo las más sucias aberraciones. Esta es la razón por la que los distintos poderes, no sólo el religioso, lo invocan una y otra vez. Esta es la razón por la que muchas de las leyes destinadas únicamente a coartar la libertad de la gente llevan de una manera o de otra a Dios en el frontispicio del texto. No es verdad que sin Dios se produzca catástrofe alguna. Sin Dios lo único que ocurre es que el poder en general pierde uno de su pilares y el poder religioso en particular, el más hartero de los poderes, su único fundamento. 

domingo, 3 de junio de 2012

El milagro de Bolsena

Hay tres jueves en el año que relucen como el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Así nos lo enseñaron de niños.
Para los cristianos son los tres días más grandes del año. De los tres, el más solemne es el Corpus Christi. La materialización real del cuerpo del Salvador en la hostia consagrada, el misterioso y gran regalo, eso dicen los teólogos, que Cristo le hizo a los cristianos para fortalecerlos en su paso por este mundo.
Hoy su celebración ha decaído bastante, pero tiempo hubo en que hasta cuadrillas de gitanos, hombres y mujeres vestidos con las mejores galas de su etnia animaban la procesión danzando y tocando sonajas, panderos y guitarras. En Jaén, por ejemplo, y en más de una ocasión, el cabildo llegó a avalar a gitanos que se encontraban en la cárcel para que pudieran danzar en la procesión. En 1780, el pío Carlos III prohibió estas celebraciones, que le sonaban a juerga mucho más que a devoción.
A pesar de la importancia del regalo, la Iglesia no estableció su celebración hasta bien avanzado el siglo XIII. Hasta entonces, la eucaristía como tal no recibía culto alguno. ¿Por qué? ¿Se limitaban los cristianos a consumir el pan consagrado sin advertir la trascendencia de su acto? ¿Creían que no se trataba más que de un símbolo, la forma de conmemorar la última cena del Salvador? Hay opiniones para todos los gustos. Pero no resulta de más señalar que esto es lo que creen los anglicanos y protestantes en sus diversas sectas, siendo, en Occidente, la Iglesia católica la única que tiene como dogma la presencia real del cuerpo de Cristo en la eucaristía.
En cualquier caso, ¿cómo llegó la Iglesia a admitir oficialmente este hecho y a proclamar la fiesta? Como en otros dogmas católicos fueron necesarios milagros. ¡Y qué milagros! En 1169, en Alsen (Dinamarca), mientras decía misa, un monje vio ensangrentarse la hostia después de la consagración. Confundido, corrió a decírselo a su abad, quien predijo un próximo derramamiento de sangre cristiana. La profecía se cumplió, porque poco después los vikingos invadieron la región llenándola de desolación y de muerte, pero el milagroso acontecimiento de la hostia consagrada cayó en el olvido.
Hacia la mitad del siglo siguiente, Juliana de Monte Cornillón (1193-1258), monja agustina y priora de su convento, ferviente enamorada de la pasión de Cristo y del Santísimo Sacramento, en uno de los trances que a menudo sufría, vio a la Iglesia como una luna llena con una mancha negra. Aquella mancha, según la monja, se debía  a la falta de un culto apropiado a la hostia consagrada. Así se lo comunicó a su obispo y, entre otros, a Jacques Pantaleón, futuro papa Urbano IV y entonces archidiácono en Lieja. El obispo, impresionado, proclamó por su cuenta la festividad en su diócesis, pero el asunto no pasó de aquí.
El milagro definitivo habría de producirse en 1263 en la ciudad de Bolsena, a orillas del lago de su nombre, en la Italia meridional. Un día de verano de este año, mientras el ya papa Urbano IV veraneaba en la cercana Civitavechia, llegó a la ciudad Pedro de Praga, un fantasmal sacerdote que peregrinaba a Roma con la esperanza de recuperar la fe en la transustanciación, que había perdido hacía tiempo. Pedro se hospedó en la iglesia de Santa Cristina y, al día siguiente, pidió decir misa en el altar de la santa, que se tenía por milagroso. Llegado el momento de la consagración, el sacerdote alzó la hostia por encima de su cabeza y nada más pronunciar la sagrada fórmula, hoc est enim corpus meum, la hostia comenzó a sangrar, manchando el corporal o paño inmaculado que cubre el cáliz. Aterrorizado, envolvió la hostia en el corporal, dejó ambos en el altar, corrió a comunicarle lo ocurrido al papa y desapareció y de él no volvió saberse nunca más.
Al comprobar el prodigio, el papa recordó a la monja de Lieja y aconsejado por Tomás de Aquino, su teólogo de cabecera, que creía firmemente en ella, reconoció solemnemente la presencia real del cuerpo de Cristo en la hostia y, al año siguiente, mediante la bula Transiturus proclamó la festividad para toda la Iglesia. Aquel prodigio es conocido como el milagro de Bolsena.
Pero hay un pequeño pero. En 1819, en Legnaro, provincia de Padua, Antonio Pittarello descubrió en la cocina de su casa sangre en un recipiente de polenta cocinada hacía un par de días. La misma inexplicable sangre se descubrió en otras casa de la localidad, en preparados de polenta o de arroz, incluso el guiso de una gallina presentó manchas de sangre. La alarma cundió, hasta el punto de que los vecinos culparon de tales hechos a espíritus malévolos.
¿Pero, por qué buscar causas extrañas cuando un fenómeno, sea el que sea, puede tener una explicación natural? Así pensaba el médico de Padua Vincenzo Sette, quien, tras un concienzudo estudio, llegó a la conclusión de que el considerado malévolo prodigio no era más que el efecto de un hongo, al que bautizó como Serratia marcescens. El doctor se equivocaba, no se trataba de un hongo, pero sí de una bacteria, como pusieron de relieve investigaciones posteriores. Una bacteria que, sin embargo, conservó el nombre puesto por el doctor Sette y que tiene la propiedad de multiplicarse rapidísamente formando enormes colonias de aspecto sanguinolento en determinados medios, tales como alimentos o las heces de humanos, cuando estos resultan contaminados. Una bacteria que se conoce muy bien y se teme en los hospitales actuales, pues constituye uno de los riesgos de infección de los enfermos que pasan por la UCI.
El milagroso corporal de Bolsena se conserva en la catedral de Viterbo. No lo permiten, pero si lo hicieran seguro que en su análisis los científicos descubrirían que lo que parece sangre no es más que una colonia de Serratia marcescens.