sábado, 29 de diciembre de 2012

El veneno de la religión

Hay un veneno que intoxica a la humanidad y a las relaciones humanas más que el odio o la envidia, más que la ambición o la cólera: es la religión. Filósofos hay (la mayoría de los idealistas con Hegel a la cabeza) que ven en la religión un sustrato o elemento de solidificación entre los individuos de una colectividad. Puede, y aun esto es discutible, que ocurriera de este modo en los orígenes de la humanidad cuando los grupos humanos eran pequeños y se veían abocados en múltiples ocasiones al enfrentamiento mutuo por la consecución de la pitanza.
Pasado este primer periodo más o menos largo ya todo fue veneno. Cuando las religiones fueron politeistas, con el tiempo de los griegos y de los romanos como ejemplos principales, el veneno se diluía en gran parte en la disparidad. Cualquiera podía tener su dios particular y de hecho lo tenía, de modo que más que hablar de religión habría que hablar de religiones y de religiones que no se veían impelidas a competir entre sí pues los objetivos eran múltiples y variados como múltiples y variados eran los objetos de la adoración. O dicho de otro modo, no existía una verdad absoluta. Si acaso, la única verdad de carácter metafísico con voluntad de totalidad era la que afirmaba la existencia de los dioses, pero en aquel tiempo aun esta verdad tenía un carácter flácido, maleable, si así puede decirse, el que le daba, precisamente, la multiplicidad de los dioses. La muerte de Sócrates, no obstante, acusado tanto de pervertir a los jóvenes como de incredulidad pone de relieve que el veneno religioso no era tan inocuo como pueda parecer en la distancia.
Fue, sin embargo, el monoteísmo, el que convirtió el veneno en determinantemente fatal. En efecto, las religiones monoteístas, padre de las cuales es el judaísmo, y de las que actualmente, además de éste, existen dos principales, el cristianismo y el islamismo, ambas con sus múltiples variantes, no suponen nexo de conexión alguno entre los individuos, sino que, muy al contrario, constituyen elementos de división de primera categoría.
En primer lugar, las tres religiones se encuentra gravemente enfrentadas, de manera que cada una excluye a las demás, esgrimiendo la bandera de su verdad, a la que consideran la verdad absoluta y por tanto única. Para los miembros de cada una de esta religiones los miembros de los demás no son seguidores de sus respectivas doctrinas, sino sencillamente infieles a los que es preciso convertir o eliminar. Cada una de estas religiones ha dado lugar a tres espacios culturales enfrentados entre sí y sin posibilidad real de acuerdo y mucho menos de convivencia.
Pero además, en cada uno de sus territorios, por así llamarlos, las religiones monoteístas excluyen de entrada a los no creyentes e incluso a los creyentes que no siguen fielmente las directrices de la jerarquía. O, lo que es lo mismo, no unen a unos individuos con otros, a unos grupos con otros, sino que se convierten en elementos de pura y neta división. Dentro del catolicismo, por ejemplo, quedan excluidos de la propia comunidad católica los divorciados y los homosexuales y los que no siguen las pautas de la jerarquía son considerados herejes, herejes a los que no hace tanto tiempo se les enviaba a la hoguera después de expropiarles todos sus bienes.
Y aún hay más, las tres religiones soslayan y mantienen arrinconada a la mitad de sus propios fieles: las mujeres. Judaísmo, cristianismo, especialmente el catolicismo, el más potente de los cristianismos, es islamismo condenan a las mujeres al ostracismo, a un segundo plano enteramente subordinado al varón, de manera que en ninguna de las tres religiones, con excepción de algunos cristianismo que han evolucionado recientemente, se encontraran rabinas, sacerdotisas o imanes femeninas.
Las religiones monoteístas no sólo no permiten la disidencia en su seno, sino que pretenden que la sociedad toda viva bajo sus normas. O, dicho de otro modo, no están de acuerdo con el concepto de ley, si no es subordinándolo al de pecado.
Por ahí anda, nuevamente como ejemplo, su eminencia el cardenal Rouco Varela, señalando, como siempre con advertencias apocalípticas, que las leyes no protegen adecuadamente a la familia, lo que significa, que no protegen a la que él considera exclusivamente familia, la formada por un hombre, una mujer y sus hijos, despreciando de este modo las familias uniparentales, formada por madres o padres solteros o divorciados con sus hijos, las familias de homosexuales y lesbianas, etc. familias estas últimas que han encontrado protección legal al fin con la aprobación del matrimonio homosexual. Del mismo modo el resto de los obispos sigue despotricando contra los homosexuales, contra el aborto y contra todo lo que no se adecue a su concepción totalitaria del mundo y a su verdad absoluta.
En el campo del islam sirva como ejemplo la reciente aprobación de la nueva constitución de Egipto basada en la sharía, es decir, en la concepción religiosa, en este caso coránica, de las relaciones sociales, o dicho claramente no en tener como base de la vida social la ley, sino el pecado.
El veneno de la religión ha sido y es tan potente que su existencia ha supuesto y supone un importante freno en el progreso material de la humanidad, sin que en modo alguno haya mejorado el progreso moral. En el mundo occidental este freno ha perdido hoy gran parte de su fuerza gracias a la valentía de nuestros antepasados que se enfrentaron al monstruo religioso en muchos casos con el precio de su vida. El atraso que viene experimentado el mundo islámico en los últimos siglos, tras un extraordinario periodo de florecimiento en el que argumento religioso era más aparente que real o, para decirlo mejor, en que la riendas de la religión no estaban aún tan tensas como posteriormente, es más que significativo.
En el terreno moral, la religión no ha supuesto dique alguno para la existencia de las guerras, la esclavitud, la trata de mujeres, la explotación del hombre por el hombre e incluso meramente el robo o el asesinato particulares, etc. etc. Todo lo contrario, mucho de estos males han tenido y siguen teniendo lugar bajo el estandarte de la religión.

3 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

En mi modesto entender, creo que todo se condensa en tu frase "no unen a unos individuos con otros, a unos grupos con otros, sino que se convierten en elementos de pura y neta división." Esa es la sustancia, para mí de todo tu artículo. Evidentemente amplio y didáctico, como siempre, que a mí me obliga a darle un par de vueltas. Eso sin olvidar al comportamiento de esta familia con la mujer, y sin comprender como ésta, no repudia a la religión si no que es quien aparentemente la mantiene. Las iglesias se llenan más de mujeres que de hombres, e incluso los socialistas les negaban el derecho a voto por esa premisa, por escuchar demasiado al del púlpito. Lo que muchas veces me pregunto, independientemente de lo vivos que son para engatusar al respetable, como es que el ser humano (posiblemente dentro de su debilidad y yo diría también que soledad)siempre se busca una religión, la que sea, para tenerla cerca. En fin seguiremos aguantando los derroteros que está tomando esto, cada vez más en los años cuarenta, y anhelar que, la memoria de la gente, de la ciudadanía, deje de ser de pez y cuando pasen los tres malditos años que nos quedan de abusos y de expolio, se acuerden de quienes han sido los culpables. Un abrazo y feliz año para ti y para Lola.

Molón Suave dijo...

Hola, Paco: Sí, en esa frase se condensa toda la entrada, es lo que he pretendido resaltar: que las religiones son elementos de división, seguramente el mayor elemento de división que padecemos buena parte de los seres humanos (nos incluiremos, aunque ni a ti ni a mí nos haga falta la religión para nada), creo que dividen más que cualquier otra cosa precisamente por su constante invocación a la verdad absoluta y también porque su fin no se encuentra en este mundo y, por consiguiente, no puede ser desmontado con facilidad, desde luego el tiempo y la realidad no los desmontan, al contrario de lo que pasa, por ejemplo, con los partidos políticos. Yo creo que la religión es producto de nuestra indefensión y también de nuestra (volveremos a meternos) incultura, de ahí que las mujeres hayan estado y quizás lo estén todavía, más inclinadas a ella que los hombres, que siempre hemos sido más autosuficientes. La religión actúa para muchos como un seguro para lo que venga después de la muerte (dando por hecho que haya algo) y también les ofrece la pertenencia a un grupo en el que no caben disensiones ni diferencias ni incluso las rencillas propias de los grupos normales, de este mundo, precisamente porque están regidos por una autoridad superior, Dios mismo, y porque les permiten a sus miembros llevar una doble vida, la terrana, en la que cada uno se realiza como puede y la del más allá, para la que todos están unidos en un mismo propósito. En fin, habría para desarrollar un buen volumen. De momento vamos a dejarlo en estas simples pinceladas. Un abrazo y que el año que entra sea mejor que el que muere (que ya es desear) para ti y para los tuyos.

Lansky dijo...

Desde mi infancia, me considero más ateo que agnóstico, porque no solo dudo de la exiestencia de dios, sino que tampoco le veo su 'necesidad'. Soy consciente además de que esa idea de Dios, y los cultos organizados o religiones, como la de nación y raza (humana) han causado mucho del dolor, por no decir la mayor parte de él, a la humanidad.

Ahora bien, aunque me parece una formidable arma de control de las gentes, también puede ser un engaño consolador. No me parece tanto un veneno como un opio, por tanto, como bien señaló Marx, pero está claro que sí, que envenena/aliena/intóxica.

Un saludo