sábado, 24 de noviembre de 2012

Enrique de Le Mans

Juan Pablo II, ese papa que tras su muerte iba a ser nombrado santo súbito, hasta que se destaparon los embrollos financieros de su pontificado en los que estuvo directamente implicado, tuvo la ocurrencia de pedir perdón cerca del final de su pontificado, entre otras cosas, por la existencia pretérita de la Inquisición.
Tal petición de perdón, sin embargo, quedó suavizada con la invocación por parte del pontífice del llamado pensamiento de la época, bajo el cual, según quienes defienden esta idea, las instituciones actúan  no según el criterio de quienes las rigen, sino de acuerdo con las costumbres, normas, reglas de juego, etc. del momento. El papa señalaba la tortura como parte de este pensamiento apoyándose en el hecho de que no sólo la Inquisición la practicaba, sino también las instituciones civiles.
La idea del pensamiento de la época tan gentilmente utilizada por el pontífice para exonerar a la Inquisición de la mayor parte de sus responsabilidades constituye una de las grandes falacias del poder, en este caso del poder eclesiástico, para justificar tanto los excesos cometidos por ese mismo poder en otro momento de la historia, como, sutilmente, los que está cometiendo en el momento actual. Que se trata de una falacia lo prueba, en primer lugar, el hecho innegable de la existencia de la tortura, lo que implica un torturador y un torturado, es decir, alguien que ejerce el poder y alguien  que se rebela contra él. Del mismo modo lo prueba la propia petición de perdón por parte del pontífice, pues dicha petición pone de relieve que se ha producido un cambio sustancial respecto del pasado, siendo así que, como es bien sabido, el menos interesado en los cambios es precisamente el poder y menos aún el poder eclesiástico.
El papa, por supuesto, puede decir lo que quiera, como pueden decirlo los historiadores e investigadores conservadores, pero de sobra sabemos que a lo largo de la historia han existido siempre disidentes respecto del poder constituido, incluso en los momentos en que más autoritario y cruel ha sido el poder. Más aún, no resulta errado convenir en que, practicamente en todos los terrenos, el progreso humano se produce no por iniciativa del poder, sino, al contrario, gracias a la actuación y al sacrificio, incluida en ocasiones la inmolación, de dichos disidentes.
Todo esto constituye una monumental perogrullada. Se trata, sin embargo, de una perogrullada que conviene recordar de cuando en cuando y más aún en los tiempos que corren, toda vez que suele olvidársela con demasiada frecuencia, confiando cándidamente en que el poder resolverá en todo momento los problemas que nos aquejan.
En homenaje a la pléyade de disidentes que, en el terreno eclesiástico, único que, de momento al menos, le interesa a este blog y a su bloguero, lograron, entre otras cosas, que la Iglesia ya no aplique la tortura física contra los que muestran su desacuerdo con el poder oficial, inauguro hoy una nueva sección que llevará por  título Disidentes y heterodoxos. Comienzo con la figura de Enrique de Le Mans, un pensador y activista religioso que se opuso con firmeza a los manejos de la jerarquía eclesiástica en los albores de la Europa moderna, la de los Estados consolidados.
Le Mans es hoy una ciudad mediana del norte de Francia, capital del departamento de Sarthe, famosa por la celebración de las 24 horas de Le Mans, una de las pruebas automovilísticas más duras y conocidas del mundo. Enrique nació en esta ciudad en algún momento de finales del siglo XI. Casi todo lo que de él se conoce está escrito por enemigos que pretendían describir sus errores. Aun así, del fondo de estos escritos pueden extraerse suficientes datos como para trazar una suscinta biografía del personaje. Sus primeras denuncias fueron contra la acumulación de bienes terrenales por parte de la Iglesia, terreno pantanoso en el que quien se mete sale casi siempre malparado. El asesinato del papa Juan Pablo I por su propios correligionarios es una prueba moderna de esta afirmación. Atacó igualmente la vida regalada de los sacerdotes y su codicia, especialmente en la administración de los sacramentos del bautizo y de la eucaristía.
En este terreno, Enrique encontró en un primer momento el apoyo del obispo de Le Mans, un tal Hildeberto, quien, empeñado, al parecer, en la reforma del clero de su diócesis, le permitió incluso que llegara a predicar en la catedral. El asunto se le fue al señor obispo de las manos debido a que, gracias a los sermones de Enrique, se produjo una revuelta por parte del pueblo que logró hacerse con el control de la ciudad durante algunas semanas de 1116.
Aunque fue apartado de los sermones en la catedral, Enrique no se arredró, sino que fue a más, ahora en predicaciones callejeras. Reclamaba su derecho a interpretar la Biblia por encima e independientemente de la autoridad de la jerarquía eclesiástica, incluidos los llamados Padre de la Iglesia, con San Agustín a la cabeza. Sostenía que el matrimonio no era un sacramento, sino un asunto privado de la pareja. Defendía que los cristianos deberían ser bautizados no al poco de nacer, sino una vez alcanzada la edad adulta, cuando fueran capaces de entender y de asumir el compromiso que adquirían. Igualmente, afirmaba que la confesión no debería hacerse en privado, ante el sacerdote, sino en publico, ante toda la comunidad, como se hacía en los primeros tiempos de la Iglesia. Todas estas ideas respondían a una concepción de la Iglesia radicalmente distinta a la de la jerarquía. Para Enrique, en efecto, la Iglesia no era la Ciudad de Dios de San Agustín, una institución jerárquica, autoritaria y santa, sino una organización formada por grupos de hombres y de mujeres imperfectos que actuaban por si mismos en grupos reducidos.
Como no podía ser de otro modo, Enrique fue detenido en 1135 acusado de hereje y de refractario al poder eclesiástico y llevado para su interrogatorio al concilio de Pisa, que presidía el papa Inocencio II. Las crónicas aseguran que logró escapar con vida, pero su rastro se pierde a partir de este momento, si bien su influencia perduró durante bastante tiempo en buena parte de Francia y de Italia.

Fuente: La Inquisición. John Edwards. Edit. Crítica, 2005.

3 comentarios:

Susana Peiro dijo...

Los fantasmas de la Inquisición rondarán una y otra vez a la Iglesia, bien con el rostro de Le Mans o el de las incontables víctimas de esa aberración. No importa cuánto se fatigue el discurso o se ensayen los sofismas.

Muchas Gracias por tu visita. Saludos cordiales.

Molón Suave dijo...

Ojalá los esbirros de la Inquisición hubieran sido sólo fantasmas, porque aí no habrían hecho el daño que hacían.
Gracias igualmente a ti por tu visita.

Paco Muñoz dijo...

Que interesantes referencias a esta familia se aprenden con tus escritos. Este hombre piensa como la mayoría de nosotros, con lógica, y además era creyente, aunque en esta última cuestión ya no lo somos tantos. Desde que me recomendaste el libro del presunto asesinato de Juan Pablo I, que coincidía con la obra teatral que vimos hace años, en clave de humor, se comprende que este asunto no tiene arreglo. Un abrazo y muchas gracias por lo interesante de tus aportaciones a la verdad.