viernes, 9 de noviembre de 2012

Cuando la guerra de Cuba

En toda la historia de la humanidad no ha existido una organización más hábil que la Iglesia Católica para nadar entre dos aguas, para llamar blanco a lo que ayer llamaba negro, para eludir sus responsabilidades ante hechos concretos, en definitiva, para mantenerse a flote.
En más de dos mil años de historia la Iglesia rara vez ha hecho autocrítica de sus actuaciones y cuando la ha hecho, como hace algunos años por voz de Juan Pablo II, ha sido con la boca pequeña y tratando de justificar sus desalmados actos antes que pedir verdadero perdón por ellos.
Hay infinidad de ejemplos de este modo de actuar de la Iglesia. Uno de los más llamativos y, sin embargo, poco conocidos, se encuentra en su actitud ante la guerra de Cuba, la última, la que acabó en el desastre de 1898.
Sabido es cómo durante buena parte del siglo XIX, la Iglesia libró una dura pugna contra el liberalismo, uno de cuyos escenarios principales fue España. Por estar en contra, la Iglesia se opuso incluso a la Restauración por hacerse bajo una monarquía constitucional-liberal y no con un régimen absolutista.
No obstante, su posición dio un giro de ciento ochenta grados a partir de 1895, cuando los cubanos iniciaron las primeras hostilidades para conseguir la libertad de la isla. A partir de este momento, tanto la jerarquía como los clérigos de a pie se volcaron en el apoyo al gobierno y más aún al ejército, en un ejercicio este último que bien podría representar un ensayo de lo que harían treinta y tantos años más tarde, durante la Segunda República.
En 1896, en plena guerra, el cardenal de Valladolid, Antonio María Cascajares y Azara, defendía en una pastoral publicada en El Movimiento Católico la necesidad de apoyar la unidad de la nación por encima de pasadas rivalidades. Ofrezcamos a los Poderes públicos nuestra hacienda y nuestra sangre -afirmaba- para que ellos se sientan fuertes con el enérgico sostén de la nación entera.
El obispo de la Seo de Urgel y cardenal Casaña Pagés, que había alcanzado el cardenalato de León XIII por su defensa de la independencia de Andorra frente a las apatencias anexionistas de Francia, publicó un tratado teológico en el que planteaba el enfrentamiento con los norteamericanos como la lucha entre el bien y el mal, representando los españoles al bien, en tanto el mal lo representaba esa gente separada de Dios -escribía- y gobernada por sectas masónicas y protestantes. El señor cardenal aseguraba que la divina providencia estaba al lado de España. A las escuadras y buques españoles seguirán en espíritu los obispos católicos acompañados de su clero bendiciéndoles en nombre del Señor, y rogando por el triunfo de sus armas, en tanto los buques norteamericanos irán sólos y abandonados -proseguía- a merced de las tempestades; oyéndose tal vez alguna imprecación diabólica salida de aquellos centros masónicos. (La visión profética del señor cardenal era apoteósica, dicho entre paréntesis).
El obispo de Coria ordenó que en las parroquias de su diócesis se rezara por el pronto triunfo de las armas españolas sobre los insurrectos de Cuba.
Cómo sería de entusiasta el apoyo a la guerra de esta buena gente de paz, que seguían en todo momento el mandato evangélico de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, lo pone de relieve el hecho de que hasta en los pueblos más remotos se celebraron rogativas por el triunfo del ejército español, siendo uno de los ejemplos más grotescos el de Blanca, en la provincia de Zaragoza, donde el párroco organizó una procesión que recorrió las estrechas callejuelas del pueblo bajo una tempestad de nieve.
Sin embargo, todo este apoyo cambió de raíz en cuanto se produjo el desastre de 1898. ¿Hubo arrepentimiento, hubo confesión de errores, hubo golpes de pecho? En absoluto, lo que hubo fueron reproches y acusaciones contra la autoridades y, general, contra el pueblo español, porque la derrota se produjo únicamente como consecuencia de la inmoralidad y la falta de religión que han precipitado a España en ese abismo de calamidades, como publicaba el obispo de Santander, Sánchez de Castro.
El desastre, añadía, constituía uno de los amargos frutos del funesto árbol llamado libertad, olvidado por completo el jerarca católico de que colegas suyos habían dicho hacía nada que la providencia divina guiaba a los españoles hacia la victoria. El señor obispo de Santander proclamaba ahora, a toro pasado, que Dios se valía de la perfidia y poderío de Estados Unidos para castigar nuestras inquidades.
En el marco del regenaracionismo que se instaló entre numerosos escritores y pensadores a raíz del desastre, los clérigos sostenían ahora que para recuperar las glorias del pasado había que abjurar de los errores y renunciar a las libertades de perdición, propias del liberalismo. Sánchez de Castro, no el único pero sí  el más virulento de los voceros eclesiásticos, no tenía reparos en manifestar que España necesitaba un hombre no contaminado de liberalismo; un hombre... de corazón generoso y brazo fuerte, que venga como ministro del Señor a desarraigar y destruir, y arrasar y disipar; y edificar y plantar. Ese hombre acabaría apareciendo treinta y ocho años más tarde y con él alcanzaría la pacífica Iglesia española su cenit en los dos últimos siglos de historia.

Fuentes.- La Iglesia Católica en España (1875-2002). William J. Callahan
                Historia política de la España Contemporánea. Fernández Almagro
                Introducción a  una historia contemporánea del anticlericalismo. Caro Baroja.

Las negritas son mías.

6 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Que bien planteada está la entrada Rafael, que agradable y comprensiva lectura tiene, máxime cuando se comparte el contenido plenamente. Lo que me llama la atención es como utilizan "el poder de su dios" para sus fines concretos, y como con lo "amantes y defensores de la vida" que son lo emplean también para que maten a otros seres humanos los protegidos suyos. Esta familia son muy habilidosos y sobre todo tienen un don especial, el otro día leía en un libro que cuando el atentado al almirante Carrero Blanco, estaba reunida en Madrid el pleno de la conferencia episcopal, y cuando el 23F también ¿que casualidad no?
Un saludo

Molón Suave dijo...

No me extraña lo más mínimo que la Conferencia Episcopal de entonces, que ya se iba oliendo el final de la dictadura, estauviera al tanto de lo que se preparaba contra Carrero.
¿Sabes una cosa? Ya sé por qué en la lapida de la catedral figuraba como fusilado Julián Caballero Peñas. Es que lo fusilaron, en su pueblo, en Hinojosa, cuando sólo era seminarista. Lo fusilaron con otros once, pero el tío se tiro al suelo en el momento de los disparos y se salvó haciéndose el muerto. La gana de ser "martir" que tenía el muchacho, con lo que le gustaban los potajes.
Un abrazo

Paco Muñoz dijo...

Lo de Julián Caballero es notorio de toda la vida, yo lo sabía hace muchos años. Luego nos casó a Conchi y a mí y bautizó a mi hijo mayor, al chico lo hizo un progre y luchador, Juan Perea. En cuanto al don de estar esta familia en el momento preciso en el sitio preciso, es que sus ramificaciones les permiten saber de los acontecimientos, y no me refiero a la confesión que también en su momento, si no a otras cuestiones

Lansky dijo...

Esos son las marftires que me caen bien, los que no sólo no buscan el martirio sino que lo eluden; en cambio los otros...

Molón Suave dijo...

Paco:
Pues fíjate, lo don Julián yo no lo sabía, acabo de enterarme leyendo ahora El genocidio franquista en Córdoba, de Francisco Moreno Gómez.

Molón Suave dijo...

Lansky: Pues no creas tú que este mártir "no martir" era menos cabrón que los mártires decidios, ni menos fanático. Era un tipo rubicundo, grandón, panzudo y con una mala leche de gato romano, que según he oído decir, porque yo de gatos no entiendo nada, la tienen malísima.