domingo, 3 de junio de 2012

El milagro de Bolsena

Hay tres jueves en el año que relucen como el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Así nos lo enseñaron de niños.
Para los cristianos son los tres días más grandes del año. De los tres, el más solemne es el Corpus Christi. La materialización real del cuerpo del Salvador en la hostia consagrada, el misterioso y gran regalo, eso dicen los teólogos, que Cristo le hizo a los cristianos para fortalecerlos en su paso por este mundo.
Hoy su celebración ha decaído bastante, pero tiempo hubo en que hasta cuadrillas de gitanos, hombres y mujeres vestidos con las mejores galas de su etnia animaban la procesión danzando y tocando sonajas, panderos y guitarras. En Jaén, por ejemplo, y en más de una ocasión, el cabildo llegó a avalar a gitanos que se encontraban en la cárcel para que pudieran danzar en la procesión. En 1780, el pío Carlos III prohibió estas celebraciones, que le sonaban a juerga mucho más que a devoción.
A pesar de la importancia del regalo, la Iglesia no estableció su celebración hasta bien avanzado el siglo XIII. Hasta entonces, la eucaristía como tal no recibía culto alguno. ¿Por qué? ¿Se limitaban los cristianos a consumir el pan consagrado sin advertir la trascendencia de su acto? ¿Creían que no se trataba más que de un símbolo, la forma de conmemorar la última cena del Salvador? Hay opiniones para todos los gustos. Pero no resulta de más señalar que esto es lo que creen los anglicanos y protestantes en sus diversas sectas, siendo, en Occidente, la Iglesia católica la única que tiene como dogma la presencia real del cuerpo de Cristo en la eucaristía.
En cualquier caso, ¿cómo llegó la Iglesia a admitir oficialmente este hecho y a proclamar la fiesta? Como en otros dogmas católicos fueron necesarios milagros. ¡Y qué milagros! En 1169, en Alsen (Dinamarca), mientras decía misa, un monje vio ensangrentarse la hostia después de la consagración. Confundido, corrió a decírselo a su abad, quien predijo un próximo derramamiento de sangre cristiana. La profecía se cumplió, porque poco después los vikingos invadieron la región llenándola de desolación y de muerte, pero el milagroso acontecimiento de la hostia consagrada cayó en el olvido.
Hacia la mitad del siglo siguiente, Juliana de Monte Cornillón (1193-1258), monja agustina y priora de su convento, ferviente enamorada de la pasión de Cristo y del Santísimo Sacramento, en uno de los trances que a menudo sufría, vio a la Iglesia como una luna llena con una mancha negra. Aquella mancha, según la monja, se debía  a la falta de un culto apropiado a la hostia consagrada. Así se lo comunicó a su obispo y, entre otros, a Jacques Pantaleón, futuro papa Urbano IV y entonces archidiácono en Lieja. El obispo, impresionado, proclamó por su cuenta la festividad en su diócesis, pero el asunto no pasó de aquí.
El milagro definitivo habría de producirse en 1263 en la ciudad de Bolsena, a orillas del lago de su nombre, en la Italia meridional. Un día de verano de este año, mientras el ya papa Urbano IV veraneaba en la cercana Civitavechia, llegó a la ciudad Pedro de Praga, un fantasmal sacerdote que peregrinaba a Roma con la esperanza de recuperar la fe en la transustanciación, que había perdido hacía tiempo. Pedro se hospedó en la iglesia de Santa Cristina y, al día siguiente, pidió decir misa en el altar de la santa, que se tenía por milagroso. Llegado el momento de la consagración, el sacerdote alzó la hostia por encima de su cabeza y nada más pronunciar la sagrada fórmula, hoc est enim corpus meum, la hostia comenzó a sangrar, manchando el corporal o paño inmaculado que cubre el cáliz. Aterrorizado, envolvió la hostia en el corporal, dejó ambos en el altar, corrió a comunicarle lo ocurrido al papa y desapareció y de él no volvió saberse nunca más.
Al comprobar el prodigio, el papa recordó a la monja de Lieja y aconsejado por Tomás de Aquino, su teólogo de cabecera, que creía firmemente en ella, reconoció solemnemente la presencia real del cuerpo de Cristo en la hostia y, al año siguiente, mediante la bula Transiturus proclamó la festividad para toda la Iglesia. Aquel prodigio es conocido como el milagro de Bolsena.
Pero hay un pequeño pero. En 1819, en Legnaro, provincia de Padua, Antonio Pittarello descubrió en la cocina de su casa sangre en un recipiente de polenta cocinada hacía un par de días. La misma inexplicable sangre se descubrió en otras casa de la localidad, en preparados de polenta o de arroz, incluso el guiso de una gallina presentó manchas de sangre. La alarma cundió, hasta el punto de que los vecinos culparon de tales hechos a espíritus malévolos.
¿Pero, por qué buscar causas extrañas cuando un fenómeno, sea el que sea, puede tener una explicación natural? Así pensaba el médico de Padua Vincenzo Sette, quien, tras un concienzudo estudio, llegó a la conclusión de que el considerado malévolo prodigio no era más que el efecto de un hongo, al que bautizó como Serratia marcescens. El doctor se equivocaba, no se trataba de un hongo, pero sí de una bacteria, como pusieron de relieve investigaciones posteriores. Una bacteria que, sin embargo, conservó el nombre puesto por el doctor Sette y que tiene la propiedad de multiplicarse rapidísamente formando enormes colonias de aspecto sanguinolento en determinados medios, tales como alimentos o las heces de humanos, cuando estos resultan contaminados. Una bacteria que se conoce muy bien y se teme en los hospitales actuales, pues constituye uno de los riesgos de infección de los enfermos que pasan por la UCI.
El milagroso corporal de Bolsena se conserva en la catedral de Viterbo. No lo permiten, pero si lo hicieran seguro que en su análisis los científicos descubrirían que lo que parece sangre no es más que una colonia de Serratia marcescens.

7 comentarios:

Lansky dijo...

Yo me sabía cuatro, los tres que citas y 'el miércoles de ceniza' (era una coña de niños precozmente anticlericales)

Un saludo

Paco Muñoz dijo...

Rafael da gusto leerte, que desenlace más inesperado, bueno inesperado no porque tenía que tener una explicación científica y la tuvo.

Hay momentos que pienso que esta familia, independientemente de sus amplios conocimientos y manipulación sistemática, también son vulgares, sus fanatismos los pueden llevar a ver donde no hay y a no querer ver donde hay.

Los listos son la cúpula, que utiliza cualquier accidente para sus fines concretos.

Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Lansky: El miércoles de ceniza era uno de los días grandes de mi primera infancia, que pasé en un pueblo de Huelva. No te puedes imaginar la cantidad de polvos que echábamos a las niñas y a las no tan niñas. Polvos de talco, claro.

Molón Suave dijo...

Claro, Paco, los milagros o tienen una explicación racional o son una superchería. Es posible que cuando se produjo el milagro que cuento, siglo XIII, hasta el papa creyera que el pan consagrado tenía sangre, porque, según he leído, la tal bacteria se reproduce a una velocidad increíble cuando encuentra el medio apropiado, y un medio muy bueno, entonces, era el pan ácimo de la misa, guardado en sitios seguramente húmedos, etc.,de modo que al comenzar la misa parece un pan normal y al poco se ha vuelto cubierto de una capa rojiza y chorreante.Démosles, al menos,a aquella gente el beneficio de la duda. Pero, desde luego, los que vinieron después no hicieron nada por deshacer el entuerto y ahí tiene, en su correspondiente catedral, el pañito manchado de rojo, bien expuesto a los ojos de todo el mundo, aunque intocable, y sosteniendo que se debió a un milagro. Y hay gente que lo cree y los malvados de arriba no los desengañan porque, estos creyentes, constituyen la base y la fuente de su poder y de su excelente vivir.
Un abrazo

Lansky dijo...

Por cierto, la Serratia que mencionas es un bacilo que puede ser patógeno (no sólo para las emntes crédulas), pero se elimina con...lejía

(Hay una 'guallina' por ahí que deberías corregir)

Molón Suave dijo...

Soy un pésimo corrector de pruebas, Lansky. Por mucho que lea y relea, siempre se me cuela alguna errata. Menos mal que puse guallina y no gayina, que eso sí que hubiera quedado feo. Gracias por el aviso: ya lo corregí.
Pues sí, por lo que he leído, la tal serratia se desarrolla en medios húmedos y/o que fermentan, como el pan, el arroz, el maiz (polenta), etc., por eso el doctor Sette creyó que se trataba de un hongo. Ataca también al ser humano, sea creyente o no, y parece, también por lo que he leído que suele hacer su aparición en las UCI de los hospitales con más frecuencia de las deseadas, siendo una de las principales causas de infección hospitalaria. Es posible que la lejía acabe con ella, como con tantas otras, pero cuando ya están en el ser humano supongo que la combatirán con antibióticos, no lo sé.

Paco Muñoz dijo...

Si lees sobre la bacteria que mencionas te da miedo, dicen que ha causado dos epidemias y no es fácil de controlar. Pienso que esta gente al comer la dichosa hostia hasta enfermarían. Es verdad los contemporáneos no desmienten nunca nada, dejan el mundo correr, que dicho sea de paso corre siempre a su favor. En cuanto al miércoles de ceniza recuerdo lo de los polvos de talco, lo que pasa es que determinados borricos echaban escayola y yeso.

Un abrazo Rafael