sábado, 26 de mayo de 2012

Mi primera comunión (y II)

¿De caballero de Santiago, de almirante, de capitán de fragata, de marinero raso? ¡De nada!
Mi madre era una mujer extraña. De niña había sufrido una dolorosa experiencia, que algún día contaré, y tenía, sobre todo, miedo. Miedo a la autoridad, tanto civil como religiosa, miedo a la miseria, miedo a la gente, al que dirán, miedo a la vida. Era analfabeta. A la edad en que sus cinco hermanos iban a la escuela ella tuvo un destino bien distinto. Aprendió a leer y a escribir mucho tiempo después, cuando yo la enseñé. Esta es la razón por la que tenía tanto empeño en que sus hijos estudiásemos. En pos de este objetivo, no había barreras para ella, arrinconaba sus miedos en el lugar más lejano de su cerebro y era capaz de mover cielo y tierra con tal de conseguirnos un libro, una beca, una plaza en el colegio que ella estimaba el mejor. Nunca podré olvidar cómo controlaba las tareas que los maestros nos ponían a mi hermana y a mí. Era analfeba, sí, pero jamás logramos engañarla, tenía un don especial para saber cuándo pretendíamos hacerlo, algo que bien podrían aprender tanta madre instruida de hoy a las que sus hijos engañan... iba a decir como a chinos, pero me parece que actualmente esta expresión está completamente fuera de lugar.
Por el tiempo en que yo iba a hacer mi primera comunión, mi madre no era una mujer religiosa. Nunca hablé con ella de este asunto, pero no creo equivocarme si digo que la religión era para ella una obligación impuesta por el contexto social que convenía cumplir para no quedar señalada como refractaria a las rígidas normas de la época. Pero toda su práctica se limitaba a asistir puntualmente en compañía de mi padre a la misa dominical de ocho de la mañana en la parroquia. Por aquel entonces, nunca la vi confesar ni comulgar. Su piedad se fue desarrollando a partir del momento en que yo entré en el seminario y, luego, cuando mi hermana ingresó en el convento, y más aún después de la muerte de mi hermana, hasta el punto de convertirse en una mujer de comunión diaria. No creo que hubiera encontrado la fe. Pienso, más bien, que este era su modo de mantener vivo el recuerdo de su hija, de sentirse unida a ella más allá de su muerte.
En mi casa no había dinero para comprarme un traje de primera comunión, ni siquiera de marinero raso. Mi madre era modista, una buena modista, de soltera había tenido un taller con una docena de mujeres trabajando para ella, le había cosido a gente importante de la ciudad, de modo que no hubiera tenido dificultad en hacerme el traje que yo hubiera querido. Pero a mi madre no le gustaban aquellos ritos exhibicionistas, como no le gustaban las procesiones, ni las de Semana Santa ni ninguna, ni, en general, ninguna de las solemnidades y boatos de la Iglesia. Debió hablarlo con don Julián, el párroco de San Pedro, la parroquia a la que pertenecíamos, no sé. El caso es que me hizo un traje, sí, pero un traje de calle, un pantalón corto, como entonces se llevaba, de una tela de color entre ocre y siena, y una chaquetita sin solapas del mismo color. Y una mañana de un domingo de mayo de un año que no quiero recordar me sacó muy temprano de la cama, me ayudó a asearme y a vestirme y me llevó con ella y con mi padre, a la misa de ocho.
Mi madre solía ocupar uno de los primeros bancos del templo. Mi padre, menos religioso aún que mi madre, se situaba de pie, practicamente detrás de uno de los pilares que sostenían los arcos formeros del edificio. Mi madre me colocó a su lado y por primera vez asistí a aquella temprana misa que entonces no decía el párroco, sino don Juan, el coadjutor. Cuando llegó el momento de la comunión, mi madre puso su mano en mi hombro y me dio un leve empujoncito. No había ningún otro niño en la iglesia, de modo que me encaminé hacia el altar siguiendo una cola formada exclusivamente por personas mayores.
Yo me recuerdo serio, concentrado, expectante. Llegué a los pies del altar, donde el sacerdote repartía la comunión, y me arrodillé mirando fijamente sus manos. Corpus domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam, dijo don Juan a toda velocidad. Amén, contesté yo, como me habían enseñado en la catequesis, abriendo la boca y sacando la lengua. El sacerdote depositó en ésta la hostia consagrada y yo volví a mi sitio con la cabeza gacha, me arrodillé y puse la cabeza entre las manos con los codos apoyados en el respaldar del banco delantero.
¿Qué hacía? ¿Qué sentía en aquel momento? Yo había pensado... no sé. ¡Recibir a Dios! ¡Nada menos que tener a Dios en tu boca y luego, una vez disuelta la hostia, tragártelo! En mi ingenuidad, yo había pensado que debía de sentir, no sé, una emoción muy honda, algo como una explosión en el pecho, una exhaltación como si arrancara a volar, o algo por el estilo. Pero no sentía nada, nada. Me concentraba y me concentraba en el trocito del insípido pan que, una vez reblandecido, me había tragado y nada, ni un estremecimiento, ni la más mínima sensación de euforia o de laxitud. ¡Nada!
La misma nada que, a pesar de mis esfuerzos, seguí sitiendo cada vez que en los casi diez años siguientes volví a acercarme a un altar y a comulgar. No sé si me equivoco, pero creo que a la inmensa mayoría de los niños, por no decir a todos, hagan la comunión en grupo o solos como la hice yo, les viene a ocurrir más o menos lo mismo.

6 comentarios:

Lansky dijo...

Sí, el canibalismo ritual es decepcionante

Molón Suave dijo...

Hombre, Lansky, no te digo yo que no hubiera experimentado algo muy distinto si, en lugar de aquel insípido trocito de pan, me hubieran dado un buen trozo de carne, a ser posible en salsa,teniendo en cuenta el hambre que arrastrábamos y lo poco que la carne figuraba en nuestra dieta. Seguro que así me hubiera sentido en el quinto cielo, por lo menos, sin importarme de qué especimen hubiera sido la carne.

Lansky dijo...

Y ahora vendría a cuento la receta de Krahe para cocinar un Cristo...

Anónimo dijo...

Estupendo y emocionante relato,en el recuerdo,de aquellos niños de
aquellos años.
Mi madre,como la gran mayoría,de las madres de entonces,lo que querían era que sus hijos progresa
ran.Por eso tu madre,la mía,muchas
eran analfabetas,pero muy inteligentes,muy sensibles,en fin
buenas madres.El mundo interior de
aquellas mujeres,era el silencio,
la abnegación,pero sabían perfecta
mente lo que había que hacer y cual
era el futuro que querían para sus
hijos.
Saludos.
"ben"

Molón Suave dijo...

Lo de Krahe es una metáfora, porque de eso precisamente, de cocinar a Cristo lleva la Iglesia viviendo dos mil años y pico, y eso es, a mi juicio, lo que Krahe quería escenificar. Por eso se han sentido tan ofendidos. Otros cocinan a Mahoma y, claro, les ofende también cuando alguien, mediante una caricatura, lo pone de relieve. Es lo que tiene la cocina: que al cocinero no le gusta nada que le destripen sus platos.

Molón Suave dijo...

Gracias, Ben. Tienes razón, aquellas madres sabían perfectamente por qué habían tenido hijos y lo que deseaban para ellos. El sufrimiento las había macerado a fondo y estaban escaldadas,en esto consistía su instrucción. Con esto no alabo el sufrimiento, que no se lo deseo a nadie, sino la fuerza para enfrentarse a la adversidad, para superar el miedo y tirar para adelante. No sé si se lo agradecimos lo suficiente.