lunes, 7 de mayo de 2012

Mi primera comunión (I)

Mayo. El mes de las primeras comuniones. A los siete años ya habíamos alcanzado la edad de la razón, ya sabíamos distinguir el bien del mal, ya podíamos saber quién nos engañaba y quién nos decía la verdad.
La verdad nos la había ido desgranando don Julián Caballero Peñas en la catequesis preparatoria para tan magno acontecimiento, con su portentoso vozarrón de tenor anticuado. Ya estábamos capacitados para saber quiénes éramos, de dónde veníamos, adónde íbamos. Las manidas preguntas que ni el mayor de los filósofos se había atrevido a responder, porque así planteadas son preguntas estúpidas que no tienen respuesta.
Don Julián nos lo fue revelando, mientras su colosal figura bamboleante se alzaba imponente ante nuestros ojos inquietos, desconcertados. Éramos hijos de Dios. Veníamos de su gracia, de su bondad, de su magnanimidad. Nuestro destino era volver a Él, regresar al seno glorioso del que habíamos salido. Pero, como en los cuentos que algunos leíamos con temerosa fruición, el regreso no iba a ser tan sencillo como la partida. Dos caminos se abrían ante nosotros: uno empinado, escabroso, repleto de formidables obstáculos. El otro ancho, encerado, para por él deslizarse mejor, cómodo, lleno de luces de colores, de músicas enardecidas, sensual y lascivo. Libres éramos de escoger uno u otro, pero habíamos de saber que el primero llevaba a la salvación, mientras a donde el otro conducía era al abismo y a la perdición. La perdición, naturalmente, era el infierno. Y aquí la voz del sacerdote adquiría modulaciones sinuosas para describir con todo lujos de detalles los horribles tormentos a los que los condenados eran sometidos. Las llamas, las terribles llamas, sobre todo, que habrían de abrasarnos por toda la eternidad.
¡Ay la eternidad! Imaginad -canturreaba el párroco de San Pedro elevando sus manos y meciéndose cadenciósamente de un lado a otro-, imaginad una hormiga que diese una tras otra vueltas a la tierra siempre por el mismo camino. Pues cuando de tanto pasar lograra partir la esfera terráquea en dos mitades aún no habría transcurrido ni un segundo de la eternidad. Imaginad que sigue haciendo lo mismo con todos los millones de astros que llenan el firmamento. Pues cuando los hubiese partido todos, aún estaríamos en ese primer segundo de la eternidad.
Siete años. Ya habíamos alcanzado la edad de la razón. Pero no entendíamos nada. El sacerdote lo sabía. Tenía que saberlo ya que una vez tras otra insistía en el peligro de la duda. Debíamos creerlo, exigía, porque la duda era el primer señuelo del que el maligno se valía para apartar al hombre del camino correcto. La duda era una abominación. Las calderas del infierno estaban llenas de hombres y de mujeres que no habían sabido rechazar la duda y se habían dejado atrapar por ella. De Dios no se podía dudar, porque Dios existía y nosotros muy pronto íbamos a recibirlo en nuestros corazones.
El último día de la catequesis nos lo contó. Prestad toda vuestra atención -dijo. Se quitó las gafas de culo de vaso, sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo de la sotana y se dedicó a limpiar los cristales durante un buen rato, mientras sus ojillos miopes nos lazaban penetrantes miradas que nos llenaban de reverente temor. Escuchad -dijo, una vez que se hubo calado de nuevo las gafas-: Había una vez, en esta misma parroquia, dos hombres ya maduros que eran amigos desde la infancia. Para identificarlos, llamémosles Juan y Antonio, aunque estos no eran sus nombres verdaderos. Un día, Juan le dijo a Antonio que no estaba seguro de que Dios existiera, que dudaba de su existencia desde hacia muchos años. Antonio, espantado, trató de disuadirlo de sus dudas. Pero Juan insistía: no había pruebas, faltaban evidencias. Durante meses, durante años, Juan y Antonio discutían sobre la existencia o no de Dios cada vez que se veían. Antonio argumentaba lo que yo os he dicho a vosotros muchas veces, que a Dios no se le puede ir con exigencias, que Dios nos pide creer en él y que esto debe bastarnos para alejar todas las dudas. Pero Juan se mantenía impertérrito. No había evidencia, no había pruebas, aducía el infeliz.
Un día -don Julián bajó repentinamente el tono. En la penumbra del templo, su voz, ahora afantasmada, nos llenaba de espanto. Un día Juan enfermó de gravedad, hasta el punto de que los médicos lo deshauciaron. Tuvo tiempo de recibir los últimos sacramentos, pero en la confesión que hizo con el párroco de entonces calló el pecado de su duda. Antonio fue a visitarlo poco antes de que muriera y todavía en aquel último momento le insistió para que rechazara sus dudas y creyera. Negando con la cabeza, Juan se incorporó levemente en el lecho y exclamó: "Si hay Dios, volveré a decírtelo." Poco después expiró y al día siguiente fue enterrado.
Día tras día, fue pasando el tiempo, un mes, otro mes. Al fin, pasó un año desde la muerte de su amigo. Después de cenar, Antonio entró en su dormitorio, rezó sus oraciones y se metió en la cama. Nada más apagar la luz, notó un movimiento extraño en la habitación, algo como un viento sofocante y maloliente. Antonio intentó incorporarse y encender la luz, pero no tuvo tiempo. Una voz surgió del fondo de las tinieblas. "Antoooniooo. Soy yo, tu amigo Juan". Antonio percibió entonces una forma ligeramente cárdena a un lado de su cama. "Soy yo, tu amigo Juan. Dios existe y yo, por haber dudado, estoy en el infierno, condenado a abrasarme por toda la eternidad". Don Julián calló. Un silencio espantoso gravitaba sobre nuestra cabezas. La catequesis había terminado. Al día siguiente, hicimos nuestra primera confesión, con él, en su confesionario. Siete años. Ya sabíamos distinguir el bien del mal. ¡Como para callar algún pecado! Digo alguna travesura.

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Vaya tela con el fusilado sin serlo, y que bien explicaba las grandes magnitudes. ¡La madre que lo parió! Empleaba con vosotros, unas tiernas criaturas, la doctrina del shock que emplean ahora sus acólitos con los adultos. El terror. Seguro que muchos de vosotros soñaríais con esa escena muchas noches y lo maldeciríais después, con el uso de la razón, muchas más.

Yo tuve que cumplir el precepto, con diez o doce años (ya estaba trabajando) porque estimaba mi madre que si no lo cumplía, meterían a mi padre en la cárcel. Lo que quería decir es que, si se enteraba el clero, que yo era un niño no comulgado, lo molestarían a él por permitir que estuviera en “pecado”. Esa fue la “primera”, la “segunda” lo fue con el ínclito asusta niños, en el 1973 y creo que no habrá tercera. Aunque a lo peor, de aquí a nada lo ponen de nuevo por decreto, visto el poder que están consiguiendo de nuevo.

Molón Suave dijo...

Muchas, muchas noches, Paco, soñé yo con aquel cuentecito y con las llamas del infierno. Y no sólo de noche, muchos días también lo imaginaba. Yo no sé a los demás, pero a mí, que fui un niño bastante impresionable, me metió bien el miedo en el cuerpo. Un miedo que luego, cuando de verdad alcancé la edad de la razón, me costó lo mío apartar y alejarlo de mí. Por eso escribo este blog exclusivamente anticlerical y por eso mientras tenga fuerzas no dejaré de hacerlo. Ya contaré coo acabé haciendo la comunión, porque eso también tiene su gracia.
Un abrazo.

Lansky dijo...

Tengo dos preguntas muy sencillas, querido Molón: Una, si uno puede casarse varias veces, y si tiene pasta para lo de Rota, todas por la Iglesia, ¿por qué no puede uno hacer la primera comunión tantas veces cómo quiera? Y dos: Si uno puede descasarse, divorciarse o lo que sea, por qué no puede descomuniarse y desbautizarse (a mi me bautizaron sin consetimiento propio), y no me vengáis con lo de la apostasia que intente hace muchos años y dejé por imposible...

Gracias por aguantar mis frivolidades en asunto tan doloroso para muchos

Molón Suave dijo...

Pues intentaré responderte, estimado Lansky. La primera pregunta tiene una respuesta, en principio, bastante obvia: si hay una primera comunión, no puede haber otra primera comunión, como parece decir la lógica y las matemáticas. Tú puedes comulgar tantas veces como quieras, pero sólo una comunión puede ser la primera. Es como el primer beso, pongamos por caso: una vez que lo das, ya no tienes oportunidad de volver a darlo. Podrás besar infinidad de veces, pero nunca ya más la primera.
La segunda pregunta tiene otra respuestas: Hubieras podido descomuniarte la primera vez (doy por hecho que tú también hiciste la primera comunión), si, una vez introducida la hostia en tu boca la hubieras escupido. Esta acción podrías repetirla tantas veces como comulgaras después de la primera y estarías descomuniando continuamente. Es esta, sin embargo, una acción poco aconsejable. Conocidos son bastantes casos en que sujetos que la practicaron, descubrieron con espanto cómo la hostia (sagrada forma es su nombre más correcto)sangraba hasta formar un charco a su alrededor una vez que llegaba al suelo.
En cuanto a lo del bautizo, recordarás (doy por hecho igualmente que tú también tuviste que aprendértelos) que hay siete sacramentos. Tres de ellos tienen la virtud de "marcar carácter", como afirma la doctrina, es decir, que una vez que se reciben resultan irreversibles, no puede eliminarse la marca que dejan en el alma de quienes los reciben. Uno de ellos es, justamente, el bautizo; otro es el orden sacerdotal y el otro la confirmación. De modo, querido hijo, que quien fue bautizado puede apostartar, si lo consigue y el obispo del lugar lo autoriza, lo que no puede, a los ojos del Divino Hacedor, es desbautizarse. Igualmente, una vez ordenado, un cura es cura para siempre. Ni el papa puede anular su ordenación, aunque se convierta en el criminal más grande que haya existido o, más conmunmente, en un pederasta, por poner un ejemplo, o en un hereje. Todo lo más que puede hacer el papa, o la autoridad competente, es suspenderlo "a divinis", es decir, prohibirle que ejerza su función. En otro tiempo,además de condenarlos "a divini", los quemaban, pero ni aun así el quemado dejaba de ser sacerdote. Igual ocurre con la confirmación. Lo que significa que estos tres sacramentos sólo pueden recibirse una vez, la primera, que es también la última.Los otros cuatro, pues son siete los sacramentos, no marcan carácter y pueden repetirse tantas veces como se desee o lo señalen las circunstancias. Por supuesto, es una putada que nos bauticen nada más nacer sin pedirnos nuestro consentimiento. Pero bueno, eso no es tan grave, es lo que hace el Divino Hacedor cuando nos crea y nos hecha a este mundo sin preguntarnos si queremos venir o no, cosa que me parece una felonía mucho más importante.
En otro orden de cosas, te dire que, a mi juicio, tus frivolidades no son tales, más que en apariencia.
Un cordial saludo.