viernes, 18 de mayo de 2012

Los libros plúmbeos

En Granada, en la Abadía del Sacromonte, existen unas cuevas a las que se llega descendiendo una escalera situada bajo un altar ubicado en una capilla anexa a la iglesia. En estas cuevas, que forman un pequeño laberinto, se localiza la capilla de Santiago en la que, según afirman los granadinos, dijo el apóstol Santiago su primera misa en España. En otra de las capillitas en que han sido transformadas las cuevas se afirma también que fue quemado San Cecilio, patrón de la ciudad, en tiempos del emperador romano Nerón.
La historia se remonta a los últimos años del siglo XVI. En aquellos tiempos los moriscos, muy numerosos en la ciudad, atravesaban una situación difícil, vejados de continuo por los cristianos. Cualquiera de estos bautizados a la fuerza podía, por ejemplo, ser denunciado a la Inquisición por lavarse, por cocinar con aceite de oliva o por sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, costumbres propias del islamismo que, a juicio de los cristianos, ponían en evidencia que el denunciado continuaba practicando su religión. Hasta el cus-cus estaba prohibido por los estamentos religiosos. Bastantes eruditos sostienen que esta prohibición dio lugar a la aparición de diversos platos, entre ellos la paella.
En 1587, tras el derribo del alminar de la antigua mezquita, sobre la que se construía la catedral, se descubrió una caja de plomo con varias reliquias y un pergamino, en el que, entre otras cosas, se afirmaba que San Cecilio había entregado aquellas reliquias a su discípulo San Patricio para que las pusiese a salvo de su profanación por parte de los musulmanes. Este descubrimiento causó una enorme sensación en la ciudad. Pero la cosa no acabó aquí.
Todavía hoy, muchos granadinos siguen creyendo en tesoros ocultos, bien por los cristianos antes de la llegada de los musulmanes o por estos antes de su partida. En el siglo XVI, esta creencia era general y eran legión los que se dedicaban a buscarlos en dos lugares principales: la Alhambra y el monte de Valparaíso, nombre que entonces tenía el lugar en el que más tarde se levantaría la Abadía del Sacromonte. En 1595, se encontraban excavando en este monte el granadino Francisco García y el jienense Sebastián López, cuando, el 21 de febrero dieron con una plancha de plomo escrita en caracteres arábigos en la que se narraba el martirio de un santo desconocido, San Mesitón, durante el mandato de Nerón.
Toda la Granada cristiana se llenó de júbilo con la noticia. La morisca, de incertidumbre. El arzobispo Pedro de Castro ordenó continuar las excavaciones de un modo sistemático. Los descubrimientos se sucedieron sin tregua. Se encontraron cenizas, restos de huesos y hasta veintiún libros formados por planchas de plomo, de ahí el nombre de libros plúmbeos, en los que se narraban, en latín y en caracteres árabes, la quema, durante el reinado del mismo Nerón, de diversos mártires, entre ellos Hiscio, Turilo, Panuncio, Maronio, Centulio y Cecilio, del que se afirmaba que era de raza árabe y que había sido el primer arzobispo de Granada. Los libros incluían también el que sería llamado V Evangelio, revelado por la Virgen María para su divulgación en España. Este evangelio venía a constituir una síntesis entre las creencias islámicas y cristianas y en él se da cuenta por primera vez en un texto de la virginidad de María antes, durante y después del parto de su hijo Jesús.
Como puede imaginarse, el entusiasmo entre los cristianos fue inenarrable. A las pocas semanas de los hallazgos alguien plantó una cruz en lo más alto del monte. El ejemplo cundió y en unos pocos meses, ya se contabilizaban hasta 1.200 cruces, muchas de ellas grandiosas, cuajadas incluso de piedras preciosas, de las que al día de hoy no queda más que una, por supuesto, sin exorno alguno. La afición se tornó tan desmesurada que el propio arzobispo se vio obligado a prohibir la plantación de nuevas cruces. Al mismo tiempo, se iniciaron los famosos Vía Crucis, que reunían a cofradías, autoridades, gremios y toda clase de personas que llegaban hasta de las localidades próximas a la capital.
Los libros atrajeron la atención incluso de Felipe II, monarca reinante en aquel momento. Muchos eruditos los examinaron, entre ellos el célebre Arias Montano, secretario de Felipe II, quien dictaminó su falsedad, al encontrar en ellos numerosas incongruencias filológicas e históricas, opinión que compartían la mayoría de los estudiosos que los analizaron. No obstante, el 30 de abril de 1600, el arzobipo granadino decretó la autenticidad tanto de los libros como de las reliquias. Tras numerosas peripecias y viajes de acá para allá, los libros acabaron en el Vaticano. Una vez aquí y tras nuevos estudios, el papa, Clemente VIII, en un dictamen tan asombroso como incongruente, sancionó la falsedad del contenido de los libros, pero dio validez a la autenticidad de las reliquias, siendo así que el único testimonio de su autenticidad eran los libros.
Al día de hoy, la práctica totalidad de los eruditos están de acuerdo en que los libros responden a una falsificación y que tal falsificación fue llevada a cabo por el morisco Miguel de Luna, hombre muy culto, que ya tenía experiencia en este tipo de actuaciones, pues había colaborado con el arzobispo de Toledo en la superchería de la Cruz de Caravaca. La intención de Miguel de Luna no era otra que la de probar que tanto el islamismo como el cristianismo tenían idéntica raíz, que en realidad se trataba de una única religión a la que los avatares de la historia habían separado en dos ramas, todo ello con el propósito de alcanzar el reconocimiento pleno de los moriscos y su seguridad.
Los libros permanecieron en el Vaticano hasta el año 2000, año en que fueron devueltos solemnemente a la abadía del Sacromonte, donde permanecen en la actualidad guardados bajo siete llaves. Muchos estudiosos han pretendido verlos desde entonces, con el objeto de estudiar a fondo su contenido con las técnicas actuales, pero la Iglesia se ha negado en redondo a mostrarlos, lo que ha dado pie a la sospecha de que estos libros son, más que una copia de los originales, una nueva falsificación llevada a cabo por el Vaticano, en donde seguirían guardados los libros auténticos. En el año 2010, el arzobispado de Granada anunció la digitalización de los libros, asegurando con rotundidad que la Iglesia no tiene miedo a la verdad histórica. Pero como quiera que tal digitalización está siendo realizada por especialistas nombrados por la Iglesia, sin intervención de técnicos independientes, las sospechas de esta nueva falsificación no se han desvanecido, sino todo lo contrario. 

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

En resumen que la superchería, siempre está al lado de esta familia. Lo que no entiendo es para quien trabajaba Miguel Luna, ¿para el clero? Por que en el fondo a quien beneficiaba el descubrimiento era a él. Ahora tienen otra historia que parece ha recopilado un periodista italiano, que el ayuda de cámara le ha salido rana a BeEquisUvePalito.
Como siempre muy didáctica la historia.

Molón Suave dijo...

Los moriscos, Paco, y entre ellos Miguel Luna pretendían continuar viviendo en su tierra, España, llevándose bien con los cristianos sin abandonar sus costumbres e incluso su religión. Esto era la cuadratura del círculo. Según los estudiosos, lo que pretendería Luna sería demostrar que tanto el Islam como el cristianismo tenían un tronco común, es decir, que eran una misma religión, una religión, además, que a España habría sido traída por árabes. No obstante, estos estudiosos alcanzaron sus conclusiones con los medios elementales de que disponían en el tiempo en que vieron los libros. Desde que a finales del XVII llegaron al Vaticano, nadie ha vuelto a estudiarlos. Según estudiosos más modernos y a la luz de los descubrimientos de los manuscristos de Nag Hamadi, podría ser que la idea no fuese tan descabellada, de ahí su interés en estudiarlos con los métodos actuales y con el mejor conocimiento que se tiene de la época de Cristo. Esta circunstancia podría causar ciertos trastornos a la corriente del cristianismo católico, es decir, al Vaticano, motivo por el que la jerarquía habría enviado a Granada no los libros originales, sino una copia falsa, que claro, tampoco conviene enseñar. En fin, un lío, que viene a clarificar un poco más la clase de mafia que es ese Estado, como muy se pone de manifiesto con el asunto de los documentos robados y hechos públicos recientemente.