domingo, 1 de abril de 2012

La memoria histórica



La ley de Memoria Histórica, aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007 levantó una avalancha de críticas entre los sectores conservadores del país y entre capas de población que, sin ser propiamente conservadoras, no tenían familiares enterrados anónimamente en las cunetas de las carreteras y en otros lugares aún más tenebrosos, como, por ejemplo, el Valle de los Caídos. En una palabra, de los vencedores en la guerra civil.

La violencia verbal con la que se expresaban muchas de las críticas ponía de relieve el odio que, después de tanto tiempo, aquellos vencedores seguían manteniendo hacia los vencidos. Un odio por demás sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta que por parte de los familiares de las víctimas no había ni la más mínima muestra de resentimiento y mucho menos de afán de venganza, sino únicamente el deseo de recuperar los huesos de unos seres queridos asesinados de mala manera, con el propósito de darles digna sepultura. Y con los huesos, naturalmente, recuperar su honor, mancillado durante siete décadas por el único délito de encontrarse en su día en el bando derrotado, ya como combatientes, ya, en muchísimo casos, como familiares más o menos próximos de un combatiente.

¿A qué reabrir heridas ya cerradas y cicatrizadas? La historia era mejor dejarla quietecita en su lugar. ¿O acaso se pretendía reescribirla? Lo suyo, si no se deseaba alterar la tranquilidad del país, era pasar página y olvidar el pasado de una vez y para siempre. En tales expresiones podían resumirse las críticas menos beligerantes.

Uno de los adversarios más poderosos de aquella ley fue la Iglesia Católica. Los obispos españoles alzaron la voz para advertir severamente de los graves peligros que mirar atrás podía acarrearnos. Tal vez, pretendían que recordáramos a la mujer de Lot. ¿Podría ocurrirnos a los españoles que nos convirtiéramos también en estatuas de sal? ¿Quizás algo peor?

Sin embargo, lejos de ser sinceras, las advertencias de los obispos respondían, como en otras ocasiones, a la más cruda y descarnada hipocresía. Con sus muertos bien contados, bien clasificados y convenientemente enterrados, los vencedores de aquella desgracia guerra, y entre ellos, la Iglesia, no necesitaban y, por tanto, tampoco deseaban remover el pasado. Y así lo proclamaban.

Tal vez los laicos, aun en su odio, fueran sinceros y se dieran por satisfechos con el olvido. La Iglesia, desde luego no. La Iglesia, tanto desde España como desde el Vaticano, no sólo no deja de mirar el pasado, sino que no cesar de sacar a la palestra a su muertos y lo hace además con cuentagotas, midiendo los tiempos, proclamándolos mártires y organizando puntuales y espectaculares ceremonias para mantener bien viva su memoria.

El último ejemplo lo acabo de encontrar en el hospital que los Hermanos de San Juan de Dios mantienen en Córdoba. Allí me he tropezado con un tríptico, cuya es la portada que muestra la foto, en la que se hace pública la causa de canonización de Silvestre Pérez Laguna y siete compañeros mártires, así los denomina el tríptico, asesinados, según nos cuentan, en Málaga el 17 de agosto de 1936. El propósito de los Hermanos de San Juan de Dios es que estos siete compañeros sean proclamados santos y así lo expresan en su triptico, ofreciendo incluso una oración para alcanzar tal fin y dando un par de direcciones, una de ellas la del propio hospital de Córdoba, para comunicar cualquier gracia (milagro habría que decir) que el rezador consiga por la intermediación de los siete asesinados.

Hoy, en el año 2012, setenta y seis años después de los hechos, la Iglesia no sólo no olvida, como pretende que hagan los familiares de los asesinados por las hordas franquistas, sino que sigue manteniendo alzada y bien alzada la bandera del recuerdo. Siete mil de sus sacerdotes afirma la Iglesia que fueron asesinados en el conflicto. Si todos ellos fueron mártires, como la propia Iglesia proclama, ¿por qué no los elevó a los altares a todos en un solo acto y se deja de una vez de remover el pasado? Está en su derecho de hacer lo que quiera con sus muertos, dirán algunos, y yo estoy de acuerdo. Pero entonces ¿por qué, haciendo gala de esa caridad que dice ser una de sus principales virtudes, no se apiada de los muertos del otro bando que aún están desaparecidos y alienta que sean localizados y entregados a sus familiares? Leyendo los evangelios, que la Iglesia afirma seguir puntualmente, ¿no resulta fácil deducir que esto es lo que proclamaría Jesús?

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Hace poco cambiaron el texto de las lápidas del trascoro (Dónde figuró por error D. Julián Caballero) , con las mismas mentiras de los TDT party y medios de la derecha. Cambiaron lo de "sacerdotes diocesanos vilmente asesinados por las hordas marxistas en la revolución comunista de 1936" por otra frase más ambigua, habrase visto desfachatez mayor y mentira más asquerosa. Y o como lo de "todos los días de tu vida" y antes "hasta que la muerte os separe", es decir en tono positivo. O los cambios en los rezos estándar. Hay una cosa, y es que asesinaron a sacerdotes republicanos, a los que tienen absolutamente ignorados. Esos seguramente no pueden ser santos. Sabes que en el fondo, a pesar de los pesares esta gente cada vez me genera más indiferencia. Me pasa como con el jefe que tenía en el trabajo, ahora desde la distancia, además de indiferencia me da lástima.
Pero la realidad es que el ejercicio de cinismo e hipocresía que hacen es de marca mayor.

Molón Suave dijo...

Uno de los cambios más singulares, Paco, fue el del padrenuestros. Ya no es: perdonanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores",sino: "perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Otra mentira, porque a la vista está que ellos ni olvidan ni perdonan. Pero, además, es que las deudas no las perdona ni Dios.
Y tienes razón, a veces, lo mejor es la indiferencia, pero es que ellos siguen ahí y yo sigo como una gota de agua dando en el mismo sitio, algo conseguiremos.