domingo, 22 de abril de 2012

El gran Dámaso


Si la Iglesia católica hubiera seguido el mandato evangélico, jamás se hubiera conventido en la Iglesia. Pero el poder huele bien y, por lo que parece, sabe mejor, de modo que resulta irresistible. Cristo, según las propias palabras que el evangelista le adjudica, no tenía donde reposar su cabeza, pero lo papas no estaban en absoluto de acuerdo en seguirlo por ese camino, de manera especial cuando empezaron a rozar con la punta de los dedos los resortes del poder del imperio romano.
El Vaticano se esfuerza en fijar una relación ininterrumpida de papas desde San Pedro hasta el que ahora se sienta en el trono papal, como si desde el primer momento la Iglesia hubiera estado ya establecida en Roma y gobernada por un pontífice. Pero esta visión es falsa. Durante los primeros tiempos, los cristianos romanos estaban dirigidos por un grupo de presbíteros, esto es, de ancianos, que tal era en latín el significado de esta palabra, presbíteros que actuaban colegiadamente. Pedro y Pablo, Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo, Alejandro, Sixto, Telesforo, Higinio, Pío, Aniceto, Sotero y Eleuterio. Esta es la relación de papas que elaboró Ireneo (130-202) hasta finales del siglo II. Pero, salvo de Pedro y de Pablo, de los demás hasta Pío no se sabe absolutamente nada, por lo que, o bien Ireneo fantaseaba o, como mucho, se trataba de presbiteros que descollaron sobre los demás en distintos momentos, sin que fueran necesariamente correlativos y sin que esta preeminencia supusiera mayor autoridad sobre el grupo.
En el siglo IV, sin embargo, la situación había cambiado bastante y la Iglesia romana se había convertido ya en una institución cerrada, férrea, aunque no sin disenciones internas, y excluyente, dirigida por un solo individuo, el obispo, que, no obstante, no había alcanzado aún la cualidad de autócrata universal que más tarde conseguiría. Y es en este siglo cuando aparece la figura de Dámaso I (366-384), al que no es exagerado llamar El Gran Dámaso, pues él fue el que puso las bases del tremendo poder que llegaría a alcanzar la Iglesia, al lograr que en 380 el emperador Teodosio (379-395) promulgara el decreto por el que imponía a los súbditos del imperio la obligación de profesar la religión cristiana, aquella, dice el decreto textualmente, que san Pedro transmitió a los Romanos y tal y como el pontífice Dámaso la profesa públicamente.
No fue fácil el camino para Dámaso. Dos facciones de cristianos se disputaban el asiento episcopal. Una eligió a Ursino y la otra a Dámaso. Este, más habil, logró el apoyo del emperador, Graciano en aquel momento, y, al frente de una turba de fanáticos, semejante a la de los parabolani que aparecen en la película Ágora, logró la deposición y el destierro de su oponente. Creó el que luego sería el Archivo Secreto del Vaticano, en el que centralizó la documentación que ya generaba la Iglesia. Creó, igualmente, la Curia Pontificia y, por primera vez, se dirigió a las demás sedes episcopales y patriarcados esgrimiedo en los decretales la autoridad y el estilo de la buracracia imperial. Nombró como su secretario al futuro san Jerónimo y le encargó la traducción al latín de la Biblia que luego se llamaría la Vulgata. Transformó la residencia papal en un palacio principesco y él mismo lucía pompa y galas semejantes a las del emperador.
El historiador pagano Amiano Marcelino escribe acerca de Dámaso: No niego que hombres que aspiran a este oficio (el de obispo cristiano) para realizar ambiciones personales puedan combatir con cualquier medio a su disposición con el fin de obtenerlo. Y una vez conseguido el puesto tienen el futuro asegurado, se enriquecen con los dones de las matronas, viajan sentados en carrozas, espléndidamente vestidos, ofrecen banquetes tan sustuosos que sobrepasan los ofrecidos por los reyes...
Bajo el pontificado de Dámaso, la Iglesia romana adquirió enormes riquezas. El glorioso obispo-papa las consiguió abundantemente con la ayuda de sus clérigos, quienes empleaban todo tipo de argucias con los fieles acomodados. Hasta qué extremos llegaría esta práctica que en el año 370 el emperador Valentiniano prohibió a dichos clérigos visitar las casas de las viudas y de las herederas por temor a que sólo buscasen sus donaciones. Convirtió a los mártires en héroes y a los cristianos en los verdaderos ciudadanos del imperio romano. Al final de su pontificado toda la liturgia se desarrollaba exclusivamente en latín y las ceremonias se practicaban a la manera triunfal de los actos más solemnes del imperio.
¿Hizo Dámaso algo bueno? ¡Todo! Para la Iglesia, todo. ¿Y para la humanidad? ¿Para la humanidad? Amigo, esa es otra historia que sólo en los últimos tiempos se ha empezado a escribir.

P.D. La mayoría de los datos están tomados del libro Historia de los Papas, de Juan María Laboa Gallego, un historiador de la Iglesia católica, mucho más ecuánime y, por tanto, veraz, que la práctica totalida de sus colegas pasados y presentes, como, por ejemplo, Juan Dacio, Frederick L. Beynon o Ricardo García Villoslada, apologetas antes que historiadores.

5 comentarios:

Lansky dijo...

¡Damaso, la que liaste!

Paco Muñoz dijo...

Cuando, gracias a tus entradas, vamos conociendo los intríngulis que esta organización ha tenido y tiene, se observa el inmenso poder que atesoraron y tienen, y lo curioso es que vendiendo humo, una vida eterna y algo que no es de nadie, el cielo. Claro que por contrapartida si no comprabas tenías en lugar de la vida eterna -entre algodones húmedos tratados con Mimosín-, el fuego eterno y los peores sufrimientos. Algo así como lo que le han ofrecido los gobernantes actuales al pueblo español, nada, o en todo caso cambiar –a peor-. En lo local tenemos un vendedor de promesas incumplibles que dio un salto como para entrar en el gobierno municipal, a pesar de las causas pendientes que tiene. Parece que la cercanía de los primeros con la púrpura, les ha hecho utilizar el mismo método de venta.

Me ha llamado la atención la presencia de un tal Jerónimo ya por esos lares, me imagino que al ser uno de los llamados cuatro padres o doctores de la iglesia, como nos explicaron el otro día en el Monasterio, de ahí le viene la importancia. Y las ropas con las que se representa de cardenal, eran por su cercanía y servicios prestados a Dámaso. Otra cosa es el tema del león domesticado, que en el fondo podía ser una alegoría domadora de los fieros no creyentes –no veo yo un león agradecido de por vida por lo de la espina-. En estos días estamos viendo el ascendente poder que de nuevo está resurgiendo en el seno de la organización, que espero y deseo sea senoidal como las ondas de radio y pronto venga un vano negativo para ellos, porque si no…

Molón Suave dijo...

Uno más, Lansky, uno más.

Molón Suave dijo...

Sí, Paco, nada de esto nos contaron y, por supuesto, la Iglesia lo sigue escondiendo como la gran zorra que es. Durante siglos, no sólo en los manoseados cuarenta años, aquí no se supo nada. Sólo ahora tenemos la oportunidad de saber algo y la ocasión y el medio para contarlo. Y es como tú dices: venden humo, lo mismo que los que ahora nos gobiernan, y tras ese humo se esconde el ansia de poder y el mantenimiento, cuando no la extensión, de una sociedad fieramente clasista, con un grupo de privilegiados arriba y los demás a decir amén. No sé si viste el otro día el programa de Jordi Evolé en la Sexta sobre el dinero de la Iglesia, las inmatriculaciones y los negocios especulativos que se traen entre manos. Una vergüenza, la defensa de la Iglesia y sus manejos que hacía el portavos del arzobispado de Pamplona. El tío decía que la Iglesia está en España, antes de que esto fuera España (primera mentira, porque esto era Hispania, es decir, España desde antes de la aparición del cristianismo) y decía que es única y distinta y que por eso necesita recibir un trato diferente y mejor que cualquier otra organización. ¡Con toda la cara! Y, naturalmente, este gobierno completamente de acuerdo, no en vano el que legalizó las inmatriculaciones fue el mocito Aznar.
Un abrzo.

Paco Muñoz dijo...

Estoy de acuerdo. Claro que vi el programa, aunque ya había visto algunos sobe la asociación que se creó en Navarra (muy católicos por cierto, lo mismo que los vascos, que aprendan)en la que había curas mayores que criticaban la actuación mezquina de sus superiores. Franco no se atrevió a eso y se atrevió el Ansar, ese individuo vulgar y desagradable que se cree que es un dios y así lo tratan sus acólitos. Que engendra gente fea, como le dijeron una vez los asturianos en una pintada en la carretera de la Vuelta a España, que en su vanidad utilizó el Escorial para una cuestión y se rodeo de la mafia actual española que, desgraciadamente y en mi opinión, siempre presuntamente, pronto estarán en la calle porque la protección para desmontar (ha costado un juez, que no es santo de mi devoción, pero ha costado un juez)la instrucción o invalidarla, es para esas alturas bajas.
Un abrazo