domingo, 29 de abril de 2012

Cuando fuimos monos


Lo cuenta el romano Apuleyo (123/5-180) en una narración satírica, Dea Syria. Estratonice, reina de Siria, tiene un sueño en el que la diosa Ishtar, la Gran Diosa, le ordena fundar un  nuevo templo en su honor en Bambice-Hierópolis.
La reina decide acatar la orden de la diosa y se pone en camino en compañía de un bello mancebo al que el rey, marido de Estratonice, le ha asignado como delegado. Además de apuesto, el mancebo, de nombre Combabo, es inteligente y comprende el peligro que para él encierra aquel viaje. La reina es joven también, y bella, y, por lo que sabe, apasionada, de modo que es más que posible el riesgo de que ella intente seducirlo. Y tal seducción, sin duda, le costaría a él la vida. Ante esta perspectiva, antes de partir, Combabo toma una decisión extrema: se castra, embalsama sus testículos y los guarda en una caja que entrega sellada al rey.
No resultaron vanas las sospechas del delegado real: al poco de la partida, la reina intentó atraerlo a su lecho y cuando el joven la rechazó vino a repetirse la historia de José y de Putifar, la mujer del faraón egipcio, con un agravante: que tras la denuncia por parte de Estratonice de que había sido violada por su acompañante, Combabo fue juzgado y condenado a muerte. En ese momento, Combabo, le pide al rey que abra la caja que le entregó antes de partir y el monarca, al descubrir que el joven es impotente, no tiene más remedio que declarar su inocencia.
En el proceso de la evolución, la religión tiene una base biológica y nació del miedo. No del miedo a los poderes sobrenaturales, sino, mucho antes de llegar siquiera a imaginar a estos, del miedo bastante más real y cercano a los depredadores. Cuando fuimos monos, teníamos sólo tres preocupaciones básicas: procurarnos alimento, procrear para transmitir nuestros genes y, para ello, sobrevivir en un medio radicalmente hostil y lleno de peligros, peligros que venían, sobre todo, de seres con preocupaciones idénticas a las nuestras, pero más poderosos que nosotros, parte de cuya dieta componíamos. En semejante medio, aquellos monos que fuimos no éramos aún depredadores, éramos víctimas. Y teníamos el miedo constante de toda víctima a caer en las garras del depredador.
Con su castración, bastantes miles de años después de aquella época, Combabo ilustraba un principio biológico que los científicos conocen como el de la parte por el todo, principio que se encuentra ligado al afán o instinto de supervivencia y que consiste en que el individuo no duda en despojarse de una parte de sí mismo y entregársela a su depredador -en el caso de Combabo, el rey- con tal de permanecer con vida.
No son pocos los animales que se comportan de un modo semejante al del acompañante de la reina Estratonice. Muchas aves pueden llegar a pelarse de terror cuando son atacadas, de manera que dejan al depredador con la boca llena de plumas y ellas consiguen escapar. Hay arañas que se despojan de parte de sus patas, las cuales continúan moviéndose para distraer la atención de un depredador. Los lagartos pierden la cola, etc.
En los animales gregarios, como los monos que fuimos, el todo ya no es sólo el individuo, sino el grupo y, la parte, entonces, uno o varios de sus miembros. Así, en los numerosos documentales que nos ofrece la TV. podemos ver cómo los ñus o los antílopes, por ejemplo, dejan de huir despavoridos cuando el león se hace con su presa y vuelven a pastar como si no hubiera ocurrido nada. Muere uno de sus miembros, sí, pero esta pérdida de una parte permite la supervivencia del grupo.
Cuando la muerte ya no fue sólo un acto puntual, sino que se posesionó de nuestra conciencia haciéndonos saber en todo momento que aquel era el fin que nos aguardaba, habían pasado bastantes miles de años y ya no éramos el mono que habíamos sido. Para entonces, ya habríamos inventado el lenguaje, aunque no fuera más que en la ruda forma de un puñado de vocablos imperativos. Tampoco éramos ya propiamente víctimas. Nos habíamos convertido en depredadores, de manera que ya no perecíamos en las fauces de ningún animal. Pero seguíamos muriendo y, entonces, ¿quién provocaba nuestra muerte? Debían de existir depredadores invisibles, depredadores terribles, dioses o demonios, a los que, impulsados por el viejo terror que tan hondamente habíamos aprendido, tendríamos que aplacar con el mismo principio de la parte por el todo.
Aunque enclavado en una obra imaginaria, el acto de Combabo tenía su correspondencia en la realidad, El propio Luciano cuenta como los futuros galloi, sacerdotes de la diosa Ishtar, se sometían, en un magno festival, a indéntica castración, tras la cual arrojaban sus testículos al interior de la casa de la que recibían sus ropajes. Desde mucho antes y durante mucho tiempo después de esta historia, los sacrificios humanos, tanto de adultos como de niños, han sido práctica generalizada en las más diversas sociedades humanas con el propósito de aplacar la ira de los dioses.
Si al terror se une el afán de supervivencia, siempre tan poderoso en nosotros como en los tiempos en que fuimos monos, la bola no dejará de crecer. Y creciendo y creciendo fue hasta llegar a donde ahora nos encontramos. Lo pinten como lo pinten, el celibato de los clérigos contituye en la actualidad el mismo sacrificio, si bien incruento, que el de Combabo para salvar su vida, en este caso la vida eterna, y responde al mismo principio de la parte por el todo que los seres humanos han venido ofreciendo, primero a los depredadores físicos, visibles, y, más tarde, a los invisibles, desde que fuimos monos.
De todo esto y de mucho más habla Walter Burkert (Neuendettelsau, 1931), filólogo y profesor de historia de la religión en la Universidad de Zurich, en su libro La creación de lo sagrado. Se trata de un texto profundo, muy bien escrito, de fácil y amena lectura, en el que, huyendo de un determinismo radical, el profesor de Zurich aporta numerosas pruebas de carácter histórico, sociológico y literario que hacen más que sugerente su tesis. Un libro, en suma, muy recomendable para los interesados en el tema de la religión y en la revelación de los camelos que los dirigentes religiosos de hoy siguen empeñados en contarnos.

P.D. La Creación de lo sagrado. La huella de la biología en la religiones antiguas. Walter Burkert. Editorial Acantilado. Barcelona 2009. (Se encuentra en la Biblioteca Provincial de Córdoba.)

5 comentarios:

Rafael Jiménez dijo...

Estupenda entrada e interesante el libro que recomiendas y que no dejaré de leer. No me extraña que el "negocio del miedo" haya generado tanta riqueza y poder como el de la Iglesia Católica.

Molon Suave dijo...

Gracias, Rafa. El libro es muy interesante, porque el autor ilustra su tesis principal, la de la parte por el todo, con una varidada gama de actividades humana plasmadas en la literatura, como, por ejemplo, los cuentos populares, tipo Blancanieves.

Paco Muñoz dijo...

Me he quedado un poco cogido por tan interesante y bien diseñada entrada. La verdad es que es tu tónica habitual y no tenía porque extrañarme. Observo que se repiten las historias en las diferentes religiones; diluvio, desobediencias a los dioses, pecados, seducciones, etc. Por otro lado la castración virtual de esta familia -yo desde luego no la comparto, a lo mejor si no la tuvieran no pasarían otras cosas- en el fondo no lo es tanto, ni lo ha sido porque la prohibición les viene desde no hace tanto tiempo. Yo siempre me he inclinado que le temen a la mujer y de esa manera evitan que se les introduzca en el "negocio". Pero es un "poner" de un neófito. Lo cierto es que das que pensar con tus entradas. La parte por el todo... muy interesante. Es más o menos como está haciendo el seudofascismo que nos gobierna, que gobierna mejor dicho, mejor trescientos euros que el paro y la inanición y la de tu familia.
Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Paco: Me he limitado, principalmente, a glosar el libro de Walter Burker. De todas formas, te diré que, si no recuerdo mal, el celibato se introdujo obligariamente en el Concilio de Trento. Pero ya desde los primeros tiempos estaba considerado como la mejor vía para lograr la salvación. El propio San Pablo tiene el matrimonio sólo como un mal menor, para el que no puede vencer el fuego del cuerpo (el que no puede, no la que no puede). Es claro que el cristianismo, que en realidad lo fundó San Pablo, que, no lo olvidemos, era feo, chiquitillo y epiléptico, le tenía un miedo cerval a la mujer. Pero la raíz de este celibato se encuentra, según los biólogos, bastante más adentro. Todos mostramos actitudes y tipos de conducta que se remontan a los tiempos más antiguos y esta bien puede ser uno de ellos. Estos de ahora, que yo creo que no son seudofascitas, sino fascistas completos, no dan la parte por el todo, sino una migaja y "tómala si quieres y si no..." Juegan, entre otras cosas, con el miedo. Meter éste en el cuerpo es el medio que han elegido para tener sujeto al personal y depredar a su antojo. He leído que en el Consejo de Ministros de hace un par de semanas acordaron dramatizar cuanto más mejor la situación que atravesamos. Y el caso es que la gente está, más que nada, asustada.

Paco Muñoz dijo...

La famosa doctrina del Shock para inyectar terror, claro que esto es el germen de las revoluciones, cuando el ser humano no aguanta más siempre revienta por algún lado, ya se ha visto a lo largo de las grades revoluciones de la historia, una opresión desmedida hasta que revienta el depósito.
Gracias por la aclaración de lo del celibato que lo ignoraba.