martes, 20 de marzo de 2012

El peso de la Inquisición




Bastantes historiadores, y no sólo los proclives a la Iglesia Católica, restan importancia a la dureza de la Inquisición española con el argumento de que, teniendo en cuenta su duración en el tiempo, más de tres siglos y medio, produjo un número de víctimas muy reducido, dos o tres mil, como mucho.

Sin entrar en la discusión acerca del número real de víctimas, este argumento tiene un curioso parentesco con el de aquellos que defienden la energía nuclear, en función de que el precio del kilowatio producido por una central eléctrica de esta clase es considerablemente menor que el del producido por cualquier otro tipo de central. Para hacer sus cálculos, los defensores de la energía nuclear hacen caso omiso del coste medioambiental que estas centrales producen, a pesar de su consideración de limpias. De idéntico modo, los relativizadores del peso de la Inquisición en la historia de España olvidan el coste social que esta institución produjo. Los accidentes de Chernobil y de Fukushima prueban la falsedad del argumento economicista de los pro nucleares. Igualmente, el descubrimiento de la actitud primordial del Santo Oficio en su actuación pone de relieve la inconsistencia, cuando no la falsedad, de las argumentaciones de los que minimizan el peso de la Inquisición. Veásmolo:

La Inquisición española fue creada en 1478 por el papa Sixto IV a petición de los Reyes Católicos. Mediante la creación de esta institución, Isabel y Fernando, que ya tenían en mente la conquista del reino de Granada, perseguían la integración absoluta del país mediante el lema una sola monarquía, una sola religión. El centro organizativo de la Inquisición era el Consejo de la Suprema, presidido por el inquisidor general, cargo designado por el papa a propuesta de la corona. El primer inquisidor fue el dominico Tomás de Torquemada. Sujetos a la autoridad de la Suprema, se fueron estableciendo tribunales en distintas ciudades. Así, en Sevilla, Córdoba, Jaén, Valladolid, Ávila, Medina del Campo, etc, hasta abarcar la práctica totalidad del territorio nacional. Cada uno de estos tribunales estaban formados por dos inquisidores, un calificador, un alguacil y un fiscal, aunque esta composición fue variando a lo largo de los años.

No obstante, la pieza fundamental del entramado eran los llamados familiares, distribuidos por todas las ciudades y núcleos de población del territorio. Estos familiares, semejantes a las policías secretas de los regímenes totalitarios, realizaban las labores, imprescindibles para el Santo Oficio, de informador y de espía. Con su nombramiento, quedaban autorizados a portar armas, a realizar todo tipo de diligencias y a practicar arrestos. Al mismo tiempo, estaban exentos del pago de determinados impuestos, así como de la obligación de alojar soldados en sus casas, en caso de necesidad.

En un principio, los familiares eran gente del común, normal, artesanos, pequeños comerciantes, alfajemes, carpinteros, alfayates, etc. Con el paso del tiempo y a medida que el Santo Oficio fue ganando poder, empezaron a apetecer este cargo caballeros y miembros de los concejos municipales, los cuales, tras conseguirlo, lograron convertirlo en hereditario y en objeto de compra y venta.

La Inquisición española logró establecer su omnímodo poder en el país gracias fundamentalmente a esta figura de los familiares, quienes repartían sus ojos y, sobre todo, sus orejas por todo el territorio y lo mismo denunciaban que admitían denuncias ajenas, denuncias que resultaban siempre anónimas para el acusado. A través de los familiares, el Santo Oficio logró los dos principales objetivos que figuraban desde el principio en su ideario: extender su presencia real por todo el territorio y, sobre todo, instaurar el miedo como garantía principal de la sumisión de los súbditos a la ortodoxia católica, definida por los mismos inquisidores, y por ende a los designios políticos de la corona.

Los propios miembros del gran Tribunal no se cortan a la hora de reconocer explícitamente el objetivo del miedo. Así, por ejemplo, el inquisidor Francisco Peña, al actualizar en 1578 el Manual de inquisidores de Nicolás Eymerich, escribe: Hay que recordar que la finalidad primera de los procesos y de la condena a muerte no es salvar el alma del acusado sino procurar el bien público y aterrorizar a la gente. No hay ninguna duda de que instruir y aterrorizar a la gente con la proclamación de las sentencias, la imposición de sambenitos, sea una buena acción.

Un régimen de terror se extendió, en efecto, por el país. Un régimen de terror que pervivió durante nada menos que trescientos cincuenta y cinco años, desde 1478, fecha de la fundación de la Inquisición, hasta su desaparición definitiva en 1833, reinando ya Isabel II. Cualquiera podía denunciar a cualquiera de casi cualquier cosa y, en consecuencia, nadie se fiaba de nadie. Una simple confidencia sobre cualquier duda tonta acerca de cualquier aspecto de la doctrina católica podía convertirse, y de hecho se convertía en muchas ocasiones, en la base de una acusación que acababa con los huesos del dubitativo en las tenebrosas cárceles de la Inquisición. De hasta qué extensión e intensidad llegó a alcanzar este régimen, es buen ejemplo el gaditano Blanco White, quien, ya bien entrado el siglo XIX, anota en su diario cómo ni siquiera a su madre puede revelar las dudas que lo corroen, pues su propia madre estaría obligada a denunciar a su hijo, so pena de que, de no hacerlo y descubrirse la confidencia, la madre sería enjuciada por encubridora.

Muchas y terribles fueron las torturas. Muchas, no pocas, y horripilantes las muertes. En Sevilla, por ejemplo, montaron un cadalso permanente que fue llamado El Quemadero, con cuatro estatuas huecas de yeso, conocidas como Los cuatro profetas, en las que metían a los condenados para que, más que quemarse, se cocieran con el fuego de las hogueras. Pues más allá de todas estas monstruosidades, y valiéndose también de ellas, qué duda cabe, lo que la Inquisición logró establecer en todo el país fue ese régimen de suspicacia, de inseguridad y de terror. Este es su verdadero peso, este el inmenso coste social por el que la casi totalidad de los historiadores pasan de puntillas, cuando no lo olvidan tranquilamente.

Me pregunto si ahora, hoy, ya en el siglo XXI, hemos conseguido despojarnos de este coste y vivir como ciudadados realmente libres. La reaparición de este mismo régimen de terror durante la larga etapa franquista, su intensidad y la normalidad con que lo vivió la mayor parte de la población, me hacen dudar de que lo hayamos conseguido.

8 comentarios:

Alfonso dijo...

La influencia judeo-cristiana sigue pesando como una losa en el llamado occidente cultural. En nuestro país más, si cabe, porque la iglesia mantenedora de esos esquemas y clichés de impositivo autoritarismo ideológico-religioso sigue viva y coleando al amparo de los poderes establecidos. No es la de antes, de acuerdo, porque ya no la dejan, pero no pierde ocasión siempre que puede de recordarle al vulgo que otrora fue la máxima representación e inductora de los comportamiento sociales. Y como bien apuntas ¡ay! de quienes se salían de ellos, o se atrevían a discurrir por su cuenta, sin amoldarse al catecismo clerical.

Ese estado de terror, con la sombra permanente de los "familiares" de la inquisición, siniestros alguaciles de la irracionalidad religiosa, cubriendo todo el vecindario en donde fueren asignados, se resume en una de, quizás, miles de anécdotas de la época, que sirvieron de ejemplo demostrativo del acojonamiento social de entonces.

Leyendo sobre estos temas se narraba una anécdota donde en no sé que pueblo (es lo de menos), el familiar de la Inquisición paseando por sus calles observó que detrás de la tapia del corral de un vecino había una hermosa higuera cargada de higos ya en sazón de aspecto apetitoso. Cuando llegó a su casa mandó a su criado para que se presentase en casa del dueño de la higuera con el propósito de proponerle la compra de algunos higos. Cuando dicho vecino abrió la puerta y reconoció que quien llamaba a ella era el lacayo del familiar de la Inquisición se le aflojaron las piernas y se quedó blanco como la cal. Cuando el criado aclaró su presencia el vecino, solícito, atendió cumplidamente su demanda. Al día siguiente la higuera había desaparecido del corral. Cuando le preguntaron que por qué había talado la higuera, con lo hermosa que era, el vecino argumentó que si tenía que seguir recibiendo sustos como el que se llevó cuando tocó a su puerta el ayudante del familiar, prefería deshacerse de cualquier motivo que diera lugar a ello.

Esta anécdota podría ser comparable a las inoportunas visitas que, de vez en cuando, y a la hora de comer, realizaban en casa de mi abuelo, un par de tipejos con camisa azul y un cangrejo aplastado (como le decía mi abuelo al emblema de la falange) bordado de rojo en el pecho. Durante algún tiempo, en casa de mi abuelo, se estuvo aguantando la chulería de estos matones que venían a "inspeccionar" de que todo "estuviera bien". El silencio que se hacía alrededor de la mesa era sepulcral, durante los minutos que aquellos dos individuos permanecían dentro de la casa. A mi abuelo se lo llevaban los demonios, y todos se le quedaban mirando con cara de asustados temiendo que reventara y les soltara cualquier cosa que le comprometiese. Era un allanamiento de morada descarado por parte de quienes entendían que tenían la "obligación" de vigilar de cerca a alguien tan poco ortodoxo, políticamente hablando, como era mi abuelo Pedro. Una vez que se marchaban había casi que taparle la boca para que el hombre no se explayara diciéndoles de todo, menos bonito.

Esta ha sido, es y seguirá siendo una sociedad cagada de miedo, de papanatas admiradores de todos los chorizos que, si antes se llamaban Luis Candelas, Diego Corrientes, El Pernales, José Mª El Tempranillo y otros, hoy también gozan de la misma admiración aunque no lleven trabuco en bandolera. Y los siguen votando con la baba resbalándoles por la comisura de los labios.

País de charanga y pandereta, como decía Machado.

Molón Suave dijo...

Desde hace mucho tiempo he observado la dificultad que tenemos los españoles para descubrir nuestra identidad o, dicho de otro modo, lo celosos que somos con nuestra intimidad. Incluso los andaluces, tan abiertos como parecemos. La simpre presentación ya nos cuesta. Cuando empecé a ver películas americanas, de estas de los barrios a base de casitas con jardín me quedaba asombrado de cómo cuando llegaba un vecino nuevo a alguna de las casas los demás iban enseguida con obsequios a presentarse y a ofrecerse por sin necesitaban algo. Eso en España, por lo que yo conozco, eso no podría ocurrir ni por asomo. ¿Por qué?, me preguntaba. Al principio pensé en el franquismo y en los dos malditos bandos, con el vencedor chuleando y el vencido rumiando a solar su dolor, pero es que llevamos treinta y algunos años de democracia y seguimos igual. Yo vivo en un bloque de viviendas nuevo, al que llegué nada más terminar la construcción y aún hay vecinos de los que no sé su nombre y ellos no saben el mío. Cada vez estoy más convencido de que este reservismo se lo debemos a la Inquisición y a sus métodos. Es más, creo que el franquismo impuso un régimen semejante con tanta facilidad y durante tanto tiempo porque se encontró con el terreno abonado y ese terreno no es otro que el del miedo.
Yo tuve la "suerte" de criarme en un hogar cuyo padre hizo la guerra con los nacionales. Fue así porque lo llamaron a filas, no por ideas, porque mi padre echaba pestes de Franco y, más aún, de los falangistas (algún día contaré algo al respecto), eso sí, en la intimidad, como Aznar con el catalán, de modo que no he padecido visitas como las que sufría tu abuelo, aunque conozco casos semejantes.
Una anécdota relacionada me ocurrió a mí personalmente, nada menos que en 1974. En ese año tenía, junto con otro chavales, un grupo de teatro. Un día, por aquí se le petó a algún jefecillo, la policía se dedicó a indagar en los tres o cuatro grupos que había entonces en Córdoba. A mí casa se presentaron a las dos de la tarde y me llevaron a comisaría. Estuve allí como una hora, hasta que el comisario o quien quiera me llamó para interrogarme. Cuando, a su petición, le dije mi nombre, respondió: "Hombre,´¿tú eres el hijo de fulano? (mi padre) Pues nada, hombre, sigue haciendo teatro, claro, es una afición muy bonita, sigue, sigue. Pero hubo otros compañeros que sus padres estuvieron en la otra zona, la mayoría con condenas posteriores y algunos incluso a punto de ser fusilados, y a esto si los asustaron bien, tan bien, que el grupo se deshizo y cada uno tiró por su lado. ¡Y a Franco le quedaba un año de vida!
Es lo que tú dices: ahora los votan con la baba en los labios, montañas de currantes a los que les van a dar por el culo, pero con un garrote de encina.

Conchi Carnago dijo...

Querido amigo me encanta leerte pues aun a mis años sigo estando ávida de aprender, y contigo siempre se aprende, y no menos sabrosos son los comentarios, como este de Alfonso, y tu contestación, un verdadero placer entrar en este rincón.
Es cierto lo que decís de la convivencia entre vecinos Paco y yo tuvimos la suerte de disfrutar durante años de una buena armonía entre la mayoría de los vecinos, ahora solo con los antiguos, pues los nuevos no te dicen ni buenas, si tu no los fuerzas.


Espero que Lola haya pasado la
etapa del dolor.

Molón Suave dijo...

Conchi: Gracias por tus elogios, pero te diré que no hay entrada no ya buena, sino ni siquiera pasable, sin un lector o lectora receptivos e inteligentes. Y tú, desde luego, reúnes en abundacia ambas cualidades.
En efecto, entre los vecinos, siguiendo con ese ejemplo, cuando ya hay confianza y, sobre todo, cuando se van captando las coincidencias, entonces ya sí que nos abrimos. La dificultad está en la entrada. Y no sólo con los vecinos, en general, a los españoles nos cuesta mucho poner sobre la mesa el carnet de identidad y no digamos ya lo que pensamos. Claro que hay gente abierta. Pero mucha menos y mucho menos de lo que aparentan.
Lola está mejor. Ya no le duele apenas el hombro, aunque sigue con él inmovilizado. Mañana lunes le quitan los puntos. Estará una semana más inmovilizada y luego a la rehabilitación. Muchas gracias por tu interés.

Paco Muñoz dijo...

Si tus entradas son una delicia, didácticas, aclaratorias, historicistas –de historiador con los que nos une afinidad-, los comentarios son la guinda del pastel y las aclaraciones a estos el no va más. Se abren en los mismos nuevas ramas del árbol principal que desarrollan temas y el anecdotario. Lo que dice Conchi de los vecinos es cierto, los nuevos son de otro cuño, y los que procedemos de barrios proletarios, humildes, dónde cualquier cosa era de todos, cuando se compartí la miseria, o de casa de vecinos de antaño, notamos más el choque brutal de los nuevos tiempos. Conchi y yo cuando vamos por el campo forzamos a todos los seres humanos con los que nos cruzamos a que digan buenos días y buenas tardes, y yo hago lo mismo cuando iba camino del trabajo y me cruzaba con algunos tenderos que preparaban sus tiendas en la acera, o con gente por la calle. A la mayoría le suena a chino, aunque lo de chino cada vez suene menos.

Seguimos en ese régimen, ha cambiado poco, yo que he tenido la suerte de tener un trabajo pero la desgracia de trabajar donde lo hice 35 años, conozco mucho más el método. Se sigue empleando el mismo método inquisitorial por mucho rollo de nuevas maneras que quieran vender, los tics son genéticos, la delación, chivatería, están a la orden del día. Mis amigos cercanos me acusaban de hablar claro y fiarme demasiado de determinada gente, y no es así, me fiaba de quien sabía contaría las cosas y que las haría llegar donde me interesaba que llegaran. Era la utilización de “comentarista” de turno.

En cierta ocasión conté como en un bar de la calle Almonas nos quiso detener un individuo de la Guardia de Franco, gran reducto de “familiares”, chivatos, miserables, que además tenían armas. Luego se llamo el organismo Centro de Cultura Hispánica, paradojas de la vida. Pues bien, el individuo en cuestión a Julián y a mí nos dijo que nos detenía por hablar mal del caudillo, pero dio la casualidad que mi amigo había sido flecha y su categoría era Jefe de Centuria, como los antiguos legionarios romanos de quien copió el fascio, y el bizco –era bizco el confidente- era de menor grado y brazo en alto, mano extendida y firme el ademán, le dijo: -¡A tus ordenes camarada, podéis seguir con la conversación! Evitó el carnet que yo le diera un trastazo al bizco por aquella intervención, cuestión que ya le había avisado a mi amigo iba a hacer. Y no soy amigo de peleas pero me sacó de quicio. Año 1971 aproximadamente.

Molón Suave dijo...

A eso me refería, Paco, a que debemos llevar en los genes la desconfianza y el chivateo, el "familiarismo" de la inquisición. Ya sé lo que era la vida en las casa de vecinos, pero es que allí se conocía todo el mundo de toda la vida, compartían la existencia diaria, las fiestas, las alegrías, los duelos, era otro mundo. Probablemente, también era grande entre ellos la afinidad ideológica. Yo mencionaba mi caso con respecto a mis vecinos como un ejemplo de lo que creo es la dificultad de yo diría buena parte de los españoles para dar y ofrecer confianza, confianza que empieza con la presentación. Puede haber también bastante de desprecio del que más tiene hacia el que tiene menos. En los bloques "modernos" es característica la rivalidad soterrada que surge entre unos vecinos y otros. Al principio de la época de los bloques, si un vendedor conseguía vender un Sagrado Corazón para la puerta, ya tenía todo el bloque vendido.
El bar que mencionas debía ser el que estaba al lado de la botonería de Hornero, Los Barriles, creo que se llamaba, no lo recuerdo con exactitud. Y fíjate, en el año 71, todavía andaban con chulería "familiaroide" que, ahora, si te das cuenta, ha reaparecido una vez más en las tertulias de la TDT y otros antros por el estilo.

Paco Muñoz dijo...

Coincido contigo. El bar era "Casa Rafalito" frente a Fernán Pérez de Oliva, pero en Almonas, nada más dar la difícil curva para algunos que no eran seiscientos.
Un abrazo

Molón Suave dijo...

Ah, sí. Ese bar era el Rafalito Santiago. Tenía un patio estupendo, casi frente a Fernán Pérez de Oliva. El que yo decía estaba antes, viniendo desde la Almagra, justo en el tacón casi frontero con la calle Carreteras.