miércoles, 14 de marzo de 2012

Dictatus Papae




Gregorio VII (1073-1085) está considerado uno de los grandes reformadores de la Iglesia. Lo fue. En sus reformas llegó a extremos que antes ni después ningún otro papa se atrevió a formular.

Hildebrando Aldobrandeschi, que tal era el nombre real del sujeto, nació en 1020 en la Toscana, esa encantadora región de la Italia actual. Era hijo de campesinos, aunque fue criado por un su tío, abad del convento de Santa María en el Aventino, perteneciente a la orden de Cluny. Como era de prever, el sobrino acabó profesando en la misma orden que el tío.

Uno puede tener la idea de que un monje es un señor que vive entre los muros de un convento dedicado principalmente a la oración y a la alabanza de Dios. Se trata, sin duda, de una idea extravagante, propia de alguien poco ducho en materia eclesial. Siempre fue una idea extravagante y, en la epoca de nuestro Hildebrando mucho más. Por supuesto, había monjes en los conventos, pero, en realidad, los conventos eran sobre todo trampolines para que chicos dotados de preclara inteligencia pudieran alcanzar con cierta facilidad los más altos destinos.

Es lo que ocurrió con Hildebrando. En aquel tiempo, la Iglesia estaba aquejada del problema de la simonía o venta de cargos eclesiásticos, como, por ejemplo, los obispados. Además de un alto representante de la Iglesia, un obispo era un señor feudal, con tierras y siervos bajo su dominio, elementos ambos que le producían sus buenas rentas anuales. Estas rentas eran muy apetecibles para los señores del territorio, hasta el punto de que no dudaban en hacerse con el cargo para alguno de sus hijos segundones. La cosa era de tal envergadura, que hasta el emperador del Sacro Imperio Romano tenía derecho a nombrar al papa.

Contra esta añosa práctica se alzó el papa León IX (1049-1054), quien hizo de Hildebrando uno de sus más fieles colaboradores. A la muerte de León, el monje cluniacense se había convertido en el árbitro de Roma. Consiguió incluso que el emperador renunciara, al menos momentáneamente, al nombramiento del papa. En 1073, tras cinco pontificados después del de León, Hildebrando fue elegido papa por aclamación del pueblo romano. En aquel momento no era más que un simple monje, por lo que tuvo que ser ordenado sacerdote, cosa que ocurrió un mes más tarde de su proclamación.

Hildebrando había sido un monje rigido, inflexible. Una vez convertido en Gregorio VII, su rigidez alcanzó cotas insuperables. Para empezar prohibió el matrimonio de los sacerdotes. Lo prohibió retroactivamente, de manera que disolvió las uniones, hasta aquel momento sagradas, de los curas en los territorios bajo su jurisdicción directa, poniendo de patitas en la calle a las mujeres y a los hijos de los clérigos sin miramiento alguno y, por supuesto, sin ninguna protección.

El ideario de Cluny contenía la noción de que la Iglesia debía mantenerse libre de las amenazas del poder temporal. Gregorio VII fue mucho más allá: estableció que el poder eclesiástico estaba por encima del poder temporal. Tal hizo cuando en 1075 publicó el famoso Dictatus papae, un documento en el que a lo largo de veintisiete puntos se plasma como nunca antes el feroz autoritarismo que se había adueñado de la Iglesia. Hasta la publicación de este documento, el mundo cristiano se había regido por el equilibrio de las dos espadas, el poder temporal y el poder espiritual. Este equilibrio se rompe con el Dictatus, en el cual se sostiene que el poder del papa se encuentra por encima de cualquier otro poder de este mundo, que el papa tiene derecho no sólo a remover de su sede a los obispos, sino a deponer a los príncipes y al emperador y a anular el juramento de fidelidad de los súbditos a los príncipes considerados injustos a su juicio. La desfachatez de Gregorio alcanzó cotas insuperables cuando se entretuvo en afirmar que los soberanos temporales estaban obligados a besarle los pies y que los papas son santos por el solo hecho de ser papas.

Gregorio VII pretendió la subordinación real de los príncipes, imponiéndola no sólo mediante la publicación de documentos, sino por la fuerza, razón por la cual tuvo que emplear los métodos coercitivos del poder temporal, lo que impuso a la Iglesia un camino que la llevaba hacia la riqueza y el poder, únicos medios para un control efícaz sobre los príncipes, tal y como sostiene Juan Dacio en su Diccionario de los papas.

Esta subordinación pretendió obtenerla Gregorio principalmente del emperador, en aquel momento, Enrique IV, mediante la anulación radical del derecho del emperador a nombrar los obispos en su territorio, un derecho adquirido en los tiempos de Carlomagno. Como quiera que, a diferencia de la mayoría de los monarcas europeos, el emperador disponía de muy pocas tierras propias, necesitaba tener a su favor a los obispos del territorio bajo su dominio, por lo que el enfrentamiento resultó inevitable. Hubo excomuniones por parte de Gregorio y arrepentimientos y penitencias por parte de Enrique, que incluyeron el beso de los pies del papa. Pero el enfrentamiento no cesó, hasta que, agotada su paciencia, el emperador invadió Italia y depuso y encarceló a Gregorio. El papa logró pedir auxilio a los normandos de Sicilia, quienes se apoderaron de Roma y la saquearon. Rechazado por el emperador y odiado por el pueblo que otrora lo elevara al solio pontificio, Gregorio huyó a Salerno, donde encontró la muerte y en cuya catedral se conservan sus restos. A pesar de su trayectoria, o quién sabe si gracias a ella, Gregorio VII fue declarado santo en 1606 por el papa Paulo V, si bien no se autorizó su culto hasta el potificado de Benedicto XIII, en el siglo XVIII.

1 comentario:

Paco Muñoz dijo...

Joder con el Gregorio, que carreron hizo el muchacho. Bromas aparte el repasar la historia y ver que la mayoría de los designios divinos que siguen a pies juntillas -claro la realidad es otra,no son tantos lo que los siguen - los cristianos son fruto de la ambición de poder y de riquezas. Y que eso no ha cambiado ni cambiará nunca. Y eso que nos circunscribimos a nuestra parcela del mundo, pues en otras latitudes y otras creencias será más de lo mismo.
Y luego claro la santidad después de entregar la cuchara porque esta gente no se jubilaba, era la guadaña la encargada de fijarle la pensión celestial.

Un abrazo.