jueves, 1 de marzo de 2012

Cuidado con la morfina





Mi hermana profesó de monja en la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón. No sé cómo lo consiguió, pues esta institución exigía a sus postulantes una importante dote y en mi casa bastante hacíamos con llegar no a fin de mes, sino de la semana. Además de su confesada esclavitud al Sagrado Corazón, las Esclavas se dedican fundamentalmente a la enseñanza. En la congregación hay (o había en tiempos de mi hermana, ahora no lo sé) dos clases de profesas: las madres y las hermanas. Las madres eran hijas de familias con capacidad de aportar la mencionada dote y su dedicación principal era la enseñanza. Las hermanas solían ser de familias humildes, muchas de las cuales no podían aportar dote alguna. Se dedicaban a las labores domésticas: limpieza, lavado, planchado, cocina, etc. Eran, por así decirlo, las criadas de las madres. Mi hermana no sólo consiguió entrar sin dote, sino que además fue madre. Tal vez le valiera el título de Magisterio, que había conseguido poco antes de profesar.


Algún día hablaré de las discusiones, siempre fraternales, que tuve con mi hermana acerca, sobre todo, de la fe y de la pobreza. Hoy sólo hablaré de su muerte. La piedad cristiana es escalofriante: desprecia lo tangible, lo que apreciamos con los sentidos, la vista, el tacto, el olfato..., desprecia el cuerpo y se extasia con lo invisible, lo inasible, lo incomprobable: el alma. Una vez que hizo los votos, mi hermana estuvo destinada en distintos lugares de España: Barcelona, Madrid, Valladolid, que yo recuerde. Luego, tras algunos años, regresó a Córdoba, al convento-colegio de la Plaza de San Juan. No duró mucho tiempo aquí. Al cabo de algo más de un año le detectaron un tumor en el útero que requería una intervención urgente. Quizás venía ya enferma y ni siquiera ella lo sabía.


No recuerdo bien cómo ocurrió. La profesión religiosa implica, entre otras cosas, la renuncia a la familia. O, para decirlo mejor: siguiendo, según dicen, el mandato evangélico, el individuo que profesa en una congregación religiosa cambia su familia biológica por una familia nueva, la de su orden. Esto era algo que mis padres y yo notábamos cuando visitábamos a mi hermana. No es que nos tratara como a desconocidos, eso no. Pero desde que profesó, jamás mostró con nosotros esa intimidad peculiar de los miembros de una misma familia, la intimidad que habíamos mantenido con ella y ella con nosotros mientras convivimos bajo el mismo techo. Aún así, cuando enfermó, las monjas nos dieron a mis padres y a mí el protagonismo que hubiéramos tenido si mi hermana hubiera seguido viviendo en nuestra casa. No lo hicieron para deshacerse de la enferma, puesto que mi hermana siguió viviendo en el convento, sino en un rasgo de generosidad que no sé si era común en casos como este, pero que nosotros agradecimos y yo, hoy, después de tanto tiempo, no tengo reparo en reconocer. Como mis padres estaban mayores y bastante torpes, al final, recayó en mí la responsabilidad de las decisiones a tomar durante el curso de la enfermedad. Hasta en esto delegaron las monjas. Por supuesto, todos los gastos ocasionados por la enfermedad corrieron a cargo del convento.


La operación no sirvió para nada. El médico que la llevaba era el más afamado ginecólogo que había entonces en Córdoba, un católico, decían que progresista, cristiano-demócrata, decían, miembro importante del entonces trepidante Círculo Cultural Juan XXIII. Abrió el vientre de mi hermana, comprobó que el tumor era maligno y que se había extendido ya a distintos órganos, y volvió a cerrarlo. A continuación me informó muy amablemente, desde luego, que a mi hermana no le quedaban más de nueve meses de vida. Acertó. Fueron los nueve meses más duros y más largos de mi existencia. Nueve meses durante los que mi hermana se fue consumiendo en una agonía interminable, presa de ataques continuos y ascendentes de dolor.


Las monjas habilitaron para la paciente un dormitorio junto a una salita, en la propia clausura, y allí pasábamos buena parte del día. Al principio, los calmantes de uso común entonces suavizaban los dolores, pero con el paso de las semanas y a medida que el dolor crecía dejaron de hacer efecto. Los cuatro últimos meses fueron terribles. Yo no he visto a nadie sufrir como sufría mi hermana. Ya no dormía. A cuatro patas en la cama iba de los pies a la cabecera y de la cabecera a los pies, gimiendo de dolor. De cuando en cuando se derrumbaba y se quedaba, más que dormida, inconsciente durante algunos minutos, al cabo de los cuales vuelta a empezar. Era espantoso. No exagero. Si en mi mano hubiera estado, hubiera hecho pasar a mi hermana no una, tres pasiones de Cristo a cambio de aquel interminable sufrimiento.


El ginecólogo iba a verla todos los días. ¿He dicho ya que la piedad cristiana...? Sí, más arriba. Uno de aquellos días, desesperado, le pedí que hiciera algo no ya por la vida de la enferma, sino para paliar su dolor: le pedí que le proporcionara morfina. Se negó, escandalizado. Se negó con el peregrino argumento de que la morfina la dejaría inconsciente y probablemente adelantaría su muerte. Me lo llevé aparte y discutí con él bajito, pero fuerte, muy fuerte. Al cabo me reveló la causa verdadera por la que no podía acceder a mi requerimiento: sus convicciones cristianas le impedían recurrir a un remedio que podía matar a mi hermana. Literalmente. Le dije de todo. Bajito, porque estábamos allí mismo, casi al lado de la habitación de la enferma, lo insulté, blasfemé, le eché en cara su hipocresía al pasar por piedad y compasión lo que no era más que crueldad, de todo. Me escuchó sin alterarse, con esa capacidad de aguante que muestran los piadosos, pero se mantuvo en su negativa. Le pedí, le exigí que no volviera por allí. Tampoco me hizo caso. Eso sí, si llegaba y estaba yo decía una palabras de pretendido consuelo y desaparecía.


Mi hermana murió al fin consumida de dolor. Tenía treinta y dos años. Después de bastante tiempo, murieron también mis padres. El ginecólogo se jubiló. Pero aún anda por ahí, controlando de cerca la consulta que hoy lleva su hijo. Yo no he olvidado el sufrimiento de mi hermana. Lo llevo clavado bien dentro de mí. No podré olvidarlo mientras viva.

10 comentarios:

Lansky dijo...

Es una historia tan terrible y feroz como ejemplar, en el sentido etimológico, de ejemplo de 'caridad' y 'compasión'

Las monjas, al menos las de antes, ahora veo pocas, no engañan, van vestidas como damas de compañía de la Edad Media, parejas a esas musulmanas veladas que tanto criticamos: quiero decir que representan el atraso histórico, ya desde su mismo aspecto.

Siento lo de tu hermana, pobrecita, pero para un ateo como yo es fácil compadecerse, esto es, padecer con.

Un saludo

Conchi Carnago dijo...

Terrible vivencia amigo, e incomprensible actuación de un medico que pudiendo calmar el dolor, de su paciente, por un equivocado y falso cristianismo, dejan de ser caritativos y humanos.

Nunca he podido comprender ese tipo de actuaciones, ni creo que sean aceptables.

Un saludo.

Josefo el Apóstata dijo...

Tremenda historia Molón y vivida en primera persona.
Desgraciadamente el comportamiento de ese médico era de lo más común en la España franquista y post-franquista. De hecho la extensión de los cuidaos paliativos entendidos como el procurar una "buena muerte", exeneta de dolor y sufrimiento, es relativamente reciente y todavía pendiente de un impulso más decidido para que sean accesibles a todos los ciudadanos.
Esa mentalidad de que el sufrimiento es bueno porque es un encargo que dios nos manda y por lo tanto no podemos modificarlo ha calado en la medicina española como en ningún otro país. A este mito también se ha asociado otro que dice que la morfina es un medicamento maldito, porque genera adicciones horribles y porque en los moribundos acelera la muerte. La prueba es que España, hasta principios de los años 90, tenía el dudoso mérito de ser el país europeo donde menos morfina o derivados se recetaba.

Molón Suave dijo...

Lanski: Mi hermana entró en el convento en el año 68, o sea en plena época posconciliar. Por entonces, las Esclavas habían cambiado la toca blanca por un velito gris y el hábito negro hasta los pies, por un vestidido también gris algo por debajo de la rodilla. Un cambio exterior, para mejorar la vestusta imagen que tenían, pero nada más. Hoy, hay muchas congregaciones que siguen con este nuevo uniforme. Ha surgido también, recientemente, una especie de orden sin regla formada por mujeres del común que, sin abandonar el mundo, deciden hacer voto de castidad, exactamente igual que las monjas de los conventos. Las hay de todos los niveles sociales, aunque mayormente de mujeres con carrera que trabajan, algunas incluso en puestos directivos. Por fuera no se les nota nada, pues ni siquiera son de estar todo el día en la iglesia. Por dentro, mantienen su himen intacto. Unas heroínas, ¿verdad?
Por lo demás, gracias por tu compasión, que estimo es patrimonio de los ateos mucho más que de los creyentes, al menos de los creyentes católicos.

Molón Suave dijo...

Conchi: No sé yo si se trataba de un "equivocado y falso cristianismo" o es así el cristianismo verdadero. Desde luego es el cristianismo de la Iglesia Católica, al menos desde San Pablo, y ya ha llovido. Para esta gente el dolor, el sufrimiento no son una calamidad, ni siquiera pruebas divinas, sino la demostración del amor de Dios hacia la persona sufriente. Una auténtica aberración, vamos. Pero qué se puede esperar de quienes creen que Dios mandó a su hijo a la tierra para que lo mataran, con el propósito de lavar así la ofensa que le habían inferido los mismos que lo mataron.
Estoy de acuerdo contigo: esta tipo de actuaciones no son aceptables, pero siguen siendo las corrientes en la medicina española actual. Acuérdate de lo que le ocurrió al doctor Montes en el hospital de Madrid, cuyo nombre no recuerdo. Lo empapelaron y lo echaron de su trabajo precisamente por suministrarle remedios paliativos a enfermos terminales aquejados de terribles dolores.

Molón Suave dijo...

Josefo: Mi hermana murió en 1979. Aunque ya había muerto Franco, el pensamiento dominante seguía siendo franquista, un pensamiento que hoy todavía colea bastante. Ahora, lo más curioso es que aquel ginecólogo era un tipo que pasaba por progesista. El Círculo Cultural Juan XIII, al que pertenecía, era un lugar contestario fundado en 1963. Le pusieron este nombre para ampararse en el papa del concilio, pero allí había de todo. De entre sus socios salieron la mayoría de los políticos cordobeses que luego estuvieron en candelero y algunos todavía lo siguen estando. Por ejemplo, Julio Anguita. Todos los socios de aquel círculo, del que yo también formé parte, estábamos en el punto de mira de la policía política. Te cuento esto para que veas que el señor doctor no era ningún reaccionario. Pero por encima de su progresía estaba su fe cristiana, claro está.
Los cuidados paliativos, en efecto, van calando con extraordinaria lentitud en el estamento médico español. De esto sabes tú más que yo. La fuerza de la Iglesia sigue siendo un obstáculo importante. Recuerda que hace nada el obispo de Cuenca, creo que era, decía frente a este tipo de cuidados que "Cristo no tuvo cuidados paliativos". Como si esto tuviera algo que ver con los no creyentes. Y más todavía, como si una enfermedad como la de mi hermana, en cuya narración no sólo no he exagerado sino que me he quedado corto, una enfermedad de este tipo y de tan larga duración terminal no fuera mil veces más terrible que la pasión de Cristo, sin quitarle a ésta ni un gramo de sufrimiento. A fin de cuentas, el sufrimiento de Cristo no duró más que veinticuatro horas. ¿Es que están ciegos y no lo ven? Seguro que el actual pontífice tiene un médico a su lado prácticamente las veinticuatro horas del día y los obispos tres cuarto de lo mismo. En fin, que te voy a contar que tú no sepas.
Lo de la morfina es parte de la misma historia. Ahora, al fin, se la suministran a pacientes con fuertes dolores a causa de enfermedades no mortales, como la artrosis de columna, por ejemplo, cuando antiinflamatorios, relajantes musculares y calmantes ya no funcionan. Y creo que sí, que es un mito lo de sus efectos secundarios. Péro, además, en el estado en que estaba mi hermana, qué importaba si le adelantaba la muerte o no, si no tenía remedio. Sin ánimo de comparar, tengo claro que nadie, absolumente nadie, permitiría que su perro, su caballo, su gato o cualquier animal de su propiedad sufriera como sufría mi hermana sin hacer lo que fuera para que dejara de sufrir.

Paco Muñoz dijo...

Es horroroso lo que cuentas, y lo curioso es el motivo por lo que dicen no emplear los métodos de aliviar el sufrimiento. Y me imagino que sé de quién hablas y no lo creía tan ortodoxo. Eso es fanatismo, fundamentalismo. No sabemos qué haría si le tocara a él directamente. Cuántas historias detrás de unas normas que son humanas, de objeciones conciliares de la gerontocracia vaticana. Lamento tu dolor por aquello y me imagino lo que te pasaría por la cabeza. En la manifestación fui hablando con un amigo de la conferencia que dio el Dr. Montes -lo trajo el Ateneo-, y las dificultades que le pusieron en Bodegas Campos para hacerla allí –la realizaron en la Delegación de la Junta-, y la intervención de un talibán sobre lo que él consideraba crímenes, pero que no considera los de la Inquisición y los que bendecían en la guerra civil y los que bendicen a diario, y ejecutan de muchas maneras. Conchi y yo tenemos el Testamento Vital, que no sabemos si quitaran estos individuos a los que un incomprensible aborregamiento de la clase trabajadora, les ha dado el máximo poder que puede tener una opción política, es decir más que el que “sin razón, pero con sobrada fuerza bruta”, como decía Unamuno, tenían los fascistas. Y lo curioso es que lo que hacen lo hacen en nombre de ese dios que dicen tener de amor y bondad.
Un abrazo.

Miroslav Panciutti dijo...

Historia tremenda, que muestra en toda su crudeza una de las múltiples crueldades de la religión, la inmensa contradicción entre esa prédica de la caridad (erigiéndose casi en los monopolizadores de la misma) y sus comportamientos reales. Aparte de la crítica en su propio plano, lo que es inadmisible es que se permita que una actuación (la de facilitar cuidados paliativos, en este caso) pueda ser decidida en base a "creencias" del médico correspondiente. Leyendo la terrible muerte de tu hermana, además de profunda compasión, siento una rabiosa indignación

Molón Suave dijo...

Paco: Hasta aquel día, yo también pensaba que el doctor no era tan ortodoxo. Pero lo era. Conocoz algún caso más que, aunque de otra índole, revela su verdadero cariz. Aquello me lo tuve que tragar yo solo, porque mis padres no tenían ni idea de qué hacer y yo no quise decirles nada de la morfina. Además estábamos en un convento y, aunque no se planteó abiertamente, es claro que las monjas también estarían en contra. Lo pasé mal, sí. Por eso cuando oigo hablar a un católico del sufrimiento de Cristo me carcajeo. ¿Qué sabrá este tipo o tipa lo que es el sufrimiento?, me digo. Lo de la conferencia del doctor Montes en Córdoba, a la que no pude asistir, fue bochornoso: cómo una institución como las Bodegas Campos se plegó ante las reclamaciones de lo más reaccionario de la ciudad.

Molón Suave dijo...

Miroslav: He escrito esta entrada para poner de relieve el cariz moral de la inmensa mayoría de los católicos. Pero también como un desahogo. Después de más de treinta años todavía me persigue la imagen de aquella mujer rabiando de dolor en la cama y sin poder hacer nada por ella. Y el caso es que el de mi hermana no es único, cientos personas siguen muriendo casi cada día en la actualidad con sufrimiento semejante y en condiciones parecidas, porque los médicos se siguen resistiendo a los cuidados paliativos. Recientemente, ha muerto un familiar sólo algo mayor que mi hermana, de cáncer de pulmón. Que no tenía remedio lo dijeron los médicos dos años antes, los dos años que tuvo de agonía y de desintegración (no hay mejor palabra), entre horribles dolores. Y sólo al final, en lás últimas semanas, se consiguió que le administraran derivados de la morfina. Esto en la Seguridad Social. Es tremendo.
Gracias por leerme y por tu compasión.