domingo, 5 de febrero de 2012

La sombra del infierno





La anécdota es conocida. Aun así no me resisto a contarla: En un departamento de tercera del tren correo Cádiz-Madrid, allá por los años sesenta del siglo pasado, viajaba una anciana enlutada, con un canasto de mimbre por todo equipaje. El departamento iba lleno. Entre los pasajeros figuraba un sacerdote, que a poco de ponerse el tren en marcha inició una disertación acerca del infierno. Con precisión de cirujano, el señor cura desgranaba todos y cada uno de los suplicios que en la otra vida padecerían los condenados. El tren llegó a Jerez y el cura cada vez se cebaba más en su audiencia hablándole de llamas, de garfios de calderas. En Sevilla, muchas horas después, aún no había callado el sacerdote. Eternamente, el fuego abrasaría los cuerpos sin destruirlos, eternamente, siempre, siempre. En Lora del Río, la anciana, que había permanecido inmóvil y como concentrada en sus pensamientos, cogió su canasto y se puso de pie. "Padre -dijo- yo no sé si viviremos después de la muerte, lo que sí puedo asegurarle es que el infierno está aquí, en esta vida." Y trabajosamente recorrió el pasillo y se apeó del tren. "Es comunista", gruñó el sacerdote despreciativamente. Y no volvió a abrir la boca en el resto del viaje.


No son pocos los que, como la anciana del tren, no creen en un infierno más allá del que podemos sufrir aquí, en esta vida. Y el primero de todos los incrédulos es el propio Dios, el Dios del Viejo Testamento, el Dios de los cristianos. En el Génesis, capítulo 6, versículos 5 a 8, se lee: Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: "Voy a exterminar al hombre que creé sobre la haz de la tierra; y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho." Pero Noé halló gracia a los ojos de Yavé.


De esta pasaje se deducen claramente tres ideas:


1.- Dios no era tan listo como se dice, pues no supo prever que su mejor criatura le fallaría.


2.- Dios se mostraba infinitamente injusto, pues ¿qué culpa tenían los pobres animales en el fallo, si es que lo hubo, del hombre?


3.- Pero, sobre todo, Dios no tenía preparado infierno alguno, pues, de haberlo tenido, aquel era el lugar al que enviar a los malvados, en lugar de destruirlos.


Y no es sólo esto. Tanto el Levítico como el Deuteronomio son, principalmente, un conjunto de normas dictadas por Dios con sus correspondientes castigos. Ambos libros muestran la imagen de un Dios vengativo y sanguinario hasta la náusea. Sin embargos, todos los castigos son terrenales, enfermedades, plagas, castátrofes naturales, muertes terribles. ¿Hubiera sido sólo así de haber contado con el infierno?


¿Entonces, de dónde sale el infierno? Sale de la Gehenna del fuego, que los autores del Nuevo Testamento citan en diversas ocasiones. Marcos, por ejemplo, afirma: Si tu mano te escandaliza, córtatela: mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga. De versículos como este acabó la Iglesia elaborando su concepción del infierno. Sin embargo, esta Gehenna del fuego no es más que una metáfora utilizada por los evangelistas. En efecto, el término Gehenna, que figura tanto en la tradución griega de la Biblia como en la latina, es un vocablo hebreo referido al valle Hinnom o Ge-Hinnom, a las afueras de Jerusalén. En este lugar se quemaban las basuras de la ciudad, en un fuego casi permanente. Pero además, cuando los israelitas llegaron a la tierra prometida, en las alturas de este valle los cananeos ofrecían a sus dioses sacrificios en los que quemaban niños vivos. Tal hecho quedó grabado negativamente en la memoria de los judíos, hasta el punto de que, en tiempos de Jesús, merecen que lo arrojen a las llamas del Hinnom era un dicho corriente que se decía referido a alguien especialmente malvado.


El concepto cristiano del fuego eterno fue elaborándose poco a poco. Comenzó cuando se tradujo gehenna por infierno. Durante los cinco primero siglos del cristianismo, este infierno fue sólo temporal. Así lo defienden grandes padres de la Iglesia como, entre otros, Orígenes, Gregorio de Nisa o Jerónimo. Fue en el Concilio de Constatinopla del 543 cuando se definió que el infierno era eterno. El primer Concilio de Letrán (1123) lo declaró dogma de fe, amenazando con la prisión, el tormento y hasta la muerte a quien lo negase. A partir de entonces comenzó uno de los negocios más importantes y saneados de la Iglesia, el de las bulas, gracias a las cuales los aterrorizados cristianos podían comprar el rescate de sus almas legando sus riquezas a la Iglesia y contratando la celebración de misas post mortem por su alma. Tal negocio acabaría produciendo la rebelión de Lutero en el siglo XVI, si bien, antes, en 1442, el Concilio de Florencia llegó a declarar que todo el que estuviera fuera de la Iglesia acabaría en el fuego eterno.


Recientemente, el papa Juan Pablo II llegó a afirmar que el infierno no era el lugar físico de los tormentos eternos, sino una metáfora y un estado del alma. Benedicto XVI, sin embargo, ha vuelto a la ortodoxia más cruda, volviendo a asegurar la condena eterna y segura entre horribles sufrimientos para todo aquel que, alejándose de las esenñanzas de la Iglesia, muere en pecado mortal.

9 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Ya echaba de menos entradas tan sustanciosas como las que nos ofreces. Yo siempre digo a mis amigos católicos, que los conceptos infierno y cielo, son en este caso para mí, similares a los de la que la señora le comunica al cura pesado. Aunque me parece que lo más parecido al infierno es lo que está pasando en este país y el fuego lo están avivando cada día más. Leí que en un colegio público la directora les ha cambiado a los niños el menú de carne porque es Cuaresma, en ese orden de cosas porque no tendrá en cuenta el ayuno en los meses de Ramadán. Enhorabuena por el didáctico trabajo.
Un abrazo

Molón Suave dijo...

Claro que el infierno está aquí, Paco. Más últimamente. Y más para los que vienen detrás de nosotros (acabó de leer, aunque sólo por encima, la reforma laboral que se montan los nuevos mendas.
Yo también leí esa noticia del colegio público. Ya lo decía Anguita hace poco: vivimos un revival católico de lo más preocupante (y de lo más cochino, añado yo). Es el resultado de nuestra brillante, alabada y envidiada transición.
No sé si has oído hablar de El Yunque. Se trata de una secta integrista católica, pero integrista de verdad (en su ideario se incluye el asesinato de los oponentes). Al parecer, en España se habría infiltrado ya hasta en el actual gobierno. De manera que yo creo que el baile no ha hecho más que empezar.

Paco Muñoz dijo...

Desconocía la existencia de esa facción integrista, estamos "apañaos".
Un saludo

Conchi Carnago dijo...

Me alegro de tu vuelta estimado amigo, como dice Paco echábamos de menos tus ilustrativas entradas, esta es como todas Interesantisima, ilustrandonos y reafirmandonos en lo que por lógica ya sabíamos.
Lo del Yunque ya salio hace poco y ya lo compartimos mucha gente, es una vergonzosa y descarada manipulación, los padres tienen que estar muy atentos para que esto no prolifere, no podemos consentir volver al pasado de nuestra infancia.

Saludos.

Molón Suave dijo...

Gracias por tu comentario, Conchi. Lo del Yunque es peor de cuanto hemos conocido. Este tipo de sectas, cuyos miembros se consideran a sí mismo guerreros de Cristo, so de lo más peligroso. No quieren a muchos miembros en sus filas. Les basta con unos pocos, porque lo que les interesa es alcanzar los resortes del poder.
Trataré de estar más presente en el blog, pero estoy algo liadillo: a Lola la operan de un hombro próximamente (12 M), no puede hacer ningún esfuerzo y yo llevo casi toda la casa. Espero que a ti la espalda no te esté dando mucha lata este invierno.

Miroslav Panciutti dijo...

Como creo recordar que dijo el protagonista de tu anterior post en su primer discurso en la Plaza de San Pedro tras ser elegido Papa, pretendía reformar la Iglesia para que Cristo pudiera reconocerla como propia. Cuando uno va estudiando (y es entretenidísimo) la progresiva elaboración de la doctrina dogmática eclesiástica a lo largo de la historia se constata hasta la saciedad cómo han ido manipulando los miedos del hombre en beneficio de los más miserables intereses.

Molón Suave dijo...

Está claro, Miroslav, el de la Iglesia ha sido (y es) un camino firme y decidido hacia el poder. Y es cierto, estudiar su doctrina y su evolución es muy entretenido y también sumamente ilustrativo de la capacidad del ser humano para engañar y para ser engañado.

Conchi Carnago dijo...

Siento lo de Lola y deseo que todo salga bien.

Yo también estoy pasando un invierno regular con la artrosis en los huesos y las molestias de espalda.

Mucho animo y suerte con la operación.

Molón Suave dijo...

Gracias, Conchi.