sábado, 18 de febrero de 2012

La nave del misterio




Hace unos días, desvelado en plena madrugada, salté de la cama y encendí el televisor, a ver si, al menos, conseguía distraerme y así recuperar el sueño perdido. Después de un montón de videntes y de juegos de esos de descubrir una palabra, tope con Cuarto Milenio, que ahora, por lo que vi, lo ofrecen a partir de las tres de la mañana. Hablaban de los milagros. Cuatro expertos, comandados por Iker Jiménez, el conductor del programa defendían o atacaban la posibilidad de unos hechos inexplicables y, a menudo, inverísimiles.

Iker Jiménez es un tipo inteligente. En su programa, dedicado como se sabe, a la exposición de hechos más o menos paranormales, Iker no defiende la realidad del misterio, pero, sutilmente, lo pone en el centro de su discurso, recalcando siemple lo inexplicable y oscuro de los hechos que narra, lo misterioso. Incluso cuando alguno de sus invitados ofrece una explicación racional, Iker, con gran habilidad, la coloca no como desvelación del misterio, sino como parte de él.

Es lógico y nadie se escandaliza por ello. Iker Jiménez vive de estos hechos, vive del misterio, de manera que en modo alguno puede desear que la luz de la razón, de la ciencia, los ilumine y acabe con ellos. Por cada hecho misterioso que se desvela, Iker pierde un trozo de su campo de acción, circunstancia que, a la larga, amenazaría la fuente de sus ingresos y, en consecuencia, su status vital.

El misterio, lo misterioso, lo hermético, lo mágico, son elementos que nos fascinan a los seres humanos. Mientras sólo se trata de elaborar un programa de televisión este hecho no pasa de ser un divertimento. El problema comienza cuando lo que se pretende es catequizar a la gente, controlarla, someterla. Y esto es precisamente lo que viene haciendo el cristianismo y de manera especial la Iglesia Católica desde hace dos mil años. Iker Jiménez no inventa nada. Se limita a poner en nuestra consideración hechos oscuros, pero reales, es decir, hechos realmente ocurridos o que han podido ocurrir. Tampoco busca prosélitos y en su ánimo sólo existe la intención de entretener. La prueba es que en ningún momento pide a sus televidentes que creamos en lo que cuenta. La Iglesia, en cambio, lleva dos mil años no relatando misterios, sino inventándolos, aprovechando esa inclinación humana con el único propósito no de entreternos y hacernos pasar el rato, sino de sobrecogernos y ganarnos para su grey.

Todo es misterio en la doctrina de la Iglesia. Y misterio que no se discute ni se analiza, sino que es necesario creer. A menudo, los santos padres, los papas, los predicadores invocan la razón, pero al final de sus sermones su único argumento es el de la fe. ¿Que una mujer quedó preñada sin concurso de varón?: Misterio. ¿Que esa misma mujer mantuvo el himen intacto después del parto?: Misterio. ¿Qué cómo puede sentirse ofendido un Dios que es inmutable por definición?: Misterio. ¿Que no se trata de un Dios, sino de tres, pero que son uno solo?: Misterio. ¿Que cómo está el cuerpo de Cristo en un trocito de pan?: Misterio. ¿Que cómo actúa el Espíritu Santo en la elección de los papas, siendo así que se ve cada cosa? Misterio. Ninguno de estos dogmas figura o se recoge en las Escrituras. Es igual: que hayan llegado a ser dogmas es precisamente el mayor de los misterios. Todo misterio, misterio y misterio. Y necesidad de fe. De mucha, mucha fe.

Dios, según afirman los propios doctores eclesiásticos, nos da el instrumento de la razón para que entendamos nuestra posición en el mundo. Pero aquí no hay nada que entender. Aquí lo único que hay que hacer es creer. Y con más razón cuanto más increíble sea el asunto. Ya lo decía Tertuliano: El hijo de Dios fue crucificado. No me avergüenzo porque otros se avergüencen de él. El hijo de Dios murió: hay que creérselo absolutamente, porque es absurdo. Y el que fue enterrado resucitó de nuevo: hay que creérselo, porque es imposible.

Y mientras los fieles creen y creen y creen, los pastores disfrutan de la vida en los mejores palacios de la tierra. Eso sí, con fe. Con mucha, mucha fe.

9 comentarios:

Alfonso dijo...

¡Ah!, la cultura del "misterio" dentro de la iglesia católica. Que buen abono doctrinal y que despliegue de técnicas para la paralización de las conciencias que toda la batería de la parafernalia mistérica, de la que esta iglesia de nuestros pecados, ha manejado con una impunidad absolutamente morbosa.

Porque el misterio y su creencia inspira el santo temor, la rendición del intelecto ante una verdad no comprendida pero inquebrantable. Porque dudar del misterio, en toda su gama de variedades, eran y siguen siendo el más nefando de los pecados, el billete directo que aboca al cuestionante de tan fundamentales dogmas a los reinos de Satanás y sus secuaces.

Uno de los más fascinantes y el que más acojona al fiel católico es el llamado "misterio de la transubstanciación de las especies de pan y vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, dios por antonomasia. Que "abracadabra" tan perfecto e impresionante, sobre todo cuando en el momento de la consagración el sacerdote vocaliza y teatraliza con tono de voz y ademanes medidos diciendo aquello de "tomad y comed porque este es mi cuerpo, tomad y bebed porque esta es mi sangre" para que en ese mismo instante, a partir de ese efecto de magia sin parangón, el pan y el vino se conviertan en el verdadero cuerpo y en la verdadera sangre de un dios. La aparente insignificancia de ni siquiera un pedazo de pan, y el humilde vino que antes contenía la garrafa de donde procedió, ejerce desde ese mismo momento un poder de misteriosa sugestión tal sobre la grey católica que cualquier pequeño error sobre lo que ya se considera cuerpo y sangre de un dios lleva añadido el más descomunal de los disgustos, el más horrendo de los pecados y las más extravagantes y maximalistas consecuencias.

Me viene a la memoria, y me vais a permitir que lo cuente (no sé si ya lo he hecho en alguna ocasión), que recién ordenado cura un compañero de estudios, ya mayorcito en edad, cuyas primeras misas las tuvo que dar en pueblecitos perdidos por las sierras charras salmantinas cuyo cura anterior había pasado ya a mejor vida. Llegamos a un puebluco donde no se oficiaba misa desde hacía ya bastante tiempo. Se identificó como el nuevo cura de aquellas pedanías, le entregaron las llaves de la maltrecha iglesia, nos acercamos al sagrario y al abrir la portezuela pudo comprobar que en su interior se encontraba un cáliz lleno de hostias consagradas por el anterior cura difunto que por el tiempo transcurrido y la humedad había convertido aquel pan (en este caso cuerpo de Cristo) en un amasijo, mohoso, podrido y maloliente.

Alfonso dijo...

(sigue)

Y aquí surgió el dilema: qué hacer con aquello; es decir, que aunque el contenido del copón era asquerosamente repulsivo no dejaba ser, según el inapelable dogma católico, el verdadero cuerpo de Cristo.

Alegando problemas de estomago, el recién estrenado cura me sugirió que yo, bastante más joven que él en aquel entonces, lo consumiese. Le dije "que por aquí se va a madrid", que como todo el mundo sabe era una forma elegante en aquella época de decirle a cualquiera que "lo tienes claro, genaro". En resumidas cuentas, que el cura era él y como tal ya sabría que es lo que tenía que hacer, pero como que el zamparse aquello era la más peregrina de las posibilidades, so pena de coger una infección intestinal de mil pares de cojones, le sugerí que lo más racional y práctico era la de irse al patio interior que tenía la iglesia, hacer un hoyo en el suelo y verter en él aquel pan podrido y enterrarlo. Que nadie iba a enterarse pues ni él ni yo íbamos a publicarlo a los cuatro vientos y que si dios tenía dos dedos de frente sería consecuente con tan lógico proceder. Y el hombre se escandalizó ante mi propuesta. Y cuando acabó de sermonearme, le dije, bien, ahora dime tú que vas a hacer con eso. A los dos minutos se nos acabaron las ideas, hicimos un hoyo en el patio trasero del templo y enterramos aquel cuerpo de Cristo que, gustase o no, estaba totalmente putrefacto.

Moraleja final: Aquel pobre cura no descansó hasta que se fue a ver al obispo de la diócesis para contarle en confesión lo que en conciencia no le dejaba dormir (no era mi caso). Cuando le pregunté qué le había dicho el prelado me respondió que habíamos hecho lo correcto, a lo que respondí: Eso ya te lo había dicho yo, y no soy obispo.

Con esta anécdota quiero señalar hasta donde puede llegar ese concepto de misterio sacro, y sus consecuencias, en las conciencias de los excesivamente adoctrinados. Este hombre no vivió hasta que su comandante en jefe el obispo le dijo que se dejara de tonterías porque lo que no podía hacer era enfermar por ingerir pan en mal estado... por mucho cuerpo de Cristo que fuese.

Saludos.

Paco Muñoz dijo...

Como siempre es una delicia leerte, y por extensión a Alfonso. Pero lo curioso de todo es que todos los misterios tienen una explicación científica. Ninguno se queda con la suya, puede ser más o menos difícil encontrarla pero está, las leyes de la física y la química están ahí y no es por gusto. Estuve un tiempo leyendo unas revistas, de las que guardo algunas, que se llamaban Mundo Desconocido; apariciones de ovnis, cuando estaban de moda, milagros, como le pusieron la “boina” a las estatuas de la Isla de Pascua –que se llama así no por haberse descubierto en esa época sino por la que le hicieron a los nativos, inocentes, contagiándole toda suerte de enfermedades venéreas y de las más simples como la gripe-, y toda suerte de cuestiones inexplicables para el ciudadano de a pie. La diferencia con las religiosas las habéis plasmado exquisitamente ambos, es que estas son “sagradas”. Hay una cosa Molón que pienso y que estimo es inevitable, es como el decir “adiós” cuando nos despedimos, o el “vaya usted con dios” cuando nos cruzamos con alguien conocido, o el “hasta mañana si dios quiere”, o eso que está de moda ahora “como dios manda”, muchas frases hechas, dices: “Ninguno de estos dogmas figura o se recoge en las Escrituras.”, pienso que la frase es similar a las descritas, para mí eso de las Escrituras es como lo otro, no deja de ser un libro o libros que han escrito otras personas, con el mismo valor que los dogmas conciliares, o el libro de los conjuros del brujo de turno, es decir, para mí ninguno. Evidentemente con el debido respeto para el que los crea. A donde quiero llegar es que es difícil sustraerse a lo que en otro lugar escribiste, a una serie de lavados cerebrales en la infancia, en el momento preciso, para que sin darte cuenta salgan esas frases reflejas y se hayan quedado imborrables. Considero que el alimento de estas cosas, es la cantidad de cuestiones inexplicables, o con una explicación lógica para ellas, que cada uno las utiliza para su propio beneficio, Iker sin acabar de explicarlas para dejar a la gente en vilo, la Iglesia para asustar a sus creyentes, y algunos para vender libros y revistas.
Un abrazo.

Lansky dijo...

¿Inteligente el Iker este? Listo más bien, si me admites la clásica distinción. Y cansino, finalmente aburre. La buena literatura de misterio es la que introduce lo sorprendente en lo cotidiano, sí, como hacía, por ejemplo, Cortazar, pero empeñarse en explicaciones 'milagrosas' de hechos a menudo fascinantes per se (otros no) es banalizar el gran misterio de la curiosidad con cuentos para porteras (con perdón por esas empleadas).

Y hay una cuestión de gustos. A muchos las pirámides mayas les parecen fascinantes porque creen que las construyeron extraterrestres; a mi me parecen fascinantes justo por lo contrario, porque las construyeron hombres como nosotros...

En cualquier caso el excpeticismo extremo, como la excesiva credulidad son dos caras de la misma estulticia

Molón Suave dijo...

Alfonso: Ja, ja, ja. Qué estupenda anécdota, que no habías contado, al menos aquí. Yo creo que fuiste un poco blando con el sacerdote. Pienso que debiste mostrarte firme en lo del cuerpo de Cristo hasta lograr que se comiera el potingue de bacterias. A lo mejor, hubiera sido un martir y hoy tendríamos un nuevo santo al que rezarle.
Lo fácil que resulta decir: "es un misterio". Y hale a creer, a tener fe. Así cómo no va a estar en contra de la ciencia, desveladora de misterios.

Molón Suave dijo...

Paco: creo que no me he expresado bien con esa frase: "ninguno de estos dogmas figura o se recoge en las Escrituras." No la he escrito inconscientemente y no se debe al lavado de cerebro que sufrí en mi infancia. La pongo, porque la Iglesia sostiene que todos esos dogmas los saca de la Biblia (viejo y nuevo testamentos). Y eso es mentira. Aun dando por buenos los Evangelios, que ya es dar, en ellos no se dice que María fuera Virgen, sino lo contrario, puesto que se señala que Jesús tuvo hermanos. Y con los demás que señalo en la entrada lo mismo. Quizás debí ampliar un poquito más la expresión.
Por lo demás, está claro, la ciencia es el arma que explica los misterios, los que ayer lo fueron y los que existen hoy, que dejarán de serlo mañana.

Paco Muñoz dijo...

Muchas gracias Molón por la aclaración, yo la había entendido como "comedura de coco", que además no tiene ninguna problema, yo digo muchas frases hechas sin darme cuenta, cuando me doy trato de rectificar o hacerme el tonto, como cuando te has dado con una farola y disimulas mirando a todos sitios y te sacudes el pantalón, cuestión que me ha pasado más de una vez.

Molón Suave dijo...

Tienes razón Lansky: listo le cuadra mucho mejor a Iker que inteligente.
Completamente de acuerdo contigo en que el mejor misterio está mucho más en lo sutil, en lo inesperado, en lo incongruente, que en esas sicofonías que no entienden más que los etendidos o en los muebles que se mueven, etc. todo ello sacado de contexto y contado con una seudointención de descifrar. Esto se hace pesado, sí, pero parece que no para todo el mundo. Es como la telebasura, que ves diez minutos y estás ya hasta las narices de tanto chismorreo, pero ahí la tienes, con una más que abundante audiencia.
¿Existe el escepticismo extremo? ¿No es una contradicción en sí mismo? La afirmación: soy esceptico, no creo absolutamente nada, ¿es posible?, ¿no constituye una negación del escepticismo?
El ser humano es en si mismo fascinante, aunque a menudo sea odioso.

Molón Suave dijo...

Por cierto, Lansky: A tu última entrada intenté ponerle un comentario después de leerla. No pude hacerlo porque para validarlo y publicarlo la página me pide descifrar una palabra o conjunto de letras que está tan embrollado que resulta casi imposible descifrar. A mí me costó tres intentos y, al final, ya ni me dejaba escribir.
Aparte de decirte que era muy buena entrada, te citaba unos libros que a lo mejor te interesaban. Se trata de "Los cristianos", de Jesús Mosterín, una historia más latina. En "Los misterios de Jesús", Timothy Freke y Peter Grandy ponen más que en duda la existencia real del propio Jesús, con argumentos de bastante peso. Luego hay una "Historia de la Iglesia" de Juan Laboa Marín y dos prendas más, en la que se sostiene la Iglesia sólo se puede historias ¡desde la fe!, pues sin esta es imposible penetrar en ¡el misterio! de su existencia y durabilidad.