sábado, 29 de diciembre de 2012

El veneno de la religión

Hay un veneno que intoxica a la humanidad y a las relaciones humanas más que el odio o la envidia, más que la ambición o la cólera: es la religión. Filósofos hay (la mayoría de los idealistas con Hegel a la cabeza) que ven en la religión un sustrato o elemento de solidificación entre los individuos de una colectividad. Puede, y aun esto es discutible, que ocurriera de este modo en los orígenes de la humanidad cuando los grupos humanos eran pequeños y se veían abocados en múltiples ocasiones al enfrentamiento mutuo por la consecución de la pitanza.
Pasado este primer periodo más o menos largo ya todo fue veneno. Cuando las religiones fueron politeistas, con el tiempo de los griegos y de los romanos como ejemplos principales, el veneno se diluía en gran parte en la disparidad. Cualquiera podía tener su dios particular y de hecho lo tenía, de modo que más que hablar de religión habría que hablar de religiones y de religiones que no se veían impelidas a competir entre sí pues los objetivos eran múltiples y variados como múltiples y variados eran los objetos de la adoración. O dicho de otro modo, no existía una verdad absoluta. Si acaso, la única verdad de carácter metafísico con voluntad de totalidad era la que afirmaba la existencia de los dioses, pero en aquel tiempo aun esta verdad tenía un carácter flácido, maleable, si así puede decirse, el que le daba, precisamente, la multiplicidad de los dioses. La muerte de Sócrates, no obstante, acusado tanto de pervertir a los jóvenes como de incredulidad pone de relieve que el veneno religioso no era tan inocuo como pueda parecer en la distancia.
Fue, sin embargo, el monoteísmo, el que convirtió el veneno en determinantemente fatal. En efecto, las religiones monoteístas, padre de las cuales es el judaísmo, y de las que actualmente, además de éste, existen dos principales, el cristianismo y el islamismo, ambas con sus múltiples variantes, no suponen nexo de conexión alguno entre los individuos, sino que, muy al contrario, constituyen elementos de división de primera categoría.
En primer lugar, las tres religiones se encuentra gravemente enfrentadas, de manera que cada una excluye a las demás, esgrimiendo la bandera de su verdad, a la que consideran la verdad absoluta y por tanto única. Para los miembros de cada una de esta religiones los miembros de los demás no son seguidores de sus respectivas doctrinas, sino sencillamente infieles a los que es preciso convertir o eliminar. Cada una de estas religiones ha dado lugar a tres espacios culturales enfrentados entre sí y sin posibilidad real de acuerdo y mucho menos de convivencia.
Pero además, en cada uno de sus territorios, por así llamarlos, las religiones monoteístas excluyen de entrada a los no creyentes e incluso a los creyentes que no siguen fielmente las directrices de la jerarquía. O, lo que es lo mismo, no unen a unos individuos con otros, a unos grupos con otros, sino que se convierten en elementos de pura y neta división. Dentro del catolicismo, por ejemplo, quedan excluidos de la propia comunidad católica los divorciados y los homosexuales y los que no siguen las pautas de la jerarquía son considerados herejes, herejes a los que no hace tanto tiempo se les enviaba a la hoguera después de expropiarles todos sus bienes.
Y aún hay más, las tres religiones soslayan y mantienen arrinconada a la mitad de sus propios fieles: las mujeres. Judaísmo, cristianismo, especialmente el catolicismo, el más potente de los cristianismos, es islamismo condenan a las mujeres al ostracismo, a un segundo plano enteramente subordinado al varón, de manera que en ninguna de las tres religiones, con excepción de algunos cristianismo que han evolucionado recientemente, se encontraran rabinas, sacerdotisas o imanes femeninas.
Las religiones monoteístas no sólo no permiten la disidencia en su seno, sino que pretenden que la sociedad toda viva bajo sus normas. O, dicho de otro modo, no están de acuerdo con el concepto de ley, si no es subordinándolo al de pecado.
Por ahí anda, nuevamente como ejemplo, su eminencia el cardenal Rouco Varela, señalando, como siempre con advertencias apocalípticas, que las leyes no protegen adecuadamente a la familia, lo que significa, que no protegen a la que él considera exclusivamente familia, la formada por un hombre, una mujer y sus hijos, despreciando de este modo las familias uniparentales, formada por madres o padres solteros o divorciados con sus hijos, las familias de homosexuales y lesbianas, etc. familias estas últimas que han encontrado protección legal al fin con la aprobación del matrimonio homosexual. Del mismo modo el resto de los obispos sigue despotricando contra los homosexuales, contra el aborto y contra todo lo que no se adecue a su concepción totalitaria del mundo y a su verdad absoluta.
En el campo del islam sirva como ejemplo la reciente aprobación de la nueva constitución de Egipto basada en la sharía, es decir, en la concepción religiosa, en este caso coránica, de las relaciones sociales, o dicho claramente no en tener como base de la vida social la ley, sino el pecado.
El veneno de la religión ha sido y es tan potente que su existencia ha supuesto y supone un importante freno en el progreso material de la humanidad, sin que en modo alguno haya mejorado el progreso moral. En el mundo occidental este freno ha perdido hoy gran parte de su fuerza gracias a la valentía de nuestros antepasados que se enfrentaron al monstruo religioso en muchos casos con el precio de su vida. El atraso que viene experimentado el mundo islámico en los últimos siglos, tras un extraordinario periodo de florecimiento en el que argumento religioso era más aparente que real o, para decirlo mejor, en que la riendas de la religión no estaban aún tan tensas como posteriormente, es más que significativo.
En el terreno moral, la religión no ha supuesto dique alguno para la existencia de las guerras, la esclavitud, la trata de mujeres, la explotación del hombre por el hombre e incluso meramente el robo o el asesinato particulares, etc. etc. Todo lo contrario, mucho de estos males han tenido y siguen teniendo lugar bajo el estandarte de la religión.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Teología del Santo Prepucio

Aunque muchos parecen ignorarlo, Cristo era judío, de manera que siguiendo el ritual religioso judío a los ocho días de su nacimiento fue sometido a la circuncisión, esto es, a la extirpación de la piel que cubría su sagrado glande o bálano.
Esta sencilla operación, si bien no poco dolorosa, pues se realizaba con un cuchillo de piedra, ha traído de cabeza a los llamados teólogos católicos hasta la Edad Moderna. ¿Qué fue de aquel trocito de carne, del triste anillito con el que la naturaleza nos dotó a los mamíferos machos no se sabe bien con qué objeto, pues sólo suele ser fuente de infecciones?
Los judíos, que no querían trato alguno con los muertos ("quien toque un cádaver será impuro durante siete días", dice la Biblia) acostumbraban a enterrarlo, sin más. Pero el prepucio de Cristo no era un prepucio cualquiera, como el resto de su cuerpo participaba de su carácter divino o, lo que es lo mismo, era un trozo de Dios y, según los teólogos, es imposible que un trozo del cuerpo de Dios por insignificante que sea pueda seguir el camino de la putrefacción. Luego, si no se pudrió, existe. ¿Pero dónde está? Cuando en la comunión los católicos toman el cuerpo de Cristo, ¿lo toman entero o le falta el trocito que le extirparon en la circuncisión?
Arduo problema que no podía ser resuelto sino tras sesudas y profundísimas cavilaciones. Así, desde Orígenes hasta el gran Tomás de Aquino las discusiones al respecto no cesaron de crecer. ¿Ascendió al cielo con Jesús o sigue en la tierra esperando la resurrección de la carne? Muchos pensaban que había ascendido junto con Cristo, pero si esto es asi, ¿cuándo se reintegró en su cuerpo, en el momento de la resurrección o más tarde, en el de la ascensión? Para algunos, el prepucio estaba ya en el cielo desde el mismo momento en que se lo cortaron esperando la llegada del Salvador. En cualquier caso y según los defensores de este argumento, los católicos en la comunión tomaban el cuerpo completo de Cristo, incluido su divino prepucio.
Pero no todos lo tenían tan claro y la discusión no cesaba. Esgrimiendo argumentos de carácter histórico, muchos opinaban que el prepucio debió de ser enterrado, como el de cualquier infante de su época, y que en todo caso el cuerpo de Cristo era un cuerpo humano que, aunque acogía al mismo Dios, no formaba extrictamente parte de la divinidad, por lo que tanto daba si estaba completo o no, y el prepucio era, por así, decirlo, un elemento prescindible, como las uñas que Cristo se cortaría de cuando en cuando o el pelo. El teólogo católico de origen griego Leo Allatius (1586-1669) hacía un ajustado resumen de estas discusiones en su conocida obra De Praepucio Domini Nostri Jesu Christi Diatriba, en la que quedaban magistralmente expuestas todas las posiciones.
Así estaba el asunto cuando hete aquí que aparece en Viena la monja capuchina Agnes Blannbekin (muerta en 1715), quien durante buena parte de su vida vivió extraordinariamente preocupada por el destino del preciadísimo trozo de carne del cuerpo del Salvador, preocupación que llegaba a un horrible sufrimiento cuando se acercaba la fiesta de la Circunsión, establecida por la Iglesia el uno de enero. Un día, al comulgar, tuvo una revelación que Karlheinz Deschner, en su Historia sexual del cristianismo cuenta del siguiente modo: la monjita comenzó a pensar en dónde estaría el prepucio. ¡Y ahí estaba! De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura superlativa y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintio en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo tragó. Y esto lo pudo hacer unas cien veces... Y le fue revelado que el prepucio había resucitado con el Señor el día de la Resurrección. Tan grande fue el dulzor cuando Agnes tragó el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros.
Las revelaciones de la monja vienesa eran concluyentes: el prepucio divino estaba en el cielo, encastrado en el pene de su propietario. La discusión habría terminado al punto, si no fuera porque a lo largo de la historia existen o han existido hasta trece prepucios reclamados como de Cristo y repartidos por distintos puntos de la cristiandad que el dominico A.V. Müller estudia en profundidad en su obra: El sagrado prepucio de Cristo (1907). Son los siguientes: Uno en San Juan de Letrán, en Roma; otro en Charroux (cerca de Poitiers); otro en Amberes; otro en París; otro en Brujas; otro en Bolonia; otro en Besançon; otro en Nancy; otro en Metz; otro en Le Puy; otro en Conques; otro en Hildestehein; otro en Calcata, la mayoría traídos de tierra santa durante las Cruzadas y algunos de ellos transportados por ángeles. Cada uno de estos prepucios y otros que el dominico no recoge, como el de Burgos, tienen fantásticas historias que llenan de unción a los fieles y de óbolos a las iglesias que los poseen.
Reputados como muy útiles para la lograr la preñez de las mujeres, todos estos prepucios fueron altamente venerados hasta 1900, fecha en la que la Iglesia derogó su culto, derogación que se extendió a la propia fiesta de la Circunsión tras el concilio Vaticano II, con el argumento de que se trataba más de una curiosidad irrespetusosa por parte de los fieles que de una verdadera devoción. A pesar de la derogación del culto, en Calcalta, donde existía verdadera pasión por la reliquia, se estuvo celebrando una procesión con el prepucio hasta 1983, fecha en que la que fue robado el relicario en el que se encontraba y por ende el propio prepucio.

Fuente: Además de los textos citados, El fraude de la Sábana Santa, de Juan Eslava Galán.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La casa que vuela


¿Cómo nace una leyenda? ¿Tiene un autor concreto o surge espontáneamente del pueblo? Se cuenta que en la mañana del 10 de mayo de 1291, los habitantes de Raunitza, una pequeña localidad de Dalmacia, en la costa del Adriático, entre Tersato y Fiume, descubrieron maravillados que en  su población había aparecido una casa que no existía el día anterior.
Se trataba de una casa extraña, de estilo arquitectónico desconocido en la zona y de gran rareza, según les parecía a los vecinos de Raunitza, y que además y para colmo carecía de cimientos.
Los vecinos discutían sobre la aparición de aquella casa sin atreverse a acercarse y mucho menos a penetrar en ella. Se trataba, sin duda, de un prodigio de magia, tal vez de hechicería, incluso más de uno lo achacó a obra del demonio y estuvo dispuesto a buscar entre sus convecinos quién andaba en pactos con Lucifer.
En plena discusión andaban nuestros hombres y mujeres cuando hizo su aparición en la plaza del pueblo el obispo del lugar, quien llevaba bastantes días postrado en cama por una grave enfermedad. El obispo contó que unos ángeles lo habían visitado en su lecho de enfermo y, al tiempo que le curaban su dolencia, le habían informado que aquella casa era la que había ocupado la Virgen María junto a San José y al Niño Jesús en Nazaret y en la que había recibido la visitación del Ángel y la Anunciación de que sería madre del Mesias y que si entraban encontrarían en su interior una cruz sobre un altar y una imagen de la Virgen. Así lo hicieron los vecinos  y quedaron asombrados al descubrir en el interior de la casa exactamente lo mismo que había dicho el obispo. De este modo, los vecinos ya no dudaron de que la casa había sido trasladada hasta allí por los ángeles.
Sin embargo, el gobernador de Fiume, Nicolaus Frangipani, aún tenía sus dudas al respecto, motivo por el que envió una delegación a Nazaret para averiguar de primera mano qué había de verdad en este asunto. En Nazaret, los delegados descubrieron estupefactos que la que se tenía por la casa de María había desaparecido y que sus cimientos coincidían punto por punto con la casa aparecida en Raunitza. Lo mejor del caso es que de todos estos hechos existen en el archivo de Fiume documentos de prueba mediante el juramento de los vecinos que vieron la casa y de los miembros de la delegación que viajó a Nazaret.
Tan contentos estaban los vecinos de Raunitza de tener con ellos la casa de la Virgen María, cuya imagen se había destapado como altamente milagrosa, cuando hete aquí que el diez de diciembre de mil doscientos noventa y cuatro, ¡oh, prodigio! la casa desapareció de la ciudad para, tras volar milagrosamente sobre el mar, como atestiguaron unos pastores, ir a aterrizar al otro lado del Adriático, concretamente en las proximidades de Rencanati, en la provincia de Ancona, hacia la mitad de Italia.
Rencanati se convirtió de inmediato en un lugar de peregrinación, pero junto a los peregrinos aparecieron también numerosos malhechores que se dedicaban a robar a los fieles. De modo que la casa emprendió un nuevo vuelo, otra vez llevada por ángeles, primero unos dos kilómetros al norte y luego, todavía, otros ciento cincuenta metros, hasta aterrizar en mitad de una calle de la ciudad de Loreto. Y allí se quedó para siempre no se sabe si es que los malhechores dejaron de actuar, pues dos kilómetros y pico tan poco es distancia como para que emigraran a otra zona a realizar sus fechorías.
Actualmente, Loreto es una ciudad de unos doce mil habitantes situada frente al Adriático, a orillas del río Musone, celebre por sus murallas del siglo XVI y por guardar la casa de la Virgen, trasladada milagrosamente hasta aquí, se dice que para evitar su profanación por parte de los mamelucos, que estaban a punto de arrebatar Palestina a los cruzados. El papa Julio II encargó al famoso arquitecto Bramante un revestimiento de mármol para la casa. Luego, Pio V (1566-1572) y Sixto V (1585-1590) construyeron sobre la casa una monumental basílica. Los franceses robaron la imagen de la Virgen en 1797, pero Napoleón ordenó devolverla en 1801. Parece ser que la antigüedad de la imagen no iba más allá del siglo XIII. Se trataba de una Virgen negra que desapareció en un incendio en 1921, de modo que la actual data de esta fecha y fue tallada por Leopoldo Celani en madera de un cedro del Líbano de los que existían en los jardines del Vaticano. Como no podía ser de otro modo,la Virgen de Loreto es la patrona de los pilotos de aviación y, en general, de todos los aviadores.

P.D. Aunque no por ello menos rocambolesca, existe una tradición racional, que es la que ha dado origen a la leyenda. Se cree que, ante la inminencia de la conquista de Palestina por los mamelucos, un miembro de la familia Angeli, gobernador del Epiro, hizo desmontar la supuesta casa de María y la envió a Croacia en 1291. Dos años más tarde la hizo trasladar a Ancona y, por fin, el diez de diciembre de 1294 la llevó a Loreto. Se desconoce el motivo de estos tralados. Sólo que la leyenda de la intervención de los ángeles se debe al nombre del señor gobernador, toda vez que como se sabe "angeli", en italiano significa precisamente "angeles."

sábado, 24 de noviembre de 2012

Enrique de Le Mans

Juan Pablo II, ese papa que tras su muerte iba a ser nombrado santo súbito, hasta que se destaparon los embrollos financieros de su pontificado en los que estuvo directamente implicado, tuvo la ocurrencia de pedir perdón cerca del final de su pontificado, entre otras cosas, por la existencia pretérita de la Inquisición.
Tal petición de perdón, sin embargo, quedó suavizada con la invocación por parte del pontífice del llamado pensamiento de la época, bajo el cual, según quienes defienden esta idea, las instituciones actúan  no según el criterio de quienes las rigen, sino de acuerdo con las costumbres, normas, reglas de juego, etc. del momento. El papa señalaba la tortura como parte de este pensamiento apoyándose en el hecho de que no sólo la Inquisición la practicaba, sino también las instituciones civiles.
La idea del pensamiento de la época tan gentilmente utilizada por el pontífice para exonerar a la Inquisición de la mayor parte de sus responsabilidades constituye una de las grandes falacias del poder, en este caso del poder eclesiástico, para justificar tanto los excesos cometidos por ese mismo poder en otro momento de la historia, como, sutilmente, los que está cometiendo en el momento actual. Que se trata de una falacia lo prueba, en primer lugar, el hecho innegable de la existencia de la tortura, lo que implica un torturador y un torturado, es decir, alguien que ejerce el poder y alguien  que se rebela contra él. Del mismo modo lo prueba la propia petición de perdón por parte del pontífice, pues dicha petición pone de relieve que se ha producido un cambio sustancial respecto del pasado, siendo así que, como es bien sabido, el menos interesado en los cambios es precisamente el poder y menos aún el poder eclesiástico.
El papa, por supuesto, puede decir lo que quiera, como pueden decirlo los historiadores e investigadores conservadores, pero de sobra sabemos que a lo largo de la historia han existido siempre disidentes respecto del poder constituido, incluso en los momentos en que más autoritario y cruel ha sido el poder. Más aún, no resulta errado convenir en que, practicamente en todos los terrenos, el progreso humano se produce no por iniciativa del poder, sino, al contrario, gracias a la actuación y al sacrificio, incluida en ocasiones la inmolación, de dichos disidentes.
Todo esto constituye una monumental perogrullada. Se trata, sin embargo, de una perogrullada que conviene recordar de cuando en cuando y más aún en los tiempos que corren, toda vez que suele olvidársela con demasiada frecuencia, confiando cándidamente en que el poder resolverá en todo momento los problemas que nos aquejan.
En homenaje a la pléyade de disidentes que, en el terreno eclesiástico, único que, de momento al menos, le interesa a este blog y a su bloguero, lograron, entre otras cosas, que la Iglesia ya no aplique la tortura física contra los que muestran su desacuerdo con el poder oficial, inauguro hoy una nueva sección que llevará por  título Disidentes y heterodoxos. Comienzo con la figura de Enrique de Le Mans, un pensador y activista religioso que se opuso con firmeza a los manejos de la jerarquía eclesiástica en los albores de la Europa moderna, la de los Estados consolidados.
Le Mans es hoy una ciudad mediana del norte de Francia, capital del departamento de Sarthe, famosa por la celebración de las 24 horas de Le Mans, una de las pruebas automovilísticas más duras y conocidas del mundo. Enrique nació en esta ciudad en algún momento de finales del siglo XI. Casi todo lo que de él se conoce está escrito por enemigos que pretendían describir sus errores. Aun así, del fondo de estos escritos pueden extraerse suficientes datos como para trazar una suscinta biografía del personaje. Sus primeras denuncias fueron contra la acumulación de bienes terrenales por parte de la Iglesia, terreno pantanoso en el que quien se mete sale casi siempre malparado. El asesinato del papa Juan Pablo I por su propios correligionarios es una prueba moderna de esta afirmación. Atacó igualmente la vida regalada de los sacerdotes y su codicia, especialmente en la administración de los sacramentos del bautizo y de la eucaristía.
En este terreno, Enrique encontró en un primer momento el apoyo del obispo de Le Mans, un tal Hildeberto, quien, empeñado, al parecer, en la reforma del clero de su diócesis, le permitió incluso que llegara a predicar en la catedral. El asunto se le fue al señor obispo de las manos debido a que, gracias a los sermones de Enrique, se produjo una revuelta por parte del pueblo que logró hacerse con el control de la ciudad durante algunas semanas de 1116.
Aunque fue apartado de los sermones en la catedral, Enrique no se arredró, sino que fue a más, ahora en predicaciones callejeras. Reclamaba su derecho a interpretar la Biblia por encima e independientemente de la autoridad de la jerarquía eclesiástica, incluidos los llamados Padre de la Iglesia, con San Agustín a la cabeza. Sostenía que el matrimonio no era un sacramento, sino un asunto privado de la pareja. Defendía que los cristianos deberían ser bautizados no al poco de nacer, sino una vez alcanzada la edad adulta, cuando fueran capaces de entender y de asumir el compromiso que adquirían. Igualmente, afirmaba que la confesión no debería hacerse en privado, ante el sacerdote, sino en publico, ante toda la comunidad, como se hacía en los primeros tiempos de la Iglesia. Todas estas ideas respondían a una concepción de la Iglesia radicalmente distinta a la de la jerarquía. Para Enrique, en efecto, la Iglesia no era la Ciudad de Dios de San Agustín, una institución jerárquica, autoritaria y santa, sino una organización formada por grupos de hombres y de mujeres imperfectos que actuaban por si mismos en grupos reducidos.
Como no podía ser de otro modo, Enrique fue detenido en 1135 acusado de hereje y de refractario al poder eclesiástico y llevado para su interrogatorio al concilio de Pisa, que presidía el papa Inocencio II. Las crónicas aseguran que logró escapar con vida, pero su rastro se pierde a partir de este momento, si bien su influencia perduró durante bastante tiempo en buena parte de Francia y de Italia.

Fuente: La Inquisición. John Edwards. Edit. Crítica, 2005.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Once y trece


                        Con un robusto fraile carmelita
                        se confesaba un día una mocita
                        diciendo: -Yo me acuso, padre mío,
                        de que con lujurioso desvarío
                        he profanado el sexto mandamiento
                        estando con un fraile amancebada,
                        pero ya de mi culpa me arrepiento
                        y espero verme de ella perdonada.
                        -¡Válgame Dios!, el confesor responde,
                       encendido de cólera. ¿Hasta dónde
                       ha de llegar el vicio en las mujeres,
                       pues sacrílegos son ya sus placeres?
                       Si con algún seglar trato tuviera,
                       no tanta culpa fuera,
                       mas con un religioso... Diga, hermana:
                       ¿qué encuentra en él su condición liviana?
                       La moza respondióle compungida:
                       -Padre, hombre alguno no hallaré en vida
                       que tenga tal potencia:
                       sepa Su Reverencia
                       que mi fraile, después que me ha montado
                       trece veces al día, aún queda armado.
                       -¡Sopla!, dijo admirado el carmelita.
                       ¡Buen provecho, hermanita!
                       De tal poder es propio tal desorden;
                       de once... sí... ya los tiene nuestra orden
                       cuando alguno se esfuerza...
                       ¡pero de trece!... Jerónimo es por fuerza.

Este rijoso y desternillante poema no se debe a ningún pornógrafo de nuestro tiempo, sino nada menos que a Féix María Samaniego (1745-1801), sí, Samaniego, el escritor que ha pasado a la historia de la literatura como autor exclusivo de fábulas morales. La sociedad española del XVIII, la de la instauración de los Borbones, era una sociedad de doble moral y Samaniego es uno de sus personajes más significativos. La Inquisición campaba aún por sus respeto, pero la vida estaba cambiando a toda prisa, una vida que debía de correr subterránea todavía, para el paladar y el gusto de algunos elegidos que sabían saborear los buenos placeres. No es el único poema de este tipo que escribió Samaniego. Tiene un libro precioso, El Jardín de Venus, auténtica joya de la literatura erótica y jocosa. Son muy numerosos los poemas dedicados a frailes y a monjas. Yo lo traígo aquí hoy por este motivo, porque, entre otras cosas, pone de relieve, aun de un modo esperpéntico, las costumbres amorosas de los clérigos de su tiempo, principalmente carmelitas, franciscanos y jerónimos. Estos últimos, sobre todo, y es cosa sabida, eran los grandes folgadores de la época, siempre con el hisopo dispuesto para echar las bendiciones que fuera menester. Con la que está cayendo además no sobra, sino que viene bien aquello que nos pueda provocar una sonrisa.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Cuando la guerra de Cuba

En toda la historia de la humanidad no ha existido una organización más hábil que la Iglesia Católica para nadar entre dos aguas, para llamar blanco a lo que ayer llamaba negro, para eludir sus responsabilidades ante hechos concretos, en definitiva, para mantenerse a flote.
En más de dos mil años de historia la Iglesia rara vez ha hecho autocrítica de sus actuaciones y cuando la ha hecho, como hace algunos años por voz de Juan Pablo II, ha sido con la boca pequeña y tratando de justificar sus desalmados actos antes que pedir verdadero perdón por ellos.
Hay infinidad de ejemplos de este modo de actuar de la Iglesia. Uno de los más llamativos y, sin embargo, poco conocidos, se encuentra en su actitud ante la guerra de Cuba, la última, la que acabó en el desastre de 1898.
Sabido es cómo durante buena parte del siglo XIX, la Iglesia libró una dura pugna contra el liberalismo, uno de cuyos escenarios principales fue España. Por estar en contra, la Iglesia se opuso incluso a la Restauración por hacerse bajo una monarquía constitucional-liberal y no con un régimen absolutista.
No obstante, su posición dio un giro de ciento ochenta grados a partir de 1895, cuando los cubanos iniciaron las primeras hostilidades para conseguir la libertad de la isla. A partir de este momento, tanto la jerarquía como los clérigos de a pie se volcaron en el apoyo al gobierno y más aún al ejército, en un ejercicio este último que bien podría representar un ensayo de lo que harían treinta y tantos años más tarde, durante la Segunda República.
En 1896, en plena guerra, el cardenal de Valladolid, Antonio María Cascajares y Azara, defendía en una pastoral publicada en El Movimiento Católico la necesidad de apoyar la unidad de la nación por encima de pasadas rivalidades. Ofrezcamos a los Poderes públicos nuestra hacienda y nuestra sangre -afirmaba- para que ellos se sientan fuertes con el enérgico sostén de la nación entera.
El obispo de la Seo de Urgel y cardenal Casaña Pagés, que había alcanzado el cardenalato de León XIII por su defensa de la independencia de Andorra frente a las apatencias anexionistas de Francia, publicó un tratado teológico en el que planteaba el enfrentamiento con los norteamericanos como la lucha entre el bien y el mal, representando los españoles al bien, en tanto el mal lo representaba esa gente separada de Dios -escribía- y gobernada por sectas masónicas y protestantes. El señor cardenal aseguraba que la divina providencia estaba al lado de España. A las escuadras y buques españoles seguirán en espíritu los obispos católicos acompañados de su clero bendiciéndoles en nombre del Señor, y rogando por el triunfo de sus armas, en tanto los buques norteamericanos irán sólos y abandonados -proseguía- a merced de las tempestades; oyéndose tal vez alguna imprecación diabólica salida de aquellos centros masónicos. (La visión profética del señor cardenal era apoteósica, dicho entre paréntesis).
El obispo de Coria ordenó que en las parroquias de su diócesis se rezara por el pronto triunfo de las armas españolas sobre los insurrectos de Cuba.
Cómo sería de entusiasta el apoyo a la guerra de esta buena gente de paz, que seguían en todo momento el mandato evangélico de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, lo pone de relieve el hecho de que hasta en los pueblos más remotos se celebraron rogativas por el triunfo del ejército español, siendo uno de los ejemplos más grotescos el de Blanca, en la provincia de Zaragoza, donde el párroco organizó una procesión que recorrió las estrechas callejuelas del pueblo bajo una tempestad de nieve.
Sin embargo, todo este apoyo cambió de raíz en cuanto se produjo el desastre de 1898. ¿Hubo arrepentimiento, hubo confesión de errores, hubo golpes de pecho? En absoluto, lo que hubo fueron reproches y acusaciones contra la autoridades y, general, contra el pueblo español, porque la derrota se produjo únicamente como consecuencia de la inmoralidad y la falta de religión que han precipitado a España en ese abismo de calamidades, como publicaba el obispo de Santander, Sánchez de Castro.
El desastre, añadía, constituía uno de los amargos frutos del funesto árbol llamado libertad, olvidado por completo el jerarca católico de que colegas suyos habían dicho hacía nada que la providencia divina guiaba a los españoles hacia la victoria. El señor obispo de Santander proclamaba ahora, a toro pasado, que Dios se valía de la perfidia y poderío de Estados Unidos para castigar nuestras inquidades.
En el marco del regenaracionismo que se instaló entre numerosos escritores y pensadores a raíz del desastre, los clérigos sostenían ahora que para recuperar las glorias del pasado había que abjurar de los errores y renunciar a las libertades de perdición, propias del liberalismo. Sánchez de Castro, no el único pero sí  el más virulento de los voceros eclesiásticos, no tenía reparos en manifestar que España necesitaba un hombre no contaminado de liberalismo; un hombre... de corazón generoso y brazo fuerte, que venga como ministro del Señor a desarraigar y destruir, y arrasar y disipar; y edificar y plantar. Ese hombre acabaría apareciendo treinta y ocho años más tarde y con él alcanzaría la pacífica Iglesia española su cenit en los dos últimos siglos de historia.

Fuentes.- La Iglesia Católica en España (1875-2002). William J. Callahan
                Historia política de la España Contemporánea. Fernández Almagro
                Introducción a  una historia contemporánea del anticlericalismo. Caro Baroja.

Las negritas son mías.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Rezar

Causa grima escuchar las declaraciones de la inmensa mayoría de los obispos y jerarcas de la Iglesia española y más grima aún las de los dirigentes de dicha jerarquía, como, por ejemplo, el presidente de la Conferencia Episcopal.
Con la información normal que manejamos los ciudadanos, es imposible entender que quienes dicen creer en el hombre que aparece en la fotografía, coronado de espinas, las manos amarradas y chorreando sangre, puedan ser tan absolutamente desahogados, es decir, puedan carecer de la más mínima vergüenza.
Hace unos días la cadena COPE entrevistaba al dueño de la misma, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Rouco Varela, ese señor cuya cara de mala leche se debe no a que la tenga realmente, según me informa un buen amigo médico, sino, casi con toda seguridad, a un severo estreñimiento padecido de forma crónica.
En esa entrevista, realizada por el aplicado aspirante a santo Sáenz de Buruaga, se habló de muchas cosas. y, como es natural, también de la crisis. El señor Rouco fue contestando más a menos aviesamente, señalando, con respecto a la crisis en concreto, que la humanidad había vivido siempre con problemas, especialmente a partir de lo que llamó "época de la modernidad." Ya para concluir, el presentador, que parecía a punto de echarse a llorar, le pedió al Jefe de la Iglesia española unas palabras para todos los que están sufriendo la plaga de los desahucios. El señor Rouco no vaciló en su respuesta: Rezar, gruñó, lo que hay que hacer es rezar mucho por ellos, que el Señor (se refería al de la foto) les ayudará.
Ya he dicho que para un ciudadano corrientemente informado resulta difícil entender que estos señores puedan ser tan desahogados. Pero es que, en realidad, no pueden actuar de otro manera; no pueden, salvo que tiren piedras sobre su propio tejado, salir en defensa de los desahuciados y ponerse a criticar a los bancos y a los gobiernos que no cambian las leyes para que los ciudadanos normales y corrientes dejen de ser expoliados por quienes tienen el dinero, que es lo mismo que decir el poder. De hecho, sólo el obispo de San Sebastián, Munilla, un gran reaccionario, por otra parte, ha salido en tímida defensa de los desahuciados. Todos los demás, silencio.
Y es lógico, la Iglesia Católica es, con toda certeza, el mayor propietario de bienes inmuebles del mundo. En Roma, por ejemplo, el 30% de todos los inmuebles, incluyendo religiosos, civiles, públicos y privados es propiedad del Vaticano (La Padania, 21-6-98), una proporción que se extiende al resto de las capitales italianas (L'Europeo, 7-1-77). En España, la Iglesia guarda un hermetismo total sobre sus propiedades, tanto urbanas como rústicas, amparándose en que están repartidas por los distintos obispados y son estos los que deberían informar. El historiador Stanley G Payne ha puesto una cifra más bien restrictiva: 100.000 propiedades en todo el país. Repartidas por diócesis y a título de ejemplo se pueden apuntar las siguientes propiedades:
               Diócesis de León:           1215 templos
                                                       900 fincas
                                                       400 casas rectorales
               Diócesis de Bilbao:         500 templos
                                                       500 casas rectorales.
              Diócesis de Granada: el arzobispado se niega a informar acerca de sus propiedades, pero se sabe que el año 2011 recibió sólo en alquileres 327.000 €, por los que no pagó impuesto alguno.
              Diócesis de Toledo: Como el de Granada, el arzobispado se niega a hacer públicas sus propiedades, pero se sabe que el 70% del suelo urbano del casco historico le pertenece.
¿Cómo es posible pues que la Iglesia vaya a criticar los desahucios si es posible que más de un desahuciado lo sea de alguna de sus propiedades?
Y de ninguna de estas propiedades paga la Iglesia el IBI, como todo hijo de vecino. Entre otras cosas, alegan que se trata de bienes sociales o de bienes destinados al culto religioso, la mayoría de ellos de carácter artístico que están obligados a mantener. Hoy no me voy a extender mucho. Voy a poner solamente un ejemplo de lo que Rouco, Martínez Camino y todos estos caballeros entienden por bien destinado al culto que además es artístico y además tienen que mantener. Recientemente ha concluido la restauración de la catedral de Tarazona. La catedral es una joya del gótico-mudéjar y del renacimiento. Las obras han durando nada menos que treinta años y su coste total ha sido de 30 millones de euros. ¿Quién los ha pagado? Ahora mismo se lo digo a ustedes:
Iglesia Católica................................................ 480.000 €
Gobierno de España...................................... 6.900.000 €
Gobierno de Aragón..................................... 9.600.000 €                        
Gobierno de España y Caja Inmaculada.......2.300.000 € (Partida conjunta)
Fundación Tarazona Monumental................   400.000 €
Es decir, que en la restauración de su catedral la Iglesia ha aportado sólo el 2,4%. El grueso de la obra, es decir, 17.650.000 €, o lo que es lo mismo, el 88,25% lo hemos aportado todos los españoles con nuestros impuestos, católicos, protestantes, mahometanos, ateos y hasta mediopensionistas.
Bueno. Bien. Pero, al menos, ya podemos los españoles disfrutar de una estupenda obra de arte y cuando vayamos a Tarazona la visitaremos gratuitamente. ¡Ja! La entrada a la reluciente catedral cuesta cuatro euros (4 €) y su importe va a parar a las arcas del obispado sin que tampoco abonen por él ni un miserable céntimo de impuestos.
Pues en proporciones similares a esta se hacen todas las restauraciones de templos católicos en España. Por ejemplo, en la Mezquita de Córdoba, el importe de cuyas entradas va igualmente a parar a la buchaca eclesiástica.
Estos son los señores que dicen hablar en nombre del hombre de la fotografía, los que, dicen, nos traen la buena nueva que dicho fotografiado les transmitió. Cuenta el evangelio que el hombre de la fotografía expulsó una vez a unos mercaderes del templo de Jerusalén porque estaban comerciando con sus mercancias. ¿Qué haría ahora si viera que estos no comercian con mercancias, sino con el propio templo? Probablemente rezar, ¿qué otra cosa iba a hacer el hombre?

Fuentes: Sobre la catedral de Tarazona, diario El País. Sobre el resto diario El Mundo y otros periódicos y revistas.

lunes, 29 de octubre de 2012

Cuatro meses

Decíamos ayer... ¡Cuatro meses! Me fui de vacaciones y nada más terminarlas me vi metido en un trabajo al que no podía renunciar y que me ha tenido completamente ocupado hasta hace exactamente dos días y medio.
Cuatro meses. Y cuando de nuevo abro la ventana y me asomo a la calle, ¿qué me encuentro? Casi nada ha cambiado y, sin embargo, casi todo es ahora mucho peor que entonces.
Para empezar... ¿qué más da por donde empecemos, si es que ya no hay por donde coger a este país? Pero para empezar por algún sitio, ahí está el gran babieca de Cataluña machacándonos los tímpanos con la independencia, sin mencionar en ni un solo momento la palabreja, únicamente para ocultar el expolio económico al que tiene sometido a su país: recortes brutales en la educación pública (la otra, la concertada, ni tocarla), recortes de auténtico canalla en la sanidad (el euro por receta es sólo un ejemplo), recortes en los sueldos de los funcionarios, impagos a las farmacias, a los centros de atención infantil etc.; para ocultar, sobre todo, los robos (vamos a llamarlos presuntos hasta que un juez condene, cosa que, casi con seguridad, nunca ocurrirá), los robos, digo, en el Palau, por parte de la gente de su partido, el fraude de la ITV, con el ínclito Oriol Pujol al frente (¡ay los Pujol, los Pujol y las Bancas Catalanas), los sobornos del 3% en las obras adjudicadas por la Generalitat, vox populi en Cataluña, pero a los que nadie se atreve a meter mano, al menos de momento.
Para callar todo esto el gran babieca, digo, se mete en un erial que puede acabar en un abismo. Y el gobierno de España, con su presidente a la cabeza, entra al trapo y se lanza a la pelea ni más ni menos porque él está haciendo en el resto del país exactamente lo mismo que el catalán en Cataluña. Y porque también tiene mucho, pero mucho que callar. Lo mismo y por motivos igual de espurios que siguen la ruta los demás partidos y la inmensa mayoría de los medios de comunicación, por no decir la totalidad. Y aquí estamos ya todos locos y nadie que tenga ocasión de subirse a un púlpito habla de otra cosa.
Cuatro meses. Sólo dieciséis semanas. Y el paro se acerca ya a los seis millones de seres sin trabajo, porque la reforma laboral está dando al fin sus mejores frutos, exactamente los mismos que preveía el gobierno. Lo del payaso Wert sería de risa si no fuera porque no cesa de lanzar cañonazos sobre la línea de flotación de la enseñanza pública. Algo más de quinientos desahucios diarios, gracias a una banca insaciable a la que ni los jueces pueden detener, al menos en este repugnante y sobrecogedor asunto, porque está amparada por una ley de ¡1909!, una ley, por la que se rigen los desahucios, que ni al PP ni al P(SO)E, ese partido que se quedó con el país hasta que el país ha decidido quedarse sin él, se les ha ocurrido cambiar en treinta y cuatro años de democracia, habiendo tenido los dos mayorías de sobra para cambiarla sin oposición. Y cuyo cambio tampoco ha pedido ninguno de los demás partidos. ¿Pero cómo van los partidos políticos a intentar siquiera tocar a los bancos si están hasta el gaznate de préstamos bancarios que jamás devolverán? Lo mismo que los dos que pueden hacerlo no tocan tampoco a los grandes oligopolios (electricididad, gasolina, telefonía), porque en ellos tienen reservado un puesto convenientemente remunerado sus miembros más prominentes, cuando cesen en su tarea política. La policía repartiendo palos como en los viejos tiempos del dictador golpista. El gallardo Gallardón preparando una ley del aborto que para sí la hubiera querido la Iglesia en la Edad Media, mientras sigue adelante la reclamación del PP ante el tribunal constitucional por el matrimonio de los homosexuales. La sanidad por los suelos. La dependencia cuarteada. Las pensiones en el filo de la navaja. El robo que crece y crece sin que nadie sea capaz de ponerle freno.
¿Y la Iglesia, la primera y más formidable de mis amantes? ¿La Iglesia? ¡Bien! ¡De puta madre!, que diría el castizo. Ahora no hay nada por lo que manifestarse, de modo que ella a callar, a guardar silencio y a mirar para otro lado. Bueno, los obispos catalanes, benditos pastores, se han unido también al coro del babieca independentista y lo han hecho con tal desparpajo que se diría que ellos también tienen bastante que ocultar. Eso sí, la Conferencia Episcopal les ha llamado al orden inmediatamente: mientras la Iglesia siga sin pagar ni IBI ni IVA, mientras no se les recorte ni un euro de la asignación anual que satisfacemos todos los españoles (al menos todos los que pagamos impuestos), creyentes o no, católicos o no, mientras el gobierno siga apoyando la enseñanza concertada (más del 90% de los colegios concertados son católicos), mientras sigan su curso las inmatriculaciones de bienes que hasta ayer eran públicos, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba, aquí no se habla ni de independencia ni de nada. Como mucho se habla de caridad. Y entonces traen a la palestra a Cáritas, como si Cáritas fuera una institución verdaderamente eclesiástica, siendo así que de la Iglesia no recibe más que el tres por ciento (3%) de su presupuesto, el resto, es decir, prácticamente la totalidad, proviene del Estado y de donaciones particulares.
Hace un par de días, un obispo, Munilla, el de San Sebastián, ha levantado al fin la voz para clamar contra los desahucios. Lo ha hecho desde dos puntos de vista, uno moral, al considerarlos una completa inmoralidad, y el otro económico, al estimar que los bancos realizan un mal negocio quedándose con pisos vacíos que no tienen salida y que, por tanto, no les produce beneficio alguno. Una pregunta esta que somos muchos los que nos la hacemos, al no entender qué ganan exactamente los bancos o qué interés los mueve prefiriendo embargar un piso antes que renegociar el préstamo con el ocupante o yendo a un alquiler asequible para aquél. Pero, en todo caso, la de Munilla ha sido la voz del que clama en el desierto, porque la Iglesia como tal, es decir, la Conferencia Episcopal sigue tozudamente encerrada en un mutismo que resulta desconcertante incluso para sus fieles, muchos de los cuales, sin duda, deben estar sufriendo también la catástrofe de un desahucio

miércoles, 27 de junio de 2012

De aquí y de allá

El tabernero viendo que perdía  él también bebía.  De modo que, tal y como están las cosas y presumiendo la que se nos viene encima, cierro el kiosco y me esfumo, me escapo al mar a beberme sin prisas los pocos euros que me van dejando la panda de banqueros, políticos y demás mangantes que nos rodean y a hacer acopio, no sé, quizás de más mala leche de la que ya tengo, a armarme de todo menos de paciencia, que es, entre otras cosas, de lo que vamos estando más que sobrados en este país. Mientras tanto y como despedida temporal dejó aquí algunas citas que he ido encontrando  en lecturas variadas y que me llamaron especialmente la atención.

1.- No estoy de acuerdo con eso de la que la ciencia y la religión van por caminos distintos, lo considero una pose: la cabeza es una y todo, Dios y la ciencia, pasan por la cabeza.
                                         Eduardo Battaner. Astrofísico. Profesor de la Universidad de Granada

2.- Nuestras antepasados estaban muy ansiosos por compreder el mundo, pero no daban con el método adecuado... Ahora hemos descubierto una manera eficaz de comprender el universo: un método llamado ciencia.
                                                             Carl Sagan

3.- Es mejor un putero que hace buenas leyes que un notable catolicísimo que promulga normas contrarias a la Iglesia
                                                      Vittorio Messary, teólogo afin al Opus Dei, en relación con los escándalos sexuales de Berlusconi.

4.-El promontorio llamado Gólgota por su forma de cráneo o calavera tenía a lo sumo seis o siete metros de altura. Ha sido la piedad histórica la que lo convirtió en una colina o montículo destacándose del paisaje. La misma piedad que ha hecho de Simón el Cireneo un héroe voluntario, cuando está claro que realizó su labor a requerimiento de un centurión.
                                                       Gironera. El Escándalo de Tierra Santa

5.- Debería prohibirse a los notarios que vinieran a Tierra Santa.
                                                        Padre Romualdo, del monasterio de Tantur, citado por Gironella en la obra mencionada.

6.- A pesar de todo, tu Jesús, para verse obligado a andar sobre las aguas, ¡debería tener muy pobres argumentos!
                                                      Marcel Conche a su discípulo, el filósofo André Comte-Sponville

7.- El periodista a Einstein: Profesor, ¿Cree usted en Dios? Respuesta de Einstein: Primero dígame lo que entiende por Dios; a continuación le diré si creo en él.
8.- En qué diferís vosotros los místicos, que sostenéis la absoluta incompresibilidad de la divinidad, de los escéptivos y los ateos, que afirman que la primera causa de todas las cosas es desconocida e ininteligible.
                                             Hume. Diálogos sobre la religión

9.- Cuando uno cree estar en posesión de la verdad tiene que saber que lo cree y no creer que lo sabe.
                                                   Jules Lequier (1814-1862)

10.- Los que pueden hacerte creer absurdidades también pueden hacerte cometer atrocidades.
                                                                  Voltaire

martes, 19 de junio de 2012

La coartada de Dios

Sin Dios, todo está permitido. Los creyentes, los que dicen creer y aun los que fingen creer se escudan en esta frase lapidaria para justificar no sólo la realidad de la existencia de Dios, sino, más aún, su necesidad. Si Dios no existiera -dicen, como si ya hubieran probado su existencia-, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Y se lanzan a pronosticar todo tipo de catástrofes que sucederían sin remedio si, efectivamente, no se tiene en cuenta a Dios y nos atrevemos a poner siquiera en duda su existencia.
Sin Dios, todo está permitido. ¡Cuánto infantilismo esconde tan rotunda expresión! Quien en ella cree de buena fe, sin duda, no ha superado aún la edad de la inocencia. Y quien, aun sin creer en Él, defienden a Dios como pilar y garantía del orden social, piensan que quienes no abandonaron aún aquella edad que dicen dorada son los que no sólo no creen en tal afirmación, sino que la niegan.
Para los unos y para los otros, Dios, en primer lugar, vendría a ocupar la figura del padre protector que con su sola presencia proporciona a sus hijos la seguridad que anhelan: el timonel del navío que los hijos, faltos aún de experiencia y llenos de temor, no están en condiciones de gobernar, el brazo fuerte que ahuyenta la tormenta, el puerto seguro en el que guarecerse. Pero tanto para los unos como para los otros, Dios es también el fiscal que vigila sus actos y el juez que por ellos otorga el premio o el castigo. Sin Dios, todo está permitido, afirman, porque aún no lograron desprenderse de la dependencia paterna y vivir por sí mismos. Y también porque, en una especie de cobardía intelectual, les resulta imposible creer que sea posible vivir y vivir honradamente sin esperar recompensa o recusación alguna al final de la vida.
En tiempos de crisis como los que vivimos el niño indefenso del que tantos aún no se despojaron emerge con fuerza redoblada, usurpando el espacio que debiera corresponderle a la razón. Para recordarnoslo, ahí están los obispos, con el de Roma a la cabeza, proclamando que la mentada crisis no tiene su origen en la quiebra de un banco cuyos dirigentes actuaban movidos pura y simplemente por la codicia, sino en el olvido de Dios por parte de nuestras sociedades, en haber apartado a Dios de nuestra vida.
Sin Dios, todo está permitido. Si esta expresión respondiera a la verdad... Pero la verdad es más bien lo contrario. Con su terquedad, ahí está la historia para demostrarlo. Con la coartada de Dios, a su sombra o bajo su invocación se han cometido y se siguen cometiendo, tanto social como individualmente, las mayores tropelías. Guerras, persecución y muerte de disidentes, esclavitud, justificada y aun bendecida por los que se dicen representantes de Dios, genocidios, robos, violaciones, asesinatos, incluidos los de más de un papa, llevados a cabo por sus propios colegas, es decir, por los que afirman tener a Dios más que nadie como guías de su vida, castración de infantes para que su voz continuara sonando más allá de la pubertad como se imagina que deben sonar la de los serafines y, más modernamente, blanqueo de dinero procedente de los negocios más turbios, y pederastia, con el agravante de su ocultamiento y protección del culpable. Todo un catálogo de infamias que han tenido y siguen teniendo como excusa la nunca probada existencia de Dios. Es decir que no es que sin Dios todo esté permitido, sino que, como los hechos prueban, con Dios cualquier crimen, por horrendo que sea, encuentra la senda para ser perpetrado, más aún, cuaquier crimen se convierte muchas veces en un mandato, en una obligación.
La coartada de Dios se torna particularmente perversa en el catolicismo. En efecto, en ninguna religión Dios impidió jamás al criminal llevar a cabo sus propósitos. Pero en el catolicismo no sólo Dios no se lo impide, sino que basta su confesión ante un sacerdote para que el crimen resulte perdonado y el criminal pueda continuar impunemente su vida. Esta forma de proceder, extraordinariamente obscena y antisocial, incita en el fondo a la perversión; la conciencia se encallece, puesto que nuestra responsabilidad ante nosotros mismos y ante los demás se subsume y se diluye en la autoridad de Dios, que nos perdona siempre. La sociedad puede decir lo que quiera que el delincuente -el pecador para los católicos- sólo tiene que rendir cuentas ante Dios. ¿Cuántas veces hemos de perdonar?, se cuenta en el evangelio que le preguntaron a Cristo sus discípulos. Setenta veces siete, se cuenta que respondió Éste. Es decir, siempre. Delinque pues cuanto quieras, hijo mío,  -peca, vendrían a decir los católicos- que aquí está el sacerdote para perdonarte una y otra vez. El ser humano es débil, afirman, por eso necesita la magnanimidad y la misericordia de Dios. Y al sostener esta barbaridad lo que en realidad hacen es alentar el delito.
A lo largo del tiempo, Dios ha sido una de las primeras coartadas de las que se ha valido y se vale el poder para perpetuar su dominio, para llevar a cabo las más sucias aberraciones. Esta es la razón por la que los distintos poderes, no sólo el religioso, lo invocan una y otra vez. Esta es la razón por la que muchas de las leyes destinadas únicamente a coartar la libertad de la gente llevan de una manera o de otra a Dios en el frontispicio del texto. No es verdad que sin Dios se produzca catástrofe alguna. Sin Dios lo único que ocurre es que el poder en general pierde uno de su pilares y el poder religioso en particular, el más hartero de los poderes, su único fundamento. 

domingo, 3 de junio de 2012

El milagro de Bolsena

Hay tres jueves en el año que relucen como el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Así nos lo enseñaron de niños.
Para los cristianos son los tres días más grandes del año. De los tres, el más solemne es el Corpus Christi. La materialización real del cuerpo del Salvador en la hostia consagrada, el misterioso y gran regalo, eso dicen los teólogos, que Cristo le hizo a los cristianos para fortalecerlos en su paso por este mundo.
Hoy su celebración ha decaído bastante, pero tiempo hubo en que hasta cuadrillas de gitanos, hombres y mujeres vestidos con las mejores galas de su etnia animaban la procesión danzando y tocando sonajas, panderos y guitarras. En Jaén, por ejemplo, y en más de una ocasión, el cabildo llegó a avalar a gitanos que se encontraban en la cárcel para que pudieran danzar en la procesión. En 1780, el pío Carlos III prohibió estas celebraciones, que le sonaban a juerga mucho más que a devoción.
A pesar de la importancia del regalo, la Iglesia no estableció su celebración hasta bien avanzado el siglo XIII. Hasta entonces, la eucaristía como tal no recibía culto alguno. ¿Por qué? ¿Se limitaban los cristianos a consumir el pan consagrado sin advertir la trascendencia de su acto? ¿Creían que no se trataba más que de un símbolo, la forma de conmemorar la última cena del Salvador? Hay opiniones para todos los gustos. Pero no resulta de más señalar que esto es lo que creen los anglicanos y protestantes en sus diversas sectas, siendo, en Occidente, la Iglesia católica la única que tiene como dogma la presencia real del cuerpo de Cristo en la eucaristía.
En cualquier caso, ¿cómo llegó la Iglesia a admitir oficialmente este hecho y a proclamar la fiesta? Como en otros dogmas católicos fueron necesarios milagros. ¡Y qué milagros! En 1169, en Alsen (Dinamarca), mientras decía misa, un monje vio ensangrentarse la hostia después de la consagración. Confundido, corrió a decírselo a su abad, quien predijo un próximo derramamiento de sangre cristiana. La profecía se cumplió, porque poco después los vikingos invadieron la región llenándola de desolación y de muerte, pero el milagroso acontecimiento de la hostia consagrada cayó en el olvido.
Hacia la mitad del siglo siguiente, Juliana de Monte Cornillón (1193-1258), monja agustina y priora de su convento, ferviente enamorada de la pasión de Cristo y del Santísimo Sacramento, en uno de los trances que a menudo sufría, vio a la Iglesia como una luna llena con una mancha negra. Aquella mancha, según la monja, se debía  a la falta de un culto apropiado a la hostia consagrada. Así se lo comunicó a su obispo y, entre otros, a Jacques Pantaleón, futuro papa Urbano IV y entonces archidiácono en Lieja. El obispo, impresionado, proclamó por su cuenta la festividad en su diócesis, pero el asunto no pasó de aquí.
El milagro definitivo habría de producirse en 1263 en la ciudad de Bolsena, a orillas del lago de su nombre, en la Italia meridional. Un día de verano de este año, mientras el ya papa Urbano IV veraneaba en la cercana Civitavechia, llegó a la ciudad Pedro de Praga, un fantasmal sacerdote que peregrinaba a Roma con la esperanza de recuperar la fe en la transustanciación, que había perdido hacía tiempo. Pedro se hospedó en la iglesia de Santa Cristina y, al día siguiente, pidió decir misa en el altar de la santa, que se tenía por milagroso. Llegado el momento de la consagración, el sacerdote alzó la hostia por encima de su cabeza y nada más pronunciar la sagrada fórmula, hoc est enim corpus meum, la hostia comenzó a sangrar, manchando el corporal o paño inmaculado que cubre el cáliz. Aterrorizado, envolvió la hostia en el corporal, dejó ambos en el altar, corrió a comunicarle lo ocurrido al papa y desapareció y de él no volvió saberse nunca más.
Al comprobar el prodigio, el papa recordó a la monja de Lieja y aconsejado por Tomás de Aquino, su teólogo de cabecera, que creía firmemente en ella, reconoció solemnemente la presencia real del cuerpo de Cristo en la hostia y, al año siguiente, mediante la bula Transiturus proclamó la festividad para toda la Iglesia. Aquel prodigio es conocido como el milagro de Bolsena.
Pero hay un pequeño pero. En 1819, en Legnaro, provincia de Padua, Antonio Pittarello descubrió en la cocina de su casa sangre en un recipiente de polenta cocinada hacía un par de días. La misma inexplicable sangre se descubrió en otras casa de la localidad, en preparados de polenta o de arroz, incluso el guiso de una gallina presentó manchas de sangre. La alarma cundió, hasta el punto de que los vecinos culparon de tales hechos a espíritus malévolos.
¿Pero, por qué buscar causas extrañas cuando un fenómeno, sea el que sea, puede tener una explicación natural? Así pensaba el médico de Padua Vincenzo Sette, quien, tras un concienzudo estudio, llegó a la conclusión de que el considerado malévolo prodigio no era más que el efecto de un hongo, al que bautizó como Serratia marcescens. El doctor se equivocaba, no se trataba de un hongo, pero sí de una bacteria, como pusieron de relieve investigaciones posteriores. Una bacteria que, sin embargo, conservó el nombre puesto por el doctor Sette y que tiene la propiedad de multiplicarse rapidísamente formando enormes colonias de aspecto sanguinolento en determinados medios, tales como alimentos o las heces de humanos, cuando estos resultan contaminados. Una bacteria que se conoce muy bien y se teme en los hospitales actuales, pues constituye uno de los riesgos de infección de los enfermos que pasan por la UCI.
El milagroso corporal de Bolsena se conserva en la catedral de Viterbo. No lo permiten, pero si lo hicieran seguro que en su análisis los científicos descubrirían que lo que parece sangre no es más que una colonia de Serratia marcescens.

sábado, 26 de mayo de 2012

Mi primera comunión (y II)

¿De caballero de Santiago, de almirante, de capitán de fragata, de marinero raso? ¡De nada!
Mi madre era una mujer extraña. De niña había sufrido una dolorosa experiencia, que algún día contaré, y tenía, sobre todo, miedo. Miedo a la autoridad, tanto civil como religiosa, miedo a la miseria, miedo a la gente, al que dirán, miedo a la vida. Era analfabeta. A la edad en que sus cinco hermanos iban a la escuela ella tuvo un destino bien distinto. Aprendió a leer y a escribir mucho tiempo después, cuando yo la enseñé. Esta es la razón por la que tenía tanto empeño en que sus hijos estudiásemos. En pos de este objetivo, no había barreras para ella, arrinconaba sus miedos en el lugar más lejano de su cerebro y era capaz de mover cielo y tierra con tal de conseguirnos un libro, una beca, una plaza en el colegio que ella estimaba el mejor. Nunca podré olvidar cómo controlaba las tareas que los maestros nos ponían a mi hermana y a mí. Era analfeba, sí, pero jamás logramos engañarla, tenía un don especial para saber cuándo pretendíamos hacerlo, algo que bien podrían aprender tanta madre instruida de hoy a las que sus hijos engañan... iba a decir como a chinos, pero me parece que actualmente esta expresión está completamente fuera de lugar.
Por el tiempo en que yo iba a hacer mi primera comunión, mi madre no era una mujer religiosa. Nunca hablé con ella de este asunto, pero no creo equivocarme si digo que la religión era para ella una obligación impuesta por el contexto social que convenía cumplir para no quedar señalada como refractaria a las rígidas normas de la época. Pero toda su práctica se limitaba a asistir puntualmente en compañía de mi padre a la misa dominical de ocho de la mañana en la parroquia. Por aquel entonces, nunca la vi confesar ni comulgar. Su piedad se fue desarrollando a partir del momento en que yo entré en el seminario y, luego, cuando mi hermana ingresó en el convento, y más aún después de la muerte de mi hermana, hasta el punto de convertirse en una mujer de comunión diaria. No creo que hubiera encontrado la fe. Pienso, más bien, que este era su modo de mantener vivo el recuerdo de su hija, de sentirse unida a ella más allá de su muerte.
En mi casa no había dinero para comprarme un traje de primera comunión, ni siquiera de marinero raso. Mi madre era modista, una buena modista, de soltera había tenido un taller con una docena de mujeres trabajando para ella, le había cosido a gente importante de la ciudad, de modo que no hubiera tenido dificultad en hacerme el traje que yo hubiera querido. Pero a mi madre no le gustaban aquellos ritos exhibicionistas, como no le gustaban las procesiones, ni las de Semana Santa ni ninguna, ni, en general, ninguna de las solemnidades y boatos de la Iglesia. Debió hablarlo con don Julián, el párroco de San Pedro, la parroquia a la que pertenecíamos, no sé. El caso es que me hizo un traje, sí, pero un traje de calle, un pantalón corto, como entonces se llevaba, de una tela de color entre ocre y siena, y una chaquetita sin solapas del mismo color. Y una mañana de un domingo de mayo de un año que no quiero recordar me sacó muy temprano de la cama, me ayudó a asearme y a vestirme y me llevó con ella y con mi padre, a la misa de ocho.
Mi madre solía ocupar uno de los primeros bancos del templo. Mi padre, menos religioso aún que mi madre, se situaba de pie, practicamente detrás de uno de los pilares que sostenían los arcos formeros del edificio. Mi madre me colocó a su lado y por primera vez asistí a aquella temprana misa que entonces no decía el párroco, sino don Juan, el coadjutor. Cuando llegó el momento de la comunión, mi madre puso su mano en mi hombro y me dio un leve empujoncito. No había ningún otro niño en la iglesia, de modo que me encaminé hacia el altar siguiendo una cola formada exclusivamente por personas mayores.
Yo me recuerdo serio, concentrado, expectante. Llegué a los pies del altar, donde el sacerdote repartía la comunión, y me arrodillé mirando fijamente sus manos. Corpus domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam, dijo don Juan a toda velocidad. Amén, contesté yo, como me habían enseñado en la catequesis, abriendo la boca y sacando la lengua. El sacerdote depositó en ésta la hostia consagrada y yo volví a mi sitio con la cabeza gacha, me arrodillé y puse la cabeza entre las manos con los codos apoyados en el respaldar del banco delantero.
¿Qué hacía? ¿Qué sentía en aquel momento? Yo había pensado... no sé. ¡Recibir a Dios! ¡Nada menos que tener a Dios en tu boca y luego, una vez disuelta la hostia, tragártelo! En mi ingenuidad, yo había pensado que debía de sentir, no sé, una emoción muy honda, algo como una explosión en el pecho, una exhaltación como si arrancara a volar, o algo por el estilo. Pero no sentía nada, nada. Me concentraba y me concentraba en el trocito del insípido pan que, una vez reblandecido, me había tragado y nada, ni un estremecimiento, ni la más mínima sensación de euforia o de laxitud. ¡Nada!
La misma nada que, a pesar de mis esfuerzos, seguí sitiendo cada vez que en los casi diez años siguientes volví a acercarme a un altar y a comulgar. No sé si me equivoco, pero creo que a la inmensa mayoría de los niños, por no decir a todos, hagan la comunión en grupo o solos como la hice yo, les viene a ocurrir más o menos lo mismo.

viernes, 18 de mayo de 2012

Los libros plúmbeos

En Granada, en la Abadía del Sacromonte, existen unas cuevas a las que se llega descendiendo una escalera situada bajo un altar ubicado en una capilla anexa a la iglesia. En estas cuevas, que forman un pequeño laberinto, se localiza la capilla de Santiago en la que, según afirman los granadinos, dijo el apóstol Santiago su primera misa en España. En otra de las capillitas en que han sido transformadas las cuevas se afirma también que fue quemado San Cecilio, patrón de la ciudad, en tiempos del emperador romano Nerón.
La historia se remonta a los últimos años del siglo XVI. En aquellos tiempos los moriscos, muy numerosos en la ciudad, atravesaban una situación difícil, vejados de continuo por los cristianos. Cualquiera de estos bautizados a la fuerza podía, por ejemplo, ser denunciado a la Inquisición por lavarse, por cocinar con aceite de oliva o por sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, costumbres propias del islamismo que, a juicio de los cristianos, ponían en evidencia que el denunciado continuaba practicando su religión. Hasta el cus-cus estaba prohibido por los estamentos religiosos. Bastantes eruditos sostienen que esta prohibición dio lugar a la aparición de diversos platos, entre ellos la paella.
En 1587, tras el derribo del alminar de la antigua mezquita, sobre la que se construía la catedral, se descubrió una caja de plomo con varias reliquias y un pergamino, en el que, entre otras cosas, se afirmaba que San Cecilio había entregado aquellas reliquias a su discípulo San Patricio para que las pusiese a salvo de su profanación por parte de los musulmanes. Este descubrimiento causó una enorme sensación en la ciudad. Pero la cosa no acabó aquí.
Todavía hoy, muchos granadinos siguen creyendo en tesoros ocultos, bien por los cristianos antes de la llegada de los musulmanes o por estos antes de su partida. En el siglo XVI, esta creencia era general y eran legión los que se dedicaban a buscarlos en dos lugares principales: la Alhambra y el monte de Valparaíso, nombre que entonces tenía el lugar en el que más tarde se levantaría la Abadía del Sacromonte. En 1595, se encontraban excavando en este monte el granadino Francisco García y el jienense Sebastián López, cuando, el 21 de febrero dieron con una plancha de plomo escrita en caracteres arábigos en la que se narraba el martirio de un santo desconocido, San Mesitón, durante el mandato de Nerón.
Toda la Granada cristiana se llenó de júbilo con la noticia. La morisca, de incertidumbre. El arzobispo Pedro de Castro ordenó continuar las excavaciones de un modo sistemático. Los descubrimientos se sucedieron sin tregua. Se encontraron cenizas, restos de huesos y hasta veintiún libros formados por planchas de plomo, de ahí el nombre de libros plúmbeos, en los que se narraban, en latín y en caracteres árabes, la quema, durante el reinado del mismo Nerón, de diversos mártires, entre ellos Hiscio, Turilo, Panuncio, Maronio, Centulio y Cecilio, del que se afirmaba que era de raza árabe y que había sido el primer arzobispo de Granada. Los libros incluían también el que sería llamado V Evangelio, revelado por la Virgen María para su divulgación en España. Este evangelio venía a constituir una síntesis entre las creencias islámicas y cristianas y en él se da cuenta por primera vez en un texto de la virginidad de María antes, durante y después del parto de su hijo Jesús.
Como puede imaginarse, el entusiasmo entre los cristianos fue inenarrable. A las pocas semanas de los hallazgos alguien plantó una cruz en lo más alto del monte. El ejemplo cundió y en unos pocos meses, ya se contabilizaban hasta 1.200 cruces, muchas de ellas grandiosas, cuajadas incluso de piedras preciosas, de las que al día de hoy no queda más que una, por supuesto, sin exorno alguno. La afición se tornó tan desmesurada que el propio arzobispo se vio obligado a prohibir la plantación de nuevas cruces. Al mismo tiempo, se iniciaron los famosos Vía Crucis, que reunían a cofradías, autoridades, gremios y toda clase de personas que llegaban hasta de las localidades próximas a la capital.
Los libros atrajeron la atención incluso de Felipe II, monarca reinante en aquel momento. Muchos eruditos los examinaron, entre ellos el célebre Arias Montano, secretario de Felipe II, quien dictaminó su falsedad, al encontrar en ellos numerosas incongruencias filológicas e históricas, opinión que compartían la mayoría de los estudiosos que los analizaron. No obstante, el 30 de abril de 1600, el arzobipo granadino decretó la autenticidad tanto de los libros como de las reliquias. Tras numerosas peripecias y viajes de acá para allá, los libros acabaron en el Vaticano. Una vez aquí y tras nuevos estudios, el papa, Clemente VIII, en un dictamen tan asombroso como incongruente, sancionó la falsedad del contenido de los libros, pero dio validez a la autenticidad de las reliquias, siendo así que el único testimonio de su autenticidad eran los libros.
Al día de hoy, la práctica totalidad de los eruditos están de acuerdo en que los libros responden a una falsificación y que tal falsificación fue llevada a cabo por el morisco Miguel de Luna, hombre muy culto, que ya tenía experiencia en este tipo de actuaciones, pues había colaborado con el arzobispo de Toledo en la superchería de la Cruz de Caravaca. La intención de Miguel de Luna no era otra que la de probar que tanto el islamismo como el cristianismo tenían idéntica raíz, que en realidad se trataba de una única religión a la que los avatares de la historia habían separado en dos ramas, todo ello con el propósito de alcanzar el reconocimiento pleno de los moriscos y su seguridad.
Los libros permanecieron en el Vaticano hasta el año 2000, año en que fueron devueltos solemnemente a la abadía del Sacromonte, donde permanecen en la actualidad guardados bajo siete llaves. Muchos estudiosos han pretendido verlos desde entonces, con el objeto de estudiar a fondo su contenido con las técnicas actuales, pero la Iglesia se ha negado en redondo a mostrarlos, lo que ha dado pie a la sospecha de que estos libros son, más que una copia de los originales, una nueva falsificación llevada a cabo por el Vaticano, en donde seguirían guardados los libros auténticos. En el año 2010, el arzobispado de Granada anunció la digitalización de los libros, asegurando con rotundidad que la Iglesia no tiene miedo a la verdad histórica. Pero como quiera que tal digitalización está siendo realizada por especialistas nombrados por la Iglesia, sin intervención de técnicos independientes, las sospechas de esta nueva falsificación no se han desvanecido, sino todo lo contrario. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Mi primera comunión (I)

Mayo. El mes de las primeras comuniones. A los siete años ya habíamos alcanzado la edad de la razón, ya sabíamos distinguir el bien del mal, ya podíamos saber quién nos engañaba y quién nos decía la verdad.
La verdad nos la había ido desgranando don Julián Caballero Peñas en la catequesis preparatoria para tan magno acontecimiento, con su portentoso vozarrón de tenor anticuado. Ya estábamos capacitados para saber quiénes éramos, de dónde veníamos, adónde íbamos. Las manidas preguntas que ni el mayor de los filósofos se había atrevido a responder, porque así planteadas son preguntas estúpidas que no tienen respuesta.
Don Julián nos lo fue revelando, mientras su colosal figura bamboleante se alzaba imponente ante nuestros ojos inquietos, desconcertados. Éramos hijos de Dios. Veníamos de su gracia, de su bondad, de su magnanimidad. Nuestro destino era volver a Él, regresar al seno glorioso del que habíamos salido. Pero, como en los cuentos que algunos leíamos con temerosa fruición, el regreso no iba a ser tan sencillo como la partida. Dos caminos se abrían ante nosotros: uno empinado, escabroso, repleto de formidables obstáculos. El otro ancho, encerado, para por él deslizarse mejor, cómodo, lleno de luces de colores, de músicas enardecidas, sensual y lascivo. Libres éramos de escoger uno u otro, pero habíamos de saber que el primero llevaba a la salvación, mientras a donde el otro conducía era al abismo y a la perdición. La perdición, naturalmente, era el infierno. Y aquí la voz del sacerdote adquiría modulaciones sinuosas para describir con todo lujos de detalles los horribles tormentos a los que los condenados eran sometidos. Las llamas, las terribles llamas, sobre todo, que habrían de abrasarnos por toda la eternidad.
¡Ay la eternidad! Imaginad -canturreaba el párroco de San Pedro elevando sus manos y meciéndose cadenciósamente de un lado a otro-, imaginad una hormiga que diese una tras otra vueltas a la tierra siempre por el mismo camino. Pues cuando de tanto pasar lograra partir la esfera terráquea en dos mitades aún no habría transcurrido ni un segundo de la eternidad. Imaginad que sigue haciendo lo mismo con todos los millones de astros que llenan el firmamento. Pues cuando los hubiese partido todos, aún estaríamos en ese primer segundo de la eternidad.
Siete años. Ya habíamos alcanzado la edad de la razón. Pero no entendíamos nada. El sacerdote lo sabía. Tenía que saberlo ya que una vez tras otra insistía en el peligro de la duda. Debíamos creerlo, exigía, porque la duda era el primer señuelo del que el maligno se valía para apartar al hombre del camino correcto. La duda era una abominación. Las calderas del infierno estaban llenas de hombres y de mujeres que no habían sabido rechazar la duda y se habían dejado atrapar por ella. De Dios no se podía dudar, porque Dios existía y nosotros muy pronto íbamos a recibirlo en nuestros corazones.
El último día de la catequesis nos lo contó. Prestad toda vuestra atención -dijo. Se quitó las gafas de culo de vaso, sacó un pañuelo inmaculado del bolsillo de la sotana y se dedicó a limpiar los cristales durante un buen rato, mientras sus ojillos miopes nos lazaban penetrantes miradas que nos llenaban de reverente temor. Escuchad -dijo, una vez que se hubo calado de nuevo las gafas-: Había una vez, en esta misma parroquia, dos hombres ya maduros que eran amigos desde la infancia. Para identificarlos, llamémosles Juan y Antonio, aunque estos no eran sus nombres verdaderos. Un día, Juan le dijo a Antonio que no estaba seguro de que Dios existiera, que dudaba de su existencia desde hacia muchos años. Antonio, espantado, trató de disuadirlo de sus dudas. Pero Juan insistía: no había pruebas, faltaban evidencias. Durante meses, durante años, Juan y Antonio discutían sobre la existencia o no de Dios cada vez que se veían. Antonio argumentaba lo que yo os he dicho a vosotros muchas veces, que a Dios no se le puede ir con exigencias, que Dios nos pide creer en él y que esto debe bastarnos para alejar todas las dudas. Pero Juan se mantenía impertérrito. No había evidencia, no había pruebas, aducía el infeliz.
Un día -don Julián bajó repentinamente el tono. En la penumbra del templo, su voz, ahora afantasmada, nos llenaba de espanto. Un día Juan enfermó de gravedad, hasta el punto de que los médicos lo deshauciaron. Tuvo tiempo de recibir los últimos sacramentos, pero en la confesión que hizo con el párroco de entonces calló el pecado de su duda. Antonio fue a visitarlo poco antes de que muriera y todavía en aquel último momento le insistió para que rechazara sus dudas y creyera. Negando con la cabeza, Juan se incorporó levemente en el lecho y exclamó: "Si hay Dios, volveré a decírtelo." Poco después expiró y al día siguiente fue enterrado.
Día tras día, fue pasando el tiempo, un mes, otro mes. Al fin, pasó un año desde la muerte de su amigo. Después de cenar, Antonio entró en su dormitorio, rezó sus oraciones y se metió en la cama. Nada más apagar la luz, notó un movimiento extraño en la habitación, algo como un viento sofocante y maloliente. Antonio intentó incorporarse y encender la luz, pero no tuvo tiempo. Una voz surgió del fondo de las tinieblas. "Antoooniooo. Soy yo, tu amigo Juan". Antonio percibió entonces una forma ligeramente cárdena a un lado de su cama. "Soy yo, tu amigo Juan. Dios existe y yo, por haber dudado, estoy en el infierno, condenado a abrasarme por toda la eternidad". Don Julián calló. Un silencio espantoso gravitaba sobre nuestra cabezas. La catequesis había terminado. Al día siguiente, hicimos nuestra primera confesión, con él, en su confesionario. Siete años. Ya sabíamos distinguir el bien del mal. ¡Como para callar algún pecado! Digo alguna travesura.

domingo, 29 de abril de 2012

Cuando fuimos monos


Lo cuenta el romano Apuleyo (123/5-180) en una narración satírica, Dea Syria. Estratonice, reina de Siria, tiene un sueño en el que la diosa Ishtar, la Gran Diosa, le ordena fundar un  nuevo templo en su honor en Bambice-Hierópolis.
La reina decide acatar la orden de la diosa y se pone en camino en compañía de un bello mancebo al que el rey, marido de Estratonice, le ha asignado como delegado. Además de apuesto, el mancebo, de nombre Combabo, es inteligente y comprende el peligro que para él encierra aquel viaje. La reina es joven también, y bella, y, por lo que sabe, apasionada, de modo que es más que posible el riesgo de que ella intente seducirlo. Y tal seducción, sin duda, le costaría a él la vida. Ante esta perspectiva, antes de partir, Combabo toma una decisión extrema: se castra, embalsama sus testículos y los guarda en una caja que entrega sellada al rey.
No resultaron vanas las sospechas del delegado real: al poco de la partida, la reina intentó atraerlo a su lecho y cuando el joven la rechazó vino a repetirse la historia de José y de Putifar, la mujer del faraón egipcio, con un agravante: que tras la denuncia por parte de Estratonice de que había sido violada por su acompañante, Combabo fue juzgado y condenado a muerte. En ese momento, Combabo, le pide al rey que abra la caja que le entregó antes de partir y el monarca, al descubrir que el joven es impotente, no tiene más remedio que declarar su inocencia.
En el proceso de la evolución, la religión tiene una base biológica y nació del miedo. No del miedo a los poderes sobrenaturales, sino, mucho antes de llegar siquiera a imaginar a estos, del miedo bastante más real y cercano a los depredadores. Cuando fuimos monos, teníamos sólo tres preocupaciones básicas: procurarnos alimento, procrear para transmitir nuestros genes y, para ello, sobrevivir en un medio radicalmente hostil y lleno de peligros, peligros que venían, sobre todo, de seres con preocupaciones idénticas a las nuestras, pero más poderosos que nosotros, parte de cuya dieta componíamos. En semejante medio, aquellos monos que fuimos no éramos aún depredadores, éramos víctimas. Y teníamos el miedo constante de toda víctima a caer en las garras del depredador.
Con su castración, bastantes miles de años después de aquella época, Combabo ilustraba un principio biológico que los científicos conocen como el de la parte por el todo, principio que se encuentra ligado al afán o instinto de supervivencia y que consiste en que el individuo no duda en despojarse de una parte de sí mismo y entregársela a su depredador -en el caso de Combabo, el rey- con tal de permanecer con vida.
No son pocos los animales que se comportan de un modo semejante al del acompañante de la reina Estratonice. Muchas aves pueden llegar a pelarse de terror cuando son atacadas, de manera que dejan al depredador con la boca llena de plumas y ellas consiguen escapar. Hay arañas que se despojan de parte de sus patas, las cuales continúan moviéndose para distraer la atención de un depredador. Los lagartos pierden la cola, etc.
En los animales gregarios, como los monos que fuimos, el todo ya no es sólo el individuo, sino el grupo y, la parte, entonces, uno o varios de sus miembros. Así, en los numerosos documentales que nos ofrece la TV. podemos ver cómo los ñus o los antílopes, por ejemplo, dejan de huir despavoridos cuando el león se hace con su presa y vuelven a pastar como si no hubiera ocurrido nada. Muere uno de sus miembros, sí, pero esta pérdida de una parte permite la supervivencia del grupo.
Cuando la muerte ya no fue sólo un acto puntual, sino que se posesionó de nuestra conciencia haciéndonos saber en todo momento que aquel era el fin que nos aguardaba, habían pasado bastantes miles de años y ya no éramos el mono que habíamos sido. Para entonces, ya habríamos inventado el lenguaje, aunque no fuera más que en la ruda forma de un puñado de vocablos imperativos. Tampoco éramos ya propiamente víctimas. Nos habíamos convertido en depredadores, de manera que ya no perecíamos en las fauces de ningún animal. Pero seguíamos muriendo y, entonces, ¿quién provocaba nuestra muerte? Debían de existir depredadores invisibles, depredadores terribles, dioses o demonios, a los que, impulsados por el viejo terror que tan hondamente habíamos aprendido, tendríamos que aplacar con el mismo principio de la parte por el todo.
Aunque enclavado en una obra imaginaria, el acto de Combabo tenía su correspondencia en la realidad, El propio Luciano cuenta como los futuros galloi, sacerdotes de la diosa Ishtar, se sometían, en un magno festival, a indéntica castración, tras la cual arrojaban sus testículos al interior de la casa de la que recibían sus ropajes. Desde mucho antes y durante mucho tiempo después de esta historia, los sacrificios humanos, tanto de adultos como de niños, han sido práctica generalizada en las más diversas sociedades humanas con el propósito de aplacar la ira de los dioses.
Si al terror se une el afán de supervivencia, siempre tan poderoso en nosotros como en los tiempos en que fuimos monos, la bola no dejará de crecer. Y creciendo y creciendo fue hasta llegar a donde ahora nos encontramos. Lo pinten como lo pinten, el celibato de los clérigos contituye en la actualidad el mismo sacrificio, si bien incruento, que el de Combabo para salvar su vida, en este caso la vida eterna, y responde al mismo principio de la parte por el todo que los seres humanos han venido ofreciendo, primero a los depredadores físicos, visibles, y, más tarde, a los invisibles, desde que fuimos monos.
De todo esto y de mucho más habla Walter Burkert (Neuendettelsau, 1931), filólogo y profesor de historia de la religión en la Universidad de Zurich, en su libro La creación de lo sagrado. Se trata de un texto profundo, muy bien escrito, de fácil y amena lectura, en el que, huyendo de un determinismo radical, el profesor de Zurich aporta numerosas pruebas de carácter histórico, sociológico y literario que hacen más que sugerente su tesis. Un libro, en suma, muy recomendable para los interesados en el tema de la religión y en la revelación de los camelos que los dirigentes religiosos de hoy siguen empeñados en contarnos.

P.D. La Creación de lo sagrado. La huella de la biología en la religiones antiguas. Walter Burkert. Editorial Acantilado. Barcelona 2009. (Se encuentra en la Biblioteca Provincial de Córdoba.)