
Veinticinco de diciembre. Navidad. Un niño ha nacido en una cueva que, a veces, ha servido de establo. Su madre era virgen antes de concebir a su hijo, siguió siendo virgen tras la concepción y no dejó de ser virgen después del parto. Pastores que guardaban sus rebaños en las proximidades de la cueva, corrieron a adorar al niño, alertados por un ángel. Unos magos de oriente, reyes según algunos, acudieron a adorarle también, precedidos por una estrella que los guiaba. Este niño crecerá atendido amorosamente por su madre. Será un joven fuerte, valoroso y puro. Cuando adquiera la condición de adulto, saldrá a los caminos y predicará una moral novedosa, fundamentalmente austera que atraerá a los débiles y enfurecerá a los poderosos. Hará milagros, muchos, sanará enfermos de variadas dolencias, resucitará muertos. Por todo ello, será perseguido, sufrirá martirio, lo matarán y será enterrado. Sin embargo, tres días más tarde, resucitará. Después de su resurrección, ascenderá a los cielos, en donde se sentará a la diestra del Padre, en compañía del Espíritu, formando la que era, es y será la Trinidad. Sus discípulos y seguidores practicarán un rito que será llamado eucaristía, durante el cual comerán su cuerpo y beberán su sangre bajo las formas del pan y del vino, un rito salvífico que, realizado con fe y limpieza de corazón, les abrirá, tras la muerte, las puertas del cielo.
La mayor parte de los que hayan leído hasta aquí pensarán que, aunque muy resumida, esta es la historia del Niño Jesús, cuyo nacimiento celebran los cristianos hoy. Pero no, esta historia no tiene nada que ver con Jesús, quien sería llamado Cristo, hijo de Dios y Dios al mismo tiempo y cuya figura dio origen al cristianismo. Esta es tal cual la historia de Mitra, un Dios también, de origen persa, anterior a Zaratustra y, por ello, bastantes siglos anterior a Cristo, algo así como diez, e igualmente hijo de Dios y Dios al mismo tiempo, un Dios solar, ampliamente adorado en el imperio romano y cuyo culto pervivió hasta el siglo IV de nuestra Era, hasta que fue aplastado por el cristianismo.
No es el únido Dios que nace, sufre persecución y martirio, muere y resucita. A título de ejemplo, pueden citarse al egipcio Osiris, a los hindúes Shiva y Krishna, al sirio Tammuz, al etrusco Atune, a los griegos Adonis y Dionisos, al romano Baco y a una larga serie que se extiende por la práctica totalidad de los pueblos indo-mediterráneos. Aunque el cristianismo no guarda con las historias concretas de estos dioses las asombrosas semejanzas que guarda con la de Mitra, es evidente, que sus fundamentos básicos vienen a ser los mismos: nacimiento, persecución, martirio, muerte y resurrección.
Deduzca el lector las consecuencias que se derivan de estas semejanzas. Aquí sólo diré que, debido a estas semejanzas, los cristianos fueron acusados repetidamente de simples y aun estúpidos copiones por notables escritores y pensadores del mundo romano, quienes no veían en la pretendida nueva religión sino una copia de las muy abundantes religiones existentes por aquel entonces, pasada, eso sí, por el tamiz judío. ¿Que cómo se defendían los cristianos? He aquí como, lo hacía uno de los más reputados teólogos cristianos de la época, San Justino (100-165), el cual, en su Apología y refiriéndose, concretamente, a la eucaristia afirma:
Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, en la que a nadie le es lícito participar, salvo al que cree (...) porque se nos ha enseñado que es la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado (...). Por cierto, que también esto, por remedo, enseñaron los perversos demonios que se hiciera en los misterios de Mitra, pues vosotros sabéis o podéis saber que ellos toman también pan y una copa de vino en los sacrificios de aquellos que están iniciados y pronuncian ciertas palabras sobre ellos.
Como se ve, una justificación de incontestable peso, pues pone de relieve la extraordinaria astucia del demonio, capaz de hacer aparecer la eucaristia cristiana en un culto pagano cientos de años antes no ya de que existiera el cristianismo, sino de que siquiera pudiese ser imaginado.
P.D. Las negritas son mías.
