
Los multiples y diversos cristianismos que han existido y existen al día de hoy en el mundo han aportado a la humanidad algunos principios de indudable valor. El amor al prójimo, incluidos los enemigos, el perdón, la compasión, son algunos de ellos, los principales. Se trata de valores novedosos en su día que, aunque apenas se hayan puesto en práctica, han contribuido a acrecentar y perfeccionar el acervo moral de los seres humanos. El cristianismo católico ha añadido específicamente un valor más: el afán de supervivencia, el único que, hasta la fecha, ha cristalizado y se ejerce a pleno rendimiento.
Cuando se echa la vista atrás en la historia con mirada imparcial, se descubre pronto que, más allá de sus prédicas, de sus declaraciones, el objetivo fundamental de la Iglesia Católica no ha sido otro que el de sobrevivir. Y ello desde antes de Constantino. Hasta hoy mismo. En aras de este objetivo la jerarquía eclesiástica, que, como vengo sosteniendo en estas entradas, constituye la Iglesia real, no ha dudado en mentir, en traicionar, en aliarse con tiranos y asesinos de todo pelaje, en robar, en matar.
San Agustín señaló que la belleza de la rosa no sería posible sin la existencia del estiércol, un principio, casi un dogma que de manera mucho más que metafórica llevan grabado en la mente todos los que en la Iglesia ejercen algún tipo de poder. Y la mayoría de los que no lo ejercen también. No sólo no importa, sino que es necesario estercolar la vida con toda clase de deyecciones, si el fin consiste en obtener una buena cosecha, naturalmente eterna. Expresado groseramente, esto es lo que el santo obispo de Hipona vino a decir, concretando en una sola frase el pensamiento ya por entonces tradicional en la Iglesia, un pensamiento, no hay que decirlo, por completo contrario a la buena nueva que se trataba de difundir.
Podrían aducirse infinidad de ejemplos como prueba de este afán de supervivencia. Citaré sólo uno de los tiempos modernos: el pacto -concordato le llaman, eufemísticamente- establecido en 1929 entre Pío XI y Mussolini, ejemplar por la situación del mundo y, más aún, de la propia Iglesia, en un grave aprieto económico y, más aún político.
Desde que en 1870 la Iglesia perdiera los llamados Estados Pontificios, los papas, despojados al fin del poder terrenal directo, vivían junto con la curia en el Palacio Vaticano, casi como refugiados políticos. Esta situación perduró nada menos que cincuenta y nueve años, hasta que Pío XI no encontró reparo alguno en firmar un tratado con un hombre que ya llevaba seis años gobernando de manera omnímoda en Italia. La actual opulencia de la Iglesia Católica tiene su raíz en la generosidad de Mussolini, quien, por su parte, buscaba la complicidad plena de los católicos para llevar a cabo sus planes. La Iglesia consiguió que el Vaticano fuera reconocido como estado soberano, un estado ridículo en tamaño, apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, pero, al fin y al cabo, estado, con inmunidad diplomática incluida. Consiguió la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas del país. Consiguió que el único matrimonio válido en Italia fuera el canónico. Consiguió la exención impositiva de sus bienes inmuebles, así como la de los derechos aduaneros para sus ciudadanos, clérigos en su práctica totalidad, naturalmente, por los bienes que importaran del extranjero. Consiguió, por fin, que Mussolini le hiciera donación de 750 millones de liras en metálico, así como otros mil en bonos consolidados del Estado, una cantidad que hoy podría cifrarse en unos cinco mil millones de euros.
Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Para no ser su reino de este mundo, hay que fijarse en lo que la Iglesia pleitea para encenagarse en él.