miércoles, 19 de octubre de 2011

El Santo Rosario (III y último)





El veinticinco de julio, día de la onomástica del cura y víspera de la mi madre, nos íbamos toda la familia al campo, al santuario de Linares, veinte o veinticinco personas entre chicos y grandes. Mi tío el platero (el rico), contrataba un camión y allá que íbamos, el cura en la cabina, junto al conductor, y los demás en la caja, con las vituallas.


Aquel veinticinco de julio, el de mil novecientos cincuenta y ocho, resultó un día memorable en los anales de la familia. A las nueve de la mañana ya estábamos en el santuario asistiendo a la misa que decía mi tío. Luego, tras un abundante desayuno a base de sardinas asadas y tortas de Liberato Iglesias, los más jóvenes subimos al cerro de San Fernando. ¡Ah!, la pina pendiente nos quitó el resuello, pero qué hermoso era el vasto panorama que se contemplaba desde la cumbre, y qué bellas estaban mis primas, sudorosas, arreboladas.


En la bajada, una de ellas tropezó y bajó rodando hasta que unos matojos la detuvieron. No se rompió ningún hueso, pero la pobre mía acabó con los brazos, las piernas y la cara llenos de arañazos y de moraduras. Abajo, no nos hicieron ni caso. Los mayores le habían dado bien al garrafón del vino y contaban chistes verdes, mientras el cura, ligeramente apartado, leía su breviario a la sombra de un olivo. Lo de los chistes lo supimos porque nada más vernos disimularon las risas y siguieron hablando con medias palabras, como si fuéramos tontos y no conociéramos su métodos.


Entonces decidimos ir a bañarnos a una charca que había algo más abajo siguiendo el curso del arroyo. Ahora se apuntaron dos de mis tíos y tres de mis tías. La charca, verdadera piscina natural, era un sitio fantástico, escondido entre adelfas en flor y otros arbustos de ribera. ¡Con qué ganas cojimos el agua! Tanta que uno de mis primos se tiró desde una roca y casi se deja la cabeza en el fondo.


Cerca de las cuatro serían cuando decidimos regresar. Ya estaría a punto el arroz y nosotros teníamos un hambre... Pero no estaba, el arroz, no estaba. Mi tío el barbero se había pasado con lo de la garrafa, se había estrellado en la orilla del arroyo y se había abierto una brecha en la frente. Nada grave, decían, y así debía de ser, porque, aunque tenía un lado de la cara hinchado y la camisa desgarrada y manchada de sangre, roncaba estruendosamente tirado en una manta.


El cocinero, además, se había enfollinado porque su mujer, la hermana de mi madre, había venido con nosotros a la charca. El tipo, extremadamente celoso, decía que su mujer andaba enseñando las piernas y que no guisaba. ¡Jopá, la que se lio! Mi tía sollozaba jurando que no se había bañado, lo que era cierto. "¡Pero qué piernas ni qué niño muerto!", murmuraba mi madre, conteniéndose para no decirle cuatro cosas a su cuñado. Los demás se burlaban del cocinero, unos harteramente, haciendo como si trataran de calmarlo, y otros azuzándolo para que siguiera la fiesta. Sentado en una silla plegable, bajo la sombra de su olivo, el cura sonreía.


La tarde avanzaba y el cocinero no cedía en su enojo, tampoco dejaba cocinar a nadie y el humor de la gente, hambrienta, mohína, se fue agriando rápidamente. Las bromas dieron paso a las maldiciones y más de uno mostró su disposición a partirle la cara al cocinero. Las siete lo menos serían cuando el buen hombre se decidió por fin a cocinar. Pero habíamos quedado con el camión a las ocho y media, de manera que no resulta difícil imaginar cómo salió el arroz y cómo lo comimos.


No hay por qué relatar la vuelta a casa. Más que de un día de campo parecía que regresábamos de un funeral. ¡Y si ya hubiera terminado todo! Pero qué va: todavía nos quedaba rezar el rosario. El señor cura nos lo recordó nada más cruzar la cancela. Y lo rezamos, ya lo creo, en el mismo rincón del patio de todos los días, como corderillos agrupados por el perro del pastor. Aunque más que rezar, aquella noche mascullábamos, de modo que las avemarías sonaban como disparos de escopeta. Pero nadie chistó y nadie dejó de responder hasta la última jaculatoria.


Fotografía: Córdoba. Casa en la que se perpetraban los rosarios veraniegos, mi casa

viernes, 14 de octubre de 2011

Fábrica de fanáticos


Cualquiera puede ser un fanático. Lo sabe bien quien se asoma a un campo de fútbol o a una de las tertulias, no sólo futboleras, que se multiplican actualmente en la TDT.

El animal pensante es el único de la naturaleza que mata a sus semejantes y se ofrece a morir no para defender un territorio o la pitanza, sino en virtud de una idea, de un sentimiento, de una creencia. La historia está llena de ejemplos.

Pero donde el fanatismo muestra su rostro más sombrío es en la religión. Dueño de la Verdad absoluta, eterna, el creyente de cualquiera de las religiones que existen en el mundo no admite dudas. "¿Dudas?", me replicó casi en un bramido el coadjutor de San Pedro el día en que se me ocurrió plantearle las que a mí me surgían. "Lo que tienes que hacer es rezar, ya verás cómo se te disipan todas las dudas." Como si el rezo fuera algo así como un talismán o una mordaza con los que se pudiera silenciar el grito de la razón. La duda, que es uno de los motores de nuestra inteligencia, constituye para el creyente una tentación del Maligno que es necesario aplastar y olvidar.

Tampoco admite el razonamiento. Hasta el más fanático de los hinchas de un equipo de fútbol puede, si se le muestra el oportuno video, cambiar de opinión y aceptar que aquel gol no debió de subir al marcardor, porque existió, en efecto, una falta previa al tiro de su ídolo favorito. Pero el creyente no modificará su criterio jamás. Tiene un comodín a su favor: la Verdad a la que se remite y a la que se acoge no pertenece a este mundo y, por tanto, aunque indemostrable, no puede ser ni siquiera rozada con los argumentos de nuestra razón terrena. Credo quia absurdum, afirmaba Tertuliano en el colmo de la irracionalidad. Creo porque es absurdo. Más aún, creo aunque sea absurdo, aunque me expongas de mil maneras distintas lo absurdo de mi creencia.

Hace pocas semanas, unos científicos han comprobado, al parecer, que unos neutrinos pueden viajar a mayor velocidad que la luz. Si esto es así, la teoría de la relatividad que estableciera Einstein y que se tiene por correcta se tambalea y puede que no sea cierta. Los científicos discuten, aportan pruebas, experimentos, alcanzan conclusiones que, a pesar de su fuerza aparente, no tienen porque ser definitivas. Por otra parte, si la teoría de la relatividad cae, no pasa nada, otra más potente aún vendrá a sustituirla. La Verdad del creyente, en cambio, no admite réplica, ni discusión. Es eterna. Se dio una vez y se dio para siempre. En ella no cabe ni la más remota posibilidad de enmienda. Es la Verdad y la Verdad, con mayúscula, sobra advertirlo, está por encima y más allá de la razón, en una dimensión inefable que la razón no puede alcanzar. En esta indemostrabilidad hunde sus raíces el fanatismo religioso.

El problema surge cuando se observa que cada religión, cada secta, adopta una verdad distinta, que es la Verdad para sus creyentes. Esta es una de las más arduas contradicciones en las que el creyente incurre. Si lo que tú estimas como la Verdad, para el de enfrente no es siquiera una verdad corriente, y viceversa, resulta que esa Verdad supina, inexpresable e inasible no es una, como su propia definición exigiría, sino múltiple, y todo el tinglado se viene abajo. Pero, aunque la contradicción es manifiesta, el creyente prefiere continuar en su ignorancia, esto es, en su fe. Más aún, en defensa de su verdad, que, como bien se ve, ya no es la Verdad, estará dispuesto a liquidar a todo el que no comparte su creencia, al que se atreve a poner en duda su verdad, al que cree en otra verdad distinta de la suya. Muchas veces lo hizo a lo largo de la historia y muchos son los que perecieron entre las llamas de sus hogueras o al filo de sus espadas y de sus hachas. Muchos son los que siguen cayendo hoy, ahora bajo la explosiones de las bombas.

El sueño de la razón produce monstruos, dejó pintado Goya. ¿Y en qué lecho, aparte del de la religión, sufre la razón un sueño más profundo? Fábrica de fanáticos, la religión no constituye nexo de unión con nada, sino motivo de división y de división profunda entre los grupos humanos. Aún así, hay intelectuales que siguen defendiéndola y no por motivos propiamente espúreos, sino en función de la necesidad de consuelo que sufre el ser humano o por el temor a que su desaparición provoque en el mundo todo tipo de descarríos y de desmanes. Georges Bernanos, escritor francés y católico, afirmaba que allí donde desaparece un sacerdote hacen su aparición cincuenta videntes. Es posible. Pero los videntes no tratan de imponer a nadie sus convicciones morales ni convertir los pecados en delitos y, que se sepa, nunca han quemado a nadie en una hoguera. Más bien eran ellos los que perecían en las que, con sus propias manos y entre gritos de triunfo, encendían los creyentes.

Fotografía: Córdoba. Plaza de la Corredera, en la que más de un hereje fue quemado vivo por la Inquisición.

domingo, 9 de octubre de 2011

Treinta y dos



En España, durante los ya antiguos años de mi infancia y de mi juventud, la Iglesia católica nos ofrecía una versión monólitica del cristianismo, mediante la narración de una historia líneal de la cual ella era la única y exclusiva protagonista. En esta maravillosa historia nunca se produjeron desgajamientos ni ramas que se separaran del tronco principal, sólo, de tarde en tarde, aparecía algún disidente que, junto con sus seguidores, era enviado de inmediato al reino de las tinieblas. Esta versión, que yo recibí casi como un dogma, es rigurosamente falsa.

No voy a andar con elucubraciones. Me voy a limitar a transcribir casi literalmente los datos que aporta José María Gironella en su libro El Escándalo de Tierra Santa. Aunque crítico, Gironella fue un ferviente católico y obtuvo sus datos durante una estancia de varios meses en Palestina-Israel, por lo que que difícilmente puede ser tachado de exagerado o de tendencioso.

En 1973, vivían en Israel casi tres millones de judíos, un millón de musulmanes y algo menos de 100.000 cristianos, una exigua minoría. A pesar de su escaso número, los cristianos no constituían ni mucho menos una unidad regida por la Iglesia de Roma, sino que se repartían nada menos que entre treinta y dos confesiones. Así, había veinticuatro mil católicos romanos, muchos de ellos árabes conversos, cuyo jefe era el Patriarca Latino de Jerusalén. Otros veinticuatro mil eran católicos griegos que, aunque obedientes en parte a Roma, seguían el rito bizantino y estaban comandados por un Patriarca de la Iglesia Católica Griega. Cuarenta mil eran griegos ortodoxos, con matriz en la separación de las iglesias oriental y romana en el siglo XI. Había también cristianos ortodoxos dependientes del Patriarcado Ruso de Moscú, así como cristianos armenios, coptos, sirios y etiopes, sumando en conjunto unos cuatro mil miembros. Los ocho mil restantes cristianos hasta los cien mil se repartían entre veintidos grupos protestantes, con predominio de la confesiones anglicana, presbiteriana, luterana y baptista.

La convivencia entre todos estos grupos distaba mucho de ser pacífica. Como el propio Gironella precisa más adelante, eran continúas las constantes disputas entre los distintos grupos no por cuestiones teológicas, sino por las mucho más cercanas y pedestres de la posesión de un trocito de tal o cual templo o terreno, disputas con disparos y puñaladas entre unos y otros, incluidos los católicos, que tenían que ser reprimidas por las autoridades civiles del Estado israelí, es decir, por las autoridades judías.

Hasta aquí, Gironella. En la actualidad, la situación no ha cambiado más que en el ligero aumento del número de los miembros de las distintas confesiones, todas ellas, recordémoslo, cristianas y reclamándonse cada una como la auténtica iglesia de Jesucristo. Sólo el templo del Santo Sepulcro se lo reparten hoy entre seis grupos: católicos, armenios, griegos ortodoxos, sirios, coptos y etiopes. Las dispustas no han cesado, todo lo contrario. El diez de noviembre de 2008, por ejemplo, la prensa mundial publicaba una magna pelea a puñetazos en el interior del templo entre ortodoxos griegos y armenios, pelea que concluyó con la intervención de la policía israelí.

Fuente: El escándalo de Tierra Santa. José María Gironella. Edit. Plaza y Janés, 1977.

Fotografía: Claustro del antiguo convento de San Francisco, Córdoba.

domingo, 2 de octubre de 2011

¡Sustancia!



1.- ¿Se vive como se come o se come como se vive? Expertos en nutrición aducen pruebas con las que pretenden demostrar que somos lo que comemos. Sin embargo y frente al despliegue de los nutricionistas, basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que, en realidad, comemos según lo que somos. El goloso, por ejemplo, buscará la dulcería con ahinco; el glotón no saciará nunca su hambre; el rico comerá por completo distinto del pobre y el plato del pobre, a su vez, no se asemejará en nada a la fría escudilla del mendigo.

2.- En los años cuarenta del siglo pasado, mientras el hambre desgarraba los estómagos y los fusiles continuaban acribillando a la gente contra las tapias de los cementerios, como si aún no hubiera acabado la guerra, un hombre caminaba con un hatillo al hombro por la calles de Málaga. De tanto en tanto, se detenía, se llevaba la mano a la boca, a manera de bocina, y gritaba: ¡Sustancia! Era y no era un vendedor, pues lo suyo no era propiamente vender, sino alquilar. Alquilaba por minutos un hueso de jamón o un trozo de tocino para que las amas de casa alegraran el puchero. Tuve conocimiento de esta anécdota muchos años más tarde.

3.- El de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fundadora, Rafaela Porras y Ayllón, fue elevada a los altares por Pablo VI en 1977, era el convento más rico de Córdoba. No sé si lo sigue siendo. Tenían un colegio femenino de pago -tal vez ahora ahora sea un centro concertado- en el que cursaban sus estudios las hijas de las familias más acomodadas de la ciudad y de la provincia, muchas de ellas como internas. Inclinadas, cómo no, a la caridad, esa virtud tan católica, las monjas mantenían una sección independiente, con entrada distinta, como hacían los salesianos, para niñas sin recursos. Mi hermana formaba parte de este grupo. Mi madre, analfabeta, estaba obsesionada con nuestra formación y no paró hasta que no vio a su niña en el que creía el mejor colegio de Córdoba, lo mismo y por la misma razón que, dos años antes, había conseguido que yo ingresara en los Salesianos.

4.- Muchas veces entré yo en aquel convento-colegio y recorrí hasta los rincones más lejanos de la clausura. Acompañaba a mi padre a realizar trabajos de carpinteria: recomponer unos pupitres, tapizar un reclinatorio, arreglar una de aquellas persianas de duelas de madera que tanto costaba subir... Durante un tiempo circularon por Córdoba unas capillitas, de aquellas que iban de casa en casa, formadas por un arco apuntado con una estampa de la Madre Rafaela, ya Beata, y un cajoncito para las limosnas. Empezó haciéndolas mi padre y terminé haciéndolas yo. Cosas de la informalidad paterna, que yo no podía sufrir.

5.- Debió de ser en mil novecientos sesenta y uno o sesenta y dos. Para entonces, el hambre empezaba a ser ya un triste recuerdo en el país, gracias, entre otras cosas, a que dos millones de españoles habían emigrado a Europa, principalmente a Alemania. Era invierno, febrero, no lo olvidaré, un día lluvioso, casi negro, tristísimo. Mi padre y yo llegamos al colegio para arreglar una persiana en la cocina en la que se preparaba la comida para las niñas pobres. Atravesamos un par de corredores, bajamos una escalera que llevaba a una especie de semisótano en el que estaba la cocina, con ventanas a un patio interior, abrimos la puerta y allí estaba: En el fogón crepitaba una olla de cocido y sobre ella colgaban un trozo de tocino y un hueso de jamón que la hermana María, la cocinera, introducía y sacaba del puchero repetida y brevemente mediante un par de cordeles pasados por sendas garruchas que colgaban del techo.

6.- Aquel día me quedé de piedra, pues nunca había visto nada igual, pero, mucho tiempo después, cuando me contaron la anécdota del alquilador malagueño, recordé esta de la hermana María en la cocina de las niñas pobres y no pude menos que gritar yo también: ¡Sustancia! ¡Sustancia!, desconcertando por completo a mi interlocutor.

Fotografía: Antigua iglesia de San Juan de los Caballeros, con el alminar sarraceno, hoy capilla del convento de las Esclavas en Córdoba