El veinticinco de julio, día de la onomástica del cura y víspera de la mi madre, nos íbamos toda la familia al campo, al santuario de Linares, veinte o veinticinco personas entre chicos y grandes. Mi tío el platero (el rico), contrataba un camión y allá que íbamos, el cura en la cabina, junto al conductor, y los demás en la caja, con las vituallas.
Aquel veinticinco de julio, el de mil novecientos cincuenta y ocho, resultó un día memorable en los anales de la familia. A las nueve de la mañana ya estábamos en el santuario asistiendo a la misa que decía mi tío. Luego, tras un abundante desayuno a base de sardinas asadas y tortas de Liberato Iglesias, los más jóvenes subimos al cerro de San Fernando. ¡Ah!, la pina pendiente nos quitó el resuello, pero qué hermoso era el vasto panorama que se contemplaba desde la cumbre, y qué bellas estaban mis primas, sudorosas, arreboladas.
En la bajada, una de ellas tropezó y bajó rodando hasta que unos matojos la detuvieron. No se rompió ningún hueso, pero la pobre mía acabó con los brazos, las piernas y la cara llenos de arañazos y de moraduras. Abajo, no nos hicieron ni caso. Los mayores le habían dado bien al garrafón del vino y contaban chistes verdes, mientras el cura, ligeramente apartado, leía su breviario a la sombra de un olivo. Lo de los chistes lo supimos porque nada más vernos disimularon las risas y siguieron hablando con medias palabras, como si fuéramos tontos y no conociéramos su métodos.
Entonces decidimos ir a bañarnos a una charca que había algo más abajo siguiendo el curso del arroyo. Ahora se apuntaron dos de mis tíos y tres de mis tías. La charca, verdadera piscina natural, era un sitio fantástico, escondido entre adelfas en flor y otros arbustos de ribera. ¡Con qué ganas cojimos el agua! Tanta que uno de mis primos se tiró desde una roca y casi se deja la cabeza en el fondo.
Cerca de las cuatro serían cuando decidimos regresar. Ya estaría a punto el arroz y nosotros teníamos un hambre... Pero no estaba, el arroz, no estaba. Mi tío el barbero se había pasado con lo de la garrafa, se había estrellado en la orilla del arroyo y se había abierto una brecha en la frente. Nada grave, decían, y así debía de ser, porque, aunque tenía un lado de la cara hinchado y la camisa desgarrada y manchada de sangre, roncaba estruendosamente tirado en una manta.
El cocinero, además, se había enfollinado porque su mujer, la hermana de mi madre, había venido con nosotros a la charca. El tipo, extremadamente celoso, decía que su mujer andaba enseñando las piernas y que no guisaba. ¡Jopá, la que se lio! Mi tía sollozaba jurando que no se había bañado, lo que era cierto. "¡Pero qué piernas ni qué niño muerto!", murmuraba mi madre, conteniéndose para no decirle cuatro cosas a su cuñado. Los demás se burlaban del cocinero, unos harteramente, haciendo como si trataran de calmarlo, y otros azuzándolo para que siguiera la fiesta. Sentado en una silla plegable, bajo la sombra de su olivo, el cura sonreía.
La tarde avanzaba y el cocinero no cedía en su enojo, tampoco dejaba cocinar a nadie y el humor de la gente, hambrienta, mohína, se fue agriando rápidamente. Las bromas dieron paso a las maldiciones y más de uno mostró su disposición a partirle la cara al cocinero. Las siete lo menos serían cuando el buen hombre se decidió por fin a cocinar. Pero habíamos quedado con el camión a las ocho y media, de manera que no resulta difícil imaginar cómo salió el arroz y cómo lo comimos.
No hay por qué relatar la vuelta a casa. Más que de un día de campo parecía que regresábamos de un funeral. ¡Y si ya hubiera terminado todo! Pero qué va: todavía nos quedaba rezar el rosario. El señor cura nos lo recordó nada más cruzar la cancela. Y lo rezamos, ya lo creo, en el mismo rincón del patio de todos los días, como corderillos agrupados por el perro del pastor. Aunque más que rezar, aquella noche mascullábamos, de modo que las avemarías sonaban como disparos de escopeta. Pero nadie chistó y nadie dejó de responder hasta la última jaculatoria.
Fotografía: Córdoba. Casa en la que se perpetraban los rosarios veraniegos, mi casa