¿No constituye la exageración una de las ramas de la mentira? Magnificar un dato extrayéndolo de su contexto y dándole un carácter exhorbitante y único sabiendo plenamente lo que se hace, ¿no es una forma, quizás la más cobarde, de adulterar la verdad?
Siete mil. Durante las últimas jornadas de la juventud católica celebradas en Madrid ha corrido por entre la masa de asistentes una especie de folleto -mejor sería llamarlo panfleto-, al parecer editado por el arzobispado madrileño, en el que se dice que durante la penúltima república española -la última está por llegar-, se produjo la mayor persecución religiosa de la historia contra la Iglesia. Y da un dato, escalofriante: siete mil sacerdotes asesinados por los perseguidores.
Dicho así, suena espantoso, el efecto, sin duda, que los autores del folleto pretendían producir sobre los miles de jóvenes extranjeros que desconocen la historia de España referida a aquellos trágicos años. Pero, dicho así no es que suene, es que constituye una burda manipulación de la verdad o, lo que viene a ser lo mismo, una solemne mentira.
No voy a discutir la veracidad de las cifras. La Iglesia, sin duda, tuvo oportunidad de contar fielmente a sus muertos, cosa que, todavía hoy, los historiadores no han podido hacer con los muertos producidos por la represión franquista, porque un gran número de ellos no fueron registrados o bien se anotó su fallecimiento como muerte natural.
Ahora bien, dejando la cifra aparte, lo que el autor o los autores del citado folleto dan de lado en primer lugar es el contexto en que tales asesinatos de eclesiásticos tuvieron lugar o, mejor, la historia que había detrás hasta el momento en que se produjeron. Ni en este folleto ni nunca se ha preguntado la Iglesia cuál pudo ser la causa de la aparición y desarrollo de un odio tan profundo contra ella como el que debió producirse para llegar a semejante matanza. A la Iglesia no le agradan los contextos salvo cuando le resultan favorables. Bien recordamos a Juan Pablo II pidiendo perdón por los desmanes de la Inquisición, pero recordando, al mismo tiempo, a modo de excusa, que la tortura, a la que tan aficionados fueron los frailes inquisidores, era práctica habitual en la época también por parte de los poderes civiles. La Iglesia ha hablado muchas veces de la infiltración en las débiles mentes obreras de ideologías perturbadoras y dañinas, como el marxismo o el anarquismo, pero ni en este folleto ni nunca ha hecho la menor referencia a su apego como institución a las clases económicamente poderosas en detrimento de las débiles, de manera especial en España a lo largo del siglo XIX y primer tercio del XX, ni a su condena de todo cuanto oliera a asociacionismo obrero que no estuviera patrocinado por ella, ni a su apoyo al golpe militar del dieciocho de julio bastante antes de que se produjera, por poner sólo algunos ejemplos.
Tampoco menciona el folleto a los curas asesinados por los franquistas, bien por permanecer al lado de la república, como fue el caso de los sacerdotes vascos cercanos al Partido Nacionalista Vasco, bien por defender de algún modo a los republicanos ante las matanzas que los franquistas desplegaban a su paso, como ocurrió con más de un párroco de, por ejemplo, la provincia de Badajoz. Según la Iglesia, estos últimos curas actuaban poseídos por el marxismo y estaba más que bien que los liquidaran. Todavía hoy, ni unos ni otros cuentan como asesinados para la Iglesia.
Mucho menos habla el mencionado folleto de los numerosos curas que pistolón en mano se aprestaban a participar en la represión franquista. Famoso fue el reverendo Juan Galán Bermejo, párroco de Zafra, quien, sin despojarse de su sotana, llevó a cabo personalmente más de 700 asesinatos, fusilamientos siguen llamándolos algunos. Todavía no hemos tenido tiempo de legislar cómo y de qué manera será exterminado el marxismo en España -declaraba este individuo a un periodista de la agencia francesa Havas, hoy France-Presse-. Por esta razón todos los procedimientos de exterminio de esas ratas son buenos, y Dios en su inmenso poder y sabiduría los aplaude.
Pero lo que lo que más llama la atención en este folleto es el concepto de persecución que todavía hoy, tanto tiempo después, sigue manejando la Iglesia. Para recibir el nombre de tal, una persecución como esta de la que la Iglesia dice ser víctima, no se produce de la noche a la mañana, requiere, en primer lugar, de un poder con el propósito de llevarla a cabo y, a continuación, organización, medios, escenificación y publicidad, es decir, órdenes, edictos, normas, etc. Todos los historiadores no venales, que son la mayoría, están más que de acuerdo en que nada de esto se produjo. Las cifras de muertos pueden variar de unos a otros, pero todos coinciden en que lo que se produjo fue un estallido popular contra todos aquellos, no sólo curas, que las clases trabajadoras sentían como sus explotadores, un estallido, por otra parte, todo lo condenable que se quiera, pero que sólo vino a durar alrededor de unos tres meses, el tiempo que el gobierno de la República tardó en poner orden en el territorio que dominaba.
La Iglesia, mejor que nadie, conoce a la perfección la totalidad de estos extremos, por qué lo calla, por qué sigue y sigue manipulando la verdad, por qué sigue mintiendo.