miércoles, 31 de agosto de 2011

Siete mil



¿No constituye la exageración una de las ramas de la mentira? Magnificar un dato extrayéndolo de su contexto y dándole un carácter exhorbitante y único sabiendo plenamente lo que se hace, ¿no es una forma, quizás la más cobarde, de adulterar la verdad?

Siete mil. Durante las últimas jornadas de la juventud católica celebradas en Madrid ha corrido por entre la masa de asistentes una especie de folleto -mejor sería llamarlo panfleto-, al parecer editado por el arzobispado madrileño, en el que se dice que durante la penúltima república española -la última está por llegar-, se produjo la mayor persecución religiosa de la historia contra la Iglesia. Y da un dato, escalofriante: siete mil sacerdotes asesinados por los perseguidores.

Dicho así, suena espantoso, el efecto, sin duda, que los autores del folleto pretendían producir sobre los miles de jóvenes extranjeros que desconocen la historia de España referida a aquellos trágicos años. Pero, dicho así no es que suene, es que constituye una burda manipulación de la verdad o, lo que viene a ser lo mismo, una solemne mentira.

No voy a discutir la veracidad de las cifras. La Iglesia, sin duda, tuvo oportunidad de contar fielmente a sus muertos, cosa que, todavía hoy, los historiadores no han podido hacer con los muertos producidos por la represión franquista, porque un gran número de ellos no fueron registrados o bien se anotó su fallecimiento como muerte natural.

Ahora bien, dejando la cifra aparte, lo que el autor o los autores del citado folleto dan de lado en primer lugar es el contexto en que tales asesinatos de eclesiásticos tuvieron lugar o, mejor, la historia que había detrás hasta el momento en que se produjeron. Ni en este folleto ni nunca se ha preguntado la Iglesia cuál pudo ser la causa de la aparición y desarrollo de un odio tan profundo contra ella como el que debió producirse para llegar a semejante matanza. A la Iglesia no le agradan los contextos salvo cuando le resultan favorables. Bien recordamos a Juan Pablo II pidiendo perdón por los desmanes de la Inquisición, pero recordando, al mismo tiempo, a modo de excusa, que la tortura, a la que tan aficionados fueron los frailes inquisidores, era práctica habitual en la época también por parte de los poderes civiles. La Iglesia ha hablado muchas veces de la infiltración en las débiles mentes obreras de ideologías perturbadoras y dañinas, como el marxismo o el anarquismo, pero ni en este folleto ni nunca ha hecho la menor referencia a su apego como institución a las clases económicamente poderosas en detrimento de las débiles, de manera especial en España a lo largo del siglo XIX y primer tercio del XX, ni a su condena de todo cuanto oliera a asociacionismo obrero que no estuviera patrocinado por ella, ni a su apoyo al golpe militar del dieciocho de julio bastante antes de que se produjera, por poner sólo algunos ejemplos.

Tampoco menciona el folleto a los curas asesinados por los franquistas, bien por permanecer al lado de la república, como fue el caso de los sacerdotes vascos cercanos al Partido Nacionalista Vasco, bien por defender de algún modo a los republicanos ante las matanzas que los franquistas desplegaban a su paso, como ocurrió con más de un párroco de, por ejemplo, la provincia de Badajoz. Según la Iglesia, estos últimos curas actuaban poseídos por el marxismo y estaba más que bien que los liquidaran. Todavía hoy, ni unos ni otros cuentan como asesinados para la Iglesia.

Mucho menos habla el mencionado folleto de los numerosos curas que pistolón en mano se aprestaban a participar en la represión franquista. Famoso fue el reverendo Juan Galán Bermejo, párroco de Zafra, quien, sin despojarse de su sotana, llevó a cabo personalmente más de 700 asesinatos, fusilamientos siguen llamándolos algunos. Todavía no hemos tenido tiempo de legislar cómo y de qué manera será exterminado el marxismo en España -declaraba este individuo a un periodista de la agencia francesa Havas, hoy France-Presse-. Por esta razón todos los procedimientos de exterminio de esas ratas son buenos, y Dios en su inmenso poder y sabiduría los aplaude.

Pero lo que lo que más llama la atención en este folleto es el concepto de persecución que todavía hoy, tanto tiempo después, sigue manejando la Iglesia. Para recibir el nombre de tal, una persecución como esta de la que la Iglesia dice ser víctima, no se produce de la noche a la mañana, requiere, en primer lugar, de un poder con el propósito de llevarla a cabo y, a continuación, organización, medios, escenificación y publicidad, es decir, órdenes, edictos, normas, etc. Todos los historiadores no venales, que son la mayoría, están más que de acuerdo en que nada de esto se produjo. Las cifras de muertos pueden variar de unos a otros, pero todos coinciden en que lo que se produjo fue un estallido popular contra todos aquellos, no sólo curas, que las clases trabajadoras sentían como sus explotadores, un estallido, por otra parte, todo lo condenable que se quiera, pero que sólo vino a durar alrededor de unos tres meses, el tiempo que el gobierno de la República tardó en poner orden en el territorio que dominaba.

La Iglesia, mejor que nadie, conoce a la perfección la totalidad de estos extremos, por qué lo calla, por qué sigue y sigue manipulando la verdad, por qué sigue mintiendo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

El santo rosario (II)




1.- Agosto. Mi tío, el cura, venía desde Linares a pasar quince días a nuestra casa, sus vacaciones. Llegaba acompañado de mi tía, su cuidadora, la hermana de mi madre, el marido de ésta, mis dos primas y la sobrina del cura, aquella sobrina que, a pesar de mis pesquisas y como ya conté, no logré averiguar de qué familar sería hija, puesto que el cura no tenía hermanos.


2.- ¡Ah, qué días aquellos! Mis primas eran pimpollos preciosos. La sobrina del cura, una rubia exquisita y también algo remilgada, como hija de alguien muy relacionado con las cosas etéreas, inefables. Eran, como luego supe por Proust, muchachas en flor, a cuya sombra yo me sentía turbado, maravillado y exaltado, todo al mismo tiempo. Hacía calor, mucho, pero como nadie nos daba a todas horas el coñazo con la temperatura no lo notábamos. Las mañanas eran para el turismo. Mis tíos, mis primas y la rubia iban a ver las cosas de la ciudad, nosotros, mi hermana y yo, a veces, los acompañábamos, a veces, nos quedábamos en casa. El cura, de paseo con sus colegas, o fuera quién a saber. Mi padre, trabajando. Y mi madre... Mi madre, como una criada hacendosa, después de levantarse la primera para preparar los desayunos de todos, recogiéndolo todo, fregando los platos -a mano-, lavando, si había que lavar -igualmente, a mano- y preparando la comida del mediodía y, en parte, la de la noche.


3.- La tarde era para el acicalamiento de las muchachas, para la preparación de los vestidos del día siguiente, para las confidencias de las hermanas, para la larga siesta del cura, para la merienda y para alguna que otra partida de parchís. Diez personas en una casa son muchas personas. Por esas cosas raras del azar, pues no teníamos un duro, ocupábamos la planta baja de una casa amplia, pero, aún así, había que echar los colchones al suelo y dormir como podíamos. Sólo el cura disponía de una habitación cerrada.


4.- Al anochecer se presentaban otros tíos míos, hermano y cuñada de mi madre y de mi tía, con sus tres hijos. Era el momento en que se montaba la tertulia en el patio, a la vera de las aspidistras, de los helechos y de la esparraguera. ¡Qué tertulia! ¡Eterna! Nada de comida, nada de bebida. Si acaso, alguna noche, un botellín de cerveza, que alguno de los hombres traía de la taberna de enfrente, sólo para los adultos. Bien pasadas las once, mis tíos y mis primos levantaban el campo y se marchaban hasta el día siguiente. La marcha de mis tíos daba paso a la cena, cena larga, que para eso el señor cura y los que con él venían estaban de vacaciones, cena que, la mayoría de las noches, se prolongaba hasta más allá de las doce y media.


4.- Y entonces, sólo entonces, cuando ya nos disponíamos a desplegar los colchones, el señor cura nos recordaba que aún teníamos que rezar el rosario. Fresco gracias a su buena siesta, poco le importaba que nos cayéramos de sueño, que mi madre llevara sin parar desde las seis de la mañana, que mi padre, que no estaba de vacaciones, tuviera que levantarse a las siete para ir a trabajar. Del rosario no se libraba nadie. Sentados alrededor del cura, algunos en el suelo, allí estábamos, recitando las avemarías como beodos, como verdaderos zombis. ¡Y la cachaza de la que hacía gala el buen sacerdote! Si poco después yo establecí el record del menor tiempo en el rezo de un rosario, él estableció en aquellos veranos el de mayor duración. Hacía pausas enormes y cuando veía que chicos y grandes empezábamos a dar cabezazos, alzaba la voz, ¡DIOS TE SALVE, MARÍA!, y la endurecía, de modo que despertábamos desconcertados, contestando velozmente: Santa María, Madre Dios, completamente a destiempo, como si nos hubiera picado un tábano en el oído. Más de una hora duraba el rezo. Y nadie protestaba, nadie chistaba. Hombres y mujeres de casi cincuenta años, que no tenían ni un gramo de fe, que se pasaban el día rajando del cura, cuando no estaba presente, allí estaban, mascullando más que rezando, pero incapaces de levantarse y de decir escuetamente: ¡se acabó! Yo no lo advertía entonces, pero aquellos rosarios constituían y constituyen la mejor prueba del omnímodo poder de la Iglesia en el tiempo de pesar y de tinieblas que nos tocó vivir.

viernes, 19 de agosto de 2011

El ayer y el presente




Dios me ha colocado sobre pueblos y reinos para extirpar y para aniquilar, pero también para edificar y plantar. A mí es a quien van dirigidas estas palabras: Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo. Me encuentro entre Dios y los hombres, más pequeño que Dios, pero más grande que el hombre.

De este modo inició su alocución Lothar Conti, conde de Segni, el 22 de febrero de 1198, pocos instantes después de su ascensión al trono papal con el nombre de Inocencio III. Este gran papa, a decir de sus hagiógrafos, convocó dos cruzadas contra los musulmanes de Oriente, que tenían en su poder los llamados Santos Lugares, cruzadas que resultaron un fracaso. Convocó otra contra los musulmanes de España, que culminó triunfalmente con la célebre batalla de las Navas de Tolosa. Y, en fin, convocó una terrible contra los cátaros, llamados en ocasiones albigenses, cristianos, aunque herejes, según la ortodoxia romana, que concluyó con la destrucción de la Provenza y Occitania francesas y con la masacre de más de quinientas mil personas, la mayoría de ellas quemadas masivamente en la hoguera.

Un pequeño ejemplo del talante de este enorme pontífice se pone de manifiesto en la carta que el 29 de mayo de 1207 le envió al conde de Toulouse, Raimundo VI, que confraternizaba con los cátaros. He aquí el texto completo:

Al noble conde de Toulouse.

¡Qué orgullo se ha apoderado de tu corazón, leproso! Sin interrupción te encuentras con tus vecinos, desprecias las leyes de Dios y te alías con los enemigos de la verdadera fe. Tiembla, ateo, pues vas a ser castigado. ¿Cómo eres capaz de proteger a los herejes, tirano cruel y bárbaro? ¿Cómo puedes pretender que la fe de los herejes es mejor que la de los católicos? Aún has cometido otros crímenes contra Dios; no quieres la paz, haces la guerra en domingo y expolias los conventos. Para vergüenza de la cristiandad, otorgas cargos públicos a judíos. Nuestros legados te han excomulgado. Refrendamos su decisión. Pero como nuestra misión es perdonar a los pecadores, te ordenamos hacer penitencia para merecer nuestra indulgente absolución. Como no podemos dejar impunes tus ofensas a la Iglesia y a Dios, te hacemos saber que vamos a ordenar confiscar tus bienes y a insurreccionar contra ti a los príncipes, pues eres un enemigo de Jesucrito. Pero la ira del Señor no se detendrá ahí. ¡El Señor te aniquilará!

Han pasado 804 años y algo más de dos meses y medio y todavía el sucesor de Inocencio III, Benedicto XVI, insiste en condenar a los que, según afirma, creyéndose dioses desearían decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto... quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias.

Vale, las palabras son más dulces y no se dirigen a un sujeto concreto, pero el fondo, evidentemente, sigue siendo el mismo: Aquí el único que decide soy yo, que para eso estoy en comunicación directa con Dios.

El fondo puede ser el mismo, conceden mayestáticamente los voceros papales que vemos y oímos en algunas TDT's, pero no se puede estar mirando atrás todo el tiempo, hay que estar en el presente, la Iglesia ha cambiado, ya no hay amenazas directas, ni se proclama la ira de nadie, ni se anuncian aniquilaciones. Más aún, la Iglesia quiere convivir con todas las formas de pensamiento.

Hay, amigos, cuánta falsedad destila el ambiente. Es cierto que ahora incluso los propios católicos gozan de una libertad que ni soñar podían en tiempos de Inocencio III, pero esa libertad ni a ellos ni a nadie nos ha caído del cielo, tampoco fue concendida graciosamente por la Iglesia. Ha sido necesario arrancársela y ha costado mucha sangre, mucha muerte, mucho sufrimiento. Hasta un monarca tan católico como Carlos I de España y V de Alemania tuvo que ordenar la toma de Roma y la detención del pontífice, hastiado de la prepotencia de Clemente VII.

Quien quiera dejarse engañar que se engañe. Pero focolares, lefevrianos, kicos, legionarios de Cristo y otros especímenes por el estilo, a los que tanta protección presta este papa, constituyen la prueba del verdadero rostro que se esconde tras el embozo de seda con el que desde hace algún tiempo se nos presenta la Iglesia.


Nota.- Las negritas son mías

miércoles, 17 de agosto de 2011

Normas de urbanidad





En el año 1957 ingresé en el seminario, como ya he dicho por aquí, dispuesto, pobre de mí, a ser sacerdote. Entre los libros de texto que nos dieron había uno publicado poco antes por un padre de la Compañía de Jesús, así figura en la portada, sin que aparezca nombre alguno, con el título de Normas de Urbanidad, y la coletilla: Para uso privado de religiosos jóvenes y seminaristas. Esta mañana, reordenando papeles en casa, en dado con él.


El librito, de sesenta y tres páginas en octavo, reúne 372 puntos divididos en tres apartados: En el comedor, trato y modo de ser. Casi todos los puntos resultan memorables. Yo me he entretenido en marcar algunos que creo merece la pena señalar. Conviene recordar antes de nada que, casi veinte años después de concluida la guerra civil, en España seguía habiendo hambre, mucha hambre, y mugre y miseria. Al dictar las normas de conducta que debían de guiarnos, el librito da cuenta puntual de esta situación. Véase:


Punto 206.- Soportar con disimulo las pulgas, etc. que, a veces, se cogen en sitios públicos. No dedicarse a cazarlas delante de los demás.


Punto 274.- Si estando en una casa me veo una chinche, etc., disimular, y si no es posible, excusar a la señora diciendo que vengo de la calle, que quizás en el tranvía, etc.


En este ambiente de chinches y de pulgas, sorprenden algunos puntos referidos a nuestro comportamiento en el comedor, principalmente en casa ajena, que nos permiten imaginar los círculos que frecuentaría el autor.


Punto 47.- Al terminar un plato, no retirarlo, sino esperar que lo quite el sirviente, dejando sobre él el cubierto usado. El sirviente quita el plato por la derecha y lo pone por la izquierda.


Punto 64.- Las distintas clases de vinos se sirven en copas adecuadas (Cognac, Jerez, Champagne, vino de mesa, etc.... El orden de lo vinos suele ser el siguiente: Durante la comida, vino de mesa, blanco o tinto. Antes de los postres, Champgne, Jerez, Málaga, Oporto, etc. Con el café, Cognac y otros licores.


Punto 98.- Es muy frecuente que al poner el sirviente el plato de postre, haya sobre él un lavafrutas. En este caso debo retirarlo y ponerlo delante.


Referidos también al comedor, hay algunos puntos sublimes, como los siguientes:


Punto 93.- Los dientes no se limpian con los dedos. Para eso está el palillo. Los dedos no se meten en la boca para nada.


Punto 115.- No limpiarse los dedos con el mantel. ¡Para eso está la servilleta!


Punto 123.- Las expresiones "¿Vd gusta?" y "Que aproveche" no se usan entre gente distinguida. Pero la prudencia dirá si, a pesar de eso, debo decirlas por considerarse de buena educación en el ambiente que me rodea.


Dentro de ester mismo apartado hay un subapartado dedicado al aseo. He aquí algunos de sus puntos.


Punto 162.- La frecuencia con que deben cambiarse los calcetines y lavarse los pies depende de las personas. Quizás sea necesario hacerlo diariamente, o cada dos días.


Punto 163.- Ducharse al menos una vez por semana. Y mejor todos los días, sobre todo en verano. Quien no se ducha a menudo -aunque él no se huela- olerá para los demás, y este olor no es precisamente agradable. ¡Cuántos penitentes huyen del confesionario por culpa de los malos olores!


Punto 165.- Tener cuidado de no llevar rotos visibles en los calcetines


Punto 170.- Antes de ir al dentista lavarse muy bien los dientes


Punto 189.- El pañuelo siempre muy limpio. Si es necesario se llevan dos. ¡Que pañuelos se ven a veces!


En cuanto al Trato y Modo de ser, he aquí algunos de sus puntos.


Punto 263.- Si nos alojamos en un hotel, hay que saber, entre otras cosas que: Si no dan norma en contrario, al abandonar el hotel se da propina a la camarera, al sirviente del comedor y al botones, si se ha utilizado mucho. Una propina razonable puede ser alrededor de dos duros, y mayor si se ha permanecido mucho tiempo.


Punto 294.- Es muy util conocer las graduaciones militares y marinas. ¡Uno preguntó si un brigada era más que un coronel!


Punto 309.- Al dar la mano a una señora, no apretar demasiado.


El libro es para transcribirlo entero y hasta para ponerlo en una exposicíón. Pero con esta muestra creo que es suficiente. Sólo añadiré que en los dos años que estuve en el seminario no me pusieron jamás pollo para comer, pero me enseñaron a trincharlo ¡pintándolo en una pizarra!

viernes, 12 de agosto de 2011

Quo vadis, Ratzinger






¿Adónde vas, Ratzinger?. En los primeros días del pasado mes de junio visitaste Croacia, país de larga tradición católica, como tú bien te encargaste de precisar en tu visita.



Hasta 1992, Croacia era una de las repúblicas que formaban el Estado de Yugoslavia; desde este año es un país independiente.



En 1941, con la entrada del ejército alemán, Croacia se convirtió en un estado satélite de los nazis, con el ferviente católico Ante Pavic como jefe del mismo. Gran admirador de Hitler y seguidor de su ideología, Pavic había fundado la Ustasha, organización militar destinada en principio a luchar contra el ejército yugoslavo, que durante algún tiempo defendió su territorio de la invasión nazi con uñas y dientes.



En este año de 1941 era arzobispo de Zagreb Alojzije Stepinac, controvertido personaje que no dudó en colaborar con las nuevas autoridades, como aseguran actualmente la mayoría de los historiadores y los numerosos testimonios, principalmente gráficos, que existen. Por lo pronto, el arzobispo Stepinac se convirtió en Vicario General de la Ustasha, entre cuyos miembros, los ustashi, había numerosos sacerdotes y frailes, mayoritariamente franciscanos, que, con la indudable anuencia de Stepinac, cambiaron los hábitos por los fusiles.



Una vez dominado el país por los alemanes, la tarea que Ante Pavic adjudicó a los ustashi fue la de perseguir y capturar a los muy numerosos judíos, gitanos y serbios, estos últimos cristianos ortodoxos, que por entonces vivían en Croacia. Se crearon varios campos de concentración, el más tristemente famoso de los cuales fue el de Jasenovac, a cuyo frente estuvo el fraile franciscano Miroslav Filipovic Majstrovic, que pasó a la historia con el sobrenombre de el Hermano Satán. Con los judíos y con los gitanos no tuvieron piedad. Con los serbios tampoco, pero a estos le dieron a elegir: o conversión al catolicismo o muerte bajo crueles torturas. Entre doscientas mil y trescientas mil personas fueron asesinadas por estos fanáticos católicos durante el dominio de los nazis.



Terminada la guerra, el arzobispo Stepinac fue juzgado por el nuevo Estado del mariscal Tito y condenado por sus evidentes actividades criminales a dieciséis años de cárcel, de los cuales cumplió sólo cinco, al final de los cuales se le dio la a escoger entre su salida del país o su reclusión en su parroquia natal. El arzobispo escogió retirarse a su parroquia. A pesar de este retiro, Pío XII lo nombró cardenal en 1958, con gran escándalo del mundo. Murió en 1960 y en 1998 Juan Pablo II, cómo no, lo elevó a los altares con la categoría de beato. Ante Pavic tuvo más suerte. Consiguió huir a la Argentina con la ayuda del Vaticano y cuando fue descubierto en este país huyó de nuevo, en esta ocasión a la España de Franco, en donde vivió tan ricamente hasta su muerte en 1958.



Tú, Ratzinger eres un fino intelectual y, como tal, no podías ignorar esta historia. Sin embargo, nada de esto mencionaste durante tu visita. Ni un gesto de compasión hacia las víctimas tuviste. En tus discursos, te dedicates a repetir la cantilena que vienes repitiendo desde tu coronación: defensa de la familia, naturalmente católica, que quieres hacer extensiva a todo el mundo; condena de la persecución del "éxito fácil de estilos vida que privilegian el aparentar y la tentación de las cosas materiales", que ya hay que tener cara para decir estas cosas viendo como de impecablemente vistes y calzas y dónde y cómo vives. No se te olvidó alabar "la contribución de los valores espirituales y morales que han plasmado durante siglos la vida cotidiana y la identidad personal y nacional" de los croatas. Y, en el colmo de los colmos, te atreviste a realizar una visita a la tumba del cardenal Stepinac y a rezar arrodillado ante ella. ¿Qué rezaste, Ratzinger? ¿Qué pensaste ante el mausoleo de semejante elemento?



Ahora te propones visitar España con la coartada de presidir las Jornadas Mundiales de la Juventud, un acontecimiento de cuya falsedad da cuenta ya el propio título, pues, en realidad, no se trata de la juventud en abstracto, es decir, de toda la juventud del mundo, sino, exclusivamente de la juventud católica, circunstancia que sibilinamente ocultáis, fácil es imaginar por qué. En efecto, aunque lo desearan, en las tales jornadas no podrían participar los jóvenes ateos, ni los que hacen vida prematrimonial, ni los que usan preservativos, ni los divorciados, ni los homosexuales, ni las lesbianas, etc. etc. Tú mismo te has hinchado de condenarlos una y otra vez en tus discursos. A los que no has condenado nunca y todavía estamos esperando que los pongas en manos de la justicia es a los clérigos pederastas. Seguro que en Madrid habrá más de uno cerquita, bien cerquita de los jóvenes.



Adónde vas, Ratzinger. Cuando vengas a Madrid, déjate de pamplinas, aprovecha la ocasión, coge del brazo a su eminencia el cardenal Rouco Varela, acercate al Valle de los Caídos y reza también ante la tumba del Caudillo. Estaba en la misma honda que Ante Pavic y que Alojzije Stepinac, en vuestra honda. Quién sabe, a lo mejor hasta eres capaz de subirlo a los altares. Es lo menos que el pueblo español espera de un papa como tú. Todo lo demás acerca del divorcio, del laicismo, del relativismo, del olvido de Dios, del individualismo y hasta de las raíces cristianas de Europa lo tenemos ya más que sabido.

sábado, 6 de agosto de 2011

¿Capital de qué?





Perdido durante treinta y cuatro días en un diminuto paraíso cuyas ventanas miran exclusivamente a un mar apenas frecuentado por humanos, un lugar cuya situación me callo por puro y descarnado egoísmo, aunque sí puedo decir que se encuentra en la propia Andalucía. Perdido por completo, saboreo la vida como un desalmado, sin radio, sin televisión, sin periódicos, sin internet, con la sensación creciente de que el tiempo se detuvo y ya no habrá nada que pueda alterar la paz que se instaló en mi corazón.


Pero no se detiene, el tiempo, y el regreso acaba imponiéndose como una losa de plomo. Querámoslo o no, la vida es eso: partir y regresar, no hay escapatoria. En el mundo nada cambió en este largo mes: Afganistán sigue con sus muertos; en Libia la OTAN no puede con Gadafi; La ONU sigue sin consensuar una condena firme contra el tirano de Siria. La crisis no pierde su apogeo. Aquí se adelantaron las elecciones y el papa está al caer, digo al llegar, por lo demás, el panorama conserva la misma silueta gris y amenazadora.


Bueno, sí, hay algo que cambió: Córdoba, la ciudad candidata, no será Capital Cultural de Europa en el 2016, casi recién acabo de enterarme. Una noticia ¿triste?, puede, pero esperable. Me fui con el casi convencimiento de que no se conseguiría. Yo creo que no éramos pocos los que lo esperábamos y sé que si no hablamos antes fue para no incordiar, para que no se nos tomara por cenizos que no amábamos nuestra ciudad y no queríamos lo mejor para ella. Pero nuestras dudas no carecían de fundamento.


Una ciudad no puede vivir de espaldas al pasado y mucho menos puede vivir de espaldas al futuro. Córdoba vive ignominiosamente de espaldas a los dos. Qué sabemos los cordobeses, en general, de la Córdoba romana, qué sabemos de la Córdoba islámica, a cuántos personajes ilustres de esta última época podríamos siquiera nombrar. En los últimos tiempos se cuentan por decenas los conventos, las casas solariegas, los palacios que han sido derruidos en aras de ese extraño progreso del ladrillo, sin que nadie proteste ante semejante atropello. Muy recientemente, ese pasayo que rige los destinos de la diócesis y que responde al nombre de Demetrio se ha empeñado en sustituir el título de mezquita por el de catedral. Más aún, ha dispuesto una explicación denigrante para la visita nocturna del monumento que ha contado incluso con la colaboración expresa del Ayutamiento, un Ayuntamiento de izquierdas. Más todavía, ha registrado la Mezquita, nuestro principal monumento, a nombre del obispado en el Registro de la Propiedad, de modo que lo que antes era de todos ahora es sólo de ellos. Y prácticamente nadie ha levantado la voz para protestar. Aquí nos llenamos la boca hablando de nuestras cosas, pero pocos, muy pocos son los que las defienden. Con la colaboración del mismo Ayuntamiento se ha destruido buena parte de nuestra sierra, llenándola de casas, casitas y casetonas, a las que ahora, para más recochineo, tenemos que llevar los servicios entre todos. En los últimos cuarenta años se ha destruido el en otro tiempo espeso tejido industrial de Córdoba, en medio de la mayor indiferencia, tanto de los ciudadanos como de las autoridades. LOCSA, el otrora emporio de la Electro Mecánica que daba trabajo a media ciudad, se está cerrando ahora sin que, en su justa reclamación, los trabajadores consigan el apoyo de apenas nadie. Cajasur, que pudo haber sido el gran motor de la economía cordobesa, ha sido llevada a la quiebra de la manera más ignominiosa ante el silencio de todos. Por ahí anda disfrutando de su espléndida pensión de doscientos mil euros al año su eminencia el prelado Castillejo, que preparó el camino de la quiebra con su obsesión por el ladrillo, y nadie clama por sus fechorías. Media docena de canónigos, encabezados por un Cruz Conde, perteneciente a esa que dicen gran familia cordobesa, han consumado la quiebra, prefiriendo entregarle la Entidad al Banco de España antes que a otra Caja andaluza y no sólo continuamos asistiendo a sus ceremonias en la catedral, sino que algunos de ellos han ascendido incluso en el escalafón eclesiástico.


Esta es una ciudad levítica y agraria, es decir, de curas y de terratenientes, lo viene siendo desde hace bastantes siglos y no deja de serlo, a pesar de la pátina de modernidad que parece envolverla en los últimos tiempos. Aquí hay dinero, mucho dinero, basta cruzar el antiguo Viaducto y echar un paseo por las faldas de la sierra o dedicarse un rato a contar el número de coches de lujo y de todoterrenos de alta gama que nos salen al paso, pero no hay cordobés que invierta un euro en su tierra. Los que los tienen prefieren invertirlo en las empresas del norte. No lo digo yo, lo dice el nunca bien ponderado Cuenca Toribio, de quien nadie sospechará veleidades revolucionarias. De este modo, volvemos sin pudor la espalda al futuro, una vuelta de espaldas que se pone de manifiesto meridianamente en el Palacio del Sur, ejemplo clarísimo de la impotencia con que esta ciudad se enfrenta al porvenir. En economía, lo único que le va quedando a Córdoba es el turismo, un turismo que, por otra parte, apenas cuidamos, ahí están, por ejemplo, las bellas iglesias cerradas a cal y canto durante todo el día, y cuyos principales frutos acaparan los hoteles, la inmensa mayoría pertenecientes a cadenas foráneas que se llevan los beneficios lejos de la ciudad. Sin duda, de la capitalidad cultural, el más beneficiado hubiera sido el turismo. Mas cuando el Ayuntamiento solicitó a los hosteleros apoyo económico para la elaboración del proyecto ninguno estuvo dispuesto a soltar ni un euro.


¿Y la cultura? ¡Ay, amigo, esta si que es buena! ¿Dónde está la cultura? A finales de los años sesenta y principios de los setenta había en Córdoba un abundante número de clubes, la mayoría juveniles, que se multiplicaban en actividades culturales. Desaparecieron. En los años ochenta existió una potente Asociación de Artistas Plásticos. Despareció. Más o menos por el mismo tiempo, teníamos diversos cineclubes en los que se practicaba el cine forum. El más importante fue el del Círculo de la Amistad. Se acabaron. Todo ello fue sustituido en épocas posteriores por magno espectáculos tipo La Noche Blanca del Flamenco, que tienen de cultura lo que yo de piloto de aviación. Por lo que se refiere concretamente a la candidatura de la capitalidad cultural, confieso que no conozco al detalle el proyecto que la ciudad presentó al jurado, pero de por donde debió andar éste en materia puramente de cultura podemos hacernos una idea cuando comprobamos que uno de los creadores que más han sonado en el cotarro ha sido el eminente compositor del excelso Aserejé y de otras piezas no menos exquisitas.


Estos son los mimbres. ¿Alguien creyó de verdad que con ellos Córdoba podía convertirse en Capital Cultural de Europa?


P.D. Ruego a mis lectores habituales perdonen el ligero desvío de la temática que abordo en mi blog, pero me duele mi ciudad, me duele, y si no lo cuento, aunque se en este humilde foro, reviento.