jueves, 23 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VII y última)


La infalibilidad


Cuando se observa en conjunto la trayectoria de Giovanni María Mastai Ferretti desde que fuera elegido papa se descubre una obsesión permanente: la infalibilidad. El Syllabus, con sus estruendosas condenas, no contentó más que a los católicos integristas, los ultramontanos, como se conocían entonces a los seguidores a pie juntillas del papa.


Cada vez más acorralado, Pío IX creyó que había llegado el momento de declarar públicamente su infalibilidad. Un hombre infalible, debía pensar en su onírico olimpo, es un hombre que, en comunicación directa con Dios, no puede equivocarse nunca, toda vez que es Dios mismo el que dicta sus decisiones. ¿Quién podría discutirle su poder a un hombre infalible? ¿Quién se atrevería a enfrentarse a él?


Ahora bien, para que la infilibidad surtiera efecto era necesario convertirla en un dogma. Este dogma, sin embargo, por atañer directamente a la persona del papa, no podía ser declarado más que con la conformidad de la Iglesia toda y esto sólo podía conseguirse con un concilio.


Vista la luz, el papa no perdió ni un segundo y el 29 de junio de 1868, cuando a los Estados Pontificios no le quedaban más que dos años de vida, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, cuya inauguración tuvo lugar el 8 de diciembre de 1869.


Oficialmente, el concilio se convocó para hacer frente al racionalismo y al galicanismo, corriente ésta que pretendía la separación del Estado francés de la Iglesia, pero en la práctica el único tema que se trató fue el de la infalibilidad papal, él único que interesaba al papa. La magna asamblea eclesiástica no llegó a clausurarse, pues tras celebrar cuatro sesiones, hubo de suspenderse el 20 de octubre de 1870, debido a la unificación de Italia y a la consiguiente desaparición de los Estados Pontificios.


El Vaticano I fue, sin duda, una de las asambleas deliberativas más cochinas de la Iglesia y mira que la Iglesia ha celebrado asambleas cochinas. En teoría, cuando declara un dogma, la Iglesia no inventa nada, se limita a corroborar solemnemente artículos de fe que, según sus teólogos, se encuentran más o menos explícitamente, en las Escrituras, es decir, que tales artículos han existido siempre, de modo que el nuevo dogma lo único que hace es proclamar la obligatoriedad de creer en ellos.


Ahora bien, ni forzándolos a conciencia, se encuentra en los Evangelios nada que apoye la infalibilidad del papa. El dogma además, por lo ya dicho, afectaría no sólo a Pío IX, sino a la totalidad de su antecesores y también a la totalidad de sus sucesores. En el pasado, sin embargo, habían reinado más de un papa que clarísimamente se habían equivocado en asuntos de fe. Así por ejemplo, Honorio I (625-638) fue condenado por hereje, es decir, por sostener doctrinas contrarías a la ortodoxia católica, por el segundo Concilio de Nicea (787) y por el Cuarto de Constantinopla (869-870). Otro ejemplo fue Formoso (891-896) cuyo cadáver fue sacado de la tumba por su sucesor, Esteban VI (896-897) y sometido a un infamante juicio post mortem.


La infalibilidad, además, iba a constituir un atributo de los papas, pero también una atadura. En efecto, la infalibilidad se refiere tanto a las disposiciones relativas a la fe como a las usos morales, de manera que si un papa prohíbe taxativamente, el uso del condón, por ejemplo, ningún otro papa puede levantar esta prohibición, cosa que viene ocurriendo con la ordenación sacerdotal de las mujeres, con el divorcio, con la homosexualidad, etc. De hecho, la infalibilidad papal ha sobrevolado a la Iglesia desde hace mucho tiempo, pero también ha habido papas que han renegado de ella, precisamente por su condicioón de atadura. Juan XXII (1316-1334) afirmaba tajantemente que la infalibilidad era obra del demonio.


Por todas estas razones, gran parte del mundo católico, incluidos numerosos obispos y cardenales, estaban en contra de la declaración de este dogma. Personajes como Georges Dordoy, arzobispo de París; Luigi Puecher, Predicador de la Corte Papal; Joseph Othmar, cardenal de Viena; François-Xavier de Merode, Limonesro mayor del papa; Charles Philippe Plac, arzobispo de Marsella, etc. etc., todos ellos asistentes al concilio, estaban, entre otros muchos, en contra de la infalibilidad. Contra este grupo y a fin de quebrantar su posición, el papa y sus seguidores no tuvieron el más mínimo inconveniente en arrojar todo tipo de coacciones, amenazas, falsos testimonios y calumnias.


August Bernhard Hasler, teólogo católico, apostólico y romano, en su libro Cómo llegó el papa a ser infalible, realiza un exhaustivo relato de lo que aquel concilio fue. Lo menos que dice de él es que se trató de una asamblea en la que los participantes, especialmente los opuestos a la pretensión del papa, carecieron absolutamente de libertad. El 3 de julio de 1870, fuera de sí porque las deliberaciones no avanzaban lo suficientemente aprisa en el sentido que él deseaba, Pío IX llegó a afirmar: Quien se oponga a la Iglesia (es decir, a él) pagará su merecido.


El cisma estuvo a punto de producirse, pero, como ocurre hoy en el mundo de la política, la posición de la mayoría de los disidentes dependía directamente del Vaticano, de modo que entre la coacciones y amenazas se les hizo ver claramente que perderían sus puestos y sus ingresos y todos ellos acabaron claudicando. De este modo, Pío IX pudo declarar al fin el dogma de la infalibilidad el 18 de julio de 1870, quince días después de su advertencia, mediante la Constitución Pastor Aeternus.


La entrada en Roma de las tropas de Víctor Manuel II puso fin a un concilio que, tras la proclamación de su dogma había dejado de interesar a Pío IX. No obstante, la persecución de los opositores, aunque hubieran rectificado, no acabó con él. El obispo de Montpellier, François Lecoutier, por ejemplo, fue obligado a dimitir. Ignaz von Dolinger, teólogo alemán, fue excomulgado el 17 de abril de 1871. Muchos otros obispos fueron removidos de sus sedes y trasladados a otra de inferior categoría o directamente degradados. Muchos otros no se atrevieron a publicar sus diarios escritos durante las sesiones del concilio, debido al contenido crítico de los mismo.


En la actualidad, todos los católicos creen con total firmeza que el hombre que los gobierna desde el Vaticano, no puede equivocarse cuando, hablando ex cátedra o, lo que es lo mismo, cuando legisla, proclama artículos de fe. Muchos menos conocen, y por tanto no creen, que igualmente acierta cuando proclama normas de conducta.


Fuentes principales:


Cómo llegó el papa a ser infalible.- August Bernhard Hasler


Diccionario de los papas.- Juan Dacio


Diccionario de los papas y de los concilios.- Maximiliano Barrio y otros


Historia de los papas.- Rafael Ballester


El papado y el mundo moderno.- Jarl Otmar von Aretin


Historia general de la Inquisición.- Leonardo Gallois


Los archivos secretos del Vaticano.- Luisa Ambrosini


Historia de los papas.- Juan María Laboa


La Santa Alianza.- Eirc Frattini


Los espías del papa.- Eric Fratini.


Garibaldi.- Jasper Ridley


Historia de Italia.- Crhistopher Dugan.


Fotografía


Patio de Córdoba, con guapa cordobesa, a la que pedí autorización para sacarla aquí.




P.D. Después de esta entrada, cuya longitud, algo mayor de lo habitual, espero sepan perdonar mis lectores, hasta agosto, por lo menos. Felices vacaciones, a quien pueda disfrutarlas.

lunes, 20 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VI)


Quanta Cura

A pesar del misticismo crédulo y bobalicón que lo caracterizaba, Pío IX era un hombre indomable. Las amenazas que se cernían cada vez más certeramente sobre los Estados Pontificios, así como el menoscabo de su autoridad lo sacaban de quicio. En 1864, diez años después de su proclamación, el dogma de la Inmaculada no había dado fruto alguno en punto a afianzar el poder del Vaticano. Entonces, Pío IX decidió dar un nuevo golpe sobre la mesa y publicó la encíclica Quanta Cura.

Las encíclicas son cartas apostólicas que los papas dirigen a los patriarcas, arzobispos y obispos para marcarles directrices en materias concretas de su actividad. Se escriben en latín, porque este es el idioma de la Iglesia, que todos los dignatarios y sólo ellos entienden, y llevan el título de las dos primeras palabras del texto.

Con cuanto cuidado, comienza ésta en castellano, con cuanto cuidado y vigilancia, los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, cumpliendo con el oficio que les fue dado del mismo Cristo Nuestro Señor en la persona del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y con el cargo que les puso de apacentar los corderos y las ovejas, no han cesado jamás de nutrir diligentemente a toda la grey del Señor con las palabras de la fe, y de imbuirla en la doctrina saludable, y de apartarla de los pastos venenosos... Y continúa con este ampuloso lenguaje, propio no sólo de la época, sino de este tipo de documentos, incluso de época actual, un lenguaje en el que anticipa los reproches y amenazas que vendrán a continuación.

Y, en efecto, tras la presentación, Pío IX se lanza furiosamente a denigrar los valores emanados de la Revolución Francesa, valores que, sintetizados en la fórmula Libertad, Igualdad, Fraternidad, no cesaban de extenderse por toda Europa y aun fuera de ella. El papa lanza andanada tras andanada contra el naturalismo, doctrina filosófica que desarrolla los citados valores, y contra los filósofos que la sostienen, incluyendo con gran malevolencia en dicha doctrina todo tipo de ideas y de actitudes que se alejaran siquiera mínimamente de la ortodoxia católica que el pontífice representaba. Invocando una y otra vez la supremacia del poder eclesiástico sobre el civil, como lo venían haciendo los papas desde la Edad Media y como, en realidad, no han dejado de hacerlo todavía, aunque ahora de un modo bastante más sibilino, Pío IX no duda en exponer entrecomillados, como si se trataran de dichos textuales y para mejor fulminarlos, determinadas conclusiones de los que considera los peores enemigos no sólo de la Iglesia, sino de toda la humanidad.

Esta tremenda encíclica, propia de quien está completamente ausente de la realidad, se hizo famosa, sobre todo, por contener el memorable Syllabus, o colección puntual de los errores que, por si no había quedado claro en el texto precedente, el papa condena. Tal colección o listado, que de tal modo puede traducirse el palabrejo Syllabus, consta de nada menos que de ochenta errores, repartidos en diez capítulos. Pío IX condena, entre otros, el Panteísmo, el Naturalismo, el Racionalismo, tanto absoluto como moderado. Condena el Indiferentismo, doctrina que cree que cualquier religión además de la católica, resulta aceptable. Condena, claro está, el Socialismo, el Comunismo, a los que tacha de verdaderas pestilencias, y las Sociedades secretas, tan en boga en la época, las Sociedades bíblicas y las Sociedades clérico-liberales, pues había bastantes sacerdotes y más de un obispo que estaban a favor del liberalismo tanto económico como político. Condena todo intento de menoscabar los derechos de la Iglesia, tanto espirituales como temporales, incluidos la inmunidad de los religiosos y el fuero eclesiástico en causas civiles en las que estos se vieran envueltos. Condena la libertad de conciencia, la libertad de prensa y la libertad de expresión y, en fin, y textualmente, condena que el Romano Pontífice pueda y deba reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

Pío IX lo condena todo, no deja títere con cabeza, quiere a todo el mundo a sus pies, católicos y no católicos, reyes, príncipes, ciudadanos normales y corrientes, todos, arrodillados ante él adorando a su Dios a través de su persona. No tiene compasión con nadie que le discuta su supremacía. Aparte de la suya propia, que debe ser inviolable, no admite en el ser humano ni un ápice de libertad. Como más tarde Lenín a preguntas de un socialista español, a Pío IX podría ajudicársele con todo derecho la respuesta del mandatario comunista: "¿Libertad para qué?" Con esta encíclica Giovanni María Mastai-Ferretti, el hombre que se hizo sacerdote debido a que lo rechazaron en la Guardia Noble del papa a causa de la epilepsia, está a punto de alcanzar la cumbre de la autocracia y de la egolatría.

Continuará

Fotografía: Patio cordobés de la calle Alvar Rodríguez

jueves, 16 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidión (V)



La Inmaculada Concepcion


Aunque ahora pretendan otra cosa, lo cierto es que la veneración de la Virgen María tardó en imponerse entre los cristianos. La Iglesia, temerosa de que la Madre de Cristo fuera confundida con la Diosa Madre del paganismo y siempre tan misógina, procuró desalentar su culto, que no comenzaría a extenderse hasta bien avanzada la Edad Media, cuando el paganismo clásico ya no constituía peligro alguno. Incluso después de esta época, la figura de esta Santa Mujer se fue abriendo paso con más lentitud de la esperada, hasta el punto de que se necesitaron nada menos que mil ochocientos cincuenta y cuatro años para que la Iglesia Católica estableciera el dogma de su Inmaculada Concepción.


Es tal el cacao de normas, de reglamentaciones y de artículos de fe que la Iglesia ha ido desarrollando a lo largo de los siglos, que al día hoy la mayoría de los cristianos confunden este dogma de la Inmaculada con el de la virginidad de María. Son, sin embargo, dogmas bien distintos. Este último sostiene que la Madre de Cristo conservó intacto su sagrado himen en el momento de la concepción de su Hijo, a lo largo de su embarazo y durante y después del parto. El de la Inmaculada afirma que la Virgen María fue concebida por su madre Santa Ana con la ayuda de su padre San Joaquín sin una mota siquiera del pecado original, esto es, de la culpa que, desde Adán recayó sobre la totalidad del género humano.


Ni en la Biblia ni en los Evangelios existe indicación o pista alguna que justifique la proclamación de este dogma. Los protestantes reniegan de él precisamente por este motivo. No obstante, desde antiguo, han sido muchos los cristianos que defendían la ausencia en María de todo pecado, incluido el original y, como no podía ser de otro modo, el lugar en el con más firmeza se defendió esta causa fue España. Aquí, nada menos que en el siglo VII el rey visigodo Wamba recibió el título de Defensor de la Purísima Concepción en el XI Concilio de Toledo. Desde entonces, la devoción no dejó de crecer, teniendo otros defensores ilustres como los también reyes Fernando III, Carlos I o Felipe II, todos, como se sabe, doctísimos en las escrituras sagradas y en contacto directo con el cielo.


Sin embargo, no todos los católicos estaban de acuerdo con esta creencia. Famosas fueron las pugnas teológicas que se produjeron entre los franciscanos y los dominicos, los primeros a favor de la concepción sin pecado de María y los segundos en contra. Teológogos de la relevancia de San Alberto Magno, Santo Tomás y San Buenaventura, los tres dominicos, negaron que María hubiera estado exenta del pecado original. Esta opinión, que apoyaba también la Universidad de París, prevaleció entre las jerarquía y los fieles más cultos hasta la aparición del franciscano Juan Duns Escoto (1266-1308), que logró imponer el criterio contrario.


La proclamación oficial del dogma fue realizada por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, mediante la bula ineffabilis Deus. En su decisión, influyó, sin duda, su creencia personal, pero influyó mucho más la situación de Europa y, especialmente la de Italia, con los Estados Pontificios cada vez más amanazados y el Modernismo en pleno vigor. En su fatuidad, el papa no comprendía que la Edad Media quedaba muy lejos y pensaba que lo mejor para conjurar las amenazas era recordarle al mundo su poder mediante un golpe de autoridad. Miembros de la curia lo animaban a dar este golpe. El cardenal Luigi Lambruschini era uno de ellos. Lambruschini, en aquel momento jefe de la Santa Alianza, una organización de espías al servicio del Vaticano constituida por clérigos dispuestos a todo, incluido el asesinato de los enemigos de la Iglesia, que continúa funcionando en la actualidad, le aconsejaba textualmente: Usted, Beatísimo Padre, no podrá curar al mundo más que con la proclamación de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática restablecerá el sentido de las verdades cristianas y retraerá las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden.


Una prueba más de que el papa estaba convencido de la necesidad de hacer gala de su autoridad la da el mismo Pío IX en la citada bula de la proclamación del dogma. En ella escribe: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción... ha sido revelada por Dios (a quién, habría que preguntarse) y por tanto debe ser firme y constantemente creída por los fieles. Y, más adelante, amenaza con contundencia: Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad... de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de cualquier otra manera (¿por señas?) lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.


Continuará


Las negritas son mías.


Fotografía: patio cordobés de la calle del Queso

martes, 7 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (IV)



¿Un místico?

Para sus hagiógrafos, Giovanni María Mastai-Ferretti, o Pío IX, pasa por ser uno de los grandes papas místicos de la historia, si no el mayor de todos.

¿Pero qué clase de místico fue, en qué, si lo hubo, se sustentaba su misticismo y cómo se ponía de manifiesto? Son muchos los testimonios que se pueden aportar al respecto, pero existe uno altamente significativo del Ministro de Obras Públicas de los Estados Pontificios, Marco Mingheti. El que, andando el tiempo se convertiría en Presidente del Gobierno de la Italia unificada, escribe poco después de la ascensión del nuevo pontífice al trono de Pedro: Una tarde, durante una sesión del Consejo de Ministros, el papa abrió de repente la ventana, porque había aparecido un cometa en el cielo, se arrodilló, nos hizo arrodillar a todos los presentes y rezó para poder apartar el azote que el cometa anunciaba fatalmente.

El bueno de Pío IX eran tan sumamente místico que veía signos que había que tomar muy en serio no sólo en la aparición de un cometa, sino en cosas como las figuras que las nubes formaban en el cielo, especialmente cuando, a su parecer, adoptaban la forma de una cruz. Clara de Montefalco (1268-1308), que había sido beatificada por Clemente XII en 1737 y sería canonizada en 1881 por León XIII, fue una monja visionaria cuyo cuerpo se mantiene incorrupto en la iglesia que lleva su nombre en Montefalco, pequeña población perteneciente a la diócesis de Spoleto. En cierta ocasión, siendo Mastai-Ferretti obispo de Spoleto, parece que el cadáver de la monja se movió, no se sabe cómo, y el futuro papa vio en aquel movimiento un augurio terrible para la Iglesia y para el mundo.

Con idéntico misticismo daba fe a las visiones y profecías de los prelados que formaban su corte, por lo que aquéllas se producían con una asiduidad como jamás se había conocido. Hasta ciertas monjas iluminadas, en especial una residente en Nápoles, ejercieron notable influencia en el casi sobrenatural misticismo del pontífice, lo mismo que influyeron y mucho los temores sufridos durante los sucesos de 1848, hasta el punto, según distintos testimonios, de alcanzar un carácter realmente enfermizo.

En su ascensión mística, el papa estaba convencido de haber sido llamado por Dios para llevar a cabo una acción trascendental sobre la Iglesia. En 1846, año en que comienza su pontificado, se produjo la célebre aparición de la Virgen a los niños pastores de quince y once años Melanie Calvat y Maximin Giraud, en La Salette, montañas alpinas de Saboya, y Pío IX aceptó de inmediato las profecías de la Virgen que, como siempre en estos casos, para no variar, anunciaba a la humanidad terribles desgracias, si no se arrepentía de sus pecados y hacía penitencia. A partir de estas apariciones y siempre dentro de su portentoso misticismo, Pío IX comenzó a hacer pública su opinión de la particular inspiración divina de los pontífices, hasta el punto de llegar a la infalibilidad, probablemente porque este término referido a los papas aparecía en el informe que, acerca de lo que les había contado la Virgen, le enviaron los pastorcillos saboyanos.

Poco después, en uno de sus arrebatos místicos, el mismo papa tuvo su propia visión, en la que la Virgen le confirmaba el don de su infalibilidad. Bastante tiempo después, el cinco de enero de 1870, a punto de iniciarse la guerra franco-prusiana, Giovanni Don Bosco, fundador de los Salesianos, que acabaría subiendo a los altares en 1934, recibió él también la visita de la Virgen. En esta ocasión, la Madre de Cristo, le anunció al insigne sacerdote que Prusia, entonces país protestante, se convertiría y que el papado y la Iglesia lograrían un gran triunfo (ninguna de estas dos profecías se cumplieron, pero esa es otra cuestión). La Virgen le comunicó también al sacerdote que había llegado el momento de elevar a dogma de fe la infalibilidad del papa y que éste debía declararlo aun con la oposición de toda la Iglesia. Como no podía ser menos, Pío IX, a quien Don Bosco comunicó de inmediato su visión, acogió con enorme entusiasmo el recado mariano. El informe de don Bosco no significó, sin embargo, para el pontífice más que una confirmación, pues, instalado enteramente en su nebulosa mística, hacía tiempo que se consideraba iluminado directamente por Dios y, en consencuencia, infalible.

Continuará


Nota.- Aunque parezca mentira, todos los datos de esta entrada están tomados de escritores católicos, cuya relación citaré al final de la serie.

Fotografía: Patio cordobés de la calle Duque de la Victoria

miércoles, 1 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (III)


Los Estados Pontificios

El día en que Giovanni Maria Mastai-Ferretti alcanzó el pontificado, el papa no era sólo el jefe espiritual de la Iglesia, extendida ya por todo el mundo, sino también el jefe político de los llamados Estados Pontificios, territorio que gobernaba en calidad de monarca y que abarcaba la Italia central y parte del nordeste, las denominadas Marcas, con Roma como su capital.

En 1846, primer año del papado de Pío IX, Italia se encontraba dividida en diversos reinos y repúblicas, entre los que sobresalían el Piamonte, en el norte, y el reino de Nápoles, en el sur, el primero gobernado por los reyes de la casa de Saboya y el segundo por los Borbones.

Los Estados Pontificios mantenían una estructura feudal, con la nobleza pugnando entre sí por el poder, que, en su calidad máxima, ostentaba el papa. En este reino el papa controlaba tanto la vida religiosa como la política, la económica, la militar y la judicial, de manera que lo mismo ordenaba prepararse para defender el territorio de agresiones ajenas que enviaba a la horca a un malhechor de carácter civil. En la vida religiosa, La Inquisición continuaba actuando con pleno vigor, persiguiendo a los disidentes religiosos y enviándolos al cadalso cuando se estimaba necesario.

La revolución francesa de 1789 y la posterior entrada de Napoleón en Italia llevó vientos de libertad a toda la península italiana, incluidos los Estados Pontificios, vientos a los que se habían opuesto con todas sus energías los papas anteriores a Pío IX, Pío VII (1800-1823), León XII (1823-1829), Pío VIII (1829-1830) y, sobre todo, Gregorio XVI (1831-1846), un hombre que creía estar viviendo aún en el año mil y que con su extraordinario reaccionarismo había condenado, entre otras muchas cosas, la propagación de la urbanización que propiciaba la nueva economía, la educación popular y ¡el alumbrado público! (A lo que no se hayan opuesto los papas...)

Tras la caída de Napoleón, se sucedieron en los distintos reinos de Italia periodos revolucionarios seguidos de otros de fuerte reacción. Pero una idea iba imponiéndose poco a poco, la de la unidad del territorio en un solo Estado. Mi reino no es de este mundo, cuenta el Evangelio que había declarado Cristo, pero los papas católicos, haciendo caso omiso a la afirmación del fundador del cristianismo, defendían con uñas y dientes sus Estados terrenales, motivo por el que se oponían a cualquier intento de unificación que no fuera bajo su hegemonía.

Durante su mandato como obispo de Imola, Mastai-Ferretti se había ganado, no se sabe bien por qué, una aureola de liberal, por lo que, frente a un papa tan reaccionario como Gregorio XVI, su ascensión al trono de Pedro fue acogida con enorme entusiasmo. Quizás, empujado por este entusiasmo, Pío IX inició, en efecto, su reinado con una serie de reformas liberalizadoras, tales como la promulgación de una amnistía para los presos políticos, la suavización de la censura, la reducción de las tarifas aduaneras, la constitución de una Guardia Cívica o la apertura del gheto de Roma, en el que se apiñaban los judíos. Las demandas de democracia lograron que el nuevo papa llegara incluso a promulgar una constitución para sus Estados terrenales.

Los demócratas exigían además elecciones generales, un Parlamento representativo y la sustitución del ejército papal por otro popular. Exigían más, que, en su calidad de Jefe del Estado, declarara la guerra a Austria, potencia que había sustituido a Napoleón y bajo cuya vigilancia se había repuesto el absolutismo en los distintos Estados italianos. No era la primera vez que un papa declaraba una guerra y Pío IX sopesó la posibilidad de declarársela al monarca de Viena, más que nada con la intención de conseguir el dominio del Trentino, región situada al norte, lindante con Austria. Comprendió, sin embargo, que no podía ganar aquella guerra y que, de perderla, ponía en peligro las posesiones de la Iglesia.

Corría el año 1848, año de revoluciones en media Europa, y tal negativa defraudó profundamente al pueblo. Estalló entonces la revolución en los Estados Pontificios, Pellegrino Rossi, el primer ministro del papa, fue asesinado, Garibaldi hizo su entrada en Roma al frente de sus tropas en un primer intento por conseguir la unificación italiana y Pío IX, disfrazado de simple sacerdote, huyó en la carroza del embajador de Baviera a Gaena, en la costa del Tirreno.

Dos años duró el exilio del pontífice. En 1850, los franceses expulsaron de Roma a los garibaldinos y Pío IX recuperó su trono. Los acontecimientos de 1848 sacaron a relucir su verdadero carácter. Las primera medidas que tomó nada más entrar en Roma consituyen un ejemplo inmejorable de su nueva actitud: restituyó el gheto judío, abolió la constitución, prohibió la libertad de prensa y la de reunión y declaró a las corrientes liberales como el principal enemigo de la Iglesia y del papado. En una palabra, restableció el autocratismo cuasi medieval vigente a su llegada al pontificado. Tales medidas, sin embargo, le valieron a Pío IX la admiración incondicional del mundo católico, hasta el punto de que a partir de este momento el culto al papa alcanzó cotas nunca antes conocidas.

Este autoritarismo no le sirvió, sin embargo, para conservar sus Estados. En 1860, el rey del Piamonte Víctor Manuel II desde el norte y Garibaldi desde el sur avanzaron con sus tropas, sellando la unidad italiana con el célebre apretón de manos de Teano, mediante el cual Garibaldi entregaba al rey el poder conseguido en el sur. Los Estados Pontificios quedaron reducidos a Roma y sus alrededores, donde Pío IX, protegido por las tropas de Napoleón III pretendió seguir ejercienco su autoridad civil.

Diez años duró esta situación. En 1870, la guerra franco-prusiana obligó a Napoleón a retirar sus tropas de Roma, momento que aprovechó Víctor Manuel II para apoderarse de ella. Pío IX reunió un pequeño ejército de unos ocho mil hombres y se dispuso a resistir, pero la tropas de Víctor Manuel acabaron fácilmente con la resistencia y el rey de una Italia completamente unida tomó posesión del palacio del Quirinal, que convirtió en su residencia. Los Estados Pontificios habían llegado a su fin. No obstante, Pío IX se negó a reconocer la unidad italiana, se encerró en el Vaticano y se declaró prisionero de Víctor Manuel, situación en la que permaneció hasta el siete de febrero de 1878, fecha de su muerte.

Los papas que siguieron vivieron en una especie de limbo jurídico durante cincuenta y nueve años, hasta que el once de febrero de 1929 Pío XI suscríbió los llamados Pactos de Letrán con el fascista Mussolini mediante los que la Iglesia reconocía al fin al Estado italiano, logrando a cambio convertir la Ciudad del Vaticano en un Estado eclesiástico independiente.


Fotografái: patio cordobés de la calle Parras