jueves, 28 de abril de 2011

Los santos y las santas




Santos y santas. La católica es la única religión que contempla esta figura, la única que erige altares a los que eleva para su veneración no a entidades de carácter divino, sino a seres humanos molientes y corrientes como usted y como yo.

¿Pero qué se necesita para ser santo? ¿De qué estamento social proceden? ¿Surgen por generación espontánea, por iniciativa propia o por iniciativa ajena? ¿Qué mecanismos se ponen en marcha, qué trámites se siguen, quién formula la declaración de santidad, cuándo?

Para empezar, lo primero que se necesita para ser declarado santo es estar muerto. Los vivos, quiero decir las personas que aún conservan la vida, pueden poseer eso que llaman olor de santidad e incluso pueden contar con un coro más o menos grande de seguidores que los veneren, pero, mientras vivan, estas personas de santo no tienen nada.

Para los demás requisitos, ha caído en mis manos un libro encantador que da cuenta del proceso de manera singular. Se trata de Los archivos secretos del Vaticano, de la señora María Luisa Ambrosini, católica confesa, de cuya fe hace diversas proclamaciones a lo largo del texto. Este libro, escrito de manera ciertamente amena y brillante, cuenta numerosas y variopintas historias extraídas de los gigantescos archivos que la Iglesia conserva en el Vaticano. Con un candor que llena de ternura y, desde luego, muy lejos de su más que evidente intención, María Luisa Ambrosini narra hechos y da opiniones que resultan de una claridad meridiana acerca de los manejos históricos de la Iglesia católica. En concreto, en lo que a los santos se refiere, las afirmaciones de la señora Ambrosini, aunque no de manera directa, responden perfectamente a las preguntas enunciadas al principio. Helas aquí:

El proceso canónico seguido habitualmente empieza en la diócesis donde el Siervo de Dios (es decir, el posible santo) vivió y trabajó... (este proceso) requiere largas investigaciones, cuidadosas búsquedas de documentación, evidencia y testigos, toma de juramentos, impresión de documentos. Los santos, habitualmente proceden del clero regular -es decir de las órdenes religiosas-. Sólo raramente se sacan del clero secular -los que sirven al laicado católico-, o del propio laicado (es decir, de los fieles que no son ni frailes ni curas ni monjas). Esto no se debe a que la fe, esperanza y caridad en grado heroico falten entre el clero secular y el laicado, sino porque el proceso de canonización es extramadamente caro. No solamente están las prolijas investigaciones sino que además cuando llega el tiempo de la proclamación de un santo suele imprimirse su biografía, y se pintan grandes cuadros suyos, con frecuencia por buenos artista, se presenta al Papa un valioso relicario de plata, y la Basílica de San Pedro y la cúpula son iluminadas. Hacer santo a un párroco sería una carga financiera demasiado pesada para su diócesis. En raros casos, el coste es pagado por la familia del santo, pero representa un esfuerzo financiero incluso para una casa principesca. Después de la beatificación de San Luis Gonzaga, unos muchachos se reunieron en torno a la madre de aquél para felicitarla:

-Sed buenos muchachos -dijo ella-, pero no seais santos.

Creo que ha quedado claro, ¿no? Para ser santo, lo que se necesita es, por encima de todo, pasta. Y es que, aunque Aquel que la fundó no tenía ni donde reposar su cabeza, la Iglesia católica es desde hace mucho, mucho tiempo, la primera organización clasista del mundo, aquella en las que las diferencias entre unos miembros y otros no las marca la virtud, sino el dinero.

Las negritas y los paréntesis son míos.

Los archivos secretos del Vaticano. María Luisa Ambrosini. Editorial Iberia. Barcelona, 1973.

Para el que esté interesado en leerlo, el libro se encuentra en la Biblioteca Provincial de Córdoba, de dónde lo he sacado yo. También puede adquirirse en www.iberlibro.com , un lugar de internet con millones de libros antiguos y de segunda mano sumamente fiable.

jueves, 21 de abril de 2011

Los regalos del emperador


Constantino El Grande. Así lo llama una y otra vez Eusebio de Cesarea, probablemente el historiador más adulador y más embustero, según conveniencia, de todos los tiempos. No es de extrañar. El sagaz emperador proclamó la libertad de cultos, ordenando que se le devolvieran a los cristianos las propiedades incautadas por sus antecesores, con lo que la Iglesia encontró, al fin, el camino expedito hacia su expansión.

Constantino, además, no se contentó con hacerle a la nueva religión este precioso, si bien inmaterial, regalo, sino que, tras él, le hizo otros cuatro de carácter material que constituyeron la base sobre la que la Iglesia empezó a asentar su poder, los cuatro situados en la ciudad de Roma.

El primero de ellos fue el Palacio de Letrán, un lugar siniestro por la larga historia de crímenes que en él se habían cometido, primero, por parte de los Laterani, la familia que lo construyó y lo ocupó durante siglos, y, después, por el propio Constantino, quien aquí asesinó a Fausta, su segunda esposa, mucho más joven que él y acusada falsamente de mantener relaciones sexuales con Crispo, hijo del emperador. El papa Silvestre (314-335) no hizo ascos a estos sangrientos sucesos y tomó encantado posesión de un palacio que, a partir de este momento, se convertiría durante casi mil años en residencia oficial de los papas, si bien, en bastantes ocasiones, muchos de ellos, siguiendo el ejemplo de Cristo, su fundador, que, según el evangelio, no tenía donde reposar su cabeza, prefirieran alojarse en alguno de los palacios de la vieja Roma que acabaron, como toda la ciudad, en poder de la Iglesia.

Junto a este palacio, Constantino hizo construir la basílica de San Juan de Letrán, apelativo que recibe por el palacio. Constantino no se andaba con ridiculeces a la hora de regalar y esta basílica, proyectada para ser la más importante de la ciudad es prueba de ello. La gente la bautizó muy pronto como la Basílica Aurea, tal era su esplendor. Tenía el techo de oro, preciosas columnas de jade verde y los altares, siete, de plata. Alrededor de esta basílica y del palacio creció muy pronto una verdadera ciudad, formada principalmente por las residencias de un ejército de clérigos burócratas que atendían la administración de la Iglesia.

Extramuros de Roma construyó Constantino la Basílica de San Pablo Extramuros, otro templo de gran esplendor. Y en una colina del extremo de Roma opuesto a Letrán, la Basílica de San Pedro, la mayor de todas, templo que, con sucesivas reconstruciones, acabaría convirtiéndose en el más importante no sólo de la ciudad, sino de todo el orbe católico. Alzado en el lugar en el que se creía que estaba la tumba del apóstol y primer papa, Pedro, su altar mayor era de plata, enteramente cubierto de piedras preciosas -rubíes, esmeraldas, brillantes, topacios, etc.-. Detrás de este altar se situaba la Silla de Pedro y frente a él estaba el coro, que, entre sus particularidades, contaba con seis columnas procedentes del antiguo templo judío de Jerusalén, instaladas aquí por la creencia de que al menos en una de ellas se había apoyado Cristo en su discusión con los rabinos, cuando, tal y como narra el pasaje evangélico, era todavía un niño de sólo doce años.

Silvestre, el papa del momento, tuvo oportunidad de manifestarle a Constantino que no deseaba regalos tan ostentosos, sino que prefiría que el dinero se emplease, por ejemplo, en aliviar las condiciones de vida de miles y miles de ciudadanos del imperio que se pudrían en la miseria, o en la manumisión de esclavos, etc.. pero, como se ve, para entonces, la Iglesia tenía meridianamente claro cual era su camino: convertirse en el emporio de poder y de riqueza que todavía sigue siendo hoy, mil seiscientos y pico años después.

sábado, 16 de abril de 2011

El pecado original


1.- Lo cuenta la Biblia y a todos nos lo explicaron de niños una y otra vez. Dios puso en un lujurioso jardín al primer hombre, el único que creó directamente con sus manos. Luego, viéndolo solo, le arrancó una costilla y con ella creó a la primera mujer. Aquel jardín era un verdadero paraíso, varios ríos, cuatro dicen algunos, lo cruzaban y en él crecían todo tipo de plantas floridas y de árboles frutales.

2.- En lugar tan agraciado, el hombre y la mujer eran felices y, además, lo eran para siempre, pues nunca morirían. Mas, entonces, habló la serpiente y el hombre y la mujer comieron del árbol del bien y del mal, el único del que su Creador les había prohibido comer.

3.- Por culpa de esta infracción cayeron sobre el mundo toda clase de males, el primero de los cuales fue la muerte, con la destrucción absoluta del individuo.

4.- Mucho tiempo después, de este modo continuaron contándonos la historia, Cristo, el Hijo de Dios, tomó cuerpo y se hizo presente en este mundo con el único objetivo de redimir a la humanidad, sólo a la humanidad, al resto de los vivientes no, de los efectos de aquel terrible pecado. Para ello y siguiendo el plan trazado desde la eternidad por su Padre, Cristo murió en una cruz, sacrificio gracias al cual no desapareció ninguno de los males que aquejan al mundo, pero la muerte ya no traería consigo la destrucción de los seres humanos, sino que sería el paso a través del cual entraríamos en una vida eterna de paz y de felicidad. Aunque generosa, esta salvación no era, sin embargo, gratuita. Existía una pequeña condición para lograrla: era necesario formar parte de la institución que Cristo había fundado, la Iglesia católica.

5.- A medida que fuimos creciendo, algunos adoptamos un par de hábitos nada aconsejables por los dirigentes de la Iglesia: nos dio por leer y nos dio por pensar. Así descubrimos que hubo un tiempo, un tiempo muy largo, durante el que la culpa por los delitos cometidos por los padres recaía también sobre sus descendientes, descubrimos que esta norma desapareció en los lugares más adelantados pasada la Edad Media. Y entonces aquel Dios del que tanto nos habían hablado, ya no nos pareció un ser de bondad, sino un verdadero tirano, pues por el delito de un solo hombre y de una sola mujer había condenado y seguía haciéndolo a todos sus descencientes y, no contento con ello, condenaba igualmente a todos los animales y a todas las plantas, a todos los seres vivientes, como si estos tuvieran culpa alguna en el asunto.

6.- Descubrimos algo que nos pareció más inquietante aún. Hace setenta millones de años, puede que a causa de que un meteorito chocara con la tierra, aunque aún no se sabe con exactitud, los dinosaurios desaparecieron por completo del planeta, murieron, fueron exterminados. El ser humano hizo su aparición bastante más tarde, pongamos que hace sólo unos dos millones de años. Dos simples datos con los que hasta un idiota podía hacer la sencilla deducción, es decir, que, la muerte llevaba haciendo de las suyas, por lo menos, sesenta y ocho millones de años antes de la existencia del hombre. Luego ni el hombre ni la mujer eran culpables de nada y, mucho menos, de que la muerte hubiera entrado en el mundo. Y claro, si ni uno ni otro eran culpables, ¿a santo de qué había venido Cristo al mundo?

7.- Todo esto es una monumental perogrullada, lo sé. Pero es una perogrullada en la que parece que nadie repara, ni siquiera los dirigentes de la Iglesia, pues ahí siguen, impertérritos en su afán, sosteniendo que Cristo se encarnó y murió en la cruz para redimirnos de un pecado que nadie cometió y que, desde luego, como se ve, no fue el causante de la existencia de la muerte, y son legión los que se lo siguen creyendo, como si no pasara nada. La Semana Santa, que a partir de mañana llenará las calles del país de cristos expirantes y de vírgenes angustiadas, es prueba de que a las multitudes les atrae más la parefernalia del circo que la simpleza de una perogrullada, ¿por qué será?


viernes, 8 de abril de 2011

¿Dónde están?


1.- ¿Hay un crimen más horrendo que el de arrebatarle su hij@ a la mujer que acaba de parirl@, cuando aún no se ha recuperado del enorme esfuerzo, vendérselo a otra persona, decirle, a continuación, a la madre que su hijo nació muerto y negarse a mostrarle el cadáver cuando esta lo pide? Quizás lo haya, pero yo llevo días, semanas viviendo en la indignación y roído por la rabia y por el asco.

2.- Este crimen se ha venido repitiendo en numerosos hospitales españoles entre los años cuarenta y noventa del siglo pasado una y otra vez, una y otra vez. Miles de niños, estimaciones nada exageradas llegan a hablar de trescientos mil, han sido arrebatados a sus madres, mujeres de escaso nivel cultural y por ende económico, en el momento de su nacimiento y entregados a familias, evidentemente acomodadas, a cambio de dinero. En gran parte de los casos, desde luego en casi todos hasta bien entrada la democracia, siempre hay un cura y una monja formando parte del grupo de los ladrones.

3.- Aunque hay mujeres solteras, más del noventa por ciento de las madres robadas son mujeres casadas cristianamente, es decir, tal y como ellos afirman, hermanas en Cristo del cura y de la monja que participaron en el robo y, por supuesto, del matrimonio, cristiano también, claro, que recibía al niño robado. Mujeres con marido, con padres, con hermanos, incluso, en bastantes casos, con algún otro hijo, familias que, por lo que se ve, no merecían ser defendidas como tales, sino canallamente despojadas de su bien más precioso.

4.- La red de robo-venta de niños estaba extendida por toda España. En Córdoba, en concreto, se han denunciado varios casos de los años setenta en el Hospital Reina Sofia. Una de las últimas denuncias corresponde al Hospital Clínico de Granada, en el que, nada menos que en 1990, a una familia le cambiaron su niña recién nacida por otra moribunda que, en efecto, murió a las pocas horas.

5.- Bilbao. Doña Mercedes Herránz de Gras se lo había montado bien. Esta egregia católica de exquisitos ancestros, siempre cargada de joyas, trabajaba sólo con futuras madres solteras, muchas de ellas de excelentes familias cristianas, hijas de médicos, de militares, de abogados, etc., que no aceptaban el embarazo de sus niñas. Doña Mercedes había fundado la institucíón Madre María, institución que, en realidad, no era más que la tapadera de una serie de pisos nido en los que recogía a estas muchachas a las que, tan pronto como parían, les retiraba los niños, muchas veces sin su consentimiento, y los enviaba nada menos que a Tenerife, donde sor Juana Alonso, de las Hermanas de la Caridad y superiora de la Casa Cuna, ya tenía preparado al cliente que había de quedarse con él.

6.- La familia es una institución humana fundamental que vive la persecución de quienes la temen y no protegen la vida ni la quieren, declaraba no hace mucho don Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo.

7.- Ante noticias como estas, que vienen sucediéndose desde hace bastantes semanas, yo me pregunto dónde está ahora don Jesús, dónde están lo Rouco Varela, los Camino, los Munilla, con su implacable defensa de los valores familiares, dónde están los que una y otra vez se desgañitan en contra del aborto y a favor de la vida. Aparte del daño irreparable que causaron a la familia robada, andando el tiempo, estos niños y niñas pueden llegar a casarse con su hermano o hermana incurriendo en incesto sin saberlo, con los problemas que este hecho puede suponer para su descendencia. ¿Por qué callan pues estos grandes gritadores? ¿No deberían ser ellos los primeros interesados en descubrir cada uno de los casos para evitar, al menos, el daño (y el enorme pecado, según ellos) del incesto? Su silencio de ahora constituye la prueba más evidente de la mentira sobre la que se sustentan sus condenas y sus gritos habituales A mí no me cabe ninguna duda.

sábado, 2 de abril de 2011

Venga a nosotros tu reino


1.- No son pocos los que, por uno u otro motivo, cayeron en brazos del olvido y a estas alturas de la vida no recuerdan lo que fue. No son pocos, igualmente, los que no lo vivieron y, como no se lo contaron o se le contaron mal, no saben lo que ocurrió. A unos, los libros de historia le resultan farragosos, pesados. Otros no se atreven más que con la ficción.

2.-No hablamos de la guerra, amigo; hablamos de la posguerra, una posguerra larga, interminable, cuyos ecos resuenan todavía en el ambiente, porque todavía, a pesar del tiempo transcurrido, no se da por concluida.

3.- En los primeros quince años de esa posguerra se sitúa esta amena novela, cuya lectura resultará igual de interesante tanto para los que vivieron y olvidaron como para los que aún no tuvieron ocasión de saber.

4.- Con habilidad, sin más sordideces que las del propio tema, el autor recrea el paisaje de Madrid y por extensión el de toda España, en el que sobresale la institución de la Iglesia católica no sólo como cómplice, sino como garante y justificación de la Dictadura, de su violencia, de sus crímenes.

5.- Por las páginas de la novela pasan los fusilamientos sin juicio, que seguían produciéndose veinte años después de concluida la guerra. Pasan los trabajos forzosos de los presos republicanos, esclavos de determinadas empresas que en ellos encontraron la base de su crecimiento y esclavos que realizaron no sólo el tan cacareado y faraónico Valle de los Caídos, sino otras muchas obras, ejemplo de las cuales en Andalucía es el famoso canal Sevilla-Bonanza. Pasa la prostitución forzada de las mujeres y de las hijas de estos mismos presos y de muchos de los republicanos muertos o exiliados, para disfrute de los ganadores pudientes de la guerra, muy católicos, sí, pero también puteros y juerguistas como ellos solos, que para eso caminaban por una senda imperial y tenían siempre a mano un confesionario.

6.- Y junto a estos y otros denigrantes hechos, los personajes que los protagonizaron. Gente como el siniestro siquiatra Vallejo-Nájera, cuyas sesiones de electroshock se hicieron tristemente famosas en todo el país; el propio Franco; los obispos Morcillo, Gomá, Pla y Deniel, el nuncio papal Antoniutti, Ruiz Jiménez, Esteban Bilbao, Federico Sánchez, seudónimo de Jorge Semprún, etc. Y sobre todos ellos, la imponente figura de don Leopoldo Eijo Garay, arzobispo de Madrid y Patriarca de las Indias Occidentales, íntimo de Franco y del papa Pío XII, cuyo carácter, tejemanejes y correrías resultan tan truculentos como inolvidables.


Venga a nosotros tu reino. Javier Reverte. Edit. Randon House Mondadori. Barcelona, 2008. Se encuentra en la Biblioteca Provincial de Córdoba, de donde lo he sacado yo.