domingo, 27 de marzo de 2011

Moños


1.- Por más soberbia de la que haga gala en tantas ocasiones, el ser humano no deja de ser un triste náufrago necesitado más que nada de afecto, de amor. Quizás no fuera únicamente el miedo el que inventara a los dioses, quizás en la invención participara también esta necesidad incurable de amar y ser amado.

2.- ¿El homosexual nace o se hace? ¡Menuda pregunta! ¡Cómo si importara! El homosexual -la ciencia dixit- nace, pero cualquier varón o cualquier hembra -afirmo yo- puede llegar a serlo, basta con se produzcan las condiciones adecuadas. Una de estas condiciones es la edad. Otra la ausencia de contacto con el sexo contrario. Hay más, pero con estas basta.

3.- Aquel año en el seminario de Santa María de los Ángeles, en el corazón de la sierra de Hornachuelos, fue un año feliz. Lo he dicho ya, éramos ciento seis chavalitos de doce años de edad, más o menos. Aquel año, la mayoría de nosotros tuvimos nuestro primer contacto a fondo con la naturaleza. La mayoría de nosotros comimos abundantemente por primera vez en nuestra vida. Y todos, todos, descubrimos el amor. ¡Ah, fue maravilloso!

4.- El primer trimestre fue de tanteo y de aclimatación, de conocimiento de unos y de otros, pero pasada la navidad y, a medida que la primavera se aproximaba, insensible, mágicamente, fueron formándose las parejas. De repente, se acabaron los juegos y durante los recreos las pinas veredas que se adentraban en la espesura conocieron nuestros pasos caminando de dos en dos, sin hablar apenas, sin rozarnos ni las manos, sólo disfrutando de la inexplicable e indescriptible emoción de estar juntos y solos. Si no recuerdo mal, para finales de febrero no había ninguno de nosotros que no estuviera emparejado.

5.- Nunca podré olvidar a mi pareja. Sin saber lo que nos ocurría, sólo viviéndolo, me enamoré de él y él se enamoró de mí. En aquel amor había una infinita inocencia y una exaltación espiritual semejante, sin duda, a la que cuentan los místicos. Había sexo también -lo sé hoy, entonces no-, era el sexo el que nos empujaba, pero se mantenía lejos, en estado de latencia. Nos faltó tiempo para que se hiciera presente y se materializara. Era un muchachito de Villa del Río, dorado como el trigo, del que callo su nombre porque, aunque no he vuelto a verlo, me consta que aún vive y, quizás, no le agrade esta revelación.

6.- Aquellas relaciones tan intimas no eran buenas. Nosotros no lo sabíamos, pero los curas que nos controlaban sí. Eran curas seculares y carecían de experiencia en el trato con niños, de manera que tan abrumador emparejamiento los cogió más bien desprevenidos. Pero reaccionaron con rapidez. ¡Moños! nos gritaron en un par de charlas a propósito. Nos iban a crecer moños, como a las niñas. Seríamos el hazmerreír de la gente cuando, en vacaciones, volviéramos a nuestras casas. Y nos prohibieron tajantemente seguir paseando de dos en dos.

7.- Pero las parejas no terminaron. Lo que empezó fue el secreto. Y esa sensación de intimidad frente al resto de la gente que tanta felicidad produce. Corrían las notitas en los momentos más inverosímiles. No había en ellas ni una sola palabra de amor, por supuesto, ¿pero qué otra cosa sino el amor nos empujaba a escribirlas y a entregárselas secretamente a nuestro par? "Eres tonto, tienes cara de melón amarillo", escribíamos. ¿Pero, bajo algo tan trivial, no estábamos diciendo: ¡te amo, te amo, te amo!? A mí no me cabe duda alguna. Hasta el final del curso corrieron las notas de un lado para otro. Fuimos tan hábiles que los curas no nos cazaron nunca intercambiándolas.

8.- Al año siguiente, ya en San Pelagio, en Córdoba, mi pareja no volvió. Yo abandoné antes de terminar el curso. Nunca he vuelto a vivir nada semejante con ningún individuo de mi mismo sexo. Por lo que sé, creo que mi pareja tampoco. Dadas las condiciones en que se cursaba la carrera, no me es posible decir lo mismo de los que prosiguieron los estudios y lograron recibir el orden sacerdotal.

sábado, 19 de marzo de 2011

El símbolo de la cruz


Esta cruz de la foto campea aún en el muro de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Porcuna, la principal del pueblo. No se ve bien, por la impericia del fotógrafo y por el tamaño de la reproducción, pero por encima de ella aparece la leyenda: Caídos por Dios y por España y, debajo de esta el grito: ¡Presentes! Y bajo sus brazos el nombre de los muertos en el pueblo durante la contienda de 1936 pertenecientes al bando franquista, encabezados, como no podía ser menos, por José Antonio Primo de Rivera. A mí no me gusta, al Tribunal de Estrasburgo, sí.

Han pasado más de setenta años y esta cruz, que no es la única que pervive aún en el país, sigue siendo el símbolo de una terrible división. Han pasado más de setenta años y todavía los que enarbolan este símbolo y bajo él encuentran amparo no han tendido ni un solo puente para buscar la reconciliación. Aún los muertos cuyos nombres no figuran bajo los brazos de esta cruz siguen, en su mayor parte, pudriéndose en fosas comunes ignoradas o en las cunetas de las carreteras. A mí no me gusta, al tribunal de Estrasburgo, sí.

Este tribunal acaba de fallar a favor de que la cruz siga presidiendo las aulas de los colegios italianos, aunque, de acuerdo con la sentencia, deja en libertad al resto de los Estados europeos para que legislen al respecto según su parecer.

El tribunal de Estrasburgo estima que la cruz es uno de los símbolos de la cultura europea, circunstancia que se han apresurado a corroborar con enorme entusiasmo cardenales y obispos del Vaticano. Tanto el tribunal de Estrasburgo como los señores del Vaticano saben perfectamente que esto no es verdad. Saben que la cruz es, ante todo, el símbolo, el emblema, el marchamo, la enseña de una religión, la cristiana. Que haya terminado formando parte del acerbo, más que cultural, etnológico de Europa es una cuestión bien diferente. En cualquier caso, no veo qué valor se ha de dar a algo, sea lo que sea, por el mero hecho de formar parte de una cultura. La ablación de clítoris, por ejemplo, forma parte de la cultura ancestral de ciertos lugares de África, ¿y, acaso, debemos aceptar semejante salvajada y no sólo aceptarla, sino además sancionarla favorablemente porque se trata de un hecho cultural?

Desde que una cruz sirvió para inclinar una batalla en favor del emperador Constantino, el signo del crucificado ha servido como excusa para convocar las cruzadas, las primeras de las cuales fueron contra los musulmanes, pero la última, aquí mismo, en España, para luchar contra lo que los señores del Vaticano consideraban enemigos de Dios. Con la cruz como bandera se creó la Inquisición, se quemó en hogueras a los llamados herejes, se llevó a cabo la conquista de América, que supuso el exterminio de un número incalculable de indígenas y se expulsó a los judíos y a los moriscos de España. Enarbolando la cruz se crearon los estatutos de sangre, por los cuales quien descendiera de judíos hasta la quinta generación no podía, entre otras cosas, profesar en las órdenes religiosas. Los jesuitas, por ejemplo, mantuvieron esta purga hasta entrado el siglo XX. Siempre con la cruz al frente se marginó a los judíos durante casi dos mil años, llegándose, a finales del siglo XIX y principios del XX a sentar las bases para el posterior holocausto llevado a cabo por los nazis. Con la cruz como lábaro se ha marginado a la mujer, se han apoyado tiranos de todo pelaje, Franco y Pinochet entre los últimos, se han encubierto a infames pederastas y se han realizado inversiones en negocios que han ido desde la fabricación de armas a la de condones, a pesar de la aversión al sexo que manifiestan los que la portan. Podría seguir, pero, como muestra, me parece más que suficiente.

Si esta es la cultura a la que se refiere el tribunal de Estrasburgo, yo me niego a forma parte de ella. La cultura que yo reivindico es la de Grecia, la del califato de Córdoba, la del Renacimiento, la de la Revolución Francesa y la de los Derechos Humanos, es la cultura de la libertad y de la potestad sobre la propia conciencia, la auténtica cultura de Europa que ningún tribunal, por muy de Estrasburgo que sea conseguirá contener con sentencias como la que nos ocupa. Es verdad que esta sentencia es un paso atrás. Pero no hay que dejar de porfiar por ello. Los tribunales pasan, las sentencias se revocan. El anhelo de libertad permanece y se reactiva una y otra vez.

viernes, 11 de marzo de 2011

San Simón de Trento



A lo largo de su historia, la Orden de los franciscanos se ha distinguido, sobre todo, por dos cosas: su afición nominal a la pobreza (en realidad, ha sido y es una Orden rica y poderosa) y su odio a los judíos.

En el año del señor de 1475, un fraile de esta orden, fray Bernardino de Feltre, llegó a la ciudad de Trento, en el noroeste de la actual Italia, con el propósito de predicar durante la Cuaresma.

Con la virulenta oratoria que formaba parte de su estilo, el fraile denunció repetidamente la naturaleza demoniaca de los asesinos de Cristo, consiguiendo encrespar a la población, a la que llenó de alarma al anunciar que algo terrible iba a ocurrir próximamente en la ciudad.

Una de las invectivas de fray Bernardino, repetida hasta la saciedad por los predicadores y propagandistas católicos de todos los tiempos hasta hace bien poco, fue la falsa acusación de que los judíos necesitaban sangre de niños cristianos para fabricar el matzos, pan ázimo que consumen durante la Pascua.

Poco tiempo depués de la partida del franciscano, desapareció súbitamente el pequeño Simón, de dos años de edad. En Trento vivían sólo tres familias de judíos, pero inmediatamente todas las sospechas recayeron en ellos, sospechas que se convirtieron en acusación cuando el cuerpo del niño apareció en una acequia que pasaba por la casa de una de las familias judías.

Los hebreos negaron tajantemente la acusación, alegando que el cadáver del pequeño habría sido depositado allí por el asesino con la intención de culparlos a ellos. ¿Era verdad, era mentira? Ah, amigo, para averiguarlo los clérigos de la época tenían un medio infalible: la tortura. Siguiendo las directrices de Johannes Hinderbach, obispo de la ciudad, a los judíos de esta historia se la aplicaron con vigor y variedad, hasta que, uno tras otro, todos acabaron confesando, no sólo el asesinato de Simoncito, sino cómo lo habían torturado y cómo le habían extraído la sangre para fabricar su pan.

No acabó aquí la cosa, sino que el por entonces papa Sixto IV envió un delegado para estudiar el caso antes de que se produjera ejecución alguna. Tal delegado fue un obispo, Dei Giudici, dominico por más señas, quien, además de riguroso era un hombre honrado, pues a pesar de haber escrito y predicado en contra de los judíos, dictaminó que no existía prueba alguna para sustentar la acusación.

Daba igual, el obispo de la ciudad sostenía que el niño estaba haciendo milagros, motivo por el que mantenía su cuerpecito ante el altar mayor de la iglesia, a pesar del pestazo que acostumbra a despedir todo cadáver. Tras interrogar a los testigos de los milagros, el delegado papal llegó igualmente a la conclusión de que se trataba de patrañas. Daba igual, en Trento, la gente, encabezada por el obispo, estaba lanzanda y no la paraba ni Dios.

En su informe final, el delegado de Sixto IV no sólo negaba toda culpa de los judíos, sino que apuntaba a que el niño había sido matado por un cristiano que depositó el cuerpo donde apareció. ¡Que daba igual! ¡El niño tenía que ser santo y lo fue! ¡Por narices! (eufemismo clásico para evitar la expresión en la que todos pensamos) Primero, como a tal lo veneró la ciudad de Trento desde su muerte, y un siglo más tarde, en 1588, el papa Sixto V lo elevó oficialmente a los altares.

Este santo, sin embargo, no fue eterno, casi cuatrocientos años más tarde, en 1965, el papa Pablo VI pensó que su colega Sixto V había cometido un error y suprimió su culto. A pesar de ello, sus restos permanecen aún en la iglesia de San Pedro de Trento y los trentinos creyentes lo siguen venerando como el primer día.

No es este el único caso de niños falsamente asesinados por los judíos y santos por narices que tiene la Iglesia. En Inglaterra cuentan con Guillermo de Norwich y con Hugo de Lincoln, muertos respectivamente en 1144 y 1225 y el último, citado por Chaucer en los Cuentos de Canterbury; Andreas Oxner (1462) en Austria; Andre von Rinn en Alemania; y En España, Domingo de Val (1250) y Cristobal de Toledo (1491), el más famoso de todos, conocido como el Santo Niño de la Guardia. Acerca de este último, todos los indicios señalan que se trató de un montaje de la Inquisición para acelerar la expulsión de los judíos del país.

Datos obtenidos del libro "Los papas contra los judíos", de David I. Kertzer y de distintas fuentes eclesiásticas.

jueves, 3 de marzo de 2011

Carta a l@s niñ@s valencianos



Queridas niñas y queridos niños: Los cuervos son pájaros traicioneros, ladrones y persistentes, tienen las alas negras y un pico largo y corvo con el que se apoderan de todo los que les atrae. Durante un tiempo, muchos de nosotros creímos que íbamos a ser capaces de conseguir que se quedaran en sus guaridas. Pero, como nunca desisten de su empeño, ahí siguen, graznando desaforadamente y tratando de apoderarse de lo que no es suyo.

Ahora, queridos niños, están a punto de volver a vuestros colegios, ¿y sabéis para qué?, para robaros vuestra voluntad, para robaros vuestra capacidad de elección, vuestra inteligencia y, en definitiva, vuestra alma. Como no tienen vergüenza ni han aprendido nada en los últimos treinta y tantos años, lo van a hacer como siempre, tratando de meteros miedo con lo que más daño pueden haceros: con el sexo. Muchos de vosotros sois tan jóvenes aún que da verdadero pánico que os pongáis al alcance de su garras. ¿Qué más que amarlo con ternura se puede hacer con un niño de cinco años? No me explico cómo vuestros padres no se dan cuenta del peligro que vais a correr.

Aunque los más jóvenes de vosotros no me entendáis del todo, os lo voy a decir muy seriamente: no los creáis. Con tal de conseguir sus propósitos, mienten como verdaderos bellacos, de modo que, por favor, por favor, no los creáis.

Os van a contar que la masturbación es un vicio. Es mentira. Cuando yo tenía vuestra edad, a mí me dijeron que si me masturbaba me volvería loco y que se me derritiría la columna vertebral, de modo que me quedaría paralítico. Era mentira y lo sabían. Hoy peino ya abundantes canas y, a pesar de que sigo masturbándome cuando me apetece, ya veis que no me expreso como un loco y os puedo asegurar que tengo la columna perfectamente para mi edad. La masturbación, queridos niños, es, sin duda, uno de los mayores placeres de los que se puede disfrutar a cualquier edad, pero especialmente en la vuestra. Y, como son obtusos y crueles, lo que más les molesta a los cuervos es que disfrutéis de los gozos que la vida os ofrece. No penséis que se trata de una mera opinión mía, a estas alturas, tanto la sicología como la neurología han comprobado que la masturbación no es sólo un gran placer, sino también una necesidad, pues, tanto en los niños como en las niñas, forma parte del elenco no demasiado amplio de medios que, entre otras cosas, nos permiten descubrir nuestro cuerpo y aceptarnos tal y como somos.

Los cuervos os van a decir también que la homosexualidad es una enfermedad y que, como tal, puede ser tratada y curada. Esta es aún una mentira mayor y ellos lo saben, saben perfectamente el daño que causan a los que, en el comienzo de la pubertad, empiezan a notar esta tendencia y no pueden manifestarla con claridad, pero con tal de atraeros a su redil, a los cuervos les trae sin cuidado vuestro sufrimiento. La homosexualidad, queridos niños y niñas, es una opción tan válidad como la heterosexualidad, pues lo que importa en esta vida no es vuestra inclinación sexual, sino el amor que ofrezcáis a vuestro paso.

Los malvados cuervos tienen previsto deciros también que el sexo sólo es lícito entre un hombre y una mujer, en el seno del matrimonio y sólo para la procreación. Esta es la gran mentira de la que se han valido durante mucho, mucho tiempo, para mejor sujetar a su yugo a las mujeres, a los pobres y a las clases menos favorecidas, pues los ricos siempre gozaron de una o de varias amantes fuera del matrimonio y nadie oyó nunca que los cuervos los censuraran. El del sexo, queridos niños, es un término engañoso, que los cuervos emplean con gran habilidad. El sexo es únicamente el medio del que se valen los animales para prolongar sus especies. Lo que los seres humanos practicamos es la sexualidad, un conjunto de habilidades sumamente placenteras fruto ya no de la naturaleza sino de la cultura y que, a despecho de lo que afirman los cuervos, ponen de relieve nuestra verdadera calidad humana.

La práctica de la sexualidad puede tener lugar dentro y fuera del matrimonio, entre un hombre y una mujer, entre dos hombres, entre dos mujeres o en grupo, lo único que se exige para desarrollarla es conocimiento, libertad y respeto mutuo, tres cualidades que podéis adquirir con la ayuda de los sicólogos, de los sexólogos y de vuestros educadores en general (ya que vuestros padres singuen sin atreverse a hablaros del tema), pero nunca, nunca de los cuervos. Éstos no os hablarán jamás de igualdad, de tolerancia, de respeto, de solidaridad. Con todas sus fuerzas, tratarán de inculcaros la piedad, la caridad, la misericordia y, sobre todo, la culpa, mucha, mucha culpa, cuanta más mejor.

Los cuervos, niños y niñas, no vuelan solos, pertenecen a una organización que se llama Iglesia Católica y que lleva dos mil años engañando a la gente con toda clase de patrañas. No os dejéis engañar vosotros también.


P.D. Soy consciente de que casi con toda seguridad ninguno de vosotros leeréis esta carta. La escribo con la esperanza, probablemente utópica, de que alguno de vuestros padres la lea y estime oportuno hacérosla llegar.