1.- Por más soberbia de la que haga gala en tantas ocasiones, el ser humano no deja de ser un triste náufrago necesitado más que nada de afecto, de amor. Quizás no fuera únicamente el miedo el que inventara a los dioses, quizás en la invención participara también esta necesidad incurable de amar y ser amado.
2.- ¿El homosexual nace o se hace? ¡Menuda pregunta! ¡Cómo si importara! El homosexual -la ciencia dixit- nace, pero cualquier varón o cualquier hembra -afirmo yo- puede llegar a serlo, basta con se produzcan las condiciones adecuadas. Una de estas condiciones es la edad. Otra la ausencia de contacto con el sexo contrario. Hay más, pero con estas basta.
3.- Aquel año en el seminario de Santa María de los Ángeles, en el corazón de la sierra de Hornachuelos, fue un año feliz. Lo he dicho ya, éramos ciento seis chavalitos de doce años de edad, más o menos. Aquel año, la mayoría de nosotros tuvimos nuestro primer contacto a fondo con la naturaleza. La mayoría de nosotros comimos abundantemente por primera vez en nuestra vida. Y todos, todos, descubrimos el amor. ¡Ah, fue maravilloso!
4.- El primer trimestre fue de tanteo y de aclimatación, de conocimiento de unos y de otros, pero pasada la navidad y, a medida que la primavera se aproximaba, insensible, mágicamente, fueron formándose las parejas. De repente, se acabaron los juegos y durante los recreos las pinas veredas que se adentraban en la espesura conocieron nuestros pasos caminando de dos en dos, sin hablar apenas, sin rozarnos ni las manos, sólo disfrutando de la inexplicable e indescriptible emoción de estar juntos y solos. Si no recuerdo mal, para finales de febrero no había ninguno de nosotros que no estuviera emparejado.
5.- Nunca podré olvidar a mi pareja. Sin saber lo que nos ocurría, sólo viviéndolo, me enamoré de él y él se enamoró de mí. En aquel amor había una infinita inocencia y una exaltación espiritual semejante, sin duda, a la que cuentan los místicos. Había sexo también -lo sé hoy, entonces no-, era el sexo el que nos empujaba, pero se mantenía lejos, en estado de latencia. Nos faltó tiempo para que se hiciera presente y se materializara. Era un muchachito de Villa del Río, dorado como el trigo, del que callo su nombre porque, aunque no he vuelto a verlo, me consta que aún vive y, quizás, no le agrade esta revelación.
6.- Aquellas relaciones tan intimas no eran buenas. Nosotros no lo sabíamos, pero los curas que nos controlaban sí. Eran curas seculares y carecían de experiencia en el trato con niños, de manera que tan abrumador emparejamiento los cogió más bien desprevenidos. Pero reaccionaron con rapidez. ¡Moños! nos gritaron en un par de charlas a propósito. Nos iban a crecer moños, como a las niñas. Seríamos el hazmerreír de la gente cuando, en vacaciones, volviéramos a nuestras casas. Y nos prohibieron tajantemente seguir paseando de dos en dos.
7.- Pero las parejas no terminaron. Lo que empezó fue el secreto. Y esa sensación de intimidad frente al resto de la gente que tanta felicidad produce. Corrían las notitas en los momentos más inverosímiles. No había en ellas ni una sola palabra de amor, por supuesto, ¿pero qué otra cosa sino el amor nos empujaba a escribirlas y a entregárselas secretamente a nuestro par? "Eres tonto, tienes cara de melón amarillo", escribíamos. ¿Pero, bajo algo tan trivial, no estábamos diciendo: ¡te amo, te amo, te amo!? A mí no me cabe duda alguna. Hasta el final del curso corrieron las notas de un lado para otro. Fuimos tan hábiles que los curas no nos cazaron nunca intercambiándolas.
8.- Al año siguiente, ya en San Pelagio, en Córdoba, mi pareja no volvió. Yo abandoné antes de terminar el curso. Nunca he vuelto a vivir nada semejante con ningún individuo de mi mismo sexo. Por lo que sé, creo que mi pareja tampoco. Dadas las condiciones en que se cursaba la carrera, no me es posible decir lo mismo de los que prosiguieron los estudios y lograron recibir el orden sacerdotal.