Toda teología es absurda. La teología cristiana, además de absurda, es especialmente miserable, especialmente cruel.
Los teólogos califican su actividad de ciencia. ¿Y cual es el objeto de esta ciencia? Dios, claro. O, lo que es lo mismo, que, según los teólogos, la teología es la ciencia que estudia a Dios. Sin embargo -y he aquí la primera y no pequeña contradicción-, ¿qué clase de ciencia es esa que tiene por objeto a un Ser o Entidad al que los propios teólogos califican de inasequible, inabarcable, inefable, esto es, que no se puede explicar con palabras, e incomprensible, entre otros epítetos semejantes que, por pura lógica y atendiendo al significado de los términos, se resumen en el de incognoscible?
Es decir, que los teólogos se dedican a estudiar a un Ser o Entidad al que ellos mismos afirman que no pueden conocer y al que, a pesar de ello, no se recatan en adornar con toda clase de cualidades, a cual más positiva y elogiosa; se dedican a estudiar a un Ser del que, en realidad, ni siquiera pueden predicar su existencia, ¿pues cómo podemos afirmar que algo o alguien existen si no lo conocemos y, según afirmarmos, no lo podemos conocer?
¿Qué ocurre pues? ¿Mienten los teólogos? Mienten, ¡vive Dios!, ya lo creo que mienten, aunque para empezar y en su descargo hay que decir que, ante todo, se mienten a sí mismos. Michael Shermer y Robert J. Stenberg, en sus respectivos libros, Por qué creemos en cosas raras y Por qué las personas inteligentes pueden ser tan estúpidas, dan sabrosímas explicaciones de hasta dónde puede llegar el ser humano en sus mixtificaciones, casi siempre a causa de la defensa más o menos explícita de intereses materiales.
Digan lo que digan tanto ellos como los diccionarios, a lo que en verdad se dedican los teólogos es al estudio e interpretación de los llamados Libros Sagrados, colecciones de textos que las diversas religiones tienen por inspirados, cuando no dictados, por Dios, entre los que se cuenta la Biblia, que interesa tanto a judíos como a cristianos. Los pomposamente llamados teólogos no son pues más que escrituristas o escriturarios, personas que, dando por ciertos dichos textos sagrados -en nuestro caso la Biblia- se dedican a escudriñarlos y, según ellos, a explicarlos, toda vez que Dios, a pesar de la inmensa sabiduría que se le supone, no fue capaz de inspirar, o de dictar, a los autores sus consignas y enseñanzas con la suficiente claridad como para que no necesitáramos intermediarios para comprenderlas. De este escudriñamiento surgen toda clase de explicaciones, muchas de ellas ciertamente brillantes, pero para cuya aceptación resulta imprescindible la fe, condición absolutamente superflua en la verdadera ciencia.
Derivada de la judía, la teología cristiana, como digo más arriba, es especialmente falaz y cruel. Pondré sólo un ejemplo, aunque pueden aducirse docenas. Según se nos cuenta, el pecado original fue tan terrible que ni el propio Dios podía perdonárnoslo; antes de hacerlo debía redimirnos de él y no de cualquier modo, sino inmolándose por nosotros en la figura de su Hijo, al que los evangelios llaman Cristo. Es decir, Dios-Cristo se encarnó y se hizo hombre con el propósito de morir y aún de morir ignominiosamente. Podía haberse suicidado, que no es poco ignominioso, pero el suicidio, amigo mío, estaba y está prohibido por el mismo Dios. En consecuencia, optó por la crucifixión, muerte ciertamente ignominiosa entre los romanos. Ahora bien, para morir así era necesario que alguien lo crucificara.
Admitiendo como verdadera la narración del evangelio, como quieren los teólogos, constatemos, en primer lugar, la crueldad que supone que Dios sólo se sintiera desagraviado del supuesto pecado original con la muerte de su Hijo. Y que, además, debamos considerar a este Dios como bueno y justo. ¿Qué diríamos de un hombre que hiciera algo por el estilo? Me insultó Ramírez. Hijo mío ve y que te mate algún familiar del tal Ramírez y así yo me daré por satisfecho. Una aberración, ¿verdad? ¡Hasta para los teólogos!
Pero a mí me interesa fijarme más aún en quienes procuraron la muerte de ese Hijo. Cualquier persona sensata estará de acuerdo en que, si para lograr nuestra redención Cristo tenía que morir, quienes participaron en el sacrificio debieran ser considerados colaborades necesarios en su misión. Pues no. Pilatos, que dio la orden de que lo crucificaran, salió del trance de rositas. Los judíos, en cambio, que se limitaron a pedir su muerte, fueron considerados por los teólogos nada menos que deicidas y como a tales malvados criminales los ha tratado la Iglesia a lo largo de los siglos.


