Cuando Ambrosio de Milán conmina al emperador Valentiniano II a que acabe con los seguidores del obispo Pelagio, grupo de cristianos que se apartaban de la ortodoxia católica, el concepto de la guerra ha entrado ya a formar parte de la cultura cristiana.
Según el evangelio de Lucas, capítulo 6, versículos 27 a 38, Cristo había declarado: Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra.
Tales recomendaciones, absolutamente insólitas en la época, fueron olvidadas bien pronto por los que tomaron las riendas de la nueva religión. El propio evangelio contiene otras informaciones y declaraciones que las contradicen. Así, por ejemplo, el mismo Lucas, en el capítulo III, versículo 14, expone que Juan el Bautista no tiene inconveniente en decirle a un grupo de soldados que le preguntaron por su oficio que lo siguieran siendo, es decir, que continuaran guerreando. Y está también el famoso pasaje en que el propio Cristo, lleno de santa ira, expulsa del templo a los mercaderes no con palabras, sino a golpe de látigo (Juan, 2, 13-17). Y el más famoso aún de dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César (Mateo, 22, 21), que como es lógico, no se refiere sólo a los impuestos, sino también al servicio de las armas que en aquel tiempo le era debido al emperador.
Aún así, sacerdotes y obispos, se esforzaban en presentar el cristianismo como la religión del amor, al tiempo que, sedientos de poder, no cesaban tampoco de enfrentarse los unos a los otros y no sólo con palabras. Como, a pesar del ansia de fe de la época, la contradicción resultaba evidente incluso para el más bobalicón de los creyentes, fue necesario elaborar todo un corpus de argumentos que justificaran e hicieran aceptable el concepto de la guerra.
Los romanos distinguían entre hostis e inimicus, el primero era el enemigo público, es decir, el enemigo del estado, que correspondía, generalmente, a pueblos extranjeros a los que Roma controlaba o pretendía controlar; el segundo se correspondía con el adversario o enemigo particular que podía tener cada uno de los ciudadanos del imperio. Los cristianos eliminaron esta diferencia, borrando de sus textos el término hostis, cuyo significado quedó incluido en el de inimicus. De este modo no les resultó difícil recluir todo lo relacionado con el amor en el ambito de lo privado, en tanto que la belicosidad y todo lo con ella relacionado pasaba al ámbito de lo público, ámbito en el que el creyente, como individuo, quedaba exonerado de responsabilidad. (De este modo, hoy, por ejemplo, el papa no tiene incoveniente en dar la comunión a un dictador hasta el cuello de sangre, ya que mató en su calidad de funcionario público, en tanto está lleno de amor hacia todo el mundo como individuo privado. La hipocresía, por supuesto no puede ser mayor.)
Aún así, la práctica del amor a título individual hubiera tenido que conducir casi inexorablemente al pacifismo político. Como los jerarcas no estaban por la labor de buscar la paz, para justificar la inevitabilidad de la guerra, invocaron la tan socorrida doctrina del pecado original y de la imperfección del hombre tras la ingesta de la célebre manzana.
A pesar de todo, desde la simpe justificación de la guerra hasta su convocatoria y su patrocinio hay todo un proceso que los ideólogos de la Iglesia no dudaron en recorrer. Fue un proceso largo, de más de seiscientos años de duración, ¿pero cuándo ha tenido prisa la Iglesia? Dispuesta a perdurar hasta el fin de los tiempos, ¿qué son para ella no ya seiscientos años, sino dos mil, diez miel, los que sean necesarios?
San Agustín, que pasa por pacifista, fue el primero que elaboró el concepto de guerra justa, bien es verdad que basándose en textos de los filósofos griegos, especialmente del ínclito Aristóteles, nunca suficientemente alabado por la posteridad. Esto ocurría en el siglo IV. Según San Agustín y en síntesis, guerra justa es la que declara el Estado en defensa de su territorio o de los ciudadanos que lo ocupan. Tan apasionante como, a ratos, desternillante, resulta seguir el recorrido de los sabios que con una boca predicaban el amor mientras con la otra (no hay que preocuparse, tenían muchas) exponían argumento tras argumento para justificar la matanza masiva de seres humanos.
Inocencio III, cuya es la foto que aparece arriba, redondeó el proceso proclamando la guerra santa, que era aquella que soldados cristianos convocados por el papa emprendían contra los enemigos de la cristiandad, incluidos herejes y otras gentes de mal vivir. Este concepto quedó sellado con el sermón pronunciado por Inocencio en 1095, a las puertas de la catedral de Clemont Ferrand en el que convocaba la primera cruzada contra los musulmanes que se habían adueñado de la llamada Tierra Santa.
Hasta cinco cruzadas llegaron a montarse contra estos musulmanes. Pero cruzadas ha habido bastantes más y contra distintas clases de enemigos. La última, la de la guerra española de 1936, proclamada por Pío XII para luchar contra las hordas marxistas, muchas de cuyas víctimas del bando perdedor andan enterradas todavía de cualquier manera en las cunetas de las carreteras. Pero de estas cruzadas hablaremos otro día.
