domingo, 30 de enero de 2011

¡A la guerra!


Cuando Ambrosio de Milán conmina al emperador Valentiniano II a que acabe con los seguidores del obispo Pelagio, grupo de cristianos que se apartaban de la ortodoxia católica, el concepto de la guerra ha entrado ya a formar parte de la cultura cristiana.

Según el evangelio de Lucas, capítulo 6, versículos 27 a 38, Cristo había declarado: Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra.

Tales recomendaciones, absolutamente insólitas en la época, fueron olvidadas bien pronto por los que tomaron las riendas de la nueva religión. El propio evangelio contiene otras informaciones y declaraciones que las contradicen. Así, por ejemplo, el mismo Lucas, en el capítulo III, versículo 14, expone que Juan el Bautista no tiene inconveniente en decirle a un grupo de soldados que le preguntaron por su oficio que lo siguieran siendo, es decir, que continuaran guerreando. Y está también el famoso pasaje en que el propio Cristo, lleno de santa ira, expulsa del templo a los mercaderes no con palabras, sino a golpe de látigo (Juan, 2, 13-17). Y el más famoso aún de dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César (Mateo, 22, 21), que como es lógico, no se refiere sólo a los impuestos, sino también al servicio de las armas que en aquel tiempo le era debido al emperador.

Aún así, sacerdotes y obispos, se esforzaban en presentar el cristianismo como la religión del amor, al tiempo que, sedientos de poder, no cesaban tampoco de enfrentarse los unos a los otros y no sólo con palabras. Como, a pesar del ansia de fe de la época, la contradicción resultaba evidente incluso para el más bobalicón de los creyentes, fue necesario elaborar todo un corpus de argumentos que justificaran e hicieran aceptable el concepto de la guerra.

Los romanos distinguían entre hostis e inimicus, el primero era el enemigo público, es decir, el enemigo del estado, que correspondía, generalmente, a pueblos extranjeros a los que Roma controlaba o pretendía controlar; el segundo se correspondía con el adversario o enemigo particular que podía tener cada uno de los ciudadanos del imperio. Los cristianos eliminaron esta diferencia, borrando de sus textos el término hostis, cuyo significado quedó incluido en el de inimicus. De este modo no les resultó difícil recluir todo lo relacionado con el amor en el ambito de lo privado, en tanto que la belicosidad y todo lo con ella relacionado pasaba al ámbito de lo público, ámbito en el que el creyente, como individuo, quedaba exonerado de responsabilidad. (De este modo, hoy, por ejemplo, el papa no tiene incoveniente en dar la comunión a un dictador hasta el cuello de sangre, ya que mató en su calidad de funcionario público, en tanto está lleno de amor hacia todo el mundo como individuo privado. La hipocresía, por supuesto no puede ser mayor.)

Aún así, la práctica del amor a título individual hubiera tenido que conducir casi inexorablemente al pacifismo político. Como los jerarcas no estaban por la labor de buscar la paz, para justificar la inevitabilidad de la guerra, invocaron la tan socorrida doctrina del pecado original y de la imperfección del hombre tras la ingesta de la célebre manzana.

A pesar de todo, desde la simpe justificación de la guerra hasta su convocatoria y su patrocinio hay todo un proceso que los ideólogos de la Iglesia no dudaron en recorrer. Fue un proceso largo, de más de seiscientos años de duración, ¿pero cuándo ha tenido prisa la Iglesia? Dispuesta a perdurar hasta el fin de los tiempos, ¿qué son para ella no ya seiscientos años, sino dos mil, diez miel, los que sean necesarios?

San Agustín, que pasa por pacifista, fue el primero que elaboró el concepto de guerra justa, bien es verdad que basándose en textos de los filósofos griegos, especialmente del ínclito Aristóteles, nunca suficientemente alabado por la posteridad. Esto ocurría en el siglo IV. Según San Agustín y en síntesis, guerra justa es la que declara el Estado en defensa de su territorio o de los ciudadanos que lo ocupan. Tan apasionante como, a ratos, desternillante, resulta seguir el recorrido de los sabios que con una boca predicaban el amor mientras con la otra (no hay que preocuparse, tenían muchas) exponían argumento tras argumento para justificar la matanza masiva de seres humanos.

Inocencio III, cuya es la foto que aparece arriba, redondeó el proceso proclamando la guerra santa, que era aquella que soldados cristianos convocados por el papa emprendían contra los enemigos de la cristiandad, incluidos herejes y otras gentes de mal vivir. Este concepto quedó sellado con el sermón pronunciado por Inocencio en 1095, a las puertas de la catedral de Clemont Ferrand en el que convocaba la primera cruzada contra los musulmanes que se habían adueñado de la llamada Tierra Santa.

Hasta cinco cruzadas llegaron a montarse contra estos musulmanes. Pero cruzadas ha habido bastantes más y contra distintas clases de enemigos. La última, la de la guerra española de 1936, proclamada por Pío XII para luchar contra las hordas marxistas, muchas de cuyas víctimas del bando perdedor andan enterradas todavía de cualquier manera en las cunetas de las carreteras. Pero de estas cruzadas hablaremos otro día.

sábado, 22 de enero de 2011

Té con pastas



Todo es mentira. La Iglesia tiene una enorme habilidad para llevar el agua a su molino simulando que se interesa por el bien de todos, siendo así que su único interés radica en el control y la sumisión de sus fieles y de los que no lo son. Igual habilidad, si no mayor, tiene tanto para pasar por víctima como para magnificar su victimario, cuando basta repasar someramente la historia para descubrir que, gracias más que nada a su persistencia, hoy por hoy no existe organización humana o entidad que haya perseguido tanto como ella.

Mientras saboreo un te moruno en mí tetería preferida, acompañado de unas deliciosas galletitas marroquíes con aroma de azahar, pienso una vez más en el matrimonio y en el aborto. En los últimos tiempos, digamos desde el comienzo del papado de Juan Pablo II, al que a partir de mayo veremos en los altares, estos son los asuntos a los que en más ocasiones se refieren los voceros eclesiásticos. Asuntos, como se ve, relacionados con el sexo, que no hay que escarbar mucho para comprobar que es lo que más preocupa a la Iglesia. De hecho, el Vaticano y el papa en particular, no han tenido nada que criticarle a Berlusconi hasta que no se han hecho manifiestamente públicos los manejos eróticos de Il Cavaliere.

Hay que luchar contra todo lo que destruye y ensombrece la familia, que no es una institución rancia, sino el cauce de la vida de los hombres -ha declarado recientemente el arzobispo de Oviedo, don Jesús Sanz Montes-. La familia -ha añadido- es una institución humana fundamental que vive la persecución de quienes la temen y no protegen la vida ni la quieren.

Veamos, dejando aparte las exageraciones (¿quién, por ejemplo, persigue a la familia, quién la teme?) y las sutiles insidias (¿quién ha dicho que la familia sea una institución rancia?), ¿a qué familia se refiere don Jesús? Es una perogrullada afirmar que existen diversos prototipos de familia, desde la establecida por amor, cosa bastante común hoy, pero no en otro tiempo, a la establecida por interés, generalmente económico, pasando por la formada por personas del mismo sexo, las monoparentales o de un solo individuo, hombre o mujer, con sus hijos, etc. No obstante, la familia a la que se refiere don Jesús es la familia cristiana, compuesta por el padre (varón), la madre (hembra) y los hijos, muchos, muchos hijos, basada en el matrimonio indisoluble contraído al pie de un altar y con un sacerdote como oficiante. Los señores obispos ponen como ejemplo de familia cristiana a la Sagrada Familia, compuesta por la Virgen María, San José y el Niño Jesús.

Todo la mar de bonico, si no fuera porque tanto el modelo elegido como la norma del matrimonio indisoluble constituyen dos mentiras de mucha categoría. A mí me traen absolumente sin cuidado las relaciones de convivencia que de manera libre establecen las personas, no importa cuál sea su sexo, pero, desde el punto de vista de las exigencias eclesiásticas, ¿se puede decir que el trío de Nazaret constituyen una familia? Veamos: se trata de un madre soltera, un único hijo, ilegítimo, para más señas, y un padre que no es tal. ¿Y con este ejemplo, a los señores obispos les parece mal que un par de divorciados, por poner un caso, convivan con sus respectivos hijos bajo la figura del matrimonio civil?

Lo del matrimonio indisoluble es más sangrante aún. Es mentira que la Iglesia no practica el divorcio. Eso es lo que proclama, pero la realidad es que no son pocos los matrimonios que el tribunal eclesiástico disuelve por completo incluso después de un buen montón de años de convivencia y con hijos de por medio. Y no hay que aducir muchas causas para conseguir la disolución. El único problema es que hay que disponer de una buena cantidad de dinero para que la maquinaria eche a andar. O lo que es lo mismo, que la Iglesia sí practica el divorcio, pero sólo para las clases pudientes, algo verdaderamente cristiano y ejemplar. Uno de los casos más sonados en los últimos tiempos en España fue el de Rocío Jurado. Seguramente, no tardaremos mucho en ver disuelto también el de la infanta Elena.

Por supuesto, la Iglesia tiene todo el derecho de exigirle a sus fieles el tipo de matrimonio que le parezca más conveniente, con o sin disolución, es decir, con o sin divorcio (vamos a llamar a las cosas por su nombre). En donde no le asiste derecho alguno es en su pretensión de hacer extensivo su modelo a toda la sociedad y mucho menos en esgrimir para sí el monopolio matrimonial, de modo que sólo pueda designarse como matrimonio el que la Iglesia patrocina. ¿Por qué, por ejemplo, no pueden contraer matrimonio y formar una familia una pareja de homosexuales? ¿En qué minusvalora un matrimonio formado por dos individuos del mismo sexo al matrimonio que los obispos llaman tradicional? Al pretender el monopolio de su modelo, se diría que a los obispos les pasa lo que a muchos paisanos, bastante miserables, por cierto, que no les basta con poseer un automóvil, pongamos por ejemplo, sino que, para disfrutarlo a fondo, necesitan que el vecino no tenga uno también y si lo tiene que no sea de ningún modo de la misma categoría, sino de otra inferior.

En la cuestión del aborto, la mentira eclesiástica alcanza cimas verdaderamente sublimes. Para los señores obispos, toda mujer preñada debe parir, no importa cómo se produjera el embarazo, las condiciones de éste o el estado del feto o de la madre: ¡Parir! Las condenas son continuas, netas y fulminantes. El aborto es una abominación de tal calibre que no basta con que sea pecado, tiene además que ser delito y delito penal, es decir, con condena de cárcel tanto para la mujer que aborta como para quienes le practiquen la operación. Sin embargo, cuando unos desalmados violaron a unas monjas católicas en Bosnia, el papa, no el monaguillo de San Nicolás, pongo por caso, ese papa que ahora va a subir a los altares, exigió que, quisieran o no, a las monjas embarazadas se les practicara un aborto. La negativa significaba, como no podía ser de otra manera, la expulsión de la vida conventual. Algo también maravillosamente cristiano y de una ejemplaridad tan pura como exquisita.

jueves, 13 de enero de 2011

Material de conciencia



No hay nada más fácil que condenar. La Iglesia, que se dice madre del perdón, lleva dos mil años condenando a todos los que disienten de sus planteamientos tanto teológicos como sociales o políticos. Para la Iglesia hay pocas cosas más allá de sus mandatos que no sean acreedoras de anatema.

En este país, una de las condenas más clamorosas de los últimos tiempos ha sido, no hace tanto, la Ley de Salud Sexual y Reproductiva, llamada simplemente Ley del Aborto, con amenaza de excomunión incluida contra los parlamentarios católicos que la votaran favorablemente. Hoy, que los vientos no le soplan tan a favor como en otro tiempo, la iglesia viene sosteniendo por boca de sus voceros más conspicuos que respeta todas las opiniones, incluidas, claro está, las ajenas a su ideario. ¿Pero qué clase de respeto es ese que una y otra vez se resume y concluye en una condena en toda regla? ¿No se tratará más bien de hipocresía?

Por mi parte, no estoy ni a favor ni en contra del aborto, lo que sí estoy es absolutamente en contra de su penalización. Estimo que la decisión de abortar o no pertenece exclusivamente a la mujer, decisión que el hombre debe apoyar en todo caso. A mí juicio, la pretensión del hombre de controlar o meramente de influir en la determinación de la mujer constituye una intromisión intolerable. El hombre no se encontrará nunca en el brete de abortar, de manera que, independientemente de su desconocimiento de lo que pasa por la mente de una mujer embarazada, en su juicio juega siempre con ventaja. La condena que la Iglesia hace del aborto, llegando hasta el extremo de exigir que, además de pecado, sea considerado un delito, resulta por ello particularmente inmoral, pues no sólo la realizan hombres, que son los que constituyen la jerarquía y por tanto los que dictan las normas, sino, más aún, hombres célibes y, al menos en teoría, castos, es decir, sin la vivencia práctica de la sexualidad.

Cualquier ética que se precie debería iniciarse a partir de la premisa de que nadie está en este mundo por su voluntad. También la ética cristiana. Esta afirmación es una completa obviedad. Pero, generalmente, es en las obviedades en lo que menos reparamos. Ser padres lleva consigo una responsabilidad de primer orden, no sólo por la necesidad de cuidar al hijo, de alimentarlo, de educarlo, etc, sino en virtud del hecho bastante anterior de que ese hijo alcanza la vida por nuestra voluntad, no por la suya. ¿Querrá nacer mi hijo?, es la pregunta que todo padre y toda madre debería hacerse a sí mismo antes de llegar a su concepción. Lo terrible del asunto consiste en que sólo nosotros podemos responder a esa pregunta y que nuestra actuación debería depender no de costumbres, ni de modas, ni de consejos, ni de norma exterior alguna, sino de la respuesta que nos demos. Este y no sólo el aborto si que es un arduo material de conciencia.

Nada de esto le preocupa a la Iglesia. A la Iglesia lo único que le preocupa es el hecho del nacimiento. ¡Qué nazcan, qué nazcan, qué nazcan!, se desgañita la jerarquía católica, de manera especial en los últimos tiempos. Estamos viviendo la cultura de la no procreación, ha declarado recientemente más de un obispo, imponiéndose incluso al coro de los que ven toda clase de calamidades en el envejecimiento de la población en los países desarrollados como consecuencia del descenso de la natalidad. Gritan y se desgañitan como si el nuevo ser que nace fuera un producto más de nuestra sociedad de consumo, un producto, da la impresión que piensan, destinado, más que nada, a engordar su negocio.

El clamor de la Iglesia contra el aborto no pasa de la procreación. Mientras tanto la población mundial está a punto de alcanzar los siete mil millones de personas, de las cuales casi la mitad viven en una situación de pobreza más que lamentable. Como para muestra vale un botón, voy a poner sólo un par de los ejemplos más dramáticos:

1.- Cada segundo (de los del reloj que ostentamos en nuestras muñecas) muere un niño ¡¡de hambre!! en el mundo.

2.- Cada día mueren en el mundo ocho mil personas, niños, principalmente, pero también adultos jóvenes, de enfermedades como la malaria, el chagas, la tuberculosis o el kala azar, entre otras, perfectamente curables, a cuyos medicamentos, sin embargo, no tienen acceso estos pacientes por falta de medios económicos.

Puede que esta situación inquiete a muchos católicos, pero a la Iglesia como tal, al papa, a los cardenales, a los obispos, les importa un pimiento. Si les importara de cuándo se iban a preocupar por el aborto o por si nace o deja de nacer un nuevo individuo. Si les importara, pondrían todos sus abundantes medios para poner fin a esta ignominia en el menor tiempo posible. Y ya lo creo que lo conseguirían.

jueves, 6 de enero de 2011

De como aprendí a amar la prodigalidad cristiana



Las últimas estadísticas publicadas ponen de manifiesto que en España los niños empiezan a darle al alcohol a los trece años, con tendencia a la baja. Yo empecé un poco antes, a los doce, pero no por iniciativa propia ni por incitación de algún amigote descarriado.
Quizás porque a lo largo de mi vida me he visto obligado a cerrar algo abruptamente más de una puerta, mi memoria se resiente y ahora me falla más de la cuenta, sobre todo con los nombres. Por eso no recuerdo el del compañero que se inició en el alcohol el mísmo día y en el mismo lugar que yo. Sólo recuerdo su apellido, que voy a callar porque, tal vez, no le agrade la publicación de esta historieta y, aunque hace mucho tiempo que no he vuelto a verlo, no me caería bien que se molestara, si llegase a sus oídos.
No todo fue malo en aquel tiempo. Como ya dije por aquí alguna vez, yo estaba entonces en los Salesianos. Y era un buen estudiante. Mi compañero y amigo también. En lo Salesianos ser un buen estudiante estaba reconocido, todos los meses sacaban el cuadro de honor, en el que figuraban los alumnos más aplicados, alumnos que, al final del curso, además de con bandas y con medallas, eran premiados con gran variedad de artículos de consumo, entre los que no faltaban incluso los cortes de traje. Mi compañero y yo aparecíamos en aquel cuadro de honor todos los meses y casi siempre en los primeros puestos.
No fue otra la razón por la que, cuando llegó Semana Santa, nos escogieron a los dos para la ceremonia del lavatorio de pies, que la Iglesia realiza el Jueves Santos en comemoración del mismo lavado que, según el Evangelio, Cristo le realizó a sus apóstoles el día de su última cena. Junto a nosotros dos, escogieron a otros diez niños entre los internos y externos de pago. La ceremonia, que se celebró por la mañana, con la iglesia abarrotada de alumnos, resultó tan brillante como suelen serlo la mayoría de las ceremonias católicas, pues en punto a teatralidad no existe organización que iguale a la Iglesia, ni siquiera el ejército. Fue muy halagador ver al rector del colegio, un hombre grandón de prodigiosa cabeza, cuyo nombre tampoco recuerdo, arrodillado frente a nosotros, miserables gusanos, mojándonos los pies con el agua de una jofaina que le sostenía un ayudante y, a continuación, secárnoslos con una toalla inmaculada que parecía de terciopelo. Un momento así no se olvida jamás.
No obstante, lo mejor venía después de la ceremonia religiosa, pues a los doce apóstoles, con nuestros pies pulquérrimos y nuestras almitas exquisitamente reconfortadas, los benditos padres nos invitaban a una comida especial en una sala expresamente preparada para la ocasión enfrente de la iglesia. Yo, que siempre fui tímido y que no he dejado de serlo todavía, me recuerdo un tanto cohibido, pero también alegre, con el trajecito gris claro de pantalón corto, mi camisa blanca y mi corbata a rayas azules y blancas con el célebre nudo windsor, que entonces llevaba todo el mundo.
No recuerdo qué platos constituyeron la comida. Sólo recuerdo que fue espléndida. Y recuerdo también que a los señores padres no se les ocurrió nada mejor que, para acompañar las viandas, ponernos una botella de vino tinto para cada dos, una botella de setenta y cinco centílitros. Tampoco recuerdo de dónde era el vino. Lo que sí recuerdo es lo que nos gustó a mi compañero y a mí. Tantos y tantos años después, tengo aún su sabor impreso en la memoria como un sello de lacre. Y lo mejor era que cuanto más bebíamos mejor nos sentíamos y más y más nos gustaba, de modo que entre los dos nos bebimos nuestra botella y nos bebimos más de la mitad de la de los de al lado que, al parecer, eran más bien tontos y no querían. ¡Oh, qué felicidad! ¡Qué bien nos sentíamos mi amigo y yo! ¡Cómo nos reíamos! ¡Hasta dejamos de temer a los curas que comían con nosotros y nos parecían amigos de toda la vida! ¡Dios, aunque no nos dábamos cuenta, qué hermosa tajá estábamos agarrando!
Dicen que los borrachos pierden la memoria y la noción de la realidad. No es cierto, lo que pierden es la vergüenza y eso ocurre porque adquieren una enorme clarividencia acerca de sí mismos y de lo que los rodea. Tal cosa pudimos comprobarla mi amigo y yo tan pronto como, acabada la comida, nos encontramos en la calle y advertimos nuestro estado. ¡Madre mía! Allí se acabaron las risas y empezaron las lamentaciones. ¡Estábamos ahumados, lo mismo que los mayores a los que tantas veces veíamos salir de las tabernas dando camballadas! No nos sosteníamos derechos. Pero teníamos una cosa clarísima: en aquel estado no podíamos presentarnos en nuestras casas. De haberlo hecho, ni San Rafael bendito nos hubiera librado de la paliza. Mi amigo, que vivía por las Margaritas, quería tirarse al tren desde el Viaducto. Yo, mucho más cobarde, sólo deseaba que transcurriera el tiempo, por lo que le pedía que pasáramos la tarde en un jardín o escondidos en algún portal. Yo no sé las horas que anduvimos dando tumbos, nunca mejor dicho, por los callejones de San Lorenzo y San Agustín, hasta que nos vimos lo suficientemente despejados para presentarnos en nuestra casa. Los dos, felizmente, logramos nuestro objetivo sin que nos descubrieran y los dos por el mismo motivo: nuestros padres habían salido a visitar los sagrarios y en nuestras casas no había nadie. Por mi parte, no aborrecí el vino, pero gracias a aquella botella nunca más he vuelto a emborracharme. Es lo mejor que le debo a los salesianos

miércoles, 5 de enero de 2011

Constantino el Grande



¡Y tan grande!

A Lactancio y a Eusebio de Cesarea , dos de los propagandistas cristianos con menos escrúpulos de la historia, se les caía la baba enumerando sus incontables méritos. Se entiende. Ahí va una cita:

En la misma época se cumplió el vigésimo aniversario de su reinado. Con tal ocasión, en las restantes provincias se celebraron reuniones públicas festivas; y para los siervos de Dios, el emperador organizó banquetes en los que participó él mismo tras haber hecho las paces, por así decirlo, para hacer a Dios una ofrenda digna de él; ni uno solo de los obispos se echó en falta en la mesa del emperador.

Esta cita, cuyas negritas son mías, pertenece a la pretendida biografía escrita por Eusebio, que fue obispo de Cesarea y que, como es lógico, no faltó al banquete.

Treinta y tantos años antes, Diocleciano había establecido una tetrarquía para gobernar el imperio, con dos augustos como emperadores y dos césares que llegarían a augustos tras la renuncia o la muerte de los dos primeros. Constantino acabó con aquel sistema y se erigió en dueño absoluto del imperio. Desde su puesto, se puso decididamente de parte del cristianismo y a partir del 313, año de su victoria sobre Majencio en la famosa batalla del Puente Milvio, dictó edicto tras edicto favoreciendo a la todavía nueva religión. Entre lo más sobresalientes de estos edictos cabe citar los siguientes:

-Prohibición de la haruspicia o adivinación por medio de las vísceras de las aves, de la magia y de los sacrificios privados, lo que constituía un ataque frontal a los sacerdotes paganos, que tenían en estos menesteres unas de sus principales funciones.

-Otorgamiento a los obispos de poder judicial en causas civiles, es decir, no sólo en causas religiosas, sino en todos los asuntos de la vida ciudadana. Así, un obispo podía fallar en una denuncia por robo y su fallo era inapelable, correspondiendo al poder secular la ejecución del mismo. Este poder no lo tuvieron jamás los sacerdotes paganos.

-Otorgamiento a la Iglesia del poder de manumitir o liberar a los esclavos, que hasta entonces había correspondido exclusivamente al Estado.

-Otorgamiento a la Iglesia del derecho a recibir herencias, jugosísimo negocio que hubo de ser retirado cuarenta y tantos años más tarde debido a la enorme capacidad de acaparación del clero.

-Exanción de las cargas y tributos impuestas con anterioridad a los cristianos y devolución de los bienes incautados, con el detalle de que si el titular había fallecido y no quedaban herederos, los bienes pasaban a la Iglesia.

A las vista de estos cinco decretos, a los que hay que añadir bastantes otros, además del marco general de hostigamiento al paganismo, no es de extrañar el gran amor que los cristianos profesaron y profesan a Constantino I. De hecho, la Iglesia ortodoxa, es decir, la oriental, lo elevó a los altares y como santo lo venera

¿Pero quién era, en realidad, este buen caballero? Independientemente de su favores, ¿gozó para tan alta estima de valores humanos o morales más o menos relacionados con la prédica cristiana? Véamoslo. Hijo de Constancio Cloro, uno de los dos césares en los tiempos en que Diocleciano y Maximiano eran augustos, su madre, la famosa santa Elena, fue lo que hoy se definiría técnicamente como una prostituta, concubina de su padre. Este hecho no resta valor a Constantino. Otra cosa es que él practicara también el concubinato, en este caso con Minervina, de la que tendría a su hijo Crispo. Empezó usurpando el poder con la aclamación del ejército de Britania. Tras abandonar a Minervina, se casó oficialmente con Fausta, hija de Maximiano, uno de los dos augustos. Con esta dama tuvo tres hijos y dos hijas. Se alzó contra su suegro, al que derrotó y al que hizo ahorcar en Massilia, la actual Marsella. En su camino hacia el poder absoluto, se enfrentó a Licinio, augusto de Oriente, hijo de Maximiano y también su cuñado, esposo de su hermana Constancia. Lo derrotó y ordenó su estrangulamiento. Hizo estrangular también a Basiano, hermano de Licinio (por si le disputaba el poder) y esposo de su otra hermana, Anastasia. En su caritativa carrera, el emperador, mandó asesinar a su hijo Crispo. Es posible que este hijo, fruto, como se ha visto de su unión con Minervina, que había sido nombrado césar, anduviese metido en alguna conspiración contra su padre, aunque también se le acusaba de relaciones carnales con su madrastra, Fausta, la mujer de Constantino, acusación, sin duda, falsa. Por si la moscas, San Constantino hizo ahogar a Fausta en un baño y, como buen cristiano, entregó todas las propiedades que la difunta poseía en el barrio lateranense de Roma al papa (¿a quién mejor?). Como buen militar y gran vitalista, tuvo, además, numerosos amoríos. Todo ello, sin mencionar su desmedida ambición de poder, que lo llevó de guerra en guerra, sacrificando la vida de miles y miles de seres humanos cuya única ambición era vivir en paz.

Todo, como se ve, impregnado hasta la médula de la más pura filosofía cristiana, que, como bien se sabe, predica el amor al prójimo y el perdón de las ofensas, ¿no es verdad? ¿Será por ello que los padres de la Iglesia, los historiadores eclesiásticos silencian esta extensa zona de la biografía de Constantino? Claro que no. Callan porque, en realidad, con toda su grandeza, Constantino fue, más que nada, un despota asesino y la Iglesia, en lugar de denunciarlo como tal, no tuvo escrúpulos en buscar su cobijo para continuar creciendo y desarrollándose. Estamos ante la técnica del silencio, una técnica que la Iglesia viene empleando a maravilla desde los más remotos tiempos y que consiste en relatar no la totalidad de los hechos, sino sólo aquellos que le convienen, no hay más que echar la vista atrás sin prejuicios para comprobarlo. Se trata, no cabe duda, de la forma de mentir más perversa que existe, pues no se expresa la mentira en lo que se dice, sino en lo que se calla, cosa mucho más difícil de descubrir por el oyente. Un comportamiento que pone de relieve una vez más que, pese a lo que tan vigorosamente pregona, la Iglesia, como tanto hijo de vecino normal y corriente, no persigue la búsqueda de la verdad, sino única y exclusivamente la defensa de sus intereses.

domingo, 2 de enero de 2011

Así nació el credo católico



Homoousios u Homoiousios, esta era la disputa. De la misma naturaleza que el Padre o sólo semejante al Padre, en ambos casos refiriéndose a Cristo. Católicos y arrianos no se ponían de acuerdo. Más aún, sus pugnas habían abandonado la dialectica de las palabras para pasar a la de los puños y la de las espadas. Corría la sangre con frecuencia, el mundo temblaba. Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero que, según los evangelios, había muerto en la cruz, ¿era humano y era divino, como pretendían los católicos, o su naturaleza era solamente humana, como aseguraban los arrianos?

Al comenzar la segunda década del siglo IV, el imperio romano se encontraba sacudido por tal cuestión, de vital importancia en la época. ¿Para llegar a aquella pelea sin fin había legalizado Constantino el cristianismo en el 313? El emperador se lo preguntaba a su principal consejero en materia religiosa, Osio, el que fuera obispo de Córdoba. Si hubiera sido un hombre culto, habría sospechado de aquella religión relativamente nueva a la que, al contrario de todas las que históricamente habían existido en el imperio, no le bastaba con esgrimir sus dogmas, sino que tenía que aplastar a todo el que disintiera de ellos. Pero Constantino no era un hombre culto. Era el muñidor de un imperio nuevo, total y absoluto, para el que incluso había creado una nueva capital a considerable distancia de Roma. Tampoco era cristiano todavía. Pero necesitaba una religión sólida y también totalitaria que unificara las creencias, como elemento principal para consolidar la unidad del imperio. De manera que, harto de tanta pugna, en el año 325, ordenó a Osio que convocara un concilio para acabar de una vez con las disputas.

Aquel concilio se celebraría en Nicea, hoy Iznik, ciudad del Asia Menor perteneciente a Turquía, a partir de la primavera del citado año y sería, probablemente, el más importante de la historia de la Iglesia. Asistieron a él 300 obispos y tuvo su sede en el palacio imperial de verano. Algunos aseguran que lo presidió el propio emperador. Otros, que el presidente fue Osio. En cualquier caso, Constantino, que ya se había inclinado por la tesis católica, influyó decisivamente en los obispos, bastantes de ellos remisos a su aceptación, para que se aprobara el conocido credo niceno, en el que se incluye la fórmula que acredita la divinidad de Cristo y que es uno de los pilares básicos de la fe católica.

La Iglesia nos contó que los concilios están guiados por el Espíritu Santo. Si esto es así, en este caso al menos, hay que darle a la tercera persona de la Santísima Trinidad el premio nobel al retorcimiento, pues para la aprobación de pieza tan importante como el credo se valió nada menos que del poder y de la fuerza de un emperador y de un emperador en aquel momento todavía pagano. Un emperador, por cierto, que sería bautizado en su lecho de muerte, pero no por un obispo católico, sino ¡por un obispo arriano! Hay que darle también un premio a la paciencia por la inconstancia de los hombres, pues las disputas no terminaron aquí, sino que, aunque se persiguió con saña a los arrianos, la posible divinidad de Cristo siguió levantando ampollas incluso entre los propios católicos. Debieron pasar cincuenta y seis años para concluir con tan engorroso asunto. Como no le había ido mal, el Espíritu Santo se valió de otro emperador, Teodosio, en este caso plenamente cristiano y, además, católico, quien convocó un nuevo concilio, ahora en Constantinopla, en el que se aprobó definitivamente la fórmula de la divinidad de Cristo y, ya puestos, se añadió la de la divinidad del propio Espíritu Santo, de la que también se venía dudando hasta entonces.