miércoles, 21 de diciembre de 2011

Un curita flamenco



¿El silencio es la paz? Si no lo es está muy cerca de ella. En este rincón lejano de la Península, con una conexión estrafalaria a internet, con sólo el teléfono móvil, que apenas sé manejar, me siento a ratos en la gloria y a ratos en el más completo olvido. Me encuentro bien, aunque a veces hecho de menos mi blog, al que sólo puedo entrar de vez en cuando, y el contacto con los amigos del facebook.

Pero no es de mí de quien quiero hablar. O sí. Según se mire. Hoy, mi mujer y yo hemos comido en casa de unos amigos, Antonio y María los llamaremos, porque no he pedido su autorización para dar aquí sus nombres reales. Mientras comemos, vemos el telediario -tontodiario habría que llamarlo- de Canal Sur y, hacia el final, salta la noticia: el cura párroco de un pueblo de Jaén, cuyo nombre se nos escapa con la conversación que mantenemos mientras la tele habla, se ha negado a bautizar a una niñita porque el padrino es homosexual y además está casado, con otro homosexual, naturalmente, por la vía civil, ya que la Iglesia repudia tanto este tipo de matrimonios como la práctica de la homosexualidad.

Inmediatamente, nuestra conversación, que en ese momento se centraba en el gran número de extranjeros, principalmente de habla inglesa, que se encuentran afincados aquí, cambia de rumbo y se traslada a la noticia. Todos estamos de acuerdo en que el citado párroco debe de ser un cura bragao, de aquellos de sotana arremangá y cipote en ristre que se dedicaban con ardor a desenmascarar rojos camuflados durante nuestra posguerra y a zaherir con saña a sus mujeres. Pero a María le parece bien su postura. Si a la Iglesia le resulta abominable la homosexualidad y no admite en su comunión a los homosexuales, sostiene María, se entiende que no admita como padrino de nadie a un homosexual, pues el padrino -tal es la doctrina de la iglesia- es alguien que debe guiar al ahijado por la recta senda de los mandatos eclesiásticos.

Antonio, en cambio, cree que la postura del cura es errónea y, más aún, cerril. Piensa que la Iglesia debería modernizarse y aceptar a todos los que de buena fe se acerquen a ella, independientemente de su condición sexual o civil. De otro modo, afirma Antonio, corremos el riesgo de que la Iglesia quede reducida a un puñado más o menos grande de reaccionarios, lo que puede resultar muy peligroso para el conjunto de la sociedad. Ya sabemos, dice Antonio, cual es la actitud de las ratas cuando se sienten acorraladas y el que no lo sepa, que intente matar a alguna encerrándose con ella en una habitación vacía.

Mi mujer cree que se trata de un asunto del que deberíamos pasar. Allá la Iglesia que haga en este terreno lo que le parezca. Aunque de un tamaño considerable, es su opinión, la Iglesia no deja de ser un club con una reglas determinadas que sus socios deben cumplir, de modo que el que no las cumpla no tiene por qué molestarse si no es admitido en ella. Esta es una noticia que ni siquiera debería aparecer en los medios de comunicación y que, desde luego, creo que nosotros, que nos hemos apartado de la Iglesia, no tenemos ni siquiera derecho a juzgarla en este aspecto. Que haga con sus seguidores lo que le parezca y que admita en su organización a quien le de la gana.

Mi opinión difiere de la de los tres. En primer lugar, a mí no me asusta que los seguidores reales de la Iglesia sean cada vez menos y, al mismo tiempo, cada vez más radicales. Me parece que ese es el sino de la mayor parte de las organizaciones humanas, sea cual sea el fin para el que se cree y una vez que este fin se ha cumplido o se ha desvirtuado. Pocas organizaciones y mucho más si soportan una carga ideológica están dispuesta a disolverse por las buenas. Por otrar parte, el cura de ese pueblo y, en general, la Iglesia en su conjunto, pueden mostrarse tan flamencos como les parezca y aceptar o rechazar a quien quieran, pero yo creo que su actitud sólo sería válida si, al mismo tiempo que flamenquean, rehusaran seguir recibiendo el dinero que vía impuestos reciben de toda la sociedad. En la situación actual, ese cura, como, en nuestro caso y en general, la Iglesia española, se comporta, permítaseme la expresión, exactamente igual que un chulo de putas, que no sólo obliga a su protegida a cumplir determinadas reglas, sino que además la maltrata y se queda con su dinero. Y es precisamente esta aportación económica que la Iglesia recibe de todos los españoles, creyentes y no creyentes, la que nos da todo el derecho a opinar también sobre sus propias normas y la que da derecho a ese homosexual a pedir cuanto menos explicaciones al cura acerca de por qué no es apto para ser padrino en un bautizo, pero sí para rascarse obligatoriamente el bolsillo y contribuir con sus impuestos a pagar, entre otras cosas, el salario del sacerdote. Si la Iglesia fuera realmente un club privado, yo encantado de haberla conocida y allá que se lo cueza como mejor le parezca. Pero no lo es, todos sabemos que no lo es, todos creyentes y no creyentes, tenemos que soportar no sólo el expolio de nuestras carteras para un fin exclusivamente privado, sino el afán siempre opresivo de imponer sus normas particulares al conjunto de toda la sociedad. Todo ello, con independencia, de que a mí, personalmente, me parece increíble que todavía haya homosexuales no ya creyentes, que en eso allá cada cual con su conciencia, sino con ganas de seguir formando parte, aunque sea tangencialmente, de una organización que lleva dos mil años persiguiéndolos con furia variada.

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