miércoles, 30 de noviembre de 2011

Un concordato de oro





Los multiples y diversos cristianismos que han existido y existen al día de hoy en el mundo han aportado a la humanidad algunos principios de indudable valor. El amor al prójimo, incluidos los enemigos, el perdón, la compasión, son algunos de ellos, los principales. Se trata de valores novedosos en su día que, aunque apenas se hayan puesto en práctica, han contribuido a acrecentar y perfeccionar el acervo moral de los seres humanos. El cristianismo católico ha añadido específicamente un valor más: el afán de supervivencia, el único que, hasta la fecha, ha cristalizado y se ejerce a pleno rendimiento.

Cuando se echa la vista atrás en la historia con mirada imparcial, se descubre pronto que, más allá de sus prédicas, de sus declaraciones, el objetivo fundamental de la Iglesia Católica no ha sido otro que el de sobrevivir. Y ello desde antes de Constantino. Hasta hoy mismo. En aras de este objetivo la jerarquía eclesiástica, que, como vengo sosteniendo en estas entradas, constituye la Iglesia real, no ha dudado en mentir, en traicionar, en aliarse con tiranos y asesinos de todo pelaje, en robar, en matar.

San Agustín señaló que la belleza de la rosa no sería posible sin la existencia del estiércol, un principio, casi un dogma que de manera mucho más que metafórica llevan grabado en la mente todos los que en la Iglesia ejercen algún tipo de poder. Y la mayoría de los que no lo ejercen también. No sólo no importa, sino que es necesario estercolar la vida con toda clase de deyecciones, si el fin consiste en obtener una buena cosecha, naturalmente eterna. Expresado groseramente, esto es lo que el santo obispo de Hipona vino a decir, concretando en una sola frase el pensamiento ya por entonces tradicional en la Iglesia, un pensamiento, no hay que decirlo, por completo contrario a la buena nueva que se trataba de difundir.

Podrían aducirse infinidad de ejemplos como prueba de este afán de supervivencia. Citaré sólo uno de los tiempos modernos: el pacto -concordato le llaman, eufemísticamente- establecido en 1929 entre Pío XI y Mussolini, ejemplar por la situación del mundo y, más aún, de la propia Iglesia, en un grave aprieto económico y, más aún político.

Desde que en 1870 la Iglesia perdiera los llamados Estados Pontificios, los papas, despojados al fin del poder terrenal directo, vivían junto con la curia en el Palacio Vaticano, casi como refugiados políticos. Esta situación perduró nada menos que cincuenta y nueve años, hasta que Pío XI no encontró reparo alguno en firmar un tratado con un hombre que ya llevaba seis años gobernando de manera omnímoda en Italia. La actual opulencia de la Iglesia Católica tiene su raíz en la generosidad de Mussolini, quien, por su parte, buscaba la complicidad plena de los católicos para llevar a cabo sus planes. La Iglesia consiguió que el Vaticano fuera reconocido como estado soberano, un estado ridículo en tamaño, apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, pero, al fin y al cabo, estado, con inmunidad diplomática incluida. Consiguió la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas del país. Consiguió que el único matrimonio válido en Italia fuera el canónico. Consiguió la exención impositiva de sus bienes inmuebles, así como la de los derechos aduaneros para sus ciudadanos, clérigos en su práctica totalidad, naturalmente, por los bienes que importaran del extranjero. Consiguió, por fin, que Mussolini le hiciera donación de 750 millones de liras en metálico, así como otros mil en bonos consolidados del Estado, una cantidad que hoy podría cifrarse en unos cinco mil millones de euros.

Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Para no ser su reino de este mundo, hay que fijarse en lo que la Iglesia pleitea para encenagarse en él.

9 comentarios:

Lansky dijo...

Molón, ¿de verdad crees que el amor al prójimo, al extraño, al extranjero, es una aportación del cristianismo? Yo no lo niego, pero lo que desde luego afirmo es que NO es un 'invento' cristiano, sino algo mucho más básico y antiguo propio de las poblaciones nómadas, cuando negarle ese amor, y la hospitalidad que conlleva, al que llega a tu puerta (de la tienda) era condenarle a muerte.

Eso sí, exigir como hace Cristo que le ames al prójimo como a ti mismo es de imposible cumplimiento

Un saludo

Molón Suave dijo...

Bueno, Lansky,yo creo que aquellos nómadas, ofrecían, más que nada, hospitalidad, en su sentido más amplio,con ofrecimiento real de los bienes propios. Pero, amor..., francamente, no lo creo. Pienso que, como nómadas, era lógico este comportamiento, pues en el camino nadie está exento de encontrarse en un aprieto. Incluso si me dices que en el concepto de hospitalidad se incluye el amor, creo que en, realidad, se trata de una forma de intercambio. El amor que según los evangelios (yo no estoy seguro de que respondan a la verdad o, mejor, a la realidad)predicaba Cristo no exige contrapartida, ni siquiera la espera. Cristo (siempre según los evangelios)predica devolver amor por odio. O sea, que sí, que creo que el concepto del amor al otro por el simple hecho de ser un semejante es una aportación cristiana, que además entraba en pugna y suponía un avance moral con respecto a la prédica de las religiones de aquel momento, incluída, claro, la judía.
Puede que este amor desinteresado (aunque siempre estará el interés del cielo, claro) y aún abnegado no sea fácil de llevar a cabo. Pero si repasas la historia verás que ha habido grupos que en determinados momento se han acercado bastante a él. Por ejemplo, los cátaros. Actualmente, hay también mucha gente en ONG's de matriz no religiosa que actúan movidos precisamente por este sentimiento, además de por los de la compasión y la solidaridad, tan ligados, a mi parecer, al amor. Y lo hacen además sin esperar a cambio ni siquiera el disfrute del cielo.
Otra cosa es que a los cristinismos oficiales y de manera especial a la Iglesia Católica le interese lo más mínimo este sentimiento, más que de boquilla.

Lansky dijo...

Sí, creo que la hospitalidad nómada va más allá del intercambio calculado y de la mera cortesía y asciende a amor, hasta te ofrecen la propia esposa en algunos sitios y casos.

Cuando se sedentariza, el hombre adquiere dos malas costumbres: la propiedad privada (¡salga de mi propiedad!) y la hostilidad al extraño. Por eso me gusta más el camino que la posada (mira mi postd e hoy)

Un abrazo fraterno y hospitalario

Conchi Carnago dijo...

Tan interesante como siempre amigo, ¿quien le mandaría a Mussolini darle vuelos a esta gente?

No se si as leído mi ultima entrada, en la que al final hago una mención tuya, de tu ultimo articulo, cuando lo leí pensé,parece que nos hemos puesto de acuerdo para criticar a la iglesia, yo ya tenia casi terminado el mio, espero que no te moleste esa pequeña referencia a tu persona,con todo mi respeto y admiración que es mucho.

Saludos.

Paco Muñoz dijo...

Rafael leyendo tus palabras creo que nadie se podría negar a practicar la religión, pero se quedan en teorías, a lo mejor llevadas a efecto por pequeños núcleos de humanos, y como bien decís Lansky y tu en poblaciones nómadas donde existe la solidaridad del que nada tiene. Pero la realidad de la Iglesia Católica es otra bien distinta, y su ambición y capacidad de atesorar es infinita. A su vez también lo es la destructiva. No se que ocurriría si a humanos no se le inyectara ningún tipo de religión ¿cómo se comportarían? ¿Serían solidarios? ¿Existiría el amor?
Espero que Lola esté mejor.
Saludos.

Molón Suave dijo...

Lansky: Perdóname el retraso, pero en estos andurriales en los que me encuentro, algunos días se me complica la conexión a internet.
Completamente de acuerdo contigo en que el sendentarismo produjo esas dos cosas malas. Yo añadiría otras dos: la división del trabajo y la acumulación de excedentes, ambos provocadores inmediatos de las clases sociales.
Por otra parte, no creo (y yo no lo he dicho) que la solidaridad de los nómadas sea calculada. Creo que, como esas cosas que produce el sedentarismo, tal solidaridad es propia del nomadismo. Los avatares del camino empujan a no desconfiar del extraño (puesto que tú también lo eres) y a proporcionarle ayuda (puesto que tú mismo lo necesitas, ambas cosas de forma natural, sin cálculo anticipado. También el nómada de ayer y el viajero de hoy (el viajero, no el turista) son más abiertos que y más solidarios que el que nunca se mueve de su sitio, más desprendidos y menos nacionalistas. Sin embargo, aún estando próxima a él, creo que el amor va un poco más allá, creo que a esa solidaridad le falta un matiz: el del perdón, sin el cual el amor nunca es completo. Se acabó el diente por diente y el ojo por ojo, que los nómadas no excluyen, y se fija como ideal el perdón llano y simple.
Saludos

Molón Suave dijo...

Conchi: Sí, lei tu entrada y te puse un comentario. Luego vi que no salíó y como tengo una conexión a internet batante precaria no volví a hacerlo. Te decía que retratabas muy bien la época. Te comentaba que lo de la bula era especialmente sangrante, porque ellos sabían muy bien que los pobres no comíamos carne más que de higos a brevas. Lo de los mandamientos es que además la Iglesia los ha falseado a su capricho (haré pronto una entrada al respecto) En las tablas de Moisé, ese primero no dice: amar a Dios sobre todas las cosas, sino: "No habrá para ti otros dioses delante de mí" que es bastante diferente. Pero, además, este primer mandamiento añade: "No harás esculturas ni imagen alguna... NO te postrarás antes ellas ni les darás culto..." Y ya ves el mogollón de imágenes de todos los colores que la Iglesia ha producido (y produce) y ante las que se postran los cristianos.
Lo de los primeros viernes consistía en que el que comulgaba (en gracia de Dios, claro) nueve primeros viernes consecutivos no se condenaba. Por ello, como yo lo hice varias veces estoy seguro de que no me condenaré, a pesar de las entradas que escribo y de otros pecadillos no menos condenables.
Un saludo. Espero que tu espalda no te dé demasiado lata.

Molón Suave dijo...

Paco: eso es lo que quería resaltar: que el cristianismo aportó esas ideas, que entraron a formar parte del vagaje moral de la humanidad. Son ideas que sustituyeron a las terribles de la venganza y el daño por el daño. Para practicarlas no hace falta creer en nada, sino en las ideas mismas. Creo que hay gente que se esfuerza en practicarlas en todos los lugares del mundo. Y, desde luego, la Iglesia Catòlica no sólo no las pone en práctica, sino que se opone a ellas abiertamente: la Inquisición es el ejemplo máximo, pero podrían aducirse otros muchos.
Lola va tirando con la espalda. Aquí está más tranquila que en Córdoba y eso le beneficia.
Un abrazo

Alfonso dijo...

Está claro que cuando al perro-flauta galileo le dio por decirle a sus discípulos y sucesores aquello de: "Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa?", o estaba borracho, o lo tomaron por tal.

Los cristianos en general (las honrosas excepciones particulares no dejan por ello de confirmar la regla)y los católicos en particular han conseguido el no va más del despropósito más descarado. La burla histórica que ha supuesto pasarse por la rabadilla del culo los preceptos de su maestro es tan de cajón que no acierto a comprender que no sean capaces de comparar la claridad de lo dicho con la mezquindad de lo secularmente practicado. Jesús, según los evangelios, cargó látigo en mano contra los que hacían negocios dentro del templo de "su padre", y "ha permitido" que sus seguidores hayan utilizado el "suyo propio" para convertirlo en una auténtica multinacional de amasar bienes a costa de lo que sea.

"Si quieres ser mi discípulo vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y sígueme"... Ya digo, borracho perdío...

Saludos.