viernes, 14 de octubre de 2011

Fábrica de fanáticos


Cualquiera puede ser un fanático. Lo sabe bien quien se asoma a un campo de fútbol o a una de las tertulias, no sólo futboleras, que se multiplican actualmente en la TDT.

El animal pensante es el único de la naturaleza que mata a sus semejantes y se ofrece a morir no para defender un territorio o la pitanza, sino en virtud de una idea, de un sentimiento, de una creencia. La historia está llena de ejemplos.

Pero donde el fanatismo muestra su rostro más sombrío es en la religión. Dueño de la Verdad absoluta, eterna, el creyente de cualquiera de las religiones que existen en el mundo no admite dudas. "¿Dudas?", me replicó casi en un bramido el coadjutor de San Pedro el día en que se me ocurrió plantearle las que a mí me surgían. "Lo que tienes que hacer es rezar, ya verás cómo se te disipan todas las dudas." Como si el rezo fuera algo así como un talismán o una mordaza con los que se pudiera silenciar el grito de la razón. La duda, que es uno de los motores de nuestra inteligencia, constituye para el creyente una tentación del Maligno que es necesario aplastar y olvidar.

Tampoco admite el razonamiento. Hasta el más fanático de los hinchas de un equipo de fútbol puede, si se le muestra el oportuno video, cambiar de opinión y aceptar que aquel gol no debió de subir al marcardor, porque existió, en efecto, una falta previa al tiro de su ídolo favorito. Pero el creyente no modificará su criterio jamás. Tiene un comodín a su favor: la Verdad a la que se remite y a la que se acoge no pertenece a este mundo y, por tanto, aunque indemostrable, no puede ser ni siquiera rozada con los argumentos de nuestra razón terrena. Credo quia absurdum, afirmaba Tertuliano en el colmo de la irracionalidad. Creo porque es absurdo. Más aún, creo aunque sea absurdo, aunque me expongas de mil maneras distintas lo absurdo de mi creencia.

Hace pocas semanas, unos científicos han comprobado, al parecer, que unos neutrinos pueden viajar a mayor velocidad que la luz. Si esto es así, la teoría de la relatividad que estableciera Einstein y que se tiene por correcta se tambalea y puede que no sea cierta. Los científicos discuten, aportan pruebas, experimentos, alcanzan conclusiones que, a pesar de su fuerza aparente, no tienen porque ser definitivas. Por otra parte, si la teoría de la relatividad cae, no pasa nada, otra más potente aún vendrá a sustituirla. La Verdad del creyente, en cambio, no admite réplica, ni discusión. Es eterna. Se dio una vez y se dio para siempre. En ella no cabe ni la más remota posibilidad de enmienda. Es la Verdad y la Verdad, con mayúscula, sobra advertirlo, está por encima y más allá de la razón, en una dimensión inefable que la razón no puede alcanzar. En esta indemostrabilidad hunde sus raíces el fanatismo religioso.

El problema surge cuando se observa que cada religión, cada secta, adopta una verdad distinta, que es la Verdad para sus creyentes. Esta es una de las más arduas contradicciones en las que el creyente incurre. Si lo que tú estimas como la Verdad, para el de enfrente no es siquiera una verdad corriente, y viceversa, resulta que esa Verdad supina, inexpresable e inasible no es una, como su propia definición exigiría, sino múltiple, y todo el tinglado se viene abajo. Pero, aunque la contradicción es manifiesta, el creyente prefiere continuar en su ignorancia, esto es, en su fe. Más aún, en defensa de su verdad, que, como bien se ve, ya no es la Verdad, estará dispuesto a liquidar a todo el que no comparte su creencia, al que se atreve a poner en duda su verdad, al que cree en otra verdad distinta de la suya. Muchas veces lo hizo a lo largo de la historia y muchos son los que perecieron entre las llamas de sus hogueras o al filo de sus espadas y de sus hachas. Muchos son los que siguen cayendo hoy, ahora bajo la explosiones de las bombas.

El sueño de la razón produce monstruos, dejó pintado Goya. ¿Y en qué lecho, aparte del de la religión, sufre la razón un sueño más profundo? Fábrica de fanáticos, la religión no constituye nexo de unión con nada, sino motivo de división y de división profunda entre los grupos humanos. Aún así, hay intelectuales que siguen defendiéndola y no por motivos propiamente espúreos, sino en función de la necesidad de consuelo que sufre el ser humano o por el temor a que su desaparición provoque en el mundo todo tipo de descarríos y de desmanes. Georges Bernanos, escritor francés y católico, afirmaba que allí donde desaparece un sacerdote hacen su aparición cincuenta videntes. Es posible. Pero los videntes no tratan de imponer a nadie sus convicciones morales ni convertir los pecados en delitos y, que se sepa, nunca han quemado a nadie en una hoguera. Más bien eran ellos los que perecían en las que, con sus propias manos y entre gritos de triunfo, encendían los creyentes.

Fotografía: Córdoba. Plaza de la Corredera, en la que más de un hereje fue quemado vivo por la Inquisición.

9 comentarios:

Conchi Carnago dijo...

A mi me dan alergia los fanáticos, no son nada más que unos intolerantes, según ellos solo puede haber una verdad, la suya. Y como tu bien dices a pesar de haberlos en todos los ámbitos es en la religiones donde más se dan.

Como siempre un placer leerte.

Paco Muñoz dijo...

Rafael, no voy a comentarte nada, pues después de comer, en lugar de hablar poquito, "mejor se está callao". Solo decirte que, lo he leído unas cuantas de veces, y me he parado en algunas frases que considero magistrales, hasta el extremo de que cuando las leía las había marcado con el cursor. Mi más sincera felicitación por los textos que nos ofreces, con tanta calidad como profundidad. Le comenté a Conchi (en una observación que se puede considerar de envidia sana, aun a sabiendas que no puede ser sana la envidia), mi admiración por lo que y como, escribes.
Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Conchi y Paco: Un texto no es nada sin un buen lector y vosotros está claro que lo sois. Yo, Paco, después de comer no sólo estoy callao, sino que hasta me pego mi buena siesta, costumbre que, con raras excepciones temporales, conservo desde mi más tierna infancia, en verano y en invierno. Y yo creo que sí, que hay envidia, es la que nos impulsa a emular al envidiado y a mejorar.

ben dijo...

Hombre claro,qué te iba a decir el
coadjutor sino que rezaras,que para
ese oficio se necesitaba mucho rezar.
Me acuerdo, los apuros qe pasaba el
sobrino del cura de las Margaritas,
que como en tu caso lo metieron a
seminarista.El chico,en sus vaca
ciones,quería seguir a la charpa,
pero era imposible,por las bromas
que le gastabamos,eramos muy malos
los niños de entonces.Desde mariquita,hasta qe no tienes pito..
Era una aberración,que los niños
tan pequeños entraran en el seminario,cosa que hoy día,pienso
que no ocurre.Pero no lo sé.
Ese chico ,está felizmente
casado y tiene hijos.Se salió,claro

Molón Suave dijo...

Ben: Es exactamente lo mismo que hice yo. Pero no sin un largo e innecesario sufrimiento.

Lansky dijo...

por eso la 'crisis de vocaciones' es en realidad que han suprimido los raptos tempranos de niños

Molón Suave dijo...

En efecto, Lasnky, por eso y porque ya no hay tanta hambre por aquí (o no la ha habido hasta ahora, ya veremos lo que pasa) Cuando yo, con doce años, dije que quería ser cura, mi madre se puso loca de contento. La carrera había que pagarla (no sé ahora) y en casa no teníamos un duro. Pero ella movió cielo y tierra hasta que me consiguió una beca. No era por quitarse una boca de enmedio (sólo éramos dos hermanos) sino por el, a su juicio, esplendoroso futuro que se habría para mí. Le di un disgusto grande cuando dos años más tarde le dije que mi vocación se había acabado.

ben dijo...

Desde luego aquellos años, eran de muchas necesidades y por supuesto
hacer la carrera sacerdotal era un
buen porvenir.Me acuerdo caer en mis manos una revista,donde había
unos anuncios,especie de ofertas y
demandas,sobre ayudas para vocacio
nes.Los chicos en su anuncios,indi
caban su vocación y rogaban ayuda
para satisfacerla a cambio ofrecian
oraciones y misas a las almas caritativas que le ayudaran.
Supongo que habría de todo en esa
oferta,vocación pero otras verda
dera necesidad de salir de un entorno en el que no era posible
el estudio.

Molón Suave dijo...

En aquellos tiempos, a los diez o doce años, que era cuando se te "despertaba la vocación", resultaba realmente difícil saber no sólo lo que quérías, sino, más aún, lo que podías o no podías querer. En mi caso, fue el carisma que desprendía mi tío ante los demás miembros de la familia,o así es como lo he visto después, andando el tiempo.