sábado, 24 de septiembre de 2011

La Casa de los Catecúmenos


Una de las primeras medidas de Pío IV (1559-1565) tras acceder al trono papal fue la de crear los ghetos en los que debían vivir los judíos, quienes, además, debían distinguirse de los cristianos mediante una señal amarilla que los hombres llevarían en el sombrero y las mujeres en el pecho. El gheto de Roma se encontraba a orillas del Tíber, en una zona insalubre y propensa a las inundaciones.


No lejos de allí, en las cercanías del Coliseo se levantaba la Casa de los Catecúmenos, lugar tenebroso fundado por Pablo III en 1543, destinado a impartir la doctrina cristiana a los judíos que lo desearan. Una norma establecía que cuando un judío manifestaba su deseo de convertirse, debía llevar consigo también a su mujer, si estaba casado, y a sus hijos e incluso a sus nietos, en el caso de que los tuviera. Como bien se sabe por la historia de España, una vez bautizado, el judío ya no tenía posibilidad de vuelta atrás, sólo tenía ante sí dos caminos: cumplir a rajatabla los preceptos de la Iglesia o la hoguera, en la que acabaron pereciendo muchos de ellos acusados de judaizar, es decir, de seguir practicando su religión. La Casa de los Catecúmenos llenaba de terror a los judíos romanos, pues no eran pocos, especialmente niños, los que eran llevados a ella por la policia papal y nunca más regresaban al gheto ni sus familiares volvían a saber de ellos.


En 1815, doscientos setenta y dos años después de su fundación, siendo pontífice Pío VII, regía la Casa el sacerdote Filippo Colonna. Una tarde de finales de octubre, el padre Colonna recibió aviso de que en la portería se encontraba Jeremiah Anticoli, un joven judío que deseaba hacerse cristiano. El procedimiento usual en estos casos consistía en un breve interrogatorio, tras el cual el solicitante era admitido en la Casa. Ahora bien, Jeremiah estaba casado y, además, tenía un hijo de siete meses, su mujer se llamaba Pazienza y su hijo Lázaro, de manera que, si él pretendía hacerse cristiano, le recordó el padre Colonna, su mujer y su hijo debían acompañarlo. Jeremiah firmó el documento que el sacerdote le presentaba y, aquella misma noche, la policía papal entró en el Gheto y, tras apoderarse de Pazienza y de Lázaro, los trasladaron a la Casa de los Catecúmenos, no sin vencer el tumulto que organizaron los judíos, despertados bruscamente de su sueño.

Nada más entrar en la Casa, a Pazienza le arrebataron al niño y la encerraron en una habitación, donde durante treinta y tres días recibió continuas visitas de catequistas -curas, monjas, y hasta el propio padre Colonna-, quienes, tras la correspondiente prédica, le exigían, unas veces con súplicas y otras con amenazas, que abrazara la verdadera fe. Pazienza, sin embargo, se negaba a renegar del judaísmo, la joven madre sólo pedía una cosa: que le permitieran regresar al guetho junto con su bebé. Al final, comprobando su invencible obstinación, Pazienza fue devuelta al gheto. Unos días más tarde, el 11 de enero de 1816, Jeremiah, su marido, abandonaba también la casa, arrepentido de su decisión al comprobar que su mujer se había negado a convertirse. El que no volvió con sus padres fue el hijo de ambos. El pequeño Lázaro había sido bautizado un par de días depués de su llegada sin consentimiento paterno ni materno y, una vez recibidas las aguas sagradas, el nuevo cristiano pasaba a ser propiedad exclusiva de la Iglesia.




Foto.- Patio cordobés de la calle don Rodrigo




Fuente: El Papa contra los judíos. David I. Kertzer. Edit. Plaza y Janés, 2002.

2 comentarios:

Lansky dijo...

Todavía hay restos del gueto en Roma, junto a la actual via del pórtico d'Ottavia, junto al Tiber, sí, a la altura del Ponte Fabricio. Lo demolieron enterito cuando en el XIX fueron derrotados los Estados Pontificios, o sea, que fue el último gueto de Europa Occidental. luego se construyó una nueva Sinagoga que perdura, como los restaurantes con especilidades hebreas (carciofi a la guidia); es uno de mis barrios romanos favoritos.

Paco Muñoz dijo...

No me sorprenden los métodos de ésta familia, pero como se atreven a criticar otros si los que ellos han empleado, incluyendo el peor de todos como es la muerte, son más agresivos y dañinos para los seres humanos. Si nunca han empleado fuerza de la razón (porque carecían de ella), sino la razón por la fuerza (que les sobraba).