domingo, 18 de septiembre de 2011

Dos bofetadas


Año 1296. Roma. Primavera. Las aguas del Tíber se tiñen de púrpura a la caída de la tarde. Dos años ha que falleció Nicolás IV y los cardenales de la Santa Madre Iglesia, agrupados en dos facciones enfrentadas, la de los Colona y la de los Orsini, han sido incapaces de nombrar un sucesor. Noche tras noche, Benedetto Gaetani, uno de los cardenales que componen el cónclave, clama al Espíritu Santo inflamado de fervor para que el elegido sea él. Pero el Espíritu Santo, enzarzado quizás con el Hijo en la eterna discusión acerca de quién de los dos tiene mayor preeminencia ante el Padre, no escucha las súplicas de Gaetani y tres meses más tarde, cuando los cardenales alcanzan al fin un acuerdo, no será a él a quien elijan, sino a un pobre ermitaño de más de ochenta años, conocido como Pedro di Murrone.


Qué oscuros, qué caprichosos vericuetos recorre a menudo el Espíritu Santo y cuán incomprensibles resultan para nosotros, los tristes mortales. Pedro di Murrone sería coronado en Aquila (la ciudad del reciente terremoto) y recibiría el nombre de Celestino V, pero su pontificado, ¡ay!, fue tan breve como un soplo de brisa. Atosigado por el peso de la tiara tanto como por las intrigas de la curia, añorando cada día más su retiro en las montañas de los Abruzos, dimitió de su cargo a los cinco meses de su nombramiento. Y entonces, ¡oh prodigio de celeridad!, los cardenales eligieron de inmediato y sin un sólo titubeo a Benedetto Gaetani. (Cabe preguntarse si para el melón de acabar señalando a Gaetani, el Espíritu Santo necesitaba el cerón de Celestino, pero esta es una pregunta que no nos compete a nosotros, sino a los sesudos varones que se pasan el día y aun la noche escucriñando a través de las Escrituras los designios de la Tercera Persona de la Trinidad.)


Benedetto fue coronado con el nombre de Bonifacio VIII. Convencido de que la tan anhelada tiara papal lo situaba a la vera de Dios y por encima del resto de los hombres, mostró de inmediato su faz de déspota implacable. Su primera medida fue la de detener a Celestino y ponerlo a buen recaudo, no fuera que al Espíritu Santo se le ocurriera dar marcha atrás e insuflara en el ermitaño el deseo de recuperar el trono. Pero la prisión no bastaba, el viejo, aunque viejo, no moría y Bonifacio se vio obligado a asesinarlo, al parecer, atravesándole la sien con un clavo por mano de su sobrino. Por ahí anda aún la calavera del breve papa mostrando el agujero por el que se le escapó la vida. Al mismo tiempo, depuso a varios cardenales, entre ellos a los dos Colonna, que reclamaban un concilio para probar la legitimidad de la abdicación de Celestino y, libre de acechanzas internas, se dispuso a ejercer su autoridad sobre los países de Europa, que la Santa Sede consideraba sus feudos, no sólo espirituales, desde hacía largo tiempo.


Atención especial necesitaba Francia, que, desde la ascensión al trono de Felipe IV, llamado el Hermoso, se mostraba cada día más díscola. El Hermoso era tan católico como el papa, pero en punto a despotismo no desmerecía de Bonifacio, de modo que no tardó mucho en producirse el enfrentamiento. Fue un conflicto de poder, de competencias, pero con un determinante trasfondo económico, como suele ocurrir en la mayoría de casos más o menos semejantes. La Iglesia poseía cerca del treinta por ciento de las tierras cultivables de Francia y Felipe no estaba dispuesto a que las cuantiosas rentas que semejante propiedad producía volaran hacia Roma sin pasar por sus manos. El papa, por su parte, no podía tolerar que los clérigos franceses pagaran impuesto alguno al Estado.


El choque fue brutal, teniendo en cuenta las circunstancias de la época. Durante un tiempo, Felipe IV optó por la presión diplomática. Pero Bonifacio se mostraba inflexible. Felipe, a través de su ministro Guillermo Nogaret, dio un paso más y procedió a tasar las fincas eclesiásticas. Bonifacio respondió con dos bulas. En la primera de ellas, Clericis laicos, prohibía, bajo pena de excomunión, tanto pagar impuestos por los bienes eclesiásticos como recibirlos. El papa llegaba a afirmar que "los seglares han sido siempre hostiles al clero y han tratado siempre de sobrepasar sus límites." La segunda de las bulas, mucho más dura, ha pasado a la historia como el ejemplo más claro de hasta donde está dispuesto a llegar un papa si nadie lo detiene. Su nombre es Unam Sanctam y en ella, entre otras cosas, Bonifacio proclama: "Hay una Iglesia Católica, fuera de ella no hay salvación ni perdón. Hubo solamente un arca y Noé fue su capitán." Y algo más adelante: Hay dos espadas, una espiritual y otra secular; la espada secular debe usarse para la Iglesia, la espiritual por la Iglesia. Una está en manos de los sacerdotes, la otra en manos de los reyes y guerreros, pero debe usarse según las órdenes de los sacerdotes."


Esta segunda bula inflamó de tal modo las narices de Felipe que decidió poner punto final al asunto de una vez. Corría el año 1303 y el papa estaba en Anagni, a unos cincuenta kilómetros de Roma, disfrutando sus vacaciones estivales. Allí envió Felipe IV al canciller Nogaret, quien, aliado con Sciarra Colonna, sobrino de los cardenales depuestos, tardó menos de veinte minutos en apoderarse del palacio. Los asaltantes encontraron a Bonifacio sentado en el trono, revestido con sus ornamentos sagrados, en actitud todavía desafiante. Las dos bofetadas que Nogaret le dio cuando llegó a su altura acabaron con las demandas del pontífice, el cual, aunque recobró la libertad y el puesto, murió un mes más tarde, el 11 de septiembre de 1303, incapaz de sobreponerse a la humillación sufrida.




PD.- Dedicado a José Luis Rodríguez Zapatero, nuestro presidente del gobierno, tan servil con el pontífice actual.

4 comentarios:

José Alf. Tengo cita en psiquiatría. dijo...

¡Oh! Perdón, leyéndote he creído hablar conmigo. Estoy seguro de que en algún momento fuimos abrazo. Otro, pues.

Lansky dijo...

Zapatero ilustra a la perfección el axioma de que 'Hace más daño un tonto que un malvado', que ya mencionaba Maquiavelo.

Molón Suave dijo...

José Alf.: ¿Se trata de un halago o de mera coincidencia? Es que lo de tu cita impone, a pesar de que yo estoy convencido de que este mundo es una cosa de locos. Salud y que sea enhorabuena.

Molón Suave dijo...

Lansky: Eso sin duda. Al malvado lo ves venir y te previenes; el tonto, en cambio, cuando quieres darte cuenta te la ha clavado hasta el fondo.