miércoles, 24 de agosto de 2011

El santo rosario (II)




1.- Agosto. Mi tío, el cura, venía desde Linares a pasar quince días a nuestra casa, sus vacaciones. Llegaba acompañado de mi tía, su cuidadora, la hermana de mi madre, el marido de ésta, mis dos primas y la sobrina del cura, aquella sobrina que, a pesar de mis pesquisas y como ya conté, no logré averiguar de qué familar sería hija, puesto que el cura no tenía hermanos.


2.- ¡Ah, qué días aquellos! Mis primas eran pimpollos preciosos. La sobrina del cura, una rubia exquisita y también algo remilgada, como hija de alguien muy relacionado con las cosas etéreas, inefables. Eran, como luego supe por Proust, muchachas en flor, a cuya sombra yo me sentía turbado, maravillado y exaltado, todo al mismo tiempo. Hacía calor, mucho, pero como nadie nos daba a todas horas el coñazo con la temperatura no lo notábamos. Las mañanas eran para el turismo. Mis tíos, mis primas y la rubia iban a ver las cosas de la ciudad, nosotros, mi hermana y yo, a veces, los acompañábamos, a veces, nos quedábamos en casa. El cura, de paseo con sus colegas, o fuera quién a saber. Mi padre, trabajando. Y mi madre... Mi madre, como una criada hacendosa, después de levantarse la primera para preparar los desayunos de todos, recogiéndolo todo, fregando los platos -a mano-, lavando, si había que lavar -igualmente, a mano- y preparando la comida del mediodía y, en parte, la de la noche.


3.- La tarde era para el acicalamiento de las muchachas, para la preparación de los vestidos del día siguiente, para las confidencias de las hermanas, para la larga siesta del cura, para la merienda y para alguna que otra partida de parchís. Diez personas en una casa son muchas personas. Por esas cosas raras del azar, pues no teníamos un duro, ocupábamos la planta baja de una casa amplia, pero, aún así, había que echar los colchones al suelo y dormir como podíamos. Sólo el cura disponía de una habitación cerrada.


4.- Al anochecer se presentaban otros tíos míos, hermano y cuñada de mi madre y de mi tía, con sus tres hijos. Era el momento en que se montaba la tertulia en el patio, a la vera de las aspidistras, de los helechos y de la esparraguera. ¡Qué tertulia! ¡Eterna! Nada de comida, nada de bebida. Si acaso, alguna noche, un botellín de cerveza, que alguno de los hombres traía de la taberna de enfrente, sólo para los adultos. Bien pasadas las once, mis tíos y mis primos levantaban el campo y se marchaban hasta el día siguiente. La marcha de mis tíos daba paso a la cena, cena larga, que para eso el señor cura y los que con él venían estaban de vacaciones, cena que, la mayoría de las noches, se prolongaba hasta más allá de las doce y media.


4.- Y entonces, sólo entonces, cuando ya nos disponíamos a desplegar los colchones, el señor cura nos recordaba que aún teníamos que rezar el rosario. Fresco gracias a su buena siesta, poco le importaba que nos cayéramos de sueño, que mi madre llevara sin parar desde las seis de la mañana, que mi padre, que no estaba de vacaciones, tuviera que levantarse a las siete para ir a trabajar. Del rosario no se libraba nadie. Sentados alrededor del cura, algunos en el suelo, allí estábamos, recitando las avemarías como beodos, como verdaderos zombis. ¡Y la cachaza de la que hacía gala el buen sacerdote! Si poco después yo establecí el record del menor tiempo en el rezo de un rosario, él estableció en aquellos veranos el de mayor duración. Hacía pausas enormes y cuando veía que chicos y grandes empezábamos a dar cabezazos, alzaba la voz, ¡DIOS TE SALVE, MARÍA!, y la endurecía, de modo que despertábamos desconcertados, contestando velozmente: Santa María, Madre Dios, completamente a destiempo, como si nos hubiera picado un tábano en el oído. Más de una hora duraba el rezo. Y nadie protestaba, nadie chistaba. Hombres y mujeres de casi cincuenta años, que no tenían ni un gramo de fe, que se pasaban el día rajando del cura, cuando no estaba presente, allí estaban, mascullando más que rezando, pero incapaces de levantarse y de decir escuetamente: ¡se acabó! Yo no lo advertía entonces, pero aquellos rosarios constituían y constituyen la mejor prueba del omnímodo poder de la Iglesia en el tiempo de pesar y de tinieblas que nos tocó vivir.

9 comentarios:

Josefo el Apóstata dijo...

Yo también tengo recuerdos de rosarios cantados en familia y algún cura que de vez en cuando se aparcaba en casa. Lo que pasa es que no son tan nítidos como los tuyos. Recuerdo en nebulosa a mi abuela entonando los misterios del rosario y excursiones familiares al campo a las que se pegaba un cura, amigo de mi padre, que se zampaba de buena gana los fideos a la cazuela que preparaba mi abuela. En fin, yo era muy crío entonces...

ben dijo...

Me he reido un montón,leyendo la estampa costumbrista de la época.
Aunque en mi familia no ha habido curas,mi madre si que era muy segui
dora de los curas,a los que respe
taba mucho,la cantidad de plata que
llegó a limpiar en San Pedro.Inclu
so veía,buena persona,al titular,
con sus cosillas decía ella,pero
bueno.
Te ha faltado retratar un poco más
el mundo de las primas,que llegan
a casa y se quedan un tiempo.To
do un mundo de sugerencias,el de
las primas,sobretodo para un chaval
de aquella época.

Molón Suave dijo...

Josefo: Tengo los recuerdos nítidos no propiamente por el rezo del rosario, sino porque aquellos días constituían todo un acontecimiento para nosotros. Los quince días de agosto empezaban, en realidad, en julio, con la organización de la vivienda. Vivíamos en una casa antigua, cuyas paredes, enormes muros de tapial, era necesario reparar y blanquear cada año y, claro, como la economía era escueta, la blanqueábamos nosotros, principalmente mi madre y yo. Era una casa enorme, incluido el patio, y nos pegábamos unos tutes tremendos. Luego, como las habitaciones estaban repartidas de cualquier modo, había que reorganizar el mobiliario para procurarnos donde dormir. Por aquel entonces, la casa, con estar situada en el centro de Córdoba, calle Almonas, junto a la plaza de la Almagra, no tenía agua corriente y, por tanto, tampoco cuarto de baño, sólo un retrete, al que echábamos cubos de agua de un pozo, de la que también bebíamos, y los clásicos palanganeros para el aseo diario, con su palagana y su jarro. Aunque yo también era un crío, todo esto resulta difícil de olvidar. Por cierto, uno de aquellos días íbamos todos a pasar el día al campo, a Linares. Hacía tanto calor como ahora, pero entonces, el arroyo de Linares bajaba siempre bien lleno de agua, formando charcas en las que nos pasábamos casi todo el día bañándonos.

Ben: Encantado de tenerte por aquí. Por tus comentarios en La Calleja, pienso que tú y yo debimos coincidir en San Pedro o en el Socorro más de una vez, hablo de los años cincuenta y principios de los sesenta. Más que respeto, que también, mi madre sentía un temor reverencial hacia los curas. De niña, había tenido una muy mala experiencia con la madre del cura del que hablo en mi entrada, su tía, con la que vivíó, y con el propio cura, su primo, cuando aún estaba en el seminario. Nada, ni remotamente, relacionado con el sexo, aclaro. Y esto la marcó. Ella iba a la iglesia a la misa de ocho de la mañana los domingos y punto. El párroco de San Pedro, don Julián, era, además, bastante prepotente, sólo su planta y sus modales ya inspiraban temor. Algunos años más tarde del rezo de estos rosarios, en la boda de una de las primas que venían a mi casa (eran de Córdoba, aunque vivían en Linares y quiso casarse en Córdoba) don Julián echó de la iglesia a otras tres primas mías de unos dieciséis años que estaban en manga corta, porque olvidaron en casa aquellos célebre manguitos que las mujeres se ponían en verano para entrar en la iglesia. Yo fui su monaguillo durante algún tiempo y, luego, durante dos años, como seminarista, estuve muy cerca de él. Más de una vez, yendo a llevar el viático a algún enfermo, de la manera formal que entonces se hacía, detenía la procesión que formábamos para exigirle a alguien que se arrodillara, muchas veces a personas muy mayores. Tengo muchas anécdotas de aquellos años cerca de él.
En cuanto a lo de mis primas, imagínate lo que era aquello si lo relacionas con lo que le digo a Josefo respecto al agua corriente y la falta de un cuarto de baño. No he profundizado en ello porque no quería alargar la entrada, pero todo se andará.

Paco Muñoz dijo...

Es precioso y pintoresco, a algunos personajes que dibujas, el D. Julián lo conozco, aunque en la época que recuerdo ya no tenia tantas ínsulas, o por lo menos sería conmigo, era por el 75.

Lo demás lo coge Almodóvar y te saca un buen "filme", las primas siempre eran el nexo de unión con el apartado sensual, sin llegar a serlo, eran la cercanía del sexo contrario. Ya lo dice el refrán "cuánto más primo..."

Como siempre delicioso el relato. Yo también recuerdo una tía mía, política, que era de rosario de tarde,diario, y un día que me llevaron a su casa -calle de los Judíos, año 52, vísperas de romería de Santo Domingo- tuve que escuchar la letanía, que afortunadamente en mi casa no escuchaba. Y la del rosario, luego fue una "elementa" cuando murió mi tío, que me hizo recordar tanta falsedad. Tanta religiosidad siempre eran sinónimo de hipocresía y otras cosas que me las callo.

ben dijo...

Paco,el tal D. Julián,con los años
fue perdiendo fuerza,hasta aceptaba
por esos años que dices,que su coa
jutor,me parece que se dice así,vi
viera amancebado con una señora en
el colegio de la plaza de las Ca
ñas,mi madre se hizo amiga,
cosa imposible años antes,pero tam
bién ella se fue adaptando a los
tiempos.
Pero desde luego ese cura imponía,
cuando de San Pedro iba al colegio
de la plaza de las Cañas y pasaba
por mi casa,en la plaza de la Almagra,hasta le mlestaban los ca
rrillos de alquiler que habían en la plaza,si le impedian el paso.Me
acuerdo como Calzones,me parece re
cordar el sr. de los carrillos su
doroso corría a retirarle los tri
ciclos y pedirle disculpas.

Molón Suave dijo...

Pero hombre, Ben, nosotros hemos sigo casi vecinos. Yo viví bastante tiempo, desde los ocho años hasta los veinticinco en el número siete de la calle Almona (ahora creo que es el cinco), junto a la sultana y al lado mismo de la plaza de la Almagra. El coadjutor era don Juan (no recuerdo el apellido), sí que era un hombre bajo, cetrino, que no tragaba a las beatas, a las que era un espectáculo ver cómo le daba la comunión. Yo le ayudé la misa muchas veces y resultaba casi bochornoso. Don Julián, al menos que yo recuerde, no era hombre de grandes iras, pero tenía un vozarrón que impactaba, ello junto a su imponente figura, tan grande, y sus modales tan majestuosos como bruscos, producían un indudable temor, acentuado, claro está, por la situación que vivíamos. Hoy, probablemente, todo el mundo se hubiera reído de él. El de los carrillos, primero, y, luego, triciclos, era Pantalones, no Calzones.

Alfonso dijo...

Como siempre, entrañable pincelada de las relaciones socio-familiares de la España nacional-católica que, los que tenemos ya algunos años, podemos relatar dentro del anecdotario personal.

¡Ah, las primas! Familiares que, aunque próximos, pero por no ser hermanas carnales y por lo tanto exentas de las atracciones libidinosas, ocupaban un lugar preponderante en los primeros contactos y escarceos del temprano despertar sexual de nuestra niñez. Menos mis padres, que tuvieron dos hijos varones siendo yo el mayor, sus tres hermanas casadas tenían una pareja de hijas cada una. Es decir, contaba con seis primas más o menos de mi misma edad y vivíamos en casas cercanas unas a otras. Por lo tanto, desde muy pequeños compartíamos los mismos espacios de juegos, sintiéndome como gallito en en gallinero. Podéis imaginaros que fueron muchas las anécdotas que se originaron por la natural curiosidad mutua en lo tocante a los asuntos de la atracción entre sexos opuestos. Y la verdad es que a mí, mis primas me gustaban todas.

Molón Suave dijo...

Ah, las primas, Alfonso. Durante aquellos quince días de agosto, yo era también el único varón enre cinco mujercitas, de una de las cuales llegué a estar bastante enamorado. Ella me correspondía. Aunque nunca nos lo dijimos, tanto ella como yo lo sabíamos. La cosa no llegó a más porque uno de aquellos años, cuando apareció por casa, había completado su desarrollo durante el invierno y la primavera y se puso gorda como no te puedes imaginar. De manera, que, completamente desilusionado, lo dejé, aunque, mira tú, aquel año ella estuvo más tierna que nunca conmigo.

Alfonso dijo...

Jajaja Molón, eran las sorpresas que te podías llevar con el tiempo cuando aun faltaba algún hervor que necesariamente se tenía que dar hasta definir la calidad de las impresiones primeras y los sentimientos que originaban.

Hasta que cumplí los 14 años pensé que estaba enfermo. Era tal el torrente de lujuriosa actividad que me animaba en mis relaciones con el sexo femenino, y más concretamente con mis primas por tenerlas más a mano, que, unido a la chirriante y pacata educación que en aquella época recibíamos, llegaba a tener una auténtica preocupación preguntándome a mi mismo "si lo mío" era normal. Después, cuando empecé a comprender los entresijos de la energía sexual y la fui desnudando de mojigaterías, tabúes y prohibiciones me di cuenta de golpe que de enfermo nada, que estaba sanísimo y lleno de vida.

La osadía de la que era capaz con aquellas primas que mejor se prestaban a mis imaginativos juegos y requerimientos no sé como alguna vez no llegó a costarme un disgusto con mis familiares adultos si llegaban a descubrir mis libidinosos actos e intenciones. Como por ejemplo, estar un nutrido grupo de diversos familiares entre adultos y pequeños, sentados alrededor de la típica mesa-camilla de enaguas y brasero en invierno, bien comiendo o celebrando algún cumpleaños o la Navidad, sentarme al lado de alguna de las primas que yo sabía que podría ser más receptiva a mi atrevimiento y meterle mano acariciándole los muslos que, ardiendo por el calor, a buen seguro estaban llenos de "cabritillas" por la acción del brasero.

En fin... podría, en ese sentido, contar mil anécdotas de lo sátiro que yo era con los 9, 10 y 11 años.

Alguna vez, cuando casualmente (vivimos en comunidades distintas) coincidimos en algún encuentro y rememoramos cosas de la niñez nos reímos de aquellos atrevimientos míos y de, todo hay que decirlo, lo bien que se lo pasaban ellas, aunque alguna vez, como cosa de niños, era amenazado y chantajeado con aquello de "se lo voy a decir a mi madre" cuando las muy interesadas querían conseguir alguna cosa.

Es que las siestas y veranos extremeños eran muy "traidores".

Saludos.