jueves, 23 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VII y última)


La infalibilidad


Cuando se observa en conjunto la trayectoria de Giovanni María Mastai Ferretti desde que fuera elegido papa se descubre una obsesión permanente: la infalibilidad. El Syllabus, con sus estruendosas condenas, no contentó más que a los católicos integristas, los ultramontanos, como se conocían entonces a los seguidores a pie juntillas del papa.


Cada vez más acorralado, Pío IX creyó que había llegado el momento de declarar públicamente su infalibilidad. Un hombre infalible, debía pensar en su onírico olimpo, es un hombre que, en comunicación directa con Dios, no puede equivocarse nunca, toda vez que es Dios mismo el que dicta sus decisiones. ¿Quién podría discutirle su poder a un hombre infalible? ¿Quién se atrevería a enfrentarse a él?


Ahora bien, para que la infilibidad surtiera efecto era necesario convertirla en un dogma. Este dogma, sin embargo, por atañer directamente a la persona del papa, no podía ser declarado más que con la conformidad de la Iglesia toda y esto sólo podía conseguirse con un concilio.


Vista la luz, el papa no perdió ni un segundo y el 29 de junio de 1868, cuando a los Estados Pontificios no le quedaban más que dos años de vida, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, cuya inauguración tuvo lugar el 8 de diciembre de 1869.


Oficialmente, el concilio se convocó para hacer frente al racionalismo y al galicanismo, corriente ésta que pretendía la separación del Estado francés de la Iglesia, pero en la práctica el único tema que se trató fue el de la infalibilidad papal, él único que interesaba al papa. La magna asamblea eclesiástica no llegó a clausurarse, pues tras celebrar cuatro sesiones, hubo de suspenderse el 20 de octubre de 1870, debido a la unificación de Italia y a la consiguiente desaparición de los Estados Pontificios.


El Vaticano I fue, sin duda, una de las asambleas deliberativas más cochinas de la Iglesia y mira que la Iglesia ha celebrado asambleas cochinas. En teoría, cuando declara un dogma, la Iglesia no inventa nada, se limita a corroborar solemnemente artículos de fe que, según sus teólogos, se encuentran más o menos explícitamente, en las Escrituras, es decir, que tales artículos han existido siempre, de modo que el nuevo dogma lo único que hace es proclamar la obligatoriedad de creer en ellos.


Ahora bien, ni forzándolos a conciencia, se encuentra en los Evangelios nada que apoye la infalibilidad del papa. El dogma además, por lo ya dicho, afectaría no sólo a Pío IX, sino a la totalidad de su antecesores y también a la totalidad de sus sucesores. En el pasado, sin embargo, habían reinado más de un papa que clarísimamente se habían equivocado en asuntos de fe. Así por ejemplo, Honorio I (625-638) fue condenado por hereje, es decir, por sostener doctrinas contrarías a la ortodoxia católica, por el segundo Concilio de Nicea (787) y por el Cuarto de Constantinopla (869-870). Otro ejemplo fue Formoso (891-896) cuyo cadáver fue sacado de la tumba por su sucesor, Esteban VI (896-897) y sometido a un infamante juicio post mortem.


La infalibilidad, además, iba a constituir un atributo de los papas, pero también una atadura. En efecto, la infalibilidad se refiere tanto a las disposiciones relativas a la fe como a las usos morales, de manera que si un papa prohíbe taxativamente, el uso del condón, por ejemplo, ningún otro papa puede levantar esta prohibición, cosa que viene ocurriendo con la ordenación sacerdotal de las mujeres, con el divorcio, con la homosexualidad, etc. De hecho, la infalibilidad papal ha sobrevolado a la Iglesia desde hace mucho tiempo, pero también ha habido papas que han renegado de ella, precisamente por su condicioón de atadura. Juan XXII (1316-1334) afirmaba tajantemente que la infalibilidad era obra del demonio.


Por todas estas razones, gran parte del mundo católico, incluidos numerosos obispos y cardenales, estaban en contra de la declaración de este dogma. Personajes como Georges Dordoy, arzobispo de París; Luigi Puecher, Predicador de la Corte Papal; Joseph Othmar, cardenal de Viena; François-Xavier de Merode, Limonesro mayor del papa; Charles Philippe Plac, arzobispo de Marsella, etc. etc., todos ellos asistentes al concilio, estaban, entre otros muchos, en contra de la infalibilidad. Contra este grupo y a fin de quebrantar su posición, el papa y sus seguidores no tuvieron el más mínimo inconveniente en arrojar todo tipo de coacciones, amenazas, falsos testimonios y calumnias.


August Bernhard Hasler, teólogo católico, apostólico y romano, en su libro Cómo llegó el papa a ser infalible, realiza un exhaustivo relato de lo que aquel concilio fue. Lo menos que dice de él es que se trató de una asamblea en la que los participantes, especialmente los opuestos a la pretensión del papa, carecieron absolutamente de libertad. El 3 de julio de 1870, fuera de sí porque las deliberaciones no avanzaban lo suficientemente aprisa en el sentido que él deseaba, Pío IX llegó a afirmar: Quien se oponga a la Iglesia (es decir, a él) pagará su merecido.


El cisma estuvo a punto de producirse, pero, como ocurre hoy en el mundo de la política, la posición de la mayoría de los disidentes dependía directamente del Vaticano, de modo que entre la coacciones y amenazas se les hizo ver claramente que perderían sus puestos y sus ingresos y todos ellos acabaron claudicando. De este modo, Pío IX pudo declarar al fin el dogma de la infalibilidad el 18 de julio de 1870, quince días después de su advertencia, mediante la Constitución Pastor Aeternus.


La entrada en Roma de las tropas de Víctor Manuel II puso fin a un concilio que, tras la proclamación de su dogma había dejado de interesar a Pío IX. No obstante, la persecución de los opositores, aunque hubieran rectificado, no acabó con él. El obispo de Montpellier, François Lecoutier, por ejemplo, fue obligado a dimitir. Ignaz von Dolinger, teólogo alemán, fue excomulgado el 17 de abril de 1871. Muchos otros obispos fueron removidos de sus sedes y trasladados a otra de inferior categoría o directamente degradados. Muchos otros no se atrevieron a publicar sus diarios escritos durante las sesiones del concilio, debido al contenido crítico de los mismo.


En la actualidad, todos los católicos creen con total firmeza que el hombre que los gobierna desde el Vaticano, no puede equivocarse cuando, hablando ex cátedra o, lo que es lo mismo, cuando legisla, proclama artículos de fe. Muchos menos conocen, y por tanto no creen, que igualmente acierta cuando proclama normas de conducta.


Fuentes principales:


Cómo llegó el papa a ser infalible.- August Bernhard Hasler


Diccionario de los papas.- Juan Dacio


Diccionario de los papas y de los concilios.- Maximiliano Barrio y otros


Historia de los papas.- Rafael Ballester


El papado y el mundo moderno.- Jarl Otmar von Aretin


Historia general de la Inquisición.- Leonardo Gallois


Los archivos secretos del Vaticano.- Luisa Ambrosini


Historia de los papas.- Juan María Laboa


La Santa Alianza.- Eirc Frattini


Los espías del papa.- Eric Fratini.


Garibaldi.- Jasper Ridley


Historia de Italia.- Crhistopher Dugan.


Fotografía


Patio de Córdoba, con guapa cordobesa, a la que pedí autorización para sacarla aquí.




P.D. Después de esta entrada, cuya longitud, algo mayor de lo habitual, espero sepan perdonar mis lectores, hasta agosto, por lo menos. Felices vacaciones, a quien pueda disfrutarlas.

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

No sólo por el contenido sino por la forma de exponerlo, se hace muy amena la lectura de la entrada y, si te digo la verdad, no se me ha hecho en absoluto larga. Felices e infalibles vacaciones, que sin duda te las tienes merecidas, aunque te echaremos de menos.
Enhorabuena y un abrazo.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Me acordaré de vosotros "cuando esté en el paraíso".

Lansky dijo...

Yo también me abro hasta agosto; qué disfrutes

Marucha dijo...

MUCHAS GRACIAS.