lunes, 20 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VI)


Quanta Cura

A pesar del misticismo crédulo y bobalicón que lo caracterizaba, Pío IX era un hombre indomable. Las amenazas que se cernían cada vez más certeramente sobre los Estados Pontificios, así como el menoscabo de su autoridad lo sacaban de quicio. En 1864, diez años después de su proclamación, el dogma de la Inmaculada no había dado fruto alguno en punto a afianzar el poder del Vaticano. Entonces, Pío IX decidió dar un nuevo golpe sobre la mesa y publicó la encíclica Quanta Cura.

Las encíclicas son cartas apostólicas que los papas dirigen a los patriarcas, arzobispos y obispos para marcarles directrices en materias concretas de su actividad. Se escriben en latín, porque este es el idioma de la Iglesia, que todos los dignatarios y sólo ellos entienden, y llevan el título de las dos primeras palabras del texto.

Con cuanto cuidado, comienza ésta en castellano, con cuanto cuidado y vigilancia, los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, cumpliendo con el oficio que les fue dado del mismo Cristo Nuestro Señor en la persona del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y con el cargo que les puso de apacentar los corderos y las ovejas, no han cesado jamás de nutrir diligentemente a toda la grey del Señor con las palabras de la fe, y de imbuirla en la doctrina saludable, y de apartarla de los pastos venenosos... Y continúa con este ampuloso lenguaje, propio no sólo de la época, sino de este tipo de documentos, incluso de época actual, un lenguaje en el que anticipa los reproches y amenazas que vendrán a continuación.

Y, en efecto, tras la presentación, Pío IX se lanza furiosamente a denigrar los valores emanados de la Revolución Francesa, valores que, sintetizados en la fórmula Libertad, Igualdad, Fraternidad, no cesaban de extenderse por toda Europa y aun fuera de ella. El papa lanza andanada tras andanada contra el naturalismo, doctrina filosófica que desarrolla los citados valores, y contra los filósofos que la sostienen, incluyendo con gran malevolencia en dicha doctrina todo tipo de ideas y de actitudes que se alejaran siquiera mínimamente de la ortodoxia católica que el pontífice representaba. Invocando una y otra vez la supremacia del poder eclesiástico sobre el civil, como lo venían haciendo los papas desde la Edad Media y como, en realidad, no han dejado de hacerlo todavía, aunque ahora de un modo bastante más sibilino, Pío IX no duda en exponer entrecomillados, como si se trataran de dichos textuales y para mejor fulminarlos, determinadas conclusiones de los que considera los peores enemigos no sólo de la Iglesia, sino de toda la humanidad.

Esta tremenda encíclica, propia de quien está completamente ausente de la realidad, se hizo famosa, sobre todo, por contener el memorable Syllabus, o colección puntual de los errores que, por si no había quedado claro en el texto precedente, el papa condena. Tal colección o listado, que de tal modo puede traducirse el palabrejo Syllabus, consta de nada menos que de ochenta errores, repartidos en diez capítulos. Pío IX condena, entre otros, el Panteísmo, el Naturalismo, el Racionalismo, tanto absoluto como moderado. Condena el Indiferentismo, doctrina que cree que cualquier religión además de la católica, resulta aceptable. Condena, claro está, el Socialismo, el Comunismo, a los que tacha de verdaderas pestilencias, y las Sociedades secretas, tan en boga en la época, las Sociedades bíblicas y las Sociedades clérico-liberales, pues había bastantes sacerdotes y más de un obispo que estaban a favor del liberalismo tanto económico como político. Condena todo intento de menoscabar los derechos de la Iglesia, tanto espirituales como temporales, incluidos la inmunidad de los religiosos y el fuero eclesiástico en causas civiles en las que estos se vieran envueltos. Condena la libertad de conciencia, la libertad de prensa y la libertad de expresión y, en fin, y textualmente, condena que el Romano Pontífice pueda y deba reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

Pío IX lo condena todo, no deja títere con cabeza, quiere a todo el mundo a sus pies, católicos y no católicos, reyes, príncipes, ciudadanos normales y corrientes, todos, arrodillados ante él adorando a su Dios a través de su persona. No tiene compasión con nadie que le discuta su supremacía. Aparte de la suya propia, que debe ser inviolable, no admite en el ser humano ni un ápice de libertad. Como más tarde Lenín a preguntas de un socialista español, a Pío IX podría ajudicársele con todo derecho la respuesta del mandatario comunista: "¿Libertad para qué?" Con esta encíclica Giovanni María Mastai-Ferretti, el hombre que se hizo sacerdote debido a que lo rechazaron en la Guardia Noble del papa a causa de la epilepsia, está a punto de alcanzar la cumbre de la autocracia y de la egolatría.

Continuará

Fotografía: Patio cordobés de la calle Alvar Rodríguez

3 comentarios:

Lansky dijo...

Del 15 al 22 del próximo agosto viene su sucesor a Madrid, el 'pastor alemán'. Lamentablemente yo estaré también y no sé donde meterme, porque se preveen un millón y medio de visitantes, qué anacrónico tirón

Lansky dijo...

Por cierto, la foto de tu portada de blog, ¿es Baeza o quizás Úbeda?

Molón Suave dijo...

Visita tremenda esa, sí, para la que siempre hay dinero, no importa qué crisis se atraviese. Yo diría que el calor que en esas fechas hace en Madrid, quizás me lo atontoline un poco, a él y a muchos de los que van a verlo. Supongo que tú estarás acostumbrado a ese calor y no molestará demasiado. Pero, en cualquier caso, yo intentaría huir aunque fuera mismamente a algún pueblo de la sierra.
La foto no es de ninguno de esos dos sitios. Es la Cuesta del Bailío de Córdoba, de donde soy y desde donde escribo.