miércoles, 1 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (III)


Los Estados Pontificios

El día en que Giovanni Maria Mastai-Ferretti alcanzó el pontificado, el papa no era sólo el jefe espiritual de la Iglesia, extendida ya por todo el mundo, sino también el jefe político de los llamados Estados Pontificios, territorio que gobernaba en calidad de monarca y que abarcaba la Italia central y parte del nordeste, las denominadas Marcas, con Roma como su capital.

En 1846, primer año del papado de Pío IX, Italia se encontraba dividida en diversos reinos y repúblicas, entre los que sobresalían el Piamonte, en el norte, y el reino de Nápoles, en el sur, el primero gobernado por los reyes de la casa de Saboya y el segundo por los Borbones.

Los Estados Pontificios mantenían una estructura feudal, con la nobleza pugnando entre sí por el poder, que, en su calidad máxima, ostentaba el papa. En este reino el papa controlaba tanto la vida religiosa como la política, la económica, la militar y la judicial, de manera que lo mismo ordenaba prepararse para defender el territorio de agresiones ajenas que enviaba a la horca a un malhechor de carácter civil. En la vida religiosa, La Inquisición continuaba actuando con pleno vigor, persiguiendo a los disidentes religiosos y enviándolos al cadalso cuando se estimaba necesario.

La revolución francesa de 1789 y la posterior entrada de Napoleón en Italia llevó vientos de libertad a toda la península italiana, incluidos los Estados Pontificios, vientos a los que se habían opuesto con todas sus energías los papas anteriores a Pío IX, Pío VII (1800-1823), León XII (1823-1829), Pío VIII (1829-1830) y, sobre todo, Gregorio XVI (1831-1846), un hombre que creía estar viviendo aún en el año mil y que con su extraordinario reaccionarismo había condenado, entre otras muchas cosas, la propagación de la urbanización que propiciaba la nueva economía, la educación popular y ¡el alumbrado público! (A lo que no se hayan opuesto los papas...)

Tras la caída de Napoleón, se sucedieron en los distintos reinos de Italia periodos revolucionarios seguidos de otros de fuerte reacción. Pero una idea iba imponiéndose poco a poco, la de la unidad del territorio en un solo Estado. Mi reino no es de este mundo, cuenta el Evangelio que había declarado Cristo, pero los papas católicos, haciendo caso omiso a la afirmación del fundador del cristianismo, defendían con uñas y dientes sus Estados terrenales, motivo por el que se oponían a cualquier intento de unificación que no fuera bajo su hegemonía.

Durante su mandato como obispo de Imola, Mastai-Ferretti se había ganado, no se sabe bien por qué, una aureola de liberal, por lo que, frente a un papa tan reaccionario como Gregorio XVI, su ascensión al trono de Pedro fue acogida con enorme entusiasmo. Quizás, empujado por este entusiasmo, Pío IX inició, en efecto, su reinado con una serie de reformas liberalizadoras, tales como la promulgación de una amnistía para los presos políticos, la suavización de la censura, la reducción de las tarifas aduaneras, la constitución de una Guardia Cívica o la apertura del gheto de Roma, en el que se apiñaban los judíos. Las demandas de democracia lograron que el nuevo papa llegara incluso a promulgar una constitución para sus Estados terrenales.

Los demócratas exigían además elecciones generales, un Parlamento representativo y la sustitución del ejército papal por otro popular. Exigían más, que, en su calidad de Jefe del Estado, declarara la guerra a Austria, potencia que había sustituido a Napoleón y bajo cuya vigilancia se había repuesto el absolutismo en los distintos Estados italianos. No era la primera vez que un papa declaraba una guerra y Pío IX sopesó la posibilidad de declarársela al monarca de Viena, más que nada con la intención de conseguir el dominio del Trentino, región situada al norte, lindante con Austria. Comprendió, sin embargo, que no podía ganar aquella guerra y que, de perderla, ponía en peligro las posesiones de la Iglesia.

Corría el año 1848, año de revoluciones en media Europa, y tal negativa defraudó profundamente al pueblo. Estalló entonces la revolución en los Estados Pontificios, Pellegrino Rossi, el primer ministro del papa, fue asesinado, Garibaldi hizo su entrada en Roma al frente de sus tropas en un primer intento por conseguir la unificación italiana y Pío IX, disfrazado de simple sacerdote, huyó en la carroza del embajador de Baviera a Gaena, en la costa del Tirreno.

Dos años duró el exilio del pontífice. En 1850, los franceses expulsaron de Roma a los garibaldinos y Pío IX recuperó su trono. Los acontecimientos de 1848 sacaron a relucir su verdadero carácter. Las primera medidas que tomó nada más entrar en Roma consituyen un ejemplo inmejorable de su nueva actitud: restituyó el gheto judío, abolió la constitución, prohibió la libertad de prensa y la de reunión y declaró a las corrientes liberales como el principal enemigo de la Iglesia y del papado. En una palabra, restableció el autocratismo cuasi medieval vigente a su llegada al pontificado. Tales medidas, sin embargo, le valieron a Pío IX la admiración incondicional del mundo católico, hasta el punto de que a partir de este momento el culto al papa alcanzó cotas nunca antes conocidas.

Este autoritarismo no le sirvió, sin embargo, para conservar sus Estados. En 1860, el rey del Piamonte Víctor Manuel II desde el norte y Garibaldi desde el sur avanzaron con sus tropas, sellando la unidad italiana con el célebre apretón de manos de Teano, mediante el cual Garibaldi entregaba al rey el poder conseguido en el sur. Los Estados Pontificios quedaron reducidos a Roma y sus alrededores, donde Pío IX, protegido por las tropas de Napoleón III pretendió seguir ejercienco su autoridad civil.

Diez años duró esta situación. En 1870, la guerra franco-prusiana obligó a Napoleón a retirar sus tropas de Roma, momento que aprovechó Víctor Manuel II para apoderarse de ella. Pío IX reunió un pequeño ejército de unos ocho mil hombres y se dispuso a resistir, pero la tropas de Víctor Manuel acabaron fácilmente con la resistencia y el rey de una Italia completamente unida tomó posesión del palacio del Quirinal, que convirtió en su residencia. Los Estados Pontificios habían llegado a su fin. No obstante, Pío IX se negó a reconocer la unidad italiana, se encerró en el Vaticano y se declaró prisionero de Víctor Manuel, situación en la que permaneció hasta el siete de febrero de 1878, fecha de su muerte.

Los papas que siguieron vivieron en una especie de limbo jurídico durante cincuenta y nueve años, hasta que el once de febrero de 1929 Pío XI suscríbió los llamados Pactos de Letrán con el fascista Mussolini mediante los que la Iglesia reconocía al fin al Estado italiano, logrando a cambio convertir la Ciudad del Vaticano en un Estado eclesiástico independiente.


Fotografái: patio cordobés de la calle Parras

6 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Rafael, que mundo de intrigas, de atraso y de barbaridades por la ambición, el poder y todo lo que acompaña.

Me ha hecho gracia lo de la prohibición de la luz eléctrica, que gente. Y pensar que los siguen ciegamente muchos ciudadanos, aunque es seguro que sólo los fanáticos siguen al pie de la letra sus proclamas. Y ejemplos tenemos muchos.

Saludos.

Josefo el Apóstata dijo...

Al Estado Vaticano le cuesta mucho tiempo reconocer cualquier cosa. Tardó 59 años en reconocer el Estado Vaticano (o mejor, que ya no era dueño de los Estados Pontificios), pero todavía hoy no ha reconocido ni firmado la Declaraión Universal de los Derehos Humanos (ya han pasado 63 años)

Josefo el Apóstata dijo...

Perdón, quise decir "reconocer el Estado Italiano"

Alfonso dijo...

Es, como siempre, la politica del "hago lo que me sale de los (en este caso) santos cojones". El único estado que se permite la irregularidad internacional de injerir e inmiscuirse en los asuntos internos de otros estados. Porque si toda la clerigalla organizada bajo el mandato del jefe del estado vaticano, el papa, son súbditos del mismo, que coño hacen pululando por otros estados y aconsejando a éstos que se tiene, o no se tiene que que hacer, en asuntos que atañe al comportamiento social de esos estados que, para ellos, son extranjeros.

Propongo se les aplique la Ley de Extranjería y los expulsen a todos al Estado Vaticano, que es donde deberían estar. Si no caben, es su problema.

Molón, encontré esto sobre el obispo Strossmayer, croata creo, que la lío parda en el concilio porque se oponía a la infabilidad papal, basándose además en los evangelios. Aparte de otros "repasos" a los eternos despropósitos de la glesia.
http://www.pedrocontinuador.net/strossmayer.htm

Saludos.

Molón Suave dijo...

Paco: En efecto, para estar movida por el Espíritu Santo, la Iglesia muestra todos los síntomas de una organización puramente humana y no de las mejores. Ya verás cuando hablemos de los espías del Vaticano, que los tuvo y los sigue teniendo, clérigos que no tienen escrúpulos en matar a quien sea por orden del papa y a a mayor gloria de Dios.
Josefo: Cierto, aun no ha reconocido la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y me temo que tardará en hacerlo. Al Estado italiano lo reconoció con un fascitas, es decir, con un autoritario, más o menos como ellos.

Molón Suave dijo...

Alfonso: Desde Isabel I de Inglaterra el Vaticano, con el papa Pío V a la cabeza montó un sistema de espionaje que sigue funcionando actualmente. Es decir, no se limitan a intervenir abiertamente en los Estados ajenos, sino que también lo hacen bajo cuerda, a la sombra, y si es necesario liquidar a alguien se le liquida y en paz, siempre por orden del papa y a mayor gloria de Dios. De esto los jesuitas, hoy tan aparentemente progres, saben un rato. Lo ideal, como tú dices, sería largarlos. Pero, los mamones saben lo que se hacen y, aunque no de manera oficial, disponen de la doble nacionalidad, es decir, son españoles, si tratamos de España, y, al mismo tiempo, súbditos del monarca del Vaticano y claro asi... Yo, de momento, me conformaría con una separación real de la Iglesia y el Estado, de modo que éste no le pasae a aquélla ni un céntimo, ni directa ni indirectamente, y que se sufrague con las aportaciones, siempre claritas para Hacienda, de sus seguidores.
Voy a ver esa dirección que me dices. Pero, ya te adelanto que además de ese obispo hubo otros que también hablaron claro. Todos fueron pasados por la piedra con todo tipo de artimañas, falsedades, amenazas, coacciones y actuaciones. Hasta el hijo del papa (sí el hijo de Pío IX), cardenal también, estuvo en contra de su padre y fue acogotado por éste. Una magnífica actuación del Espíritu Santo, no cabe duda.