jueves, 16 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidión (V)



La Inmaculada Concepcion


Aunque ahora pretendan otra cosa, lo cierto es que la veneración de la Virgen María tardó en imponerse entre los cristianos. La Iglesia, temerosa de que la Madre de Cristo fuera confundida con la Diosa Madre del paganismo y siempre tan misógina, procuró desalentar su culto, que no comenzaría a extenderse hasta bien avanzada la Edad Media, cuando el paganismo clásico ya no constituía peligro alguno. Incluso después de esta época, la figura de esta Santa Mujer se fue abriendo paso con más lentitud de la esperada, hasta el punto de que se necesitaron nada menos que mil ochocientos cincuenta y cuatro años para que la Iglesia Católica estableciera el dogma de su Inmaculada Concepción.


Es tal el cacao de normas, de reglamentaciones y de artículos de fe que la Iglesia ha ido desarrollando a lo largo de los siglos, que al día hoy la mayoría de los cristianos confunden este dogma de la Inmaculada con el de la virginidad de María. Son, sin embargo, dogmas bien distintos. Este último sostiene que la Madre de Cristo conservó intacto su sagrado himen en el momento de la concepción de su Hijo, a lo largo de su embarazo y durante y después del parto. El de la Inmaculada afirma que la Virgen María fue concebida por su madre Santa Ana con la ayuda de su padre San Joaquín sin una mota siquiera del pecado original, esto es, de la culpa que, desde Adán recayó sobre la totalidad del género humano.


Ni en la Biblia ni en los Evangelios existe indicación o pista alguna que justifique la proclamación de este dogma. Los protestantes reniegan de él precisamente por este motivo. No obstante, desde antiguo, han sido muchos los cristianos que defendían la ausencia en María de todo pecado, incluido el original y, como no podía ser de otro modo, el lugar en el con más firmeza se defendió esta causa fue España. Aquí, nada menos que en el siglo VII el rey visigodo Wamba recibió el título de Defensor de la Purísima Concepción en el XI Concilio de Toledo. Desde entonces, la devoción no dejó de crecer, teniendo otros defensores ilustres como los también reyes Fernando III, Carlos I o Felipe II, todos, como se sabe, doctísimos en las escrituras sagradas y en contacto directo con el cielo.


Sin embargo, no todos los católicos estaban de acuerdo con esta creencia. Famosas fueron las pugnas teológicas que se produjeron entre los franciscanos y los dominicos, los primeros a favor de la concepción sin pecado de María y los segundos en contra. Teológogos de la relevancia de San Alberto Magno, Santo Tomás y San Buenaventura, los tres dominicos, negaron que María hubiera estado exenta del pecado original. Esta opinión, que apoyaba también la Universidad de París, prevaleció entre las jerarquía y los fieles más cultos hasta la aparición del franciscano Juan Duns Escoto (1266-1308), que logró imponer el criterio contrario.


La proclamación oficial del dogma fue realizada por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, mediante la bula ineffabilis Deus. En su decisión, influyó, sin duda, su creencia personal, pero influyó mucho más la situación de Europa y, especialmente la de Italia, con los Estados Pontificios cada vez más amanazados y el Modernismo en pleno vigor. En su fatuidad, el papa no comprendía que la Edad Media quedaba muy lejos y pensaba que lo mejor para conjurar las amenazas era recordarle al mundo su poder mediante un golpe de autoridad. Miembros de la curia lo animaban a dar este golpe. El cardenal Luigi Lambruschini era uno de ellos. Lambruschini, en aquel momento jefe de la Santa Alianza, una organización de espías al servicio del Vaticano constituida por clérigos dispuestos a todo, incluido el asesinato de los enemigos de la Iglesia, que continúa funcionando en la actualidad, le aconsejaba textualmente: Usted, Beatísimo Padre, no podrá curar al mundo más que con la proclamación de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática restablecerá el sentido de las verdades cristianas y retraerá las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden.


Una prueba más de que el papa estaba convencido de la necesidad de hacer gala de su autoridad la da el mismo Pío IX en la citada bula de la proclamación del dogma. En ella escribe: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción... ha sido revelada por Dios (a quién, habría que preguntarse) y por tanto debe ser firme y constantemente creída por los fieles. Y, más adelante, amenaza con contundencia: Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad... de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de cualquier otra manera (¿por señas?) lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.


Continuará


Las negritas son mías.


Fotografía: patio cordobés de la calle del Queso

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