domingo, 1 de mayo de 2011

El Santo Rosario (I)




1.- ¿Se le puede pedir a un niño de doce años que tenga fe? ¿Se le puede pedir tal cosa cuando hace nada que se enteró de que los adultos le habían mentido con los Reyes Magos, cuando recién se está enterando de que los niños no vienen de París, como le contaba su mamá, sino que los fabrica ella en compañía del papá y de una forma harto elocuente, se le puede pedir que tenga fe cuando acaba de descubrir que, en efecto y frente a lo que creía, él también, fatal, inexorablemente, está condenado a morir? Responda cada cual como le plazca a esta pregunta, pero, andando el tiempo, yo creo que únicamente la falta de fe hizo que a esa edad yo fuera un seminarista a ratos grave, circunspecto, como se esperaba de mí, y a ratos travieso, bromista, guasón, hasta el punto de tomarme a rechifla las cosas más sagradas de la profesión a la que aspiraba, como el niño que era.

2.- Aquel verano, el de las vacaciones de mi primer año de seminario, fue el más glorioso de mi vida. Era el tercero de a bordo de mi parroquia. Estábamos el párroco, el coadjutor y luego yo. Los tres éramos los únicos que vestíamos el traje talar, es decir, la sotana, aunque yo, ciertamente, sólo en la parroquia. Mi posición era superior incluso a la del sacristán, ya que la labor de éste era principalmente administrativa, en tanto yo tenía accceso al altar y, lo mejor de todo, también al púlpito. Era, por supuesto, el jefe de los monaguillos, cuatro o cinco por lo menos que andaban por allí, y aquel verano ninguno probó una gota del vino de consagrar ni se comió un puñado de hostias sin mi autorización, ya que era yo el que controlaba la llave de la alacena en que ambas viandas se guardaban, ninguno tocó una campana sin que yo se lo ordenara, ninguno ayudó una misa, si podía ayudarla yo. Y, sobre todo, ninguno de los monaguillos dirigía el rezo del rosario, porque de aquella tarea el único responsable era yo. ¡Ah, qué verano! No hay nada para tener contento a un crío como darle protagonismo.

3.- Pobres beatas, cómo las recuerdo. Su número oscilaba entre nueve y trece, algunos días, excepcionalmente, llegaban a quince. Viejas, sumisas, compungidas y, sobre todo, pobres. Todavía puedo verlas arrodilladas en los bancos, con las manos enlazadas un poco por debajo de la barbilla, tocadas con velos negros y mirando embobadas el altar mayor, como si realmente esperaran ver aparecer de un momento a otro la figura de Aquel en quien, al parecer, creían. ¡Qué cabrón fui! ¡Qué mal me porte con ellas!

4.- En verano, en la parroquia, se rezaba el rosario todos los días a las ocho y media de la tarde. Aquel verano, el párroco, don Julián Caballero Peñas, me encomendó a mí la dirección del rezo, de manera que cada tarde, a las ocho y media en punto, con mi sotana y mi roquete, yo subía al púlpito para llevar a cabo la sagrada misión. ¡Ah qué gozada! Desde las alturas, yo veía a aquellas mujeres -nunca hubo ningún hombre- como un triste rebaño al que había que guiar hacia la santidad. La primera semana todo fue bien. El párroco estuvo presente los dos primeros días, el coadjutor ni uno, los dos desaparecían y me dejaban a mí sólo dirigiendo el rito. Una semana repitiendo la misma tarea a la misma hora es mucha tela para un niño de doce años. Las beatas, además, eran deseperantemente lentas rezando. De modo que, poco a poco, empecé a introducir pequeños cambios, no en la oración, sino en el ritmo. Rezaba: Dios te salve, María, etc. aumentando un poco la velocidad, y las beatas contestaban: Santa María, madre de Dios... aumentando ligeramente la suya. Al cabo del tercer o cuarto avemaría, yo alzaba la voz y aumentaba más aún el ritmo y así, poco a poco, hasta que las llevaba al galope y casi a grito pelado. Cuando ya estaban lanzadas, ¡zas!, yo frenaba bruscamente y bajaba la voz, la convertía casi en un susurro. Las beatas, movían la cabeza inquietas, pero seguían el nuevo ritmo como los músicos de una orquesta siguen las indicaciones del director. Las letanías, especialmente, se convirtieron muy pronto en un verdadero cachondeo. ¡Santa Virgen de las Vírgenes!, pegaba yo un bocinazo, y las beatas alzando el cuello y gritando contestaban: ¡ruega por nosotros!; Virgen prudentísima, decía yo piano, piano, y las beatas, casi bisbiseando: ruega por nosotros. Tres o cuatro jaculatorias seguidas a toda velocidad y enseguida otras tres o cuatro lento, lento, lento.

5.- Los primeros días la ceremonia venía a durar unos tres cuartos de hora. Al poco yo había conseguido que no pasara de la media hora. Cuando llegaba al final de la misma, con la expresión: Por Cristo nuestro Señor, las beatas contestaban: Amén, sudorosas, exhaustas. A continuacíón, yo bajaba del púlpito y ellas abandonaban el templo cuchicheando, yo creo que confusas, desorientadas. Sin embargo, no dejaron ni un solo día de acudir a la cita vespertina y a ninguna se le ocurrió ir al párroco con el cuento de la extraña manera que yo tenía de dirigir un rosario. Muchas veces me he preguntado cómo aguantaron sin una queja tamaño pitorreo. Con posterioridad, he tenido oportunidad de comentar el asunto con algunos otros seminaristas de mi época que tampoco llegaron a curas y, por lo que me contaron, en las parroquias en las que ellos estuvieron ocurría más o menos lo mismo.

13 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

No sabes Molón lo que nos hemos reído Conchi y yo leyendo al alimón tu entrada. Ella incluso pudiera haber coincidido en esa época tuya, de jefe de monaguillos, que incluso repicarías en lugar de doblar cuando Fray Albino entregó la cuchara por aquello de que el escalafón es el escalafón, por cuestiones obligatorias del Colegio como me ha comentado.
Yo he recordado lo monaguillos de la Mezquita, unos personajes con mando en plaza, con las llaves de las capillas. Recuerdo una vez en la de la Purísima, la medio trompa con tapas que nos hicieron coger.
Otra cuestión era en el colegio, un D. Enrique dormitando, gracias a la pesada digestión de garbanzos seguro que sin “pringa”, y cantando la letanía. Los nenes en lugar del Ora Pro nobis –lo decíamos en latín- le contestábamos “unartomóvil”, y él no se daba cuenta o le daba igual. A mí me llamaba la atención aquello de Virgo, pero por las explicaciones sexuales de los chavales mayores. En fin gracias por alegrar el ambiente.

Rafael dijo...

Me he reido hasta llorar ... parecia una pelicula de Berlanga !!

Molón Suave dijo...

Paco: La cosa suena a cachondeo ahora, yo entonces me lo tomaba muy en serio. Mucho después, al recordarlo o al contárselo a algún amigo, yo mismo me he reído lo mío. Entonces las beatas me exasperaban tanto que las hacía rezar a mi ritmo con una mezcla de devoción y de crueldad. En esto último seguía el patrón del coadjutor, don Juan (no recuerdo los apellidos), un cura achaparrado y cetrino, siempre con el cigarrillo en los labios, al que había que ver como le endiñaba (no existe mejor palabra) la comunión a las beatas. Yo anduve por la parroquia desde los nueve hasta los catorce años (1954-1959), de modo que si Conchi hizo la comunión por estos años es posible que yo pusiera la patena bajo su barbilla mientras don Julián le daba la comunión. Tanto como monaguillo, primero, como seminarista, después, cuatro o cinco críos que andábamos por allí le pegábamos bien al vino de consagrar. Pero, claro, el tiempo en que yo fui el que llevaba el control fue demasiado. Yo no toqué las campanas cuando murió Fray Albino, hice algo más curioso: velé su cadáver en el obispado, lo velamos por turnos los seminaristas. Algún día lo contaré, porque también tiene gracia. Lo que sí que toqué más de una vez fue el campanillo de San Rafael para ahuyentar las tormentas, como esta que ahora tenemos encima. Por supuesto, la letanía de aquellos rosarios era en latín, yo la he puesto castellano porque es como se hace ahora. Pero en latín resultaba mucho más trepidante, cuando conseguíamos coger ritmo. Yo no tuve maestros como ese don Enrique, los míos siempre estaban despiertos y bien despiertos.

Rafael: Gracias por tu comentario. No creas que exagero, la cosa era así. Por tu nombre, quizás seas de por aquí y tú mismo lo sabrás. En caso contrario, no sabes lo que te perdiste, amigo. La España de los tiempos de la dictadura, con la Iglesia católica en la cumbre de su gloria, era una epopeya de auténtica cochambre. Desde luego, Berlanga es, probablemente, el que mejor la ha retratado.

Paco Muñoz dijo...

La definición de Rafael es la más acertada, una película de Berlanga. Y claro en esos años estaba Conchí en el colegios de D. Rodrigo, por lo menos en el 58 casi seguro. Lástima que tiene una fotografía pero es ella sola. Lo de las campanas es un chiste, y también recuerdo la cara y nariz afilada de ese señor que la curiosidad nos hizo ver a todos (fue en agosto de 58 -yo tenía once años-, que con los calores del verano y si no estaba bien embalsamado tendría que haber un aroma bastante agradable en el velatorio)
sigue:

Paco Muñoz dijo...

.../...
Fray Albino, en Cordobapedia dicen de él que fue el que creó el "Catecismo Patriótico Español, Ed. Península, Barcelona, 2003, en el que se enseñaba a los niños ideas como que los enemigos de España eran, entre otros, el liberalismo, la democracia y los judíos. En él además se alababa hasta extremos delirantes la figura del general Franco, considerándolo enviado de Dios y artífice del estado totalitario cristiano en que se ha convertido España, tras la Cruzada de Liberación.". En fin que le vamos a hacer. Lo del campanillo no lo sabía.

Molón Suave dijo...

Sí, Paco, el velorio del obispo no puede decirse que fuera demasiado agradable. Este elemento seguía fiel a la actuación de Pio IX que en el famoso Syllabus condenaba hasta 83 aspectos de la sociedad de su época, tiempo de revoluciones, desde luego, entre las que estaban, además de las que citas, la de la libertad de pensamiento y la libertad de prensa. Hacia los judíos ha existido por parte de la Iglesia un odio sostenido a lo largo de los siglos, que sólo empezó a suavizarse con la formación del Estado de Israel, llegando a la petición de perdón por parte de Juan Pablo II. Por cierto, este papa, beatificó a Pío IX, acerca del cual estoy preparando un dossier que iré publicando poco a poco en el blog, porque es de chupa de dómine. Pero una de las intenciones de Juan XXIII, tan avanzadito como parecía, era hacerlo santo directamente, una vez terminado el concilio. Ya lo veremos.

Molón Suave dijo...

Es más que probable que Conchi me viera por allí con mi sotanita de cura chiquito y con mi cara de hipócrita, porque eso es, más que nada lo que era yo en aquellos tiempos. Por lo menos a ella no le dirigí ningún rosario. Digo lo de hipócrita, porque yo quería realmente tener fe, pero como no la tenía, fingía tenerla, aunque no lo hacía de forma totalmente consciente. Era una dura lucha que es mejor no haberla tenido que sufrir.

Paco Muñoz dijo...

Rafael que interesantes son los temas que tratas, me imagino que el antisemitismo del régimen sería seguramente por mimetismo con la iglesia entonces. Yo creo que los "avanzaditos" en esa empresa tampoco podrán tener las manos libres, partiendo de que los límites del dogma serán el territorio dentro del que se podrán mover, y no es mucho. Pero no disculpo ni defiendo al XXIII, para mi varían muy poco a lo largo de la historia los jefes de ese clan.

Pienso que en ese tema de la fe, que nunca he comprendido, por la aceptación sin discusión de todo lo que te pongan por delante, tiene que ser un tormento para el que crea, porque por un lado está el raciocinio y por otro las cosas que te dirían y sobre todo los miedos, o el terror en algunas ocasiones.

Espero el dossier con mucho interés.

Molón Suave dijo...

Bueno, Paco, el adulto que quiere creer lo tiene fácil para seguir haciéndolo: cada vez que le surge una duda (por causa de la razón más que nada) la rechaza como una tentación de satanás. Lo peor es cuando de niño consiguen meterte toda esa morralla en la cabeza, acompañada de una considerable ración de pánico y, poco a poco, te vas danto cuenta de las incongruencias, entonces romper cuesta lo suyo, es peor que un divorcio. Blanco White lo cuenta excepcionalmente en su memorias. Yo las leí hace mucho tiempo y, aunque ya en una época muy distinta, me sentí bastante identificado con él. Antes de llegar a esto está el tema del pecado, la masturbación, vamos, el único existente. Se pasa mal cuando tú crees que no debes practicarla, porque así te lo han dicho, y, no obstante, la practicas. Es una lucha parecida a la del fumador que quiere dejarlo y no puede, sólo que a este le preocupa su salud terrenal, al de la masturbación le preocupa su salud eterna,que según le enseñaron corre el riesgo de ser muy mala también eternamente. En fin, que tuviste suerte, porque en aquellos tiempos no fuimos pocos los fuimos empujados a este barrizal.

Paco Muñoz dijo...

Es muy criminal la forma de asustar a los niños, en una edad que es difícil olvidar esos terrores. Me imagino cuando te han inoculado el virus lo difícil que será curarte. Y efectivamente yo he tenido suerte de no tener en la niñez influencias dañinas, mis padres fueron creyentes sin ser fundamentalistas, y existía libertad dentro de los márgenes de sus propios miedos, en este caso políticos que se sumaban a las tonterías del infierno.
Luego estaba el espíritu crítico que te impedía entrar por el aro. Pero es suerte.

Alfonso dijo...

Excelente anécdota recordatoria de aquellos tiempos en que la presencia de la costumbre eclesial era tan "normal" como el aire que respirábamos.

Mientras te leía con amenidad y gozo, me hacías recordar que en mis tiempos de estudiante de filosofía y dependiendo tutorialmente del anciano párroco de Alba de Tormes, como creo haber contado, uno de los favores que me pidió en una ocasión en que su estado de salud se resintió por algunos días fue precisamente llevar el rezo diario del rosario, caída la tarde, en la parroquia a las también 14 ó 15 beatas que, como negras pantarujas, acudían sin faltar a esa costumbre. Me sentó como un tiro semejante obligación. Primero, porque me parecía lo más tedioso del mundo estar repitiendo, sin sentido, un montón de avemarías con su ración de padresnuestros, glorias y demás letanías a un grupo de momias andantes, dígase con todos los respetos. Segundo que, a esas horas, estaba yo más ocupado en el encuentro "fortuito" con el paseo de las alumnas de las franciscanas terciarias que a esas horas solían dar por el margen de la carretera que, como eran tantas, hasta que la monja acompañante se daba cuenta de mi presencia, me daba tiempo de hablar con unas y con otras ya que las chicas, divertidas y cómplices, me "tapaban" haciendo grupos a mi alrededor. Tenía que agacharme, claro, pues mi estatura las superaba prácticamente a todas, pero cuando la monja se daba cuenta (que no siempre lo conseguía) yo ya hacía rato que me había reído de lo lindo contando gansadas y llenando el ambiente de nerviosas risas de adolescentes.

En fin, que para no hacerle un feo al buen cura, no tuve más remedio que convertirme, aunque fuera por media hora, en un improvisado ensotanado (con su roquete blanco, si señor) que levantaba escandalosos ecos que rebotaban en las bóvedas de la iglesia cuando andaba por el suelo entarimado con mis botas camperas. Parecía un cowboy con sotana pues, como me quedaban cortas, los botos quedaban ostensiblemente a la vista. Aun conservo una foto, impagable, en una celebración de la patrona del pueblo, Santa Teresa de Jesús, en que estoy en compañía del párroco, un par de curas más, el obispo de Salamanca y yo. Todos vestidos al más puro estilo barroco para la celebración de los actos litúrgicos, con vestiduras del siglo XVII. Yo, que hacía de diácono postizo, llevaba una dalmática de aquella época que, entre la cantidad de bordados de hilos metálicos y la mugre que tenía pesaba una tonelada. Y con mis ostentosas botas camperas, que cada vez que me movía de un lado para el otro el taconeo era de impresión, y el obispo me miraba como preguntándose "pero este, de dónde ha salido"...

Abreviando, para terminar. Y eso fue lo que hice, ir abreviaando el rosario, rezando las avemarías que me parecían sin completar la decena. Y la letanía pues lo mismo, la dejaba en la mitad. Alguna de las beatas ponía cara de "menuda jeta tiene el estudiante este", aunque creo que algunas otras agradecían que acabáramos cuanto antes. La edad y el relente del invierno no casan bien. Y, si, es cierto, ninguna se atrevió a contarle a Don Miguel que yo tenía una forma muy rara de dirigir el rosario.

Saludos.

Molón Suave dijo...

Alfonso: Veo que esto no sólo se repitió en las parroquias de Córdoba donde andábamos seminaristas de aquella época, sino que fue mucho más general en toda España. Es que la presión era muy grande y, joder, no éramos más que críos. Ahora, cuando contamos estas cosas, los que no estuvieron en este maloliente ajo, se mondan, y es que, visto desde fuera, es para mondarse, pero desde dentro, como lo vivimos nosotros (aunque creo que tú más lúdicamente que yo, que iba para cura)ahora, en el recuerdo, nos causa sólo una sonrisa.

Paco: Te contesto detrás de Alfonso, porque creo que viene mejor. Mis padres tampoco eran religiosos, es más, no tenían ni miedo político. Pero mi madre, que era analfabeta, tenía la obsesión de que sus hijos estudiarán tanto como pudiéramos, incluso mucho más allá de las pésimas condiciones económicas en las que nos movíamos, y estaba convencido de que lo mejor para ello era que estuviéramos en colegios religiosos (esto lo siguen pensando todavía muchos padres) y si además podía hacer de nosotros un cura y una monja miel sobre hojuelas, porque quién vivía mejor que ellos en la España de entonces. Luego, claro, unos niños, entre los que me contaba, son más impresionables que otros y se tragan el veneno con más facilidad. Y si, luego cuesta bastante regenerar la mente y superar el daño causado. Blanco White, del que te comentaba antes, abandonó la Iglesia católica y emigró a Inglaterra, aquí con la Inquisición no podía quedarse, pero allí se hizo anglicano. ¡Manda güevos!, que diría el otro. Yo, afortunadamente, no he vuelto a caer en ninguna secta, ni siquiera de las que ponen sus fines en este mundo.

Paco Muñoz dijo...

Todo perfecta y meridianamente claro. Muchas gracias Rafael.

Saludos.