jueves, 21 de abril de 2011

Los regalos del emperador


Constantino El Grande. Así lo llama una y otra vez Eusebio de Cesarea, probablemente el historiador más adulador y más embustero, según conveniencia, de todos los tiempos. No es de extrañar. El sagaz emperador proclamó la libertad de cultos, ordenando que se le devolvieran a los cristianos las propiedades incautadas por sus antecesores, con lo que la Iglesia encontró, al fin, el camino expedito hacia su expansión.

Constantino, además, no se contentó con hacerle a la nueva religión este precioso, si bien inmaterial, regalo, sino que, tras él, le hizo otros cuatro de carácter material que constituyeron la base sobre la que la Iglesia empezó a asentar su poder, los cuatro situados en la ciudad de Roma.

El primero de ellos fue el Palacio de Letrán, un lugar siniestro por la larga historia de crímenes que en él se habían cometido, primero, por parte de los Laterani, la familia que lo construyó y lo ocupó durante siglos, y, después, por el propio Constantino, quien aquí asesinó a Fausta, su segunda esposa, mucho más joven que él y acusada falsamente de mantener relaciones sexuales con Crispo, hijo del emperador. El papa Silvestre (314-335) no hizo ascos a estos sangrientos sucesos y tomó encantado posesión de un palacio que, a partir de este momento, se convertiría durante casi mil años en residencia oficial de los papas, si bien, en bastantes ocasiones, muchos de ellos, siguiendo el ejemplo de Cristo, su fundador, que, según el evangelio, no tenía donde reposar su cabeza, prefirieran alojarse en alguno de los palacios de la vieja Roma que acabaron, como toda la ciudad, en poder de la Iglesia.

Junto a este palacio, Constantino hizo construir la basílica de San Juan de Letrán, apelativo que recibe por el palacio. Constantino no se andaba con ridiculeces a la hora de regalar y esta basílica, proyectada para ser la más importante de la ciudad es prueba de ello. La gente la bautizó muy pronto como la Basílica Aurea, tal era su esplendor. Tenía el techo de oro, preciosas columnas de jade verde y los altares, siete, de plata. Alrededor de esta basílica y del palacio creció muy pronto una verdadera ciudad, formada principalmente por las residencias de un ejército de clérigos burócratas que atendían la administración de la Iglesia.

Extramuros de Roma construyó Constantino la Basílica de San Pablo Extramuros, otro templo de gran esplendor. Y en una colina del extremo de Roma opuesto a Letrán, la Basílica de San Pedro, la mayor de todas, templo que, con sucesivas reconstruciones, acabaría convirtiéndose en el más importante no sólo de la ciudad, sino de todo el orbe católico. Alzado en el lugar en el que se creía que estaba la tumba del apóstol y primer papa, Pedro, su altar mayor era de plata, enteramente cubierto de piedras preciosas -rubíes, esmeraldas, brillantes, topacios, etc.-. Detrás de este altar se situaba la Silla de Pedro y frente a él estaba el coro, que, entre sus particularidades, contaba con seis columnas procedentes del antiguo templo judío de Jerusalén, instaladas aquí por la creencia de que al menos en una de ellas se había apoyado Cristo en su discusión con los rabinos, cuando, tal y como narra el pasaje evangélico, era todavía un niño de sólo doce años.

Silvestre, el papa del momento, tuvo oportunidad de manifestarle a Constantino que no deseaba regalos tan ostentosos, sino que prefiría que el dinero se emplease, por ejemplo, en aliviar las condiciones de vida de miles y miles de ciudadanos del imperio que se pudrían en la miseria, o en la manumisión de esclavos, etc.. pero, como se ve, para entonces, la Iglesia tenía meridianamente claro cual era su camino: convertirse en el emporio de poder y de riqueza que todavía sigue siendo hoy, mil seiscientos y pico años después.

3 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Muy interesante Rafael, por lo que se ve Silvestre (último día del año) tenía algo de conciencia. Evidentemente no hay regla sin excepción. ¿Pero que le habían prometido a Constantino? Porque no creo que diera a cambio de nada.

Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Paco: Constantino era un águila para los negocios. Vio la forma de manejarse de los dirigentes de la nueva religión y comprendió que ésta podía cohesionar el imperio, que mostraba peligrosos signos de desunión, de manera que se volcó sobre ella y unos y otros -clérigos y emperador- se utilizaron mutuamente. El Credo que todavía siguen los católicos fue en último término obra de Constantino.

Paco Muñoz dijo...

Interesantísimo Rafael, lo mismo que otros emperadores de otros tiempos.

Gracias.