viernes, 11 de marzo de 2011

San Simón de Trento



A lo largo de su historia, la Orden de los franciscanos se ha distinguido, sobre todo, por dos cosas: su afición nominal a la pobreza (en realidad, ha sido y es una Orden rica y poderosa) y su odio a los judíos.

En el año del señor de 1475, un fraile de esta orden, fray Bernardino de Feltre, llegó a la ciudad de Trento, en el noroeste de la actual Italia, con el propósito de predicar durante la Cuaresma.

Con la virulenta oratoria que formaba parte de su estilo, el fraile denunció repetidamente la naturaleza demoniaca de los asesinos de Cristo, consiguiendo encrespar a la población, a la que llenó de alarma al anunciar que algo terrible iba a ocurrir próximamente en la ciudad.

Una de las invectivas de fray Bernardino, repetida hasta la saciedad por los predicadores y propagandistas católicos de todos los tiempos hasta hace bien poco, fue la falsa acusación de que los judíos necesitaban sangre de niños cristianos para fabricar el matzos, pan ázimo que consumen durante la Pascua.

Poco tiempo depués de la partida del franciscano, desapareció súbitamente el pequeño Simón, de dos años de edad. En Trento vivían sólo tres familias de judíos, pero inmediatamente todas las sospechas recayeron en ellos, sospechas que se convirtieron en acusación cuando el cuerpo del niño apareció en una acequia que pasaba por la casa de una de las familias judías.

Los hebreos negaron tajantemente la acusación, alegando que el cadáver del pequeño habría sido depositado allí por el asesino con la intención de culparlos a ellos. ¿Era verdad, era mentira? Ah, amigo, para averiguarlo los clérigos de la época tenían un medio infalible: la tortura. Siguiendo las directrices de Johannes Hinderbach, obispo de la ciudad, a los judíos de esta historia se la aplicaron con vigor y variedad, hasta que, uno tras otro, todos acabaron confesando, no sólo el asesinato de Simoncito, sino cómo lo habían torturado y cómo le habían extraído la sangre para fabricar su pan.

No acabó aquí la cosa, sino que el por entonces papa Sixto IV envió un delegado para estudiar el caso antes de que se produjera ejecución alguna. Tal delegado fue un obispo, Dei Giudici, dominico por más señas, quien, además de riguroso era un hombre honrado, pues a pesar de haber escrito y predicado en contra de los judíos, dictaminó que no existía prueba alguna para sustentar la acusación.

Daba igual, el obispo de la ciudad sostenía que el niño estaba haciendo milagros, motivo por el que mantenía su cuerpecito ante el altar mayor de la iglesia, a pesar del pestazo que acostumbra a despedir todo cadáver. Tras interrogar a los testigos de los milagros, el delegado papal llegó igualmente a la conclusión de que se trataba de patrañas. Daba igual, en Trento, la gente, encabezada por el obispo, estaba lanzanda y no la paraba ni Dios.

En su informe final, el delegado de Sixto IV no sólo negaba toda culpa de los judíos, sino que apuntaba a que el niño había sido matado por un cristiano que depositó el cuerpo donde apareció. ¡Que daba igual! ¡El niño tenía que ser santo y lo fue! ¡Por narices! (eufemismo clásico para evitar la expresión en la que todos pensamos) Primero, como a tal lo veneró la ciudad de Trento desde su muerte, y un siglo más tarde, en 1588, el papa Sixto V lo elevó oficialmente a los altares.

Este santo, sin embargo, no fue eterno, casi cuatrocientos años más tarde, en 1965, el papa Pablo VI pensó que su colega Sixto V había cometido un error y suprimió su culto. A pesar de ello, sus restos permanecen aún en la iglesia de San Pedro de Trento y los trentinos creyentes lo siguen venerando como el primer día.

No es este el único caso de niños falsamente asesinados por los judíos y santos por narices que tiene la Iglesia. En Inglaterra cuentan con Guillermo de Norwich y con Hugo de Lincoln, muertos respectivamente en 1144 y 1225 y el último, citado por Chaucer en los Cuentos de Canterbury; Andreas Oxner (1462) en Austria; Andre von Rinn en Alemania; y En España, Domingo de Val (1250) y Cristobal de Toledo (1491), el más famoso de todos, conocido como el Santo Niño de la Guardia. Acerca de este último, todos los indicios señalan que se trató de un montaje de la Inquisición para acelerar la expulsión de los judíos del país.

Datos obtenidos del libro "Los papas contra los judíos", de David I. Kertzer y de distintas fuentes eclesiásticas.

4 comentarios:

Josefo el Apóstata dijo...

Osea, que los judíos, además de tener encima el sanbenito del deicidio, también los cristianos les colgaron el del infanticidio vampírico.
No solo contribuyó Herodes con la matanza de recién nacidos, si no que además les acusaban de usar la sangre de los niños cristianos para sus panes litúrgicos. Eso si que es hacer un pan com una hostia.
Gracias por tuds historias Molón

Molón Suave dijo...

En efecto, Josefo, también los acusaron de bebedores de sangre y fueron perseguidos por ello. He nombrado sólo a los niños que llegaron a santos, pero hubo multitud de casos repartidos por toda Europa. Pero es que además, la Iglesia católica sentó las bases y sirvió de acicate para lo que luego hicieron los nazis. En las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, una revista Civiltá Católica, vocera del Vaticano, aunque publicada por los jesuitas, publicó numerosos artículos en los que acusaban a los judíos de todo tipo de aberraciones, de estas apoderándose del mundo a través de las finanzas, de organizar y dirigir la revolución bolchevique,
etc. etc., es decir, de lo mismo que luego los acusarían los nazis. El único matiz diferenciador consistía en que el antisemitismo de la Iglesia era religioso, mientras el de los nazis fue étnico, pero eso quién lo diferenciaba, después de décadas de propaganda antisemita, fuera del matiz que fuera. A mí el judaísmo no me gusta un pelo, ninguna religión organizada me gusta, pero es que esto es muy poco conocido y pone a la Iglesia un poco más en su sitio. El antisemitismo clerical empezó a mitigarse un poco tras el concilio Vaticano II. Luego, en 1998, Juan Pablo II renunció formalmente a él, haciendo las paces con los judíos, pero ya por intereses por completo ajenos a la religión.

Paco Muñoz dijo...

Que interesantes historias cuentas, bueno historias o verdades. Siempre es un placer leerte y sobre todo siempre aprende uno bastante con ellas.

Muchas gracias y un abrazo Rafael.

El Castrador de Pelotudos dijo...

¡Está bien, carajo! El pibe hacía milagros y esos judíos eran flor de hijos de puta.

Que se jodan por andar chupándole la sangre a los pendejos... Ah, y por boludos.

Saludos al pelotudazo de Molón:

El Castrador de Pitos Putos