sábado, 5 de febrero de 2011

El caso Berlusconi


Cuando a la señora de la foto le preguntaron si le parecía bien salir a la calle de tal guisa, ella bajó la cabeza y muy compungida preguntó a su vez si es que había algo malo en sacar a pasear al perrito. Añadió que ella conocía perfectamente las ordenanzas municipales y que iba preparada para recoger del pavimento la caquita del animal. Los que la oyeron se llenaron de admiración o, para ser más exactos, se hacían cruces y discutían entre ellos acerca de si la señora sería estúpida, hipócrita o cínica.

Silvio Berlusconi, el actual primer ministro de Italia lleva toda una vida dedicado a lo que, suavemente, podríamos llamar el filibusterismo económico. En un momento dado, hizo su entrada en la política con el único propósito de huir de la quema de los tribunales, cuyos jueces iban tras el desagradable olor que desprendían sus negocios o, lo que es lo mismo, con el único propósito de conseguir la inmunidad para sus numerosas actividades más que presuntamente delictivas. Hace veinte años, con el aplauso de la mayoría de los italianos, Berlusconi alcanzó la jefatura del gobierno, lugar de privilegio desde el cual y desde el primer momento no ha cesado de promover y conseguir la aprobación de leyes que no han hecho más que reforzar su inmunidad, bien acortando el plazo de prescripción de determinados delitos, los que más le afectaban, bien negando capacidad a los jueces para proceder a su investigación y juicio.

Hasta el día de hoy, en la carrera del Cavaliere se distinguen dos notas principales: ha estado coronada por el éxito y se ha chingado una y otra vez en todos y cada uno de los principios de la ética. ¿Pero es que hay alguien a quien a estas alturas le importe la ética? Bueno, sí, existe una institución que no cesa de invocarla desde hace más de dos mil años, una institución que tiene su sede además dentro de la misma ciudad desde la que don Silvio luce su poderío. Me refiero, naturalmente a la Iglesia católica. Durante estos veinte años, la Iglesia ha callado con más firmeza que un mudo de nacimiento ante los continuos desmanes del jefe del gobierno italiano (los silencios de la Iglesia son siempre portentosos).

Recientemente, después de veinte años de marrullerías y de burlas a los tribunales de justicia, se ha hecho pública la afición del Cavaliere a las prostitutas jóvenes, incluidas las menores de edad, y, amigo, con el sexo hemos topado. Ahora sí, al fin, la Iglesia, por voz de distintos dignatarios, incluido el cardenal Bertone, segundo en el mando de la institución después del papa, ha alzado su voz para recriminar al mandatario su comportamiento.

¿Pero qué voz es esta? ¿Cuánto de sinceridad hay en estas recriminaciones? Me temo que, una vez más a lo largo de su historia, la Iglesia manifiesta que ha sacado a pasear al perrito vestida con su traje de gala cuando la realidad es que al que pasea es a un cerdo y, además, en pelota picada. ¿Que no? La Iglesia es hábil y juega con tantas barajas como sean necesarias para defender sus intereses. Y su interés principal consiste en mantener a flote la institución, para lo que impepinablemente se necesitan buenos dineros y buenas leyes civiles.

Como muestra de lo que digo ahí van un par de botones: En Italia hay voceros que sin necesidad de vestir el traje talar representan a la perfección la voz de su amo. Uno de ellos es Sandro Magister, periodista de L'Espresso, famoso por su oposición a las conclusiones del concilio Vaticano II. Este caballero acaba de declarar textualmente: No es cierto que sean los negocios lo que mueve a la jerarquía católica a apoyarle (a Berlusconi), sino el pragmatismo... La iglesia no es feliz con ese estilo de vida intolerable para la moral católica, pero eso no compromete el programa de gobierno, es una inmoralidad privada y la Iglesia no la juzga salvo en el confesionario... la Iglesia cree en el arrepentimiento y en el perdón.

El otro gran vocero es Vittorio Messori, periodista también, gran amigo de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, de los que, a raíz de sendas entrevistas, escribió dos libros de éxito: Cruzando el umbral de la esperanza e Informe sobre la fe. Este hombre, que se jacta de su conversión a los veintantos años, después de una infancia y primera juventud carentes de fe, ha sido más claro aún que don Sandro, textualmente también ha declarado: Mejor un putero que haga buenas leyes para la Iglesia que uno catoliquísimo que nos perjudique. Para más señas, este buen caballero, de pomposa humanidad, define a la Iglesia como el pequeño rebaño destinado al Reino de Dios.

Después de todo lo dicho, yo tampoco tengo claro aún si la señora de la foto es estúpida, hipócrita o cínica. Prefiero dejar el juicio al amable lector.

1 comentario:

Paco Muñoz dijo...

Que bueno Rafael, y que sinvergüenza el prenda. Pero la pena es que tiene mucho caché en su gente. Y que lastima que los que deben abanderar la ética no lo hagan y me refiero a la izquierda.