sábado, 19 de febrero de 2011

De cómo sentí la vocación de ser cura




Mi tío. El cura (así se referían a él lo mayores cuando no estaba presente). Mi tío segundo, pues era primo de mi madre. Ya sé que la foto no es muy buena. Pero se ve. Y, como se ve, era guapo, de la época, pero guapo. A medida que se hacía mayor fue ganando en apostura, en dignidad, en señorío. Cuando yo lo conocí vivía en Linares (Jaén). Allí hizo la mayor parte de su carrera. Era capellán de un convento y profesor de religión en un instituto. Vivía bien, bien. En el Linares de entonces, un emporio minero, era uno de los caporales. Como era íntimo del obispo de la diócesis, Romero Mengíbar (habían hecho la carrera juntos), el resto de los curas de la ciudad le guardaban un considerable respeto. Tenía una sobrina que yo nunca pude averiguar de qué familiar era, pues hermanas no tuvo y sus primas conocidas vivían con sus maridos y con sus hijos. A lo mejor era adoptada. No sé. Fue el secreto mejor guardado de la familia.

Pero no fue nada de esto lo que a mí me influyó para que yo quisiera seguir sus pasos. ¿Sabe nadie qué es lo que despierta su vocación? No sé si por suerte, aunque no me quejo, de niño, yo no viví en una casa de las llamadas de vecinos. Viví en la planta baja de una casa bastante grande, con un precioso patio y muchas habitaciones (carambolas que da la vida porque no teníamos un duro). En Linares, mi tío vivió mucho tiempo, además de con su sobrina, con la hermana de mi madre, su marido y dos hijas. En verano, en el mes de agosto, venían a pasar con nosotros quince días de vacaciones. ¡Ah, aquellos veranos con el cura señoreándolo todo, como un verdadero monarca de las indias! ¡Qué magnífica estampa con su manteo de verano y su sombrero de teja! Yo me llevaba bien con él. Todos los días iba a decir su misa a San Pedro, a las ocho de la mañaba, y yo se la ayudaba. Luego se iba a visitar a sus colegas y a eso de la una, ya estaba en la casa, sentado en la galería tomándose su copa de vino y su tapita de queso y fumando su cigarrito. No se privaba de nada.

Pero nada de esto tampoco fue lo que despertó mi vocación. Comíamos a las dos, diez personas, cuatro por parte de mi tía, mi hermana, mis padres y yo, y el cura y su sobrina. Un día de uno de aquellos años (aunque no recuerde la fecha, la escena no se me olvidará jamás), a la hora de la comida, nos reunimos todos alrededor de la mesa, de pie. Antes de sentarnos, el cura, muy en su papel (y nosotros en el nuestro) bendecía los alimentos que íbamos a tomar, en una charleta más o menos ritual que venía a durar dos o tres minutos. ¿Qué me pasó aquel día, qué me pasó? Juro que yo era un niño la mar de educadito y juro que no fue mi intención hacer lo que hice. En medio de la bendición, sentí un picor en la frente, fui a rascarme disimuladamente, pero lo hice llevando en la mano la servilleta, que debí coger sin advertirlo. ¡Dios de dioses! ¿Qué había hecho? El cura paró la charleta, me lanzó una mirada de enorme desprecio y me echó la bronca más pausada y más solemne que yo había recibido nunca. Que la servilleta no estaba para limpiarse el sudor, que la educación, que bla, bla, bla, y bla, bla, bla (ya sé que a la gente de hoy le parecerá increíble, pero sucedió tal y como lo cuento). El pedazo de hijo de su mamá se alargaba y se alargaba y yo, doblada la cabeza sobre el pecho, no sabía donde meterme. Lo peor era que, por aquel entonces, andaba bastante enamoriscadillo de una de mis primas y cada palabra del cura me dolía mucho más que si me hubiera abofeteado. Los caminos de Dios, ¿quién los conoce? Aquel día odié al cura como no recuerdo haber odiado nunca a nadie. Y entonces, entonces quise ser como él.

5 comentarios:

Conchi Carnago dijo...

Otra vez me as echo reír, me imagino que te pondrías colorado como un tomate, (porque en esa época no se podía decir rojo) lo de tener sobrina o sobrino, de procedencia desconocida, también era muy común, y seguro que te faltaría cuello para bajarlo mas, que gracioso

Un saludo.

Molón Suave dijo...

Sí, ahora es para reírse. Pero no sabes, amiga, lo mal que yo lo pasé aquel día.

Paco dijo...

Es un relato tan bueno que parece real (es broma lo de real por ambos lados).

Mí tío Fernando también tenía un cuñado cura, que era el personaje de esa familia, y lo he vuelto a ver en tu descripción.

También tenían mano larga, para el castigo ( sin olvidar la otra, aunque tu tío parece que tenía "sobrina"), se conoce que se habían aprendido bien los de los mercaderes y el templo.

Es muy ameno y gracioso, el mensaje que queda era el poder de esta gente en ese tiempo -y en todos los tiempos-, nadie les tosía.

Felicidades porque el no haberte hecho cura, te permite ser una sensata y buena persona.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Te aseguro que no me invento nada, ni siquiera exagero. NO he contado cómo todos los que estában en la mesa conmigo callaban más serios que ajos mientras el maldito cura me echaba tamaña bronca por nada. Algún día contaré como el tío nos hacía rezar el rosario. Qué estupenda mala leche tenía.

Alfonso dijo...

La prepotencia y un extraño sentido de la caridad cristiana eran las señas de identidad de lo que, ganada la "cruzada nacional", se enseñoreaban, dentro de sus negras sotanas, en todos los ámbitos sociales en los que se movían, incluido, como no, el familiar.

Has hecho un retrato fiel de aquellas pequeñas anécdotas que salpicaban la cotidianidad de la vida diaria en la España de entonces. El sacerdocio era profesión, raramente vocación, pues a la edad de 10 u 11 años una persona no tiene criterio suficiente para saber si su destino vocacional estaba orientado hacia el sacerdocio con todas las implicaciones que eso representaba. Por eso, la cantidad de contradicciones que se creaban eran infinitas. Por un lado, lo aprendido, lo inculcado como teoría de lo que debe ser el comportamiento cristiano, por otro lado, las lógicas tendencias y limitaciones humanas, aderezadas, ademas, en un ambiente político reaccionario dentro de una sociedad reprimida y consensuadamente hipócrita e intolerante.

Como tu bien dices, se daban situaciones que hoy pueden parecer increíbles o exageradas, pero realmente era así, y la aspereza, rigidez mental y falta del mas elemental sentido de la pedagogía hacia que muchos adultos, incluidos los curas, se comportaran como auténticos energúmenos, tanto si era por lo tremendo, como por lo fino.

Saludos.