jueves, 13 de enero de 2011

Material de conciencia



No hay nada más fácil que condenar. La Iglesia, que se dice madre del perdón, lleva dos mil años condenando a todos los que disienten de sus planteamientos tanto teológicos como sociales o políticos. Para la Iglesia hay pocas cosas más allá de sus mandatos que no sean acreedoras de anatema.

En este país, una de las condenas más clamorosas de los últimos tiempos ha sido, no hace tanto, la Ley de Salud Sexual y Reproductiva, llamada simplemente Ley del Aborto, con amenaza de excomunión incluida contra los parlamentarios católicos que la votaran favorablemente. Hoy, que los vientos no le soplan tan a favor como en otro tiempo, la iglesia viene sosteniendo por boca de sus voceros más conspicuos que respeta todas las opiniones, incluidas, claro está, las ajenas a su ideario. ¿Pero qué clase de respeto es ese que una y otra vez se resume y concluye en una condena en toda regla? ¿No se tratará más bien de hipocresía?

Por mi parte, no estoy ni a favor ni en contra del aborto, lo que sí estoy es absolutamente en contra de su penalización. Estimo que la decisión de abortar o no pertenece exclusivamente a la mujer, decisión que el hombre debe apoyar en todo caso. A mí juicio, la pretensión del hombre de controlar o meramente de influir en la determinación de la mujer constituye una intromisión intolerable. El hombre no se encontrará nunca en el brete de abortar, de manera que, independientemente de su desconocimiento de lo que pasa por la mente de una mujer embarazada, en su juicio juega siempre con ventaja. La condena que la Iglesia hace del aborto, llegando hasta el extremo de exigir que, además de pecado, sea considerado un delito, resulta por ello particularmente inmoral, pues no sólo la realizan hombres, que son los que constituyen la jerarquía y por tanto los que dictan las normas, sino, más aún, hombres célibes y, al menos en teoría, castos, es decir, sin la vivencia práctica de la sexualidad.

Cualquier ética que se precie debería iniciarse a partir de la premisa de que nadie está en este mundo por su voluntad. También la ética cristiana. Esta afirmación es una completa obviedad. Pero, generalmente, es en las obviedades en lo que menos reparamos. Ser padres lleva consigo una responsabilidad de primer orden, no sólo por la necesidad de cuidar al hijo, de alimentarlo, de educarlo, etc, sino en virtud del hecho bastante anterior de que ese hijo alcanza la vida por nuestra voluntad, no por la suya. ¿Querrá nacer mi hijo?, es la pregunta que todo padre y toda madre debería hacerse a sí mismo antes de llegar a su concepción. Lo terrible del asunto consiste en que sólo nosotros podemos responder a esa pregunta y que nuestra actuación debería depender no de costumbres, ni de modas, ni de consejos, ni de norma exterior alguna, sino de la respuesta que nos demos. Este y no sólo el aborto si que es un arduo material de conciencia.

Nada de esto le preocupa a la Iglesia. A la Iglesia lo único que le preocupa es el hecho del nacimiento. ¡Qué nazcan, qué nazcan, qué nazcan!, se desgañita la jerarquía católica, de manera especial en los últimos tiempos. Estamos viviendo la cultura de la no procreación, ha declarado recientemente más de un obispo, imponiéndose incluso al coro de los que ven toda clase de calamidades en el envejecimiento de la población en los países desarrollados como consecuencia del descenso de la natalidad. Gritan y se desgañitan como si el nuevo ser que nace fuera un producto más de nuestra sociedad de consumo, un producto, da la impresión que piensan, destinado, más que nada, a engordar su negocio.

El clamor de la Iglesia contra el aborto no pasa de la procreación. Mientras tanto la población mundial está a punto de alcanzar los siete mil millones de personas, de las cuales casi la mitad viven en una situación de pobreza más que lamentable. Como para muestra vale un botón, voy a poner sólo un par de los ejemplos más dramáticos:

1.- Cada segundo (de los del reloj que ostentamos en nuestras muñecas) muere un niño ¡¡de hambre!! en el mundo.

2.- Cada día mueren en el mundo ocho mil personas, niños, principalmente, pero también adultos jóvenes, de enfermedades como la malaria, el chagas, la tuberculosis o el kala azar, entre otras, perfectamente curables, a cuyos medicamentos, sin embargo, no tienen acceso estos pacientes por falta de medios económicos.

Puede que esta situación inquiete a muchos católicos, pero a la Iglesia como tal, al papa, a los cardenales, a los obispos, les importa un pimiento. Si les importara de cuándo se iban a preocupar por el aborto o por si nace o deja de nacer un nuevo individuo. Si les importara, pondrían todos sus abundantes medios para poner fin a esta ignominia en el menor tiempo posible. Y ya lo creo que lo conseguirían.

6 comentarios:

Alfonso dijo...

Fenomenal entrada, Molón. Tan emotiva como cierta. Pones el dedo en la llaga cuando denuncias la preocupación de la jerarquía eclesiástica de que nazcan todos los niños, de que ni uno solo de ellos sea víctima del aborto y sin embargo cada día mueren a centenares por la más elemental falta de alimentos o cuidados médicos. Alimentos y cuidados que serían en buena parte remediados si la iglesia pusiera todo su poder económico y humano en ese empeño.

Y no son argumentos demagógicos, es la realidad. Si la iglesia católica, amén de las otras confesiones cristianas y demás religiones en general, tuvieran auténtica voluntad de conseguir la igualdad, la equidad y la solidaridad entre los pueblos, como auténtico revulsivo revolucionario capaz de mover las voluntades en ese sentido, otro gallo nos cantaría. Pero no, la iglesia no protesta ni rechista contra los desmanes de los grandes trust económicos, de la explotación endémica y sistemática que los poderosos han ejercido y siguen ejerciendo sobre países y personas. Si eso hicieran ellos mismos no gozarían de los privilegios sociales de los que ahora (y siempre) han disfrutado.

En la iglesia no hay los suficientes "Vicentes Ferrer" como para encorajinar al mundo y transformarlo a base de auténtico amor y solidaridad. No, los estómagos agradecidos suelen sucumbir a la comodidad del aposento, las prebendas del privilegio social, y las justificaciones basadas en sacramentos falaces como el mal llamado de la penitencia o confesión.

Falta el valor de creer realmente en Dios, porque de bien poco les sirve.

Conchi Carnago dijo...

Gracias una vez mas, con este articulo as tocado mi fibra mas sensible, siempre he estado a favor del aborto, y te explico. Para mi los niños son lo mejor de la vida, puedo decir sin exagerar que los adoro, dicho esto también digo que prefiero un niño no nacido, que muchos vivos y maltratados por sus propias familias,o muriendo de hambre,y enfermedades que serian fáciles de erradicar si todos los países, llamados desarrollados pusieran de su parte, y sobre todo la iglesia, esa que es tan falsa que insulta nuestra inteligencia,que derecho tienen ellos a pedir que nazcan muchos niños, cuando de sobra saben que hay miles de familias que no pueden sacarlos adelante,que hay cientos de situaciones por las que un niño no debería nacer,lo siento pero me pongo mala con estas cosas. Por otro lado el aborto siempre se a practicado desde que el mundo es mundo, solo que ahora hay unas garantías sanitarias para la mujer,antes todos sabemos como era y cuantas vidas se ha cobrado, y también sabemos que con dinero se iban a Londres o a cualquier país mas civilizado sin ningún problema, seguramente al llegar aquí irían a misa, y tal vez confesar y comulgar con la bendición del cura. Que equivocados estan los señores de la iglesia, si se creen con derecho a imponer a las mujeres su maternidad, algo tan sublime y hermoso como ser madre no se puede imponer, lo deseamos, pero por encima de todo somos personas con autonomía, que decidimos cuando y como traer hijos al mundo.
Cada mujer elige su momento que sin duda sera el mejor para disfrutar de su maternidad.

Molón Suave dijo...

Alfonso:
La Iglesia es un trust con un inmenso poder. Yo la critico porque es la que, principalmente, sufrimos aquí. Pero lo que digo de ella puede extenderse, por supuesto, a todas las confesiones cristianas y, claro, a casi todas las demás religiones. Soy consciente de que, dentro de la Iglesia, hay grupos a los que sí le preocupa este asunto, pero lo hacen más desde el punto de vista de la caridad que de la justicia, por eso no cambian nada. Y, además, es que yo creo que la Iglesia real la forman únicamente el papa, los cardenales, los obispos, los canónigos, los generales de las órdenes religiosas y poco más, los fieles de a pie son eso, fieles cuyo papel se limita principalmente a obedecer. La actuación que se necesita no es la Teresa de Calcuta, siendo loable, la que se necesita para acabar con esta lacra es la de Vicente Ferrer. Pero Vicente tuvo que abandonar la Iglesia y a los jesuitas para poder desarrollar su labor.

Conchi:
Tienes razón, las mujeres, que sois las que podéis hacerlo, habéis abortado siempre. Estudios científicos han puesto al descubierto que grupos humanos prehistóricos contaban con lugares en los que las mujeres abortaban, lo hacían deslizándose por una especie de tobogán y golpeándose contra el suelo. Abortaban, al parecer, cuando el grupo tenía dificultades para conseguir alimentos. Hay algunas especies animales, por ejemplo, los ciervos, en las que las hembras se vuelven estériles los años en que no hay pastos suficientes, volviendo a recuperar la capacidad reproductiva cuando de nuevo la comida es abundante.
A mí también me gustan los niños. Pero me parece abominable que se fuerce a una mujer a ser madre y más abominable aún que lo haga un hombre, que jamás podrá parir. Ten por seguro que si, en nuestra sociedad patriarcal, los hombres pariéramos, el aborto estaría considerado un bien social. Pero además, forzar a una mujer a tener un hijo para qué, ¿para que se muera de hambre al poco de su nacimiento? Me parece indecente. Como buenos machos, a los padres de la Iglesia persiguen, en primer lugar, la sumisión de la muujer y, en segundo lugar, la incorporación al rebaño de los hijos que alumbre

Molón Suave dijo...

Alfonso:
La Iglesia es un trust con un inmenso poder. Yo la critico porque es la que, principalmente, sufrimos aquí. Pero lo que digo de ella puede extenderse, por supuesto, a todas las confesiones cristianas y, claro, a casi todas las demás religiones. Soy consciente de que, dentro de la Iglesia, hay grupos a los que sí le preocupa este asunto, pero lo hacen más desde el punto de vista de la caridad que de la justicia, por eso no cambian nada. Y, además, es que yo creo que la Iglesia real la forman únicamente el papa, los cardenales, los obispos, los canónigos, los generales de las órdenes religiosas y poco más, los fieles de a pie son eso, fieles cuyo papel se limita principalmente a obedecer. La actuación que se necesita no es la Teresa de Calcuta, siendo loable, la que se necesita para acabar con esta lacra es la de Vicente Ferrer. Pero Vicente tuvo que abandonar la Iglesia y a los jesuitas para poder desarrollar su labor.

Conchi:
Tienes razón, las mujeres, que sois las que podéis hacerlo, habéis abortado siempre. Estudios científicos han puesto al descubierto que grupos humanos prehistóricos contaban con lugares en los que las mujeres abortaban, lo hacían deslizándose por una especie de tobogán y golpeándose contra el suelo. Abortaban, al parecer, cuando el grupo tenía dificultades para conseguir alimentos. Hay algunas especies animales, por ejemplo, los ciervos, en las que las hembras se vuelven estériles los años en que no hay pastos suficientes, volviendo a recuperar la capacidad reproductiva cuando de nuevo la comida es abundante.
A mí también me gustan los niños. Pero me parece abominable que se fuerce a una mujer a ser madre y más abominable aún que lo haga un hombre, que jamás podrá parir. Ten por seguro que si, en nuestra sociedad patriarcal, los hombres pariéramos, el aborto estaría considerado un bien social. Pero además, forzar a una mujer a tener un hijo para qué, ¿para que se muera de hambre al poco de su nacimiento? Me parece indecente. Como buenos machos, a los padres de la Iglesia persiguen, en primer lugar, la sumisión de la muujer y, en segundo lugar, la incorporación al rebaño de los hijos que alumbre

Paco Muñoz dijo...

Muy buena entrada. Felicidades.

Coincido contigo en la mayor parte, y en el resto también. También considero que hay mucha hipocresía. Yo creo que hubiera sido incapaz de recomendar a mi mujer abortar, creo que no, pero sí la hubiera apoyado en todo si esa hubiera sido su decisión, evidentemente consensuada entre los dos.

Creo que esa decisión no tiene que ser plato de buen gusto para ninguna mujer. Por eso es suya la decisión. Si también soy partidario de no tener que llegar a ese extremo por capricho, pero debe existir esa ley que ampare esas decisiones.

Veremos que pasa si los conservadores llegan alguna vez al gobierno de la nación, y son capaces de abolirla. Ya estuvieron ocho años y con una mayoría absoluta y no lo hicieron. Claro las clases pudientes les daba igual, primero los podían mantener y segundo lo hacían donde estuviera permitido, esa es la doble vara de medir. A Dios rogando y con el mazo dando.

Enhorabuena.

Molón Suave dijo...

Paco: Claro, yo tampoco le pediría a una mujer que aborte. Y, lo mismo que tú, creo que la decisión no es fácil. Lo que pasa es que, aunque hasta el momento resultemos imprescindibles, los hombres ponemos tan poquito en la concepción de un hijo que por ello creo que la decisión debe tomarla la mujer, que además es la que lo va a sufrir.
No creo que los conservadores modifiquen la ley si llegan al poder. Ellos son los primeros beneficiados, pues suelen ser los más descuidados. Acuérdate la que armaron con el divorcio y ya hay alguno que lleva tres matrimonios, Cascos, sin ir más lejos.
Por otra parte, hay estadísticas que informan que en tiempos de Franco iban cada año a abortar a Londres cincuenta mil españolas. ¿Quienes? Evidentemente las pudientes, porque la faena no podía ser barata. Las niñas bien y las señoras que no querían que su cuerpo se deteriora con nuevos partos. Luego venían, se confesaban, recibían el perdón y hasta otra. ¿Tú oiste a algún cura denunciar la situación? Yo no.