domingo, 30 de enero de 2011

¡A la guerra!


Cuando Ambrosio de Milán conmina al emperador Valentiniano II a que acabe con los seguidores del obispo Pelagio, grupo de cristianos que se apartaban de la ortodoxia católica, el concepto de la guerra ha entrado ya a formar parte de la cultura cristiana.

Según el evangelio de Lucas, capítulo 6, versículos 27 a 38, Cristo había declarado: Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra.

Tales recomendaciones, absolutamente insólitas en la época, fueron olvidadas bien pronto por los que tomaron las riendas de la nueva religión. El propio evangelio contiene otras informaciones y declaraciones que las contradicen. Así, por ejemplo, el mismo Lucas, en el capítulo III, versículo 14, expone que Juan el Bautista no tiene inconveniente en decirle a un grupo de soldados que le preguntaron por su oficio que lo siguieran siendo, es decir, que continuaran guerreando. Y está también el famoso pasaje en que el propio Cristo, lleno de santa ira, expulsa del templo a los mercaderes no con palabras, sino a golpe de látigo (Juan, 2, 13-17). Y el más famoso aún de dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César (Mateo, 22, 21), que como es lógico, no se refiere sólo a los impuestos, sino también al servicio de las armas que en aquel tiempo le era debido al emperador.

Aún así, sacerdotes y obispos, se esforzaban en presentar el cristianismo como la religión del amor, al tiempo que, sedientos de poder, no cesaban tampoco de enfrentarse los unos a los otros y no sólo con palabras. Como, a pesar del ansia de fe de la época, la contradicción resultaba evidente incluso para el más bobalicón de los creyentes, fue necesario elaborar todo un corpus de argumentos que justificaran e hicieran aceptable el concepto de la guerra.

Los romanos distinguían entre hostis e inimicus, el primero era el enemigo público, es decir, el enemigo del estado, que correspondía, generalmente, a pueblos extranjeros a los que Roma controlaba o pretendía controlar; el segundo se correspondía con el adversario o enemigo particular que podía tener cada uno de los ciudadanos del imperio. Los cristianos eliminaron esta diferencia, borrando de sus textos el término hostis, cuyo significado quedó incluido en el de inimicus. De este modo no les resultó difícil recluir todo lo relacionado con el amor en el ambito de lo privado, en tanto que la belicosidad y todo lo con ella relacionado pasaba al ámbito de lo público, ámbito en el que el creyente, como individuo, quedaba exonerado de responsabilidad. (De este modo, hoy, por ejemplo, el papa no tiene incoveniente en dar la comunión a un dictador hasta el cuello de sangre, ya que mató en su calidad de funcionario público, en tanto está lleno de amor hacia todo el mundo como individuo privado. La hipocresía, por supuesto no puede ser mayor.)

Aún así, la práctica del amor a título individual hubiera tenido que conducir casi inexorablemente al pacifismo político. Como los jerarcas no estaban por la labor de buscar la paz, para justificar la inevitabilidad de la guerra, invocaron la tan socorrida doctrina del pecado original y de la imperfección del hombre tras la ingesta de la célebre manzana.

A pesar de todo, desde la simpe justificación de la guerra hasta su convocatoria y su patrocinio hay todo un proceso que los ideólogos de la Iglesia no dudaron en recorrer. Fue un proceso largo, de más de seiscientos años de duración, ¿pero cuándo ha tenido prisa la Iglesia? Dispuesta a perdurar hasta el fin de los tiempos, ¿qué son para ella no ya seiscientos años, sino dos mil, diez miel, los que sean necesarios?

San Agustín, que pasa por pacifista, fue el primero que elaboró el concepto de guerra justa, bien es verdad que basándose en textos de los filósofos griegos, especialmente del ínclito Aristóteles, nunca suficientemente alabado por la posteridad. Esto ocurría en el siglo IV. Según San Agustín y en síntesis, guerra justa es la que declara el Estado en defensa de su territorio o de los ciudadanos que lo ocupan. Tan apasionante como, a ratos, desternillante, resulta seguir el recorrido de los sabios que con una boca predicaban el amor mientras con la otra (no hay que preocuparse, tenían muchas) exponían argumento tras argumento para justificar la matanza masiva de seres humanos.

Inocencio III, cuya es la foto que aparece arriba, redondeó el proceso proclamando la guerra santa, que era aquella que soldados cristianos convocados por el papa emprendían contra los enemigos de la cristiandad, incluidos herejes y otras gentes de mal vivir. Este concepto quedó sellado con el sermón pronunciado por Inocencio en 1095, a las puertas de la catedral de Clemont Ferrand en el que convocaba la primera cruzada contra los musulmanes que se habían adueñado de la llamada Tierra Santa.

Hasta cinco cruzadas llegaron a montarse contra estos musulmanes. Pero cruzadas ha habido bastantes más y contra distintas clases de enemigos. La última, la de la guerra española de 1936, proclamada por Pío XII para luchar contra las hordas marxistas, muchas de cuyas víctimas del bando perdedor andan enterradas todavía de cualquier manera en las cunetas de las carreteras. Pero de estas cruzadas hablaremos otro día.

5 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Merecedora la entrada de copiarla y guardarla aparte. Es verdad que esta gente, a lo largo de su historia, no han tenido reparos en adaptar los textos "sagrados" a sus intereses. Pasar de perseguidos cruelmente a perseguidores crueles. Y siguen lo mismo, creo que por esa ambición de poder enmascarada en esa pantomima, que no lo es, de la fe, pues para mi esto es, haz lo que te diga sin preguntarte nada, sin cuestionar nada, y luego me lo cuentas por si has hecho algo que no debas. Lo que me ha preocupado siempre es ¿cómo gente a la que le he endosado una elevada cultura se ha adaptado a toda esa doctrina sin preguntarse nada, sin valorar muchas de las actuaciones de su religión? Será basado en el miedo al más allá, a lo después, como si el nitrógeno y otras sustancias de reciclado corporal, si vas al terruño, fueran distintas según tu comportamiento. Claro está el ánima, esa que, junto con otras, te despertaba si se lo pedías con unos rezos sin necesidad de despertador, pero creo que tenían que ser benditas.

Felicidades Rafael

Molón Suave dijo...

Gracias por tu comentario, Paco. Hay un par de libros muy interesantes que explican por qué la gente cree en estas cosas, incluso gente ilustrada y con un alto coeficiente de inteligencia. Son:
Por qué creemos en cosas raras, de Michael Shermer
Por qué las personas inteligentes puedens ser tan estúpidas, de Robert J. Stenberg.
Son tan ilustrativos como divertidos. Hasta los científicos más reputados se encastillan a veces en posiciones que han sido más que superadas y que ellos se niegan a abandonar porque no ven otra cosa. Hay nucho prejuicio intelectual y mucho paradigma establecido y ambos son difíciles de superar a veces. Claro que también hay mucho mamón que lo único que hace es defender sus intereses, disimulándolo todo lo que puede y justificando todo lo que haya que justificiar. Yo creo que estos son mayoría, tanto en el campo de la religión como en el de la política. Pero esos libros son bastantes explicativos. Leyéndolos puede entenderse que existan tipos como pro ejemplo el teólogo Hans Kung (creo que se escribe) que a mí me parece bastante honrado, pero que dice unas tonterías increíbles. Por ejemplo, que no cree en la Iglesia, pero tampoco la abandona.

Paco Muñoz dijo...

No los conozco, pero me imagino que esta gente, que en realidad tiene temor a los desconocido, son los mismos que dicen no creo en los curas pero si en Dios, a sabiendas de que los curas no les pueden hacer nada y Dios -en su forma de verlo- sí. La realidad es que creer, lo que se dice creer, no creen en nada pero si tienen inculcado el miedo a algo, es la característica debilidad del ser humano, elemento utilizable, junto a lo inexplicable por las religiones.
A mí un conocido siempre me enarbolaba, cuando hacía apostolado conmigo, que Einstein al final creyó, como si eso me desmostara algo, pero me lo decía para que viera que una mente lúcida como se supone era la del científico, se abría a la evidencia. Aunque creo que era judío, pero es igual lo que fuese.
Un tratado de la hipocresía que les va muy que requetebién.

Saludos

Molón Suave dijo...

No te quepa la menor duda, Paco, la inmensa mayoría no cree más que en la mejor y más sencilla forma de llenar la andorga. Algunos, intentan creer por si las moscas. Y sólo una minoría vive realmente acojonado con la dichosa fe. Luego está la cuestión de la manada. Ya sabes que las ovejas como mejor se sienten es bien apretaditas unas junto a otras, pero no podemos aolvidar que los lobos cazan en grupo, sólo así se sienten verdaderamente fieros. Por otra parte, lo de Einstein es un cuento que se inventaron los de siempre. Einstein no creyó nunca más que en la ciencia y murió como científico. Y además, ¿qué tendra que ver creer en Dios o en otra vida con toda la parafernalia que tienen montada?
Hablando de otra cosa, felicita a Conchi de mi parte. No sabía que pintaba. Vi sus pinturas y me gustaron mucho. ¿Sabes que mi mujer también pinta? Dios nos cría y nosotros solitos nos juntamos, ¿no?

Paco Muñoz dijo...

Estoy de acuerdo Rafael. Pues si Conchi, pinta, ha hecho tres exposiciones y "el que no pinta nada soy yo, cada vez menos". No sabia que tu mujer también era pintora, si es verdad lo de Dios los cría... tiene que haber alguna relación entre una serie de cosas. En mi casa una pintora, un virtuoso con la guitarra, Gabriel, y Paco el Mayor un cerebro privilegiado desde muy chico, que se ha quedado en técnico de telefonía pudiendo haber podido optar por cualquier ingeniería, pero en fin.

Un abrazo y me alegro por la coincidencia.